Aparición (Cuento de Terror)

Este cuento es un adelanto de lo que será mi primer libro, aún sin un título exacto. Lo subo también como fin de las celebraciones de muertos. Espero que les guste. Si quieren escucharlo de mi voz, al final de este post pueden verlo.

“Aparición”
(Agustín E. Bataz)

―¡Mierda! La batería no se me podía joder en Tuxtla, ¿verdad?, y estuve toda la tarde conduciendo… ―El enojado Aarón renegaba por la mala suerte que tenía con su automóvil―. Justo ahora, en medio de la maldita nada, ¡y ni pasan carros!

Su trabajo de fotógrafo le exigía salir de la ciudad hacia algunos pueblos aledaños, por lo que conocía muchas de las leyendas que los lugareños solían contar: la famosísima “Llorona” en una de las cien mil versiones que existen en el país, los locales “chaneques”, historias de nahuales, el típico “Charro Negro”, entre muchas otras. De hecho, en el punto donde se encontraba, se hablaba mucho de las apariciones en plena carretera de un niño totalmente vestido de blanco.

Afortunadamente para su salud mental, este mismo trabajo le había forjado una mentalidad escéptica ante esos temas, por lo que viajar de noche no le daba más miedo que el que le pudieran infundir los ladrones de caminos, que a veces pululaban en las autopistas. No obstante, verse ahí, entre kilómetros de palmeras y oscuridad, rodeado por los ruidos de la variada y salvaje fauna local, le causaba unos escalofríos difíciles de ignorar. Para distraerse de esta sensación, sacó su celular y comprobó que no tenía señal. La opción de llamar a algún amigo y pedirle ayuda estaba totalmente descartada.

El reloj marcaba la una de la mañana con cuatro minutos, y no había ningún sonido de automóviles acercándose. A cien metros, adentrándose en la selva del lado derecho del camino, logró divisar la débil luz de una bombilla que parpadeaba, afuera de una modesta casa de adobe pintada de blanco. Aarón sabía cómo era ese camino por los muchos recorridos realizados, pero jamás había visto esa casita, pues estaba escondida entre la vegetación, y si no estuviera tan oscuro, quizá jamás hubiera visto el foco con su tenue iluminación.

Por unos minutos, dudó entre quedarse en el camino y esperar por el primer auto que pasara o ir a la casita. Tenía la esperanza de que tuvieran un teléfono desde el cual podría llamar a alguien para que fueran por él. Aarón ya había decidido que esperaría en la comodidad de su auto, cuando, entre los árboles, del lado izquierdo de la carretera, vio lo que parecía ser una bola de fuego desplazándose a la distancia, alejándose de donde estaba él.

De todos los mitos y leyendas del lugar, el de las “bolas de fuego” era el que más conflictos le causaba. Las personas locales decían que eran brujas o espíritus, aunque él siempre había respondido que eran personas con antorchas o automóviles, e incluso helicópteros a baja altura. ¿Pero qué pasaba cuando veías una bola de fuego, como ahora, entre las copas de los árboles? Perturbado, salió de su coche, y el frío que recorría su espalda lo hizo cambiar de opinión: se dirigió a la casa.

Los animales nocturnos y el crujir de ramas en sus pies eran lo único que rompía el silencio, y mientras más se alejaba del camino, más fuertes se escuchaban. Cuando Aarón llegó a la pequeña vivienda, tocó la puerta sin éxito. Volvió a intentarlo, y esta vez escuchó sonidos dentro, pero seguían sin abrir. Frustrado, se dio la media vuelta. De pronto, una voz lo sobresaltó:

―¿Qué quiere, señor? ―Era un niño de aproximadamente 10 años, muy mal encarado y vestido de sencilla ropa blanca y sandalias.

El susto dejó al fotógrafo sin habla, por lo que sólo miró al niño, quien sonreía y miraba hacia un punto ubicado detrás de Aarón. Al voltear, éste notó otra bola de fuego que se alejaba entre las copas de los árboles.

―Le llamaré a Él ―dijo el niño.

―¿A quién?

―A quien se encarga de los que pasan cuando ya es de noche ―respondió con total naturalidad.

Aarón de pronto se sintió tan confundido que no pensaba con claridad, pero alcanzó a susurrar con voz débil:

―Escucha, sólo necesito un teléfono. Si no tienen, puedo irme.

El niño lo ignoró y rodeó la casa. Aarón intentó colocar sus pensamientos en orden. Se repetía: “Venga, estás nervioso y tienes hambre, tampoco has dormido bien. Por eso estás viendo esas cosas. El chamaco sonrió porque no sé, le dio risa verte tan mal, pero ya cálmate, ¿ok?”

Mientras Aarón cavilaba, el niño volvió. Esta vez, delante de él venía un hombre de tez morena, aunque pálido, de más o menos 1.90 de estatura, quien traía botas y una larga gabardina negra de piel que le cubría hasta los tobillos.

―Te ves mal. ¿Balam te asustó? ―preguntó el hombre con una profunda y grave voz―. Soy Zotz. Me dicen que necesitas un teléfono, ¿verdad?

―¡Sí! ―exclamó Aarón―. Mi carro se quedó sin batería y aquí no tengo señal. Mire… ―al ver su celular, Aarón notó que marcaba las 8:20 de la mañana, por lo que se extrañó―. ¿Cómo…? ¡Si apenas hace un rato era la una! ¡Y sigue oscuro! ―Balam sonreía, muy alegre.

―Aquí el tiempo pasa volando, cosa de que te acostumbres ―ese comentario le causó muy mala espina a Aarón, por lo que decidió en su mente que lo mejor sería retirarse.

―Sí. Eh… Creo que lo mejor será que me vaya a esperar al carro y… ―Zotz lo hizo callar con un ademán, y dijo:

―¿Ah, sí? ¿Cuál carro?

Aarón volteó hacia la carretera para comprobar, estupefacto, que no estaban ni su vehículo ni la autopista. Todo a su alrededor, excepto por él mismo, la casa, Balam y Zotz, era selva y oscuridad hasta donde alcanzaba la vista. Ante este escenario, la adrenalina se apoderó de su cuerpo y salió corriendo a máxima velocidad. Detrás de él, Zotz cantaba algunas frases en una lengua que Aarón no comprendía, pero, por lo poco que había escuchado, reconoció como maya. Mientras corría, hacia cualquier dirección a la que volteara, veía alguna bola de fuego, y no importaba lo mucho que avanzara, escuchaba lamentos y susurros que no entendía.

Aarón llegó a un claro donde había un ancho río que impedía el paso. Del otro lado, para su sorpresa, estaba Zotz, parado en la copa de una palmera.

―Esto fue divertido, pero ya tengo hambre ―gritó el hombre y saltó hacia abajo. Antes de caer, Aarón vio cómo Zotz se transformaba en un murciélago descomunal, incluso más grande de lo que era en su forma humana. La gabardina y las botas fueron fácilmente rasgadas para abrir paso a garras y alas. En menos del tiempo que le hubiera tomado a Aarón procesar lo que recién vio, el murciélago ya había cubierto la distancia entre los dos y lo había derribado.

Con brazos y piernas, Aarón intentó defenderse y golpear a esa bestia, pero ésta sólo emitía sonidos de ultratumba que parecían ser infernales risas. De pronto, con una terrible y gutural voz, el murciélago dijo:

―¿Crees que puedes conmigo? Llevo aquí más tiempo del que te puedes imaginar. Desde antes de que llegaran los hombres blancos del otro lado del mar ―después emitió una larga risa que heló la sangre de Aarón, y le clavó los enormes dientes en el pecho.

La adrenalina que corría por la sangre del joven le impidió sentir el mordisco que desgarraba carne y rompía huesos, y sólo sintió mucho calor. Zotz volvió a su forma humana, y se arrodilló para beber de la herida de Aarón, quien ya comenzaba a ver todo borroso y en cámara lenta. A algunos metros de distancia, Balam observaba. Se le notaba aterrado, pero algo en su semblante reflejaba alivio. Zotz, habló:

―¡Ah! Me olvidaba. Ven acá, Balam. Ya llegó alguien nuevo, así que te puedes ir, como lo prometí ―dicho esto, hizo algunos movimientos con sus manos, dijo una serie de palabras indistinguibles y siguió bebiendo sangre y dando mordiscos a su víctima.

Aarón no supo si era una alucinación previa a la muerte, o algo más, pero Balam se desvaneció en una nube roja y se convirtió en una bola de fuego que comenzó a danzar con las cientos o tal vez miles más que se encontraban reunidas allí.

―Creo que estas personas me quieren mucho. Nunca se van del todo ―bromeó Zotz, y se colocó sobre Aarón, cara a cara. La imagen de Zotz, con una maniaca sonrisa y bañado en sangre, se fue desvaneciendo en la mente de Aarón, quien perdió el conocimiento.

Durante los siguientes meses, en los pueblos cercanos se dejaron de escuchar leyendas de un niño que se aparecía en la carretera. Ahora se hablaba de un hombre joven totalmente vestido de blanco, como esperando a que alguien se detuviera para liberarlo de su maldición.

 

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Sólo oscuridad y silencio (Perdido: Parte II, cuento)

Una historia no tan reciente sobre una persona dando el último viaje….

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Él caminaba solo. El mundo era negro, gris y escarlata, y así lucían sus sueños y virtudes. –Vuela. –, decía la voz, –Vuela–. Él caminaba solo, pero su caminar, en un principio torpe, se convertía en trote; y ese trote tomaba velocidad, como arroyo cuesta abajo en una tarde lluviosa de una primavera fría pero soleada. Pronto sus pies comenzaron a despegarse cada vez más del suelo. El suelo era dorado y el cielo magenta que, tras las nubes negras, refulgía en un llanto amargo de los dioses.

Él corría solo, y las cadenas de amores añejos y recuerdos incrustados en su alma, tan adheridos a ella como la antigua espada de Arturo en la eterna roca, se rompieron, desvaneciéndose en un sueño… Era como si toda su vida hubiera sido un sueño, y apenas lo estuvieran despertando del letargo más grande en que su espíritu había caído, quien sabe por que razón. Soltó las amarras, y así comenzó la última aventura del peregrino que, en un intenso afán de descubrimiento, solo quería encontrarse a si mismo.

Sus pies seguían despegándose del suelo, a pasos cada vez más acelerados, en una senda lúgubre, pues cada paso hacía sangrar al suelo dorado que estaba debajo de él. – Vuela. –, decía la voz,  –Vuela –. Se dio cuenta de que la sangre del suelo no era causada por él, sino que era su propia sangre, la que se derramaba a cada paso. Sangre de oro en una sombría figura, y las nubes negras, sobre él, descendían, mientras que la niebla gris atravesaba su cuerpo; esto lo hacía sentir pleno en este trayecto de muerte.

El silencio imperaba, pues solo un zumbido resoplaba en vez de pisadas, truenos y gritos… Solo silencio. La niebla espesa se volvía aun más densa, de modo que la vista de él se volvía únicamente de color rojo y negro; la sangre era vida, y la vida era sangre. Cerró los ojos, y al abrirlos, la negrura difuminaba todo, pero él seguía corriendo. Solo oscuridad. El vagaba solo, y la celeridad de su propio pensamiento lo llevó  a una pradera, y su cuerpo yacía en el pasto, lleno de vida en sus ojos, pero sin alma en el cuerpo.

Él había sido desterrado de su propio cuerpo por un extraño, y había sido desterrado al mundo de sangre, oscuridad, silencio y dolor. – Vuela. –, decía su cuerpo, recostado en el pasto, –Vuela–. Él volaba solo y mientras la luz del final del túnel lo envolvía, el volaba hacia ella en soledad. Llegó a lo alto del cielo, y se fundió con la luz, y la luz era un fuego que lo consumía. –Vuela. –, dijo la voz de la inmensidad, –Vuela–. Un fuego negro y silente lo envolvió, y el dejó de existir, pero a nadie le importó, pues estaba solo.

Solo oscuridad y silencio.

Última confesión (Cuento)

Un cuento de hace tiempo, sobre una persona en desequilibrio total….

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– En conclusión, señor Pastor, tengo miedo. Más de lo que se podría creer, viniendo de una persona tan “fuerte” como muchos pueden pensar que soy yo. No, no soy fuerte, ni siquiera resistente. Soy solo un iluso con un muro de cinco metros de espesor y veinte de alto alrededor mío; pero si te fijas con atención, ahí voy a estar, llorando y golpeando a los muros que ya ni se si yo mismo coloqué o alguien más lo hizo, pero que no puedo derribar. Las paredes se manchan de sangre, pero lo único que se cuartea y tiembla con cada golpe es mi fe, y no la estructura, la rigidez, el miedo…

La fe, la fe pierde poder y se deja hundir, no porque sea débil ni poco durable, sino porque está agotada. Años de mascaradas, gestas, búsquedas, cortejos, aventuras y demás intentos, algunos de ellos desesperados, y todos han resultado en fracaso. ¿Y lo peor? Que no se ni porque. Y ni siquiera mis nudillos sufren las consecuencias, pues mi cuerpo si es muy resistente (rayando en lo ridículo y tal vez en lo “inmortal”), pero la falta de sangre, y el rojo alrededor mío, me enfurece.

¿Cuántas veces intenté quitarme la vida, y partir al más allá? ¿Cuatro? ¿Cinco? Morir no es algo en lo que tenga habilidad. Simplemente… no quería una muerte espectacular, nada de desastres, pisos altos ni atropellamientos: mi familia no merecía enterrar a una masa sin vida y sin forma. ¡Pero ni el veneno, ni el gas, ni las cuerdas, ni las cuchillas hicieron nada por mí! Incluso he caminado por las calles más peligrosas a todas horas, siempre esperando un pequeño pleito… Sería simple: responder, sacar una navaja y que la gente diga: “Este tonto murió por peleonero, se lo buscó.” Fin.

Pero no, la diosa fortuna no ha tenido ningún acto de buena fe conmigo y todo cambió. Realmente espero que el creador me perdone por mis actos pasados y futuros, pues yo no puedo perdonarlo a él. Mira que darme mil cosas, éxitos y fortunas, pero ¿nadie para compartirlas?, ¡Vaya tortura! Hubiera preferido ser un obrero ganando 5 dólares al día a costa de mi salud, esfuerzo y dolor, para volver a una casa con una mujer y un hijo esperándome. Tal vez estuvieran de malas pues tendrían hambre, pero estarían allí…

No la soledad, no las paredes vacías manchadas de sangre, y no los frascos de pastillas vacíos como recordatorio de que ni siquiera para morir soy bueno. Dígame usted, Pastor, ¿cree que Dios pueda perdonarme por envidiarlo a usted y a tanta gente más, por odiarlo y querer quitarme la vida con tanta devoción? – El Pastor, cuyo nombre no recuerdo, pero de apenas 27 años, estaba sentado, con la mirada perdida. Su rostro parecía reflexivo, pero calmado, como si estuviera angustiado, pero con fe en que todo saldría bien. Pasaron dos minutos y no dijo nada. Pasaron otros cinco minutos en silencio, y Simon siguió hablando.

 – Ah, señor Pastor… su silencio me inquieta. Permítame que siga explicando mis pecados, pues no son todos los que ya le he contado. Hoy será mi último intento de partir y conocer al creador. Mi plan es simple: Abrir los ojos en las puertas del cielo, y usar todo el poder que tengo para vengarme de ese malnacido, por haber callado y permanecido impasible ante todas las plegarias que le dirigí; y estoy seguro que en mi vida, he rezado yo con más fe y con más frecuencia que usted y cualquier otro Pastor.

¿Sabe? La primera vez que abusaron de mí, creía que un ángel o algo así aparecerían a salvarme. La segunda vez, tuve fe en que algún evento pasara, creado por Dios o por quien fuera, y lo detuviera. La tercera vez, me di cuenta de algo: Rezar no sirve de nada. Un cuchillo y un movimiento de mi brazo hicieron lo que Dios no pudo en tres años, ¿o sí? Como quisiera que me respondiera algo, señor Pastor, pero no como un siervo de Dios, sino como un hombre… Lástima que no pueda hacerlo.

Antes de irme, que creo que el momento se acerca, quiero confesarle algo más: no me arrepiento de nada. Solo le estoy contando todo esto pues, no se… Quería platicar con alguien antes de partir al otro mundo. De verdad, quiero pedirle perdón a usted y a todos los aquí presentes por mis actos, pero necesitaba un pretexto, necesitaba que alguien se sintiera inspirado a matarme, y como ya le conté, nadie lo hizo, por más que estuve buscando pleitos en los barrios de esta y otras ciudades.

Ahora si, es todo lo que quiero confesar, oigo las sirenas y se que el fin se acerca. Una vez más, le pido una disculpa, señor Pastor. Es hora de marchar. – Simon salió del confesionario, y contempló de frente, del otro lado, al Pastor. Una bala había atravesado su corazón, y otras cinco hacían manchas rojizas en sus ropas. Simon comenzó a caminar hacia la entrada de la iglesia, esquivando aquí y allá, los cuerpos de todos los feligreses que habían asistido a la ceremonia vespertina. Algunos con heridas de bala, otros degollados o apuñalados… nada importaba, todos muertos.

Simon sabía que solo le quedaban cinco disparos, y él sabía muy bien que no tendría el valor para dirigirse una bala a sí mismo. Sabía que tenía que actuar inteligentemente con esos disparos que le quedaban, si quería cumplir su cometido. En cuanto salió, un uniformado lo intentó esposar, pero Simon pateó en la entrepierna al policía, como había aprendido a hacer con quienes quisieran someterlo, y le disparó justo entre las cejas. Dio otros cuatro disparos al aire, y entonces llovió sobre él una lluvia de balas. Un policía jura que lo escuchó decir –Gracias–, cuando se acercó a revisar que estuviera muerto.

No se y no puedo decir que ocurrió con el espíritu atormentado de Simón, pero si se que esa noche hubo una tormenta eléctrica fortísima. En el cielo, fue una noche ajetreada, sin duda. Una parte de mi, compadece a Simon y reprueba sus acciones, pero dentro de lo más profundo de mi ser, hay una voz que desea con fuerza que él haya logrado su venganza y esté descansando en paz, como nunca hizo en vida.

Mis amigos artistas (Cuento de Terror)

En los pueblitos lejanos a la ciudad, siempre hay gente mucho más supersticiosa. Una prueba de ello es mi tía Clara, hermana de mi abuela, quien siempre ha creído en fantasmas, apariciones, espíritus chocarreros y demás ideas poco racionales. No siempre he tenido mucha comunicación con esa tía en específico, pero recientemente su esposo murió, así que la familia se reunió en el pueblo para su velorio, funeral y demás.

Pese a la incomodidad que me iba a causar ver a mis tíos y primos, que seguramente me iban a preguntar cosas como “¿Cuándo te casas?” “Ya estás un poco grande, ¿no?” y demás tonterías, quise ir a verlos, debido a que precisamente el tío Ernesto era muy querido por todos, además de que hacía tiempo que no veía a mis parientes maternos. Además, mis padres estaban trabajando en Estados Unidos, así que yo era el único representante de mi familia en senda reunión de parientes lejanos.

Llegué en mi auto al pueblo por la mañana. El frío de la montaña se hacía presente, y una densa niebla cubría el camino principal, que era una linda forma de llamarle a la línea de terracería que iba de un lado al otro del pueblo, de por si formado por apenas mil o mil quinientos habitantes. Estacioné junto a la casa de la tía Clara, donde vivía con su difunto marido Ernesto, y pasé a saludarla. A pesar de su tristeza, el recibimiento fue muy grato y me dio un abrazo como si fuéramos allegados de toda la vida.

Pasé a ver el ataúd en que descansaba mi tío, en un cuarto cercano a la entrada, donde mi tía había adaptado para poner un altar, flores, fotos, veladoras y demás objetos ceremoniales. Se le veía pálido, cansado. Al menos, según mi tía Clara, murió de un paro cardiaco fulminante durante su sueño. Eso es extraño, ya que mi tío siempre había gozado de buena salud, pero bueno, es la mejor muerte que se puede pedir, al menos en mi opinión. Nada de sufrimientos, llantos, ni nada parecido. Solo tranquilidad. Mi tía notoriamente había estado llorando por horas, así que le dije que lo mejor sería salirnos un par de horas de ese cuarto, para que respirara y se distrajera un poco. Ella aceptó y salimos al jardín.

Ya afuera, ella me invitó un plato de caldo caliente y barbacoa de chivo, que me supieron a gloria y me hicieron sentir en casa. Después, ella notó que yo tenía mucho frío y no traía nada para cubrirme, y me dijo que tenía complexión similar a la de mi tío, que si quería tomar uno de sus abrigos para que no me enfermara. Pasamos al cuarto de los dos, y lo primero que llamó mi atención fue una pila de hojas gruesas de dibujo en un escritorio, en cada una de ellas estaba pintada una persona.

Mujeres, niños, ancianos y demás personas, todas mirando de frente, sin paisaje ni nada detrás de ellos. Lo inquietante eran dos cosas: primero, todos ellos usaban ropa color marrón y estaban muy pálidas del rostro, y segundo, los ojos de todos eran color ámbar con tonos rojizos, y se veían sumamente enojados. La calidad de las pinturas era tal, que incluso parecía que los personajes plasmados estaban viéndote fijamente. Eran quince los retratos, y cada uno se veía más amenazador que el anterior.

Le pregunté a mi tía sobre los dibujos, y ella me respondió que, como yo ya sabía, mi tío era pintor. Pero últimamente había pasado de dibujar y pintar lugares y animales, a pintar esos retratos. Lo anterior a raíz de que volviera de unas vacaciones a un lugar que ella nunca supo cual fue. Me dijo que les ponía mucho empeño e incluso rompía los lienzos si tenían la más mínima falla. Además, no se sabe quienes eran, ni siquiera si eran personas reales. Mi tío los llamaba “Mis amigos artistas”, y llegó a pasar los últimos meses en su estudio, más tiempo que en compañía de su familia.

Mi tía me explicó que su estudio, como le llamaba a la bodega donde pintaba y a veces dormía, estaba separado de la casa, pero en el mismo terreno, así que si yo quería, después podía pasar a ver cuanto quisiera, pero que no entrara solo, pues el ambiente en esa bodega era muy pesado y seguramente mi tío “seguía allí”. Yo asentí con la cabeza, aunque he de admitir que me causó algo de gracia debido a que no creía en esas tonterías de fantasmas, ni cualquier otra cosa paranormal ni supersticiosa.

Después de esa plática sobre mi tío, me preguntó sobre mi vida. Yo no le dije mucho, solo que por fin había terminado de escribir mi primera novela, incluso le regalé una copia. Ella me felicitó, complacida de que hubiera otro artista en la familia. En fin, entre charla y charla, risa y risa, pasó el día muy lentamente, como suele suceder en provincia, entre saludos y más saludos a los parientes que iban llegando, la mayoría de los cuales solo había visto una o dos veces en toda mi vida. Tal vez más, pero igualmente no los recordaba. Yo me quedé cerca de la tía Clara, la cual necesitaba más que nadie de atención. Pronto, la casa estaba repleta de familiares y amigos del tío Ernesto.

Así, ya con todas las personas que se esperaba que fueran en casa, se inició el rezo del rosario. Yo no soy religioso, pero soy de la idea de que si repetir una oración cien veces te hace sentir mejor, entonces es una buena idea hacerlo, así que permanecí serio y callado durante la ceremonia. En fin, casi una hora y muchísimos “Ave Marías” después, se sirvió café bien caliente y pozole, que se cocinó en cantidades masivas para tantas personas que ahí se encontraban. Terminada la cena, mi tía Clara dijo que la misa del día siguiente sería a las 9 de la mañana, y posteriormente iríamos al cementerio para darle sepultura.

Con eso en mente, muchos de los invitados, que también vivían en el pueblo, se despidieron y partieron a sus casas para descansar. Mi intención, y la de muchos otros familiares y amigos, era ir a una ciudad que se encontraba a hora y media del pueblo, para poder dormir en cualquier hotel, pero antes de poder hacerlo, comenzó a llover, a cada minuto más fuerte. Mi tía nos invitó a quedarnos en su casa, ya que con la lluvia y el camino de tierra, transitar hacia la ciudad era difícil, tardado y hasta peligroso.

Sin embargo, éramos alrededor de 25 personas, y la casa no era tan grande. Así que nos dividimos a suertes los cuartos, camas, sillones y espacios donde podríamos dormir. Afortunadamente, mi tía contaba con cobertores suficientes para esparcir como una alfombra en el suelo, de modo que muchos que no alcanzaron cama o sofá, pudieron dormir en el suelo. A pesar de ello, yo siempre he sido un poco… especial, respecto a dormir con tanta gente, y más aún en el suelo. Así que le dije a mi tía que mejor me iría a dormir a mi auto.

Ella no me dejó, y me dijo que me cedería su lugar en la cama. Yo le respondí negativamente, ya que aceptar eso sería muy descortés de mi parte, y recordé el estudio de mi tío, donde el pintaba y también dormía, se lo mencioné a mi tía. Ella no quería dejarme debido a su creencia de que mi tío estaba en ese cuarto, pero mi insistencia la logró convencer, y me dio la llave de su estudio, diciéndome que por favor me cuidara, y que si pasaba algo malo, sin dudarlo fuera a decirle.

Yo tomé una cobija y salí corriendo de la casa, ya que si hubiera atravesado el patio caminando me hubiera empapado completamente, y entré al estudio. El estudio estaba en la parte más alejada del terreno de la casa, y estaba rodeado de muchos árboles, además que pude ver que afuera, tenía un pequeño tapete que decía “Bienvenido”. Escuché que dejó de llover, y encendí la bombilla de la bodeguita, colgada de un cable al centro de la habitación. Había un escritorio con varios bosquejos a lápiz, y algunos lienzos ya empolvados con pinturas de paisajes y demás.

Lo que me sorprendió, fue que en los cuatro muros del estudio, estaban colgados retratos de diferentes personas. Las mismas personas de las acuarelas en el escritorio de su cuarto. Estas pinturas estaban en marcos redondos, y eran más realistas, pero también había ojos ámbar rojizo, trajes marrones y miradas agresivas. Esta vez, de fondo, todos los retratos de los “amigos artistas” de fondo un bosque, y en todos los cuadros era de noche. Sin darle más importancia, vi que en una esquina del cuarto había un catre, donde me acosté e intenté dormir, después de apagar la luz.

Me costó trabajo dormir, ya que se el ambiente si se sentía pesado, de hecho, el estar dentro de la bodega me causaba cierta pesadez y cansancio, me sentía triste y melancólico. Nada raro, seguramente me sentía triste por la muerte de mi tío, que aunque no fuera muy cercano a mi, era de la familia. Me quedé dormido, y desperté después de un par de horas. Vi mi reloj, y eran las tres de la mañana. Volteé a mí alrededor, y pude ver que los retratos tenían miradas más retorcidas, como si se estuvieran riendo y burlándose de mí. Ahora tenían las bocas abiertas, pero no tenían pintados dientes.

Me sentí gravemente asustado, pero volví a acostarme, convenciéndome de que era una ilusión óptica producto del juego de luces y sombras que causaba la única ventana que había en la bodega, justo junto a la puerta. Me quedé dormido, pero volví a despertar. Ahora eran las cinco y media de la mañana. Escuché un murmuro alrededor de mí, y cuando me destapé y pude ver los retratos, quedé aterrado. Ahora, no tenían ojos, sino que las cuencas eran rojas y parecía que lloraban sangre.

Tenían la boca completamente abierta y tenían la lengua salida, como si los hubieran ahorcado. Yo no pude más, y salí de la bodega. Al abrir la puerta, pude ver que el tapete de la entrada decía “Hola, escritor”. Muerto de miedo, corrí de vuelta a la casa, donde afortunadamente, algunos parientes estaban despiertos, bebiendo y charlando sobre mi tío fallecido. Me vieron pálido y me preguntaron el porque, a lo que yo respondí simplemente que tenía frío y eso no me había dejado dormir bien. Charlé y bebí con ellos, olvidándome por un rato de lo acontecido. Amaneció, y despertó mi tía Clara.

Me preguntó que como dormí, y le dije que no pude dormir, no quise decirle de las cosas que vi, ya que eso sería aceptar que ella tenía razón sobre las “presencias” de la bodega, pero si le confesé que los cuadros de mi tío me habían perturbado mucho. Ella se extrañó, y me explicó que apenas hacía dos días había entrado al estudio, y no había ningún retrato colgado en las paredes; además que nadie más había entrado desde entonces.

Sobresaltado, le dije que si, que había pinturas de las mismas quince personas que habíamos visto en su escritorio, y le tomé la mano para que fuéramos a verlas. ¡No podía ser una alucinación mía! Abrimos la puerta del estudio, donde el tapete de la entrada volvía a decir “Bienvenido”, y pasamos. Ella tenía razón, no había ningún retrato. Me miró completamente pálido y me dijo que no me preocupara, que tal vez había visto mal, que tal vez me había confundido con tantas ventanas.

Miré a mi alrededor, completamente ido, y comprobé que además de la ventana junto a la puerta que había visto por la noche, había otras quince ventanas pequeñas, redondas, dispersas alrededor de las paredes, justo en los lugares donde había visto las caras. ¿Qué había pasado? No sabía y no quería saberlo. Me disculpé con mi tía, y le dije que me debía ir, regresar a mi casa. Ella me vio tan asustado que no puso ningún “pero”, así que me dispuse a volver. Tomé mi maleta y la metí a la cajuela, posteriormente subí a mi automóvil.

Entré, y pude ver que en el asiento del copiloto, había una caja de regalo, recargada al asiento. La abrí, y pude ver un retrato de mi tío Ernesto mirando de frente, sin paisaje ni nada detrás de el, vistiendo un traje marrón, pálido del rostro y con los ojos de un color ámbar con tonalidad rojiza. Mi tío, a pesar de también tener los ojos con semblante enojado, tenía una ligera sonrisa dibujada en el rostro, tal y como si acabara de cometer alguna maldad y se sintiera orgulloso de sí mismo.

Busqué en la caja para ver si había algo más, pero no encontré nada. Sin embargo, al voltear el cuadro de mi tío, pude ver algo escrito en la parte trasera: “Eran mis amigos, ahora somos tuyos. Todos somos artistas. Uno los esculpía, otro les componía canciones, yo los pintaba… Ahora, te toca a ti escribirnos. ¡Pero hazlo bien!, porque a algunos de nosotros no les gusta el arte de mala calidad, y pueden, tal vez, ponerse un poco agresivos.”

Cabana

Voces (Cuento de Terror)

No se si estén enterados, pero hay una convocatoria de la marca “Rexona” para escritores de cuento. ¿De qué trata? Hay un escritor, Alberto Chimal, el cual te deja un cuento “a medias”, y terminarlo es tu tarea. Los diez mejores serán publicados en un libro y toda la cosa. Yo entré, y me gustaría colocarles aquí el inicio del cuento, para que sepan de que se trata, y mi final… para que me digan que les pareció. Este final es algo de miedo, y espero que lo disfruten…
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VOCES
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Inicio del cuento (por Alberto Chimal): 
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—No te había visto en mucho tiempo —le dije.
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Y era verdad. Bueno, aproximadamente verdad. Lo cierto es que, si bien no nos habíamos encontrado cara a cara, en esos días se le podía encontrar por todas partes: las historias que contaban amigos y desconocidos, las fotos en redes sociales, y hasta algún reporte noticioso por aquí y por allá. Unos meses antes era una persona más: una de millones que habitamos este mundo aburrido y lleno de cosas extrañas que no nos sorprenden en absoluto. Pero ahora…
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— ¡Estás por todas partes! —Continué— Viajas, todo el mundo te ve, todo el mundo habla de ti… No me vas a decir que no te sorprende.
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— ¡Claro que me sorprende! —contestó. En varios aspectos no había cambiado: seguía dando la impresión de que se alegraba al verme, por ejemplo, y creo que se alegraba de verdad— Si hace un año me hubieras dicho que esto iba a pasar…
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— ¿Y qué fue lo que pasó?
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—Me alegra mucho que preguntes —respondió. Estábamos en su departamento, que era el mismo, tan pequeño y desarreglado como siempre. Se levantó, se puso a rebuscar entre muebles y cajas de cartón y regresó con una de ellas. Una caja cúbica, no muy grande ni muy chica.
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No sé por qué, pero pensé que una caja así podía contener muchísimas cosas: un vestido de novia, o una bola de boliche, o una consola de juegos con sus accesorios, o…
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—Todo lo que está pasando se lo debo a lo que está en esta caja —dijo, y la abrió.
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Final del cuento (Por A.E. Bataz)
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Sacó de la caja, otra más pequeña. Era rectangular, negra con rubíes a todo lo ancho. La abrió, y había un cristal amarillento muy pulido, un espejo. Se borró su sonrisa, y comenzó a gritar: – ¡Yo la encontré! ¡Nadie más! ¡Esa caja me quería a mí! ¿Recuerdas la expedición hacia la selva? ¿Esa en la que Héctor, nuestro amigo, nos invitó, pero no pudiste acudir? Bueno, por las noticias, ya sabes que el avión se estrelló y solo yo viví…Bueno, amigo, ¿cómo crees que sobreviví? ¿Por qué es que te llamé?
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– Cuando encontré la caja, no podía abrirla, pero la guardé. Al día siguiente desperté de pie, junto al cuerpo de Ana, mi querida novia, ¡ahorcada! Todos en el campamento tuvimos miedo de que hubiera alguien en el bosque, pero seguimos. Al día siguiente, desperté junto al cuerpo de Héctor, ¡apuñalado! Decidimos regresar a la ciudad, pero… A medio camino la caja se abrió, ¡sola! Vi al espejo, y allí estaba… con las facciones caídas, babeando, llorando sangre, ¡no era yo! Él… Me pedía una sola cosa, me gritaba: “¡Sangre! ¡Sangre!” ¡Nadie más lo escuchaba! Cerré la caja, pero su voz seguía taladrando mis oídos.
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Maté al piloto y el avión cayó. Pero salí ileso, ¡él me había protegido! Ahora da igual, porque la voz me sigue pidiendo sangre, ¡incluso me susurra nombres! Espero que me perdones, querido amigo, pero llevo semanas sin matar a nadie, y la voz hiere, amanezco con marcas, ¡me pide tu nombre! ¡Quiere tu sangre! – Sacó de su abrigo un cuchillo y caminó hacia mí. Yo corrí a la puerta, pero ya estaba cerrada y no podía abrir. Volteé, y sentí un terrible dolor en mi costado. Antes de caer, escuché sus gritos otra vez.
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– ¡Perdón! ¡Solo quiero que se acaben las voces!
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¿Qué opinan? Espero sus sugerencias.
Si quieren, la convocatoria del concurso está en: http://paginas-web-internet.com/apps/home

Perdido (Cuento de Terror)

– Ya vístanse rápido, nos tenemos que ir al funeral. – esas fueron las palabras de mi padre. Hacía tres días solamente, había muerto mi tío y ahora al parecer, teníamos que alistarnos y subir pronto al carro, para poder ir a Azcapotzalco, donde sería el entierro. Mi tío murió de una manera trágica: el alcohol fue su veneno, que poco a poco fue sacándole la vida, hasta llegar al punto de que se alejó de toda la familia y se enclaustró en su casa, donde también vivía mi abuelita aunque últimamente se estuviera quedando en otro lugar, para poder beber a gusto.
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Encontramos su cuerpo el día 26 de diciembre. Mi padre fue a verlo debido a que normalmente, sin importar las disputas, era habitual recibir al menos una llamada suya en Navidad. Abrió el portón del gran patio donde vivía mi tío, con la llave de mi abuelita, y lo cruzó. Al abrir la puerta de la casa, solo vio los pies de su hermano. El estaba acostado en el suelo, tenía una botella a medio beber en la mano y se había caído de la silla en que estaba sentado. Además, era notable que ya tuviera varios días ahí; esto era delatado por la fila de hormigas que recorría su cuerpo y el aroma particular de la muerte, que se aferra en contra de cualquier intento de limpieza.
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En fin… hoy era el día de su funeral, en que, si todo sale de acuerdo a como estamos acostumbrados a que nos digan, se reunirá con Dios, con mi abuelo y con cualquier otro ser querido que hubiera partido en el pasado. La voz de mi padre era muy sombría, lo cual era normal, considerando que recién había partido su hermanito. Sin embargo, escuchaba algo más, como si hubiera un lúgubre pesar que va más allá a cualquier otro. Como sea, todos subimos al automóvil de mi padre: mi madre, mi hermana, mi prima y yo.
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Nadie hablaba, todos lloraban amargamente. Tal vez, muy amargamente. ¿Yo? Me sentía triste, él había sido uno de mis tíos más allegados y queridos, además de mi padrino de bautizo y alguien muy confiable. Sin embargo, considerando los eventos recién ocurridos, me sentía muy tranquilo. Me explicaré por si no me entienden: mi novia… o bueno, mi ex novia, me había terminado hacía tres o cuatro meses, en el momento que hasta el día actual, ha sido lo más terrible que me haya pasado.
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Ella y yo terminamos, y con ello se acabaron la promesa de un matrimonio, una familia y tal vez las únicas cosas con las que me he permitido soñar. Sentía que la vida se me fue cuando ella dijo “Adiós”, e incluso pensé que esa sensación nunca se iría. Fue en mi cumpleaños, a inicios de octubre, que ella se fue, y desde entonces me rehusé a soñar con empeño, reír con empeño, disfrutar con empeño… A vivir con empeño, a ser una persona. Todos los días le pedía a Dios, a la Vida o a quien fuera que me llevaran, y así podría dejar de sentir, con la esperanza de que en otra vida podría encontrarla.
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Hacía un año, ella me había prometido pasar la siguiente Navidad con ella. Podríamos cenar juntos, ver películas, darnos muchos abrazos y hacer el amor; podría hacerla tan feliz a ella como ella me hacía a mi con solo mirarla. Pero las cosas no son como uno las desea, Navidad ha pasado hace ya casi una semana, y no pude ni escuchar su voz. Extrañamente, hoy desperté y me sentía más tranquilo, como si ella, mi familia y las cosas en general hubieran dejado de tener importancia.
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Yo me sentía ido, mientras escuchaba los llantos de mi familia, llantos en honor de un tío muy querido, que se fue antes de tiempo, víctima de las circunstancias. Yo intenté decir cualquier cosa para que se calmaran, ya que siempre soy yo quien, en mi familia, se inventa un comentario gracioso o sarcástico cuando las cosas van mal, para levantar un poco la moral. Sin embargo, nadie prestó atención y todos lloraban… Solo lloraban. Y con razón, mi tío había sido muy querido, y apenas tenía 40 años.
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Llegamos a casa de mi tío, donde se encontraba mi abuelita, para poder dirigirnos a donde sería el funeral. Mi padre se levantó y salió del auto diciendo sin dejar de llorar: –Esperen aquí, voy por mi mamá. – Los demás simplemente abrieron las puertas y se quedaron dentro, para así dejar entrar un poco de aire. A pesar de ser invierno, esa mañana era soleada y bastante cálida. El silencio reinó en el auto por unos segundos, solo siendo corrompido por uno u otro sollozo. Yo me bajé también del auto, ya que normalmente le ayudo a mi padre a cerrar el portón cuando mete el carro a esa casa.
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Me metí al amplio jardín de mi abuela, aunque no vi a mi padre ni pude escucharlo. Los árboles del patio estaban secos, como si la partida de mi tío los hubiera hecho marchitar. El sol dejó de brillar y las grises nubes llenaron el cielo azul. A pesar de que ya me encontraba a varios pasos del auto, escuchaba los llantos de mis familiares cada vez con más fuerza, cada vez más cerca, cada vez más desgarradores y llenos de tristeza, impotencia y tal vez cierto odio. El portón se cerró de golpe en un ventarrón que me sobresaltó, y de pronto pude escuchar a mi abuelita, ya afuera de la casa, aunque no la vi ni escuche pasando por el jardín en que yo me encontraba.
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La voz de ella se quebraba mientras saludaba a quienes se encontraban en el auto, y pronto su llanto se incorporó al coro de lamentos que emanaba de afuera de la casa, pero que yo escuchaba con la fuerza de un taladro que perforaba mi espíritu. Me dispuse a salir del portón y reunirme con los demás. Así podríamos ir al funeral, ellos podrían terminar de llorar y tal vez podríamos superar todo esto, por duro que fuese. Y es que a pesar de que yo me sentía tranquilo conmigo mismo, la situación no podía más que asustarme, nunca había oído llantos tan desgarradores.
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Sin embargo, antes de salir volteé hacia la casa, y pude ver la puerta abierta y la luz prendida. Caminé lentamente hacia la entrada, mientras esos lamentos seguían aumentando y aumentando. Escuché el carro encendiéndose y poniéndose en marcha, pero eso no me importó, pues los sollozos seguían. Entré a la casa de mi tío, justo en el lugar donde fue encontrado, cuando se apagó la luz, dejándome a oscuras completamente, y la puerta se azotó detrás de mí, haciéndome saltar y poniéndome en estado de alerta, con escalofríos en la espalda.
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Tanteé la pared hasta encontrar el interruptor, pero cuando encendí la luz de nuevo… Ya no estaba en casa de mi tío y mi abuela… Estaba de nuevo en mi casa, en la sala de mi casa. Los lamentos dejaron de escucharse en mis oídos, pero podía escuchar que ahora venían del piso de arriba. En la casa no había nadie, y aparentemente ya era de noche, pues por las ventanas solo se podía ver una gran oscuridad y niebla, nada más. El miedo me llenaba y estaba al borde del llanto cuando subí las escaleras y se apagaron todas las luces, excepto la de mi cuarto.
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Caminé, un paso a la vez, hacia la puerta. Cerré los ojos, temiendo encontrar algo que no deseaba ver. Entré y los abrí. En mi cama, me encontraba yo, con los ojos abiertos, inmóvil. Me encontraba abrazando un marco de fotografía, y llevaba la misma ropa que traía puesta yo en ese momento. Tenía lágrimas ya secas en el rostro, y una mirada completamente perdida e inexpresiva. Además, dos arroyos de sangre habían terminado de emanar de mis muñecas. Era yo, y yo estaba frente a mi cuerpo.
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Me arrodillé y no pude hacer más que gritar, uniéndome al coro de llantos y gritos de mi familia. Tomé el marco de fotografía de mis manos muertas, y pude ver una foto de ella, sonriendo y mirando a la cámara; con esa sonrisa tan hermosa que siempre me robó el aliento y esos ojos llenos de fuego en el que me consumí una y otra vez. Sostuve el cuadro con una mano, y con otra abrí las cortinas, deseoso de ver el cielo y tal vez, intentar partir de este mundo. Pero no, afuera de la ventana de mi cuarto no estaba el paisaje habitual; paisaje compuesto por el cielo, montañas y casas cercanas.
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No, ahora había un muro cubriendo la ventana, yo me encontraba atrapado. La luz se apagó, y cuando se volvió a encender, yo estaba en un cuarto completamente negro, amplio, lleno de gente. Mi familia, mis amigos, ella y todas las personas que significaron algo para mi estaban ahí, además de otros desconocidos. Todos lloraban y comentaban vivencias relativas a mí o a mi tío. Miré al centro del cuarto, y pude ver dos féretros. Junto a uno, estaba mi tío, de pie, llorando y mirando hacia mí. No dijo nada, solo levantó su mano en señal de despedida, y dio la media vuelta, desvaneciéndose en el aire.
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Tal vez yo debía hacer lo mismo, partir y dejar ir el pasado. Aun tenía el retrato de ella en mi mano, así que lo sostuve nuevamente, lo besé y le dije: –Tranquila. Te amo, te encontraré el la próxima vida. – lo abracé, miré a mi alrededor, notando que poco a poco los llantos de hacían más tenues y las personas se veían mas lejos. Miré de nuevo al cuadro, y me centré en sus ojos y el fuego que los llenaba. Tal vez vi con mucha fuerza, pues ese fuego de pronto salió de la imagen y comenzó a encenderse a mí alrededor. Sin saber que es lo que pasaría, cerré los ojos, dejé que mi alma se fuera y permití a sus ojos, llenos de fuego, que me consumieran por última vez.
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Entonces, me quedé solo.
No había llantos, dudas ni temores.
No estaba ella, ya ni siquiera estaba yo.
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Solo oscuridad y silencio.

El juego (Cuento)

Sonó el silbato. Era un sonido tan fuerte que me hizo zumbar los oídos. Vi a mí alrededor, estaba en mi campo, mi templo… mi casa. El marcador, no lo sabía y no importaba. Desde afuera del campo, el coach gritaba indicaciones y mandaba jugadas. ¿El equipo rival? Su uniforme era desconocido, negro con dorado, los números escritos de un rojo vivo parecido a la sangre, su brillo era similar al del Sol en el atardecer.
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El coach pidió tiempo fuera y alzó la voz. — ¡Cabrones! ¡Es el último cuarto, da el último esfuerzo! ¡Todo o nada! ¡Con el corazón! ¡Como si se les fuera la pinche vida! — Sus palabras nos hincharon de ánimo. Tras escuchar, avanzamos al centro del campo y nos colocamos en posición. La danza de cascos, hombros, golpes, gritos y polvo era tan grandiosa como siempre, pero estaba cansado… Mi pecho dolía y los golpes caían en mí como martillos, pero nunca ha sido propio de mí salir sin pelear un poco más, así que continué.
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Sonó el silbato. Eso solo podía significar que quedaban dos minutos de juego. Miré a mi alrededor, algo no iba bien… Hacia unos minutos la tribuna estaba a reventar, ahora apenas quedaban personas. Las luces del campo palidecían, y el fulgor de la Luna Llena, la luz más brillante en ese momento, iluminaba el campo, dándole un cariz más siniestro.
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De pronto, se alzó una nube de humo y polvo, y mis compañeros y rivales por igual parecieron convertirse en sombras a mí alrededor. La tormenta de tierra los acariciaba, convirtiéndolos en arena y desvaneciéndolos ante mis ojos. Casi todas las personas se desmoronaban a diestra y siniestra.
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Sonó el silbato. Ya no había árbitros, tribuna ni coaches, pero aun así sonó. Diez, quedaban 10 segundos de juego y solo 10 jugadores por cada equipo. Sin saber porque, y a pesar de la situación, nos colocamos en posición. Tal vez pensamos que cuando el juego terminara, también lo haría esta pesadilla. Nos alineamos y el Mariscal dio voces…
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—Listos… Down. ¡Set! ¡HUT!
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El grito de guerra fue seguido de un estruendo y un bizarro espectáculo. Al chocar los cascos, propios y extraños se convertían en arena, como hace algunos momentos ocurría. Todos chocaron unos contra los otros y se desvanecieron ante mí. Todos excepto uno.
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En el extremo opuesto al que yo me encontraba, un jugador rival me veía. En vez de números, tenía unas llamas dibujadas en su uniforme. Vi que el balón estaba a mis pies y lo recogí. El corrió hacia mí y yo hice lo mismo. Mi pecho ardía cada vez más, mis músculos estaban molidos, mi garganta estaba seca y llena de tierra, pero corrí.
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Sonó el silbato. Un silbato proveniente de ningún lugar y con un sonido ahogado que me hizo temblar por dentro. Sentía que nuestros pasos hacían temblar el campo… o lo que quedaba de el. La luz de la Luna era cada vez menor, ahora el campo era una gran sombra, y lo único que iluminaba eran las llamas grabadas en su jersey, unas llamas brillantes y cálidas.
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Gritó — ¡Eres mío! — y sonrió. Yo también sonreí y aceleré el paso. A pesar del panorama tan confuso, siempre he disfrutado de un buen golpe, y mi extraño rival parecía ser fuerte, tal vez demasiado fuerte. Chocamos y nuestros cascos se rompieron en el golpe más doloroso que haya sentido. El cayó, y al tocar el suelo, su cuerpo se deshizo, convirtiéndose en polvo, apagando la luz de las llamas.
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La inercia me hizo caer a mí también, pero donde antes estaba el campo, ahora solo había oscuridad y un abismo sin fondo. La oscuridad me abrazaba, mientras sentí mi cuerpo cada vez más adolorido y cansado, comencé a perder el conocimiento. ¿Esto sentían los demás cuando se convertían en arena?
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Sonó el silbato. Era un sonido tan fuerte que me hizo zumbar los oídos. Yo seguía cayendo, cuando me di cuenta de que el sonido comenzaba a cambiar, transformándose en una sirena. Caí, caí y aterricé en una cama. Mis hombreras, fundas, jersey y casco ya no estaban. Confundido, abrí los ojos.
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— ¡Despertó! — Dijo Alberto.
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Yo no comprendía… — ¿Qué? ¡¿Dónde estoy?!
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— Ya casi llegamos al hospital, no te preocupes. — Me contestó Fernando.
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— ¡¿Hospital?! ¡¿Qué me pasó?!
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— Ya, déjenlo respirar. — Dijo el hombre de blanco. —Es normal que no recuerdes, chico, pero pronto lo harás. — El notó la duda en mi rostro y prosiguió. — Mira, hubo un accidente. Tus amigos salieron sin problemas, pero, por como ocurrió el choque, solo tú te llevaste la peor parte. De hecho, te perdimos por un momento. Yo creía que ni con los desfibriladores íbamos a lograr sacarte. Bueno, gracias a Dios, estás vivo. ¡Incluso consiente! A decir verdad, no entiendo como es esto posible.
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Beto se veía aliviado y dijo: —Si hombre, ahora descansa, mejor duerme. Ya vamos al hospital, vas a estar bien y no hay falla. ¡Uff! ¡Dios te ama, brother!
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— ¡No, que! — Respondió Fernando. —Ja, ja, ja, conociendo aquí al compadre, ¡seguro que fue al infierno y le pasó por encima a la muerte!
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(Si, yo se, no es la mayor obra maestra que he hecho, pero igual me divertí escribiéndolo y es de mis primeros cuentos, así que es muy valorado por mi)

Sábado por la Tarde (Cuento de Terror)

Estás sentado, o sentada frente a tu computadora, en un acostumbrado rato de ocio. Miras las actualizaciones de tus amigos, revisas tus correos nuevos y no ves más que las mismas cosas de siempre. Algunas imágenes graciosas, publicaciones sin sentido, correo basura, publicidad y demás. Pasan las horas y tu aburrimiento aumenta, así que pones música. Tu música favorita, ¿Algo instrumental, o con vocalista? ¿Algo armonioso, o más bien estruendoso? No se, es tú música favorita, tu decide.
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El sol está cayendo, como puedes ver desde la ventana cercana a la que estás. La luz no es amarilla como durante el día, ni hay oscuridad como en la noche, sino que entra una ligera iluminación rojiza, anaranjada, propia de esa hora del día que no es ni día, ni noche, sino algo más. Necesitas aire, te sientes con cierta pesadez y sofoco, así que abres la ventana de par en par, descubriendo así unas pocas gotas que golpean contra el suelo, los autos, las casas y las personas que van caminando en la calle.
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La llovizna cae, y te abstraes por unos minutos mirándola fijamente, como si nunca lo hubieras hecho antes. La brisa, en comunión con la música, te relaja, poniéndote en un estado de armonía con tu propia persona. Pero la música deja de llamarte la atención, deja de ser importante, así que mejor enciendes el televisor, con ganas de no pensar y seguirte distrayendo, ya que esta tarde precisamente, no tienes nada que hacer y buena falta te hace pasar una tarde y una noche haciendo absolutamente nada.
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Así, cambias de canal una y otra vez, buscando algo lo suficientemente interesante como para perder el tiempo mirando: telenovelas, documentales, caricaturas, películas, deportes… nada te llama la atención. ¿Por qué? ¿Es que deberías estar haciendo otra cosa? ¡Quién sabe! Eliges un canal donde están transmitiendo una película, esa que tantas ganas tenías de ver, pero que por una u otra razón, no habías podido. ¿Es una película romántica? ¿Tal vez una película de acción? ¿Qué actor sale?
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No importa, miras la película con comodidad desde tu sofá, tu cama, o donde te sientes mejor, cada vez con más atención en la trama, hasta que dejas de notar todo a tu alrededor. De pronto, se corta la película, pero no por comerciales como suele suceder, sino que aparece el presentador de noticias que normalmente vez, se le ve algo alarmado y comienza a hablar: –Interrumpimos la programación por un anuncio importante. – El presentador explica que un reconocido asesino serial norteamericano escapó de la prisión Estatal de California, huyendo con rapidez y habilidad a México.
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Aparentemente, el quiere ir cada vez más al sur, tal vez para desaparecer en algún punto de Centro o Sudamérica, pero no tiene dinero, así que va a paso lento por todo el país. Ahora viene lo importante: la última vez que alguien lo vio, reconociéndolo por fotografías brindadas por la policía Americana, fue en la zona centro del país, y más precisamente, a un par de calles del lugar en que te encuentras en este momento, mientras mirabas esa película. Y el problema no era ese, sino algo aun peor.
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Según los psiquiatras de la prisión en que estaba, el asesino tenía fuertes trastornos mentales que apenas eran tratables incluso con medicamentos, por lo que en cualquier momento podría volver a matar sin importarle el riesgo de ser capturado. En cualquier momento… La transmisión extraordinaria termina con una fuerte sugerencia de no salir al anochecer, y la película que estabas mirando continua, pero ya no logras prestarle atención como antes. ¡Un brutal asesino prófugo, probablemente paseándose por tu colonia!
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Ese pensamiento no te deja en paz, pero sigues intentando forzarte a terminar de mirar la televisión por un par de horas más. Por una u otra razón, te encuentras en soledad en tu casa. Todos los demás están fuera; tal vez en una fiesta, tal vez en casa de algún pariente o amigo, tal vez de vacaciones en algún lugar. Pero la soledad te asusta, así que llamas a alguien, para poder así pasar el tiempo y despejar la mente, pensar en otra cosa. ¿A quién llamas? ¿Un amigo? ¿Un pariente? ¿Tal vez a tu pareja?
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No se, pero tomas el teléfono y le pides a esa persona que venga a tu casa a pasar la noche perdiendo el tiempo, a lo que responde afirmativamente, pues te escucha algo mal, y piensa que te hará bien la compañía. Puede que normalmente no seas de las personas que se asustan con facilidad, pero esta noticia…tiene algo especial, algo que de verdad te causa nerviosismo y no te deja pensar en paz. Si, cuando llegue la persona que invitaste, te sentirás mucho mejor. Mucho, mucho mejor.
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Pasa un rato, hasta que te das cuenta de algo importante: ya anocheció, y tu luz está prendida. Si hay alguien buscando una presa ahí fuera, tal vez esa luz le haya llamado la atención. No, no puede ser. Sin embargo, apagas las luces de tu casa y te encierras en tu cuarto. Solo entonces descubres algo peor: llamaste a alguien para que fuera a tu casa, de noche, con un asesino rondando la colonia. ¿Qué hiciste? Llamas a su celular. La otra persona contesta, diciéndote que ya está a dos calles de distancia, pero que pasará a una tienda a comprar botanas para pasar la noche, que no te preocupes.
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Tu te relajas y vuelves a encender la luz, poniendo un poco de música relajante para calmar esos nervios, que tan alterados se encuentran en este momento. Pasan los minutos, veinte para ser precisos, y tu invitado no llega. ¿Qué habrá pasado? Tal vez las tiendas estaban cerradas, tal vez mintió al decir que ya estaba cerca y apenas iba saliendo de su casa… cualquier cosa puede estar pasando. Cualquiera. ¿Y si…? Vuelves a llamar. Suena, suena, suena, pero no contesta. Te alarmas y vuelves a llamar.
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Nadie contesta, así que mandas un mensaje de texto: “¿Dónde vienes? ¿Todo bien?” A los pocos minutos llega una respuesta: “Todo bien, ya llegué. Ábreme.” Esa respuesta, dentro de todos tus nervios y alarmas, te causa cierta paz, así que rápidamente vas a la puerta de la entrada, para así abrir y poder estar en compañía de alguien más durante esa noche tan extraña, tan oscura, tan aterradora. En ese momento, tú agarras la manija de la puerta con toda la disposición de abrirla, pero pronto un pensamiento pasa por tu mente y la inunda. La respuesta que te envió fue algo extraña, ¿no?
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¿Por qué no respondió las llamadas, pero si el mensaje con tanta rapidez? Tal vez lo mejor sería no abrir la puerta… Dices en voz alta: – ¿Estás ahí? – para saber si realmente quien invitaste se encontraba del otro lado. Pero no hay respuesta, o más bien, no escuchas su voz. Se oyen tres golpes secos y fuertes en la puerta, seguidos de un quejido que parece ser de dolor, pero no puedes saber a ciencia cierta. No puedes evitar dudar de quien está afuera de tu casa. Vuelves a preguntar: – ¿Quién es? – y la respuesta es la misma, tres golpes fuertes contra la puerta de tu casa.
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Algo no andaba bien. Pero afortunadamente, la puerta tiene una mirilla, por la que podrías ver al otro lado sin exponerte a nada. Te acercas a la puerta y miras por el pequeño orificio. Puedes ver a esa persona que invitaste, pero solo puedes ver su rostro por lo pequeño de la mirilla. Se ve con algo de miedo, tal vez también se encontraba de nervios por la noticia de la televisión. También tiene algo de palidez, como si tuviera tanto miedo que se quedó sin habla y por eso no podía responder con palabras. Con eso en mente, abres la puerta, y lo que puedes observar es lo siguiente:
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Ves fijamente el rostro de tu invitado, o más bien… la cabeza cortada de tu invitado. El rostro está pálido, pues está muerto. Se le ve asustado, pues con esa emoción fue que murió. Un hombre, de unos dos metros de alto estaba colocando la cabeza frente a la mirilla, y puedes ver su rostro. Una amplia sonrisa siniestra se dibuja en su rostro y sus facciones, afiladas como cuchillos apuntan hacia ti. Puedes ver un hilo de saliva cayendo de sus labios, como si de un perro hambriento se tratara.
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Trae puesta una gruesa chamarra de color amarillo pálido, teñida de una delgada línea de sangre que va de costado a costado, y cuando logras observar con más detenimiento, puedes ver a tres pasos de distancia, detrás de él, a un cuerpo sin cabeza, yaciendo sobre un espeso y grande charco de sangre. Tienes miedo, pero no puedes moverte. El hombre te ve fijamente, lleno de sed y rabia, y saca de su chamarra un puñal ya lleno de sangre. Tu cuerpo reacciona, pero ya es demasiado tarde. Das tres pasos, hasta que el dolor lacerante en tu costado hace que caigas de rodillas al suelo.
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Tus ojos aun no se cierran, y puedes ver al hombre parándose frente a ti, primero sonriendo, luego emitiendo una risa silenciosa que cada vez se vuelve más y más fuerte. Atraviesa con su cuchillo una y otra vez tu cuerpo, mientras tú piensas una multitud de cosas y recuerdas a una multitud aun mayor de personas. El hombre termina de apuñalarte, y con una amplia sonrisa, se aleja caminando y tarareando una canción. Segundos después, escuchas una sirena acercarse, y una patrulla policiaca se estaciona cerca de ti.
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Tal vez tú gritaste sin darte cuenta, tal vez tu invitado gritó y no escuchaste, tal vez un vecino miró algo y llamó a la policía. Pero como sea, nada de eso importa. El asesino se había ido, y tú estás muriendo. Piensas: “Llegan tarde”. Mientras escuchas los pasos de tres uniformados acercándose a ti, y tus ojos por fin, terminan de cerrarse. Por si te importa saber, el asesino volvió a la prisión de la que salió, y fue condenado a la inyección letal. Espero que eso te ayude para sentirte mejor con el hecho de que… bueno, ya no estás con vida.
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PD: La verdad no supe como adaptar el hecho de que el asesino estaba en el centro de México, para que se pudiera leer de manera más “universal”. Si alguien pudiera ayudarme con eso, sería épico. ¡Buenas noches!

Furia Asesina (Poema Improvisación III)

El tema de esta improvisación es… el asesinato, la locura y la muerte. He andado inspirado escribiendo pequeños relatos de terror, y espero con ansias poder subirlos posteriormente. Mientras pasa, aquí les dejo esta pequeña improvisación:
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Andando por la calle, lleno de furia asesina
Pasos manchados de sangre, vigilando a todo el que camina
Cerca de mí, más bien junto mío hay un niño pequeño
Estira la mano, estalla en llanto y luego sale corriendo
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El mira el color rojo en mis ojos y en mi rostro
Heridas del último encuentro, ese hombre era un demonio
Peleó y resistió, pero el filo siempre corta la vida
Y ahora yo camino mientras él ya no respira
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Anochece, escucho las sirenas sonando
Entre dos botes de basura yo escondido, me quedo mirando
Entro al auto, asiento trasero mientras ellos no miran
Suben ambos, cierran las puertas y así su historia termina
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Clavo puñales, uno en cada mano, a cada asiento
Oigo dos gritos, se vuelven quejidos y como pierden el aliento
Tomo el volante, salto adelante mientras arrojó sus cuerpos
Necesitaba un automovil, ahora podré escapar de esto
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¿Por qué lo hice? No lo recuerdo pero se siente tan bien
La adrenalina, furia asesina que niebla lo que puedo ver
Llego a una casa, luz apagada pero la puerta abierta
Busco los cuartos, encuentro gente y una nueva aventura comienza…
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