Assotz y el Dragón de Drierde (cuento)

Un mes había pasado, desde que, hacia las afueras del pueblo, en lo que antes era la pradera más bella de todo el reino, un Dragón enorme, hecho de diamante y hielo, se asentó. A su llegada, se transformó el panorama en una pequeña tundra, aislada entre tantos bosques y lagos, propios de la geografía del pueblo. Muchas cosas se decían sobre esta fiera creatura, de tan misterioso origen y proceder. Una historia decía que el Dragón vino del norte, y solo era el primero de muchos, destinados a, eventualmente, destruir el reino y a todos sus habitantes. Otros, relataban que un viajero de tierras distantes trajo un zafiro mágico que, al ser alumbrado por la Luna Llena, dio origen a este ser.

Finalmente, en la taberna de la aldea, había un anciano que a diario contaba que una mujer, la más hermosa del reino, fue cruelmente herida por el hombre que amaba; esta mujer pidió a una bruja que le diera la fuerza para no volver a ser herida, y la hechicera, la volvió en este aterrador reptil, que tanta destrucción había causado ya. “Así son las mujeres, ¿no?”, siempre terminaba el anciano, causando las risas y los choques de tarro de los hombres que escuchaban como contaba su historia, con tanto empeño.

La historia real, nadie la sabe. Solo dos hombres se habían logrado acercar al Dragón lo suficiente como para hacerle una herida, pero las consecuencias habían sido fatales. El primero, después de una batalla prolongada, en la que usó poderosos encantamientos, huyó, tomó el primer camino hacia el norte, y no regresó. El segundo logró clavar su lanza en el cuello de la bestia, pero ésta lo congeló, con su aliento de fuego azul, que antes que chamuscar, congelaba, convirtiéndote en una estatua de hielo. Finalmente, de un coletazo destruyó la estatua del caballero, dándole un trágico final.

Y es que este Dragón era diferente a los demás. Algunos dragones, brutales exhaladores de fuego, humo y vapor, solo pueden ser vencidos por medio de hechizos, ya que incluso la espada más afilada forjada por el hombre se derretiría al contacto con sus escamas ardientes. Otros dragones, incapaces de lanzar sustancia o fuego con su respiración, son vulnerables al acero, y solo una espada cortando su cuello, o atravesando su corazón puede darles muerte. Pero este aterrador reptil no cayó ni ante los poderosos hechizos de Maox, Mago del Norte, como se le conoció desde su huída; ni por la espada ágil y certera de Dieon, un noble guerrero que se ofreció a combatirlo.

Otra diferencia de esta creatura con las demás, eran sus formas de atacar y defender. Como ya dije, su aliento no era fuego rojo, ni humo, ni siquiera vapor de agua. Esta creatura, exhalaba algo parecido a un fuego azul, el cual congelaba todo lo que tocaba; usándolo fue como transformó la pradera en páramo congelado. Además, sus escamas parecían ser de diamante, hielo o cristal; reflejaban la luz y eran la coraza perfecta para la bestia, impidiendo que cualquier clase de calor o arma entrara bajo su piel. Finalmente, sus ojos, llenos de rabia y del color de Esmeraldas, causaban terror a quien los mirara por más de algunos segundos.

Todos en el pueblo se preguntaban que pasaría, cuando el rey enviaría a sus ejércitos para combatir a tan atroz creatura. Uno de ellos, era Assotz, un joven campesino que trabajaba los campos aledaños a su aldea. Él había escuchado ya cien veces la historia del anciano en la taberna, y para él, era algo totalmente creíble. “Solo una persona tan herida y aterrada sería capaz de causar semejante destrucción.”, pensaba para si mismo, mientras plantaba el trigo que alimentaba a sus invitadas, tres hermanas que un día, hacía cuatro meses ya, llegaron diciendo que no tenían refugio ni alimento.

Assotz no daba sin pedir a cambio, por lo que una de ellas limpiaba su cabaña y la llenaba de flores fragantes; otra se encargaba de manejar el dinero que ganaba vendiendo sus cereales y demás bienes con que comerciaba; y la última usaba el trigo y los vegetales que cultivaba, así como la carne que podían comprar, para hacer cenas sencillas, pero exquisitas, dando gusto a todos. El campesino también solía pasar su tiempo con sus propias dos hermanas, quienes vivían a un costado de su casa. A ellas les cantaba canciones usando la lira, y les contaba historias de la antigüedad, así como otras que a veces él mismo se inventaba.

Un día, su pequeño perro se despertó, asustado, a media noche, y salió corriendo hacia el lago en que a veces paseaba con él. Parecía que estaba huyendo de algo… o que estaba buscando algo. Assotz lo siguió, a oscuras y escuchando sus débiles ladridos, hasta que llegó a un claro, donde un poderoso brillo lo dejó ciego por unos segundos. Cuando se los talló, sintió que su cachorro estaba de pie, detrás de él; sin embargo, en frente tenía a una majestuosa creatura: era parecida a un león, de color dorado con melena roja, el cual tenía en su lomo, plumas de águila, de color marrón y negro, terminando en dos alas largas, con las que agitaba la hojarasca y hacía estremecer los nidos en los árboles.

Este animal no tenía patas de león, sino de águila, cubiertas del mismo modo de plumas y pelaje, terminando en tres afiladas garras del color de la obsidiana, y de brillo semejante. Sus ojos, de color ámbar e inyectados de sangre, emanaban calma, pero valor en Assotz, y sus largos colmillos dibujaban algo parecido a una sonrisa en esta creatura. La cola de este animal, una variación de “Grifo”, según el campesino había escuchado en las historias populares, se dividía en dos: una estaba cubierta de plumas y la otra de pelaje. El aura, anaranjada como el atardecer, fue el brillo que cegó a Assotz segundos atrás.

Assotz le dio a su mascota una orden para volver a la casa, y el animalito salió corriendo, como perseguido por un demonio, hacia el pueblo. Sin embargo, la mirada del Grifo había atrapado al joven aldeano, quien, instintivamente, apretaba con fuerzas una vara de árbol que había recogido; como si eso fuera a bastar para defenderse de semejante y tan formidable creatura. El Grifo miró a Assotz por algunos momentos, y se levantó en dos patas, emitiendo un rugido que lo congeló  por unos instantes. El animal se acercó a él, y cuando por fin estaba a distancia de sus brazos, tocó la melena del Grifo; finalmente, perdió el conocimiento, cayendo de bruces y golpeándose el rostro contra el suelo.

Despertó algunas horas después en su lecho.”Seguramente fue un sueño”, pensó para sus adentros, y acarició al cachorro, que estaba acurrucado en su pecho, temblando. En la mesa, cerca de él, había un cuenco lleno de leche de cabra y un trozo de pan, un poco duro, del día anterior. Assotz se levantó y remojó el pan, suavizándolo; posteriormente lo comió lentamente, con un dolor de cabeza monumental. “Por todos los cielos y los infiernos, ¿qué ocurrió?”, se preguntaba, sintiendo en su mejilla izquierda una herida. Al poco tiempo, entraron las tres mujeres que hospedaba, preguntándole como se sentía. – Muy bien, ¿qué ocurrió ayer? ¿Lo viste? –, preguntó Aunia, la de cabello rizado.

– ¡Por mi madre, Aunia, no seas tan agresiva! –, reclamó Cryda, la menor, – Assotz, ¿estás bien? ¡Tenemos que ayudarte! –. La tercera y mayor hermana, Leary, miró a las dos con desaprobación, y levantó la voz. – Por ahora necesitas ayuda, pero con esa llaga en tu cara, no se ve bien. ¡Niñas, traigan agua caliente y una tela, para limpiarla!– Las dos menores hermanas buscaron lo necesario, y Leary comenzó a retirar la poca sangre espesa del rostro del campesino, quien se encontraba como petrificado y no sabía que decir. – ¿Qué… acaba… de… pasar? –, alcanzó a decir, y Leary en seguida respondió: – Pues saliste a media noche y regresaste son el rostro lleno de sangre y diciendo “El Grifo… El Grifo”, y “Drierde… Drierde”, tú dinos, ¿qué pasó? –

Assotz estaba reflexivo, pensando en las imágenes, ya borrosas, sobre la magnífica creatura y el golpe en su cabeza. De lo que no recordaba nada, era de como había vuelto a acostarse. Cryda, sonriendo, puso sus manos en los hombros del campesino, quien, extrañamente, comenzó a recordar lo ocurrido con más claridad. Recordó que, después de caer al suelo, el Grifo puso una garra sobre su nuca, y entonces, pudo escuchar “Ve por Drierde, consigue ayuda de las tres”. Posteriormente, se incorporó y caminó hasta ir a su cama. – El Grifo me dijo “Ve por Drierde, consigue ayuda de las tres… consigue ayuda de las tres… ¿Cómo sabe Aunia que “lo vi?” –

Las tres hermanas se levantaron de sus asientos, y se tomaron las manos. – Hace un año, nos dijeron que debíamos venir a este pueblo y ayudar a un joven, que necesitaría ayuda. Así, vinimos y esperamos la señal de que tú eras el indicado. El Protector, a quien tú viste ayer, nos acaba de decir que tú eres a quien buscábamos. – ¿Buscaban… para qué? – Aunia sonrió y levantó la ceja, diciendo: – Ya te lo dijo El Grifo, Assotz. Por Drierde. – ¿Pero ella qué tiene? Hace mucho tiempo que no se nada de ella, ella, inmersa en una profunda tristeza y deseo de huir, decidió irse del pueblo hace algunos meses, hace… –, Assotz abrió los ojos como platos, –… mes y medio.

Leary, notando que Assotz había notado lo que estaba pasando, le dio el último empujón: – Y dos semanas después, apareció el poderoso Dragón, lleno de furia y con unos grandes ojos color Esmeralda. – el semblante de Assotz, pasó de la confusión, a la derrota. – No… Drierde no puede ser… Ella no se convertiría en algo así. – dijo, intentando convencerse, el campesino. – Ella sola no, pero a veces, en nuestra desesperación, preferimos convertirnos en bestias antes que sufrir la tristeza de la vida. –, dijo Cryda, y Aunia asintió y prosiguió hablando: – Ella se hizo de los “protectores” equivocados, y ahora está, literalmente, escondida en las escamas de diamante de ese Dragón… todo su calor está escondido detrás del hielo que exhala.

– ¿Y que puedo hacer yo? Ni el guerrero del reino, ni el Mago del Norte pudieron vencer, y ellos estaban entrenados y sabían como blandir armas o usar hechizos. ¿Me van a decir que tengo que convencerla de que deje de ser un Dragón? –, rio nerviosamente Assotz. – Desafortunadamente, eso no bastaría. Como dije, ella está atrapada en la piel de diamante… Debes vencer al Dragón, y ella será libre. Nosotras te ayudaremos, estamos conectadas a ti de un modo muy fuerte, pero necesitamos hacer algo antes. – Cuando Leary terminó de hablar, Cryda dibujó con carboncillo, un círculo en el suelo, y las tres se colocaron dentro de él. Al tomarse las manos nuevamente, Todos los objetos sueltos en el cuarto volaron por el aire, pues una ráfaga llenó el lugar.

Mientras Assotz rescataba un jarrón, de las pocas cosas de valor que tenía, de caer al suelo y hacerse añicos, las tres hermanas cambiaron. Cuando volvió a mirarlas, se habían reducido al tamaño de libélulas, y emitían destellitos de color blanco y amarillo chillón. Cryda, con una nueva y mucha más aguda voz, dijo – Amigo, estamos aquí para ayudarte, pero por ahora, lo necesario es que consigas una espada y un escudo, sin importar su precio, o su tamaño. – Assotz, sin poder hacer otra cosa más que creer lo que estaba observando, salió de su casa, con las pocas monedas que tenía, y con el jarrón que afortunadamente acababa de salvar, y fue a la herrería.

Ahí, el viejo Wallace estaba terminando de forjar una espada para un noble, a juzgar por el acabado tan fino y con joyas que tenía. – ¡Ah, Assotz! ¿Cómo estás, chico? – Algo extraño, ha sido un día difícil, y la tensión de tener el Dragón cerca nos tiene a todos en ascuas. – Wallace empezó a reír, palmeando la espalda del joven. – Ese Dragón no se decide a destruirnos, pero aún tenemos que comer, ¿no? Por eso sigo trabajando. ¿Y tú, no deberías estar en tus campos, arando o algo así? –  Assotz se sintió nervioso. – Pues… no puedo explicarlo, pero necesito que me vendas un escudo y una espada, tengo estas monedas y este jarrón, que de algo te servirá.

Wallace miró, con desgano, a las monedas. – Lo siento, pero esto apenas alcanza para una espada de entrenamiento y un cuadro de madera con agarradera para protegerte. ¿Qué estás tramando? ¿Para qué gastar esto, que bien puede comprarte más comida, en estas baratijas? – Assotz puso un semblante serio y miró fijamente a Wallace. – Voy a matar al Dragón. – ¡Ja, ja, ja, ja, ja! –, rió el herrero, y se recuperó dando toses, – ¡Buena broma! No se para que quieras esto, pero si tu me das el dinero, yo te daré para lo que alcanza. – Assotz dio las monedas y el jarrón a Wallace, pero intentó regatear: – Vamos, amigo. Se que puedes darme algo un poco mejor, ¿al menos una espada afilada? ¿Un escudo que no sea una tabla? Sabes que es todo el dinero que tengo.

– Está bien, ¡Está bien! –, Wallace acompañó a Assotz al interior de su tienda. – Mira, esto es lo mejor que puedo darte sin perder tanto dinero. –, el herrero extendió al joven una espada larga, pero manejable con una mano; ésta tenía una empuñadura de cuero negro, venía en una funda del mismo color, la cual no tenía ningún adorno. Assotz la tomó, y se puso el cinturón con la funda. – ¿Dónde está?… ¡Eso es! Aquí está un escudo. – El escudo era de madera cubierta en cuero, ya estaba bastante gastado, pero era mejor que un cuadro de madera con asas. – ¡Gracias, Wallace!, dijo Assotz, y salió corriendo a su hogar. – ¡Si matas a ese Dragón con esa espada, me harás famoso! –, bromeó el herrero, gritando al joven que ya se había distanciado.

De un azote cerró la puerta tras de si, y puso la espada y el escudo en la mesa. – ¿Ahora, qué?–, preguntó, y las pequeñas Hadas volaron sobre la mesa. Leary tocó el escudo, y éste comenzó a cambiar de forma, volviéndose más grande, de acero, y de color plateado con franjas doradas, como el pelaje del Grifo. – Este escudo mágico te servirá para regresar los ataques del Dragón, causándole daño en el acto. Además, es ligero como si fuera de cuero, por lo que no te restará movimiento. – Entonces, Aunia tocó la espada, y esta se limpió de raspaduras, volviéndose como si fuera nueva. La empuñadura se volvió de Oro, y tenía una Esmeralda en la base. – Con esta espada mágica confrontarás las escamas de diamante de la bestia. La espada es inteligente, considéralo un entrenamiento muy rápido y mágico, ja, ja, ja… ¡Derrite el hielo que exhala ese Dragón! ¡Puedes hacerlo! –

En este momento, las dos hermanas de Assotz entraron al cuarto, y las Hadas se escondieron. – ¿Qué sucede, hermano? –, dijo Dympna, su pequeña hermana, con total preocupación en su mirada, – te vimos saliendo de casa a toda velocidad, y regresar con una espada y un escudo. ¿Estás bien? – ¡Cielos! –, exclamó Jeanne, su hermana mayor, al ver la grandiosa espada y el exquisito escudo, – ¿Cómo compraste esto? – Assotz invitó a sentarse a sus dos hermanas, y les explicó, sin incluir en la historia al Grifo ni a las Hadas, que tenía que vencer al Dragón para poder salvar a Drierde. Por varias horas, las hermanas lloraron e intentaron entender la situación, tan difícil que era. Finalmente, la determinación de Assotz venció, y ambas lo abrazaron, aferrándose a él por unos minutos.

Dympna besó su mejilla y le deseó suerte, pidiéndole que no se dejara vencer. Jeanne se quitó un colgante de su cuello y lo puso en la mano de Assotz. – Se que yo soy la mayor, pero usa esto, te dará la fuerza de la familia. – El joven tomó el colgante en su mano, para descubrir que era, curiosamente, un Grifo. Las hermanas se despidieron en abrazos y palabras de aliento, y Assotz silbó, para que sus amigas Hadas salieran de su escondite. – ¡No me dejaron hacer mi magia! – dijo Cryda, y tocó el colgante de Grifo. – Se que estamos conectados, y ahora te daré toda la ayuda posible. Mientras tengas esto contigo, tendrás protección contra el frío aliento del Dragón; también contra sus garras y colmillos. Pero cuidado, esta será tu armadura, pero incluso la mejor y más poderosa armadura puede romperse ante un ataque fuerte… más contra un Dragón tan formidable como al que enfrentarás.

Assotz levantó su mano, y las tres Hadas se posaron sobre ella. –Te hemos dado lo que hemos podido, pero debes usar todas tus habilidades para vencer, y no será nada fácil. –, dijo Aunia, sonriendo. – Antes que salvar a Drierde, debes rescatarte a ti mismo, ten mucho cuidado, por favor. –, sugirió Leary. – Todas nuestras energías están contigo, ya lo tienes todo… Solo úsalo, con todo el honor, la fe y el amor que tengas. –, dijo Cryda. – Gracias, mis amigas. No se si pueda vencer, pero daré mi mayor esfuerzo. Por ella y por mi; también por todos en el pueblo… pero sobre todo, por amor a Drierde… Usaré sabiamente los dones que me dieron, no las defraudaré, y tampoco me defraudaré a mi mismo.

– ¡Espera! –, dijo Cryda. – No te pongas el colgante hasta que te puedas ver en el espejo. Assotz tomó un espejo que las Hadas, cuando estaban en forma humana, usaban, y lo puso delante de si. Se puso el colgante, y notó como sus ropas cambiaron. Ahora estaba todo de negro, excepto por su jubón, el cual adquirió un color rojo, y tenía un Grifo pintado, de color ámbar, como los ojos de la creatura que vio la noche anterior. Los ropajes, a pesar de no ser pesados ni de metal, se sentían muy fuertes, o al menos daban a Assotz la sensación de poder, energía y protección.  Se ciñó el cinturón con la espada y tomó el escudo en su diestra, ya que blandía con la zurda. – Estoy listo.

Leary, antes de despedir a Assotz, dio un último consejo. – El Dragón está guardando dos tesoros, Assotz. No son tesoros cualesquiera, son la fuente de su poder, y de su transformación. – Aunia prosiguió: – Un tesoro, es una rosa de Oro. El segundo, es un Crisantemo de Plata. Ambos están relacionados contigo, y si los portas, le quitarás su poder y capacidad destructiva, venciéndolo en el acto. – Por último, Cryda complementó lo anteriormente dicho: – Sin embargo, creemos que solo podrás conseguir uno de los dos… Si es que puedes rescatar alguno. Recuerda que lo importante, es mantenerte fuerte, sin importar que.

– Gracias por sus consejos, intentaré recuperar ambos tesoros, vencer al Dragón de Drierde y recuperarla a ella también. Gracias por todo. Las tres Hadas dieron sus bendiciones a Assotz, quien salió de la pequeña cabaña donde vivía. Afuera, estaban Jeanne y Dympna, quien cargaba al cachorro que Assotz había encontrado meses atrás. – ¡Suerte! –, gritó, con la voz entrecortada, Jeanne, mientras Dympna, sollozando, se dio la vuelta y volvió a su morada. Estaba atardeciendo, y en la plaza, los vagabundos hacían una fogata para cocinar a algunos roedores que habían cazado en el día, para poderse alimentar. Cuando Assotz pasó, lo miraban, y sin decir palabra, sabían lo que ocurriría. Algunos apartaban la mirada, otros asentían con esperanza en su rostro. Después de caminar algunos minutos, el campesino, ahora convertido en guerrero, llegó a la pradera convertida en tundra, dentro de la cual esperaban los tesoros, esperaba el Dragón…. Y esperaba Drierde.

Mientras pisaba la nieve, sentía el corazón latiendo en sus oídos, el sudor en sus manos, la respiración acelerándose. De pronto, entre lo que parecía ser una colina de nieve y hielo, los vio. Los ojos de Esmeraldas, ahora tan grandes como un hombre, mirándolo fijamente. El Dragón se levantó y emitió un rugido aterrador, pero que no bastó para inmutar a Assotz, que ahora se encontraba más envalentonado que nunca. – ¡Atrás, bestia! ¡Si te resistes, te daré muerte lentamente! ¡No puedes conmigo! – La creatura resopló, como disfrutando el momento, y exhaló el terrible fuego azul contra el Guerrero, quien se protegió colocándose tras su escudo.

Después de pocos segundos, notó como su brazo se entumecía y comenzaba a doler. “Cryda tiene razón”, pensó Assotz, “esto me protege, pero no me hace invulnerable”. “No puedes prolongar tanto la pelea.”, una voz dijo en su cabeza. “¡Es el Grifo!”, pensó jubiloso Assotz, y se vio inyectado de valor, avanzando, tras su escudo, hacia el poderoso y destructivo Dragón. Cuando sentía que el frío empezaba a congelar su brazo, lanzó una estocada a ciegas, acertando en la boca del Dragón, y haciéndolo parar. Sin embargo, de una dentellada, el Dragón arrebató el escudo de Assotz y lo arrojó detrás de su propio cuerpo.

Assotz, quien tenía muy bien agarrado su escudo, también salió disparado, siendo golpeado contra un árbol congelado, el cual se rompió con el impacto. Algunos trozos de corteza y ramas congeladas, se clavaron en la espalda de Assotz, quien tosió sangre. El Dragón inhaló, parecía que volvería a arrojar fuego congelante. Entonces, el joven recordó las palabras de Aunia, “¡Derrite el hielo que exhala ese Dragón!”. Cuando el fuego azul se dirigió hacia él, Assotz tomó la espada con las dos manos, como si intentara cortar el mismísimo fuego; la espada comenzó a brillar y a emitir calor. El fuego del Dragón chocaba contra la espada, y era convertido en brisa fresca, que solamente logró mojar un poco el rostro del guerrero. Sin embargo, el frío hacía mella, y el agua en su rostro se convertía en hielo muy rápido, lo que hizo retroceder a Assotz.

Mientras el Dragón volvía a inhalar, Assotz corrió hacia él, y con todas sus fuerzas, atacó la pata delantera derecha del Dragón, pues era la que estaba más cercana a él. El golpe fue tan certero, que lo próximo que el guerrero vio, fue al Dragón emitiendo chillidos de dolor, y su pata cercenada moviéndose en el suelo. Sin embargo, lo siguiente fue un golpe enorme para su propio corazón. Después de unos momentos, la pata de Dragón cambió de forma, convirtiéndose en… La mano de Drierde. Una mano blanca como la nieve, de uñas cortas, llena de belleza. – ¡Drierde!–,  gritó Assotz, y ante eso, el Dragón saltó mordiscos frenéticos, los que apenas logró esquivar. Sin embargo, no logró detener la garra del Dragón, que rasgó todo el pecho de Assotz, dejando su piel al descubierto.

“No puedo seguir.”, pensó Assotz, y el Grifo, en su mente, respondió:”Ella no tiene salvación. Tienes que hacerlo, o lo destruirá todo.” Assotz, una vez más escupiendo sangre y sintiéndose mareado, gritó para sus adentros: “¡No!… ¡Los tesoros! Puedo salvar a Drierde sin matarla. ¡Voy a hacerlo!”. Assotz corrió y, esquivando los arañazos y dentelladas, logró rodear la creatura. Entonces, detrás del Dragón, Assotz vio lo que parecía ser un altar de hielo. Sobre él, como dijeron las Hadas, había una rosa de Oro y un Crisantemo de Plata. Sin embargo, el Dragón, al darse cuenta de que Assotz había descubierto su debilidad, redobló los ataques, hasta llegar a ser demasiado para el guerrero.

La espada ya no detenía tan bien el fuego, que ahora era mucho más poderoso y lleno de ira. Assotz cayó de rodillas y susurró: –Drierde… No nos hagas esto. Por favor. – El Dragón atacó con aún más fuerza y vigor, haciendo que poco a poco, la espada fuera cediendo. – ¿Realmente, necesitas esto? –, Assotz cayó al suelo, pero notó que el Dragón ya no exhalaba fuego. Si acaso fue por que entendió sus palabras, o solo porque necesitaba volver a respirar… eso nunca se sabrá; lo importante, es que Assotz sacó fuerzas dela flaqueza, se levantó y dando pasos ágiles, llegó al altar e intentó tomar la rosa de Oro.

Justo en ese momento, el Dragón soltó un coletazo con todas sus fuerzas hacia ese sitio, haciendo volar los dos tesoros y a Assotz. Ante su mirada atónita, el Dragón exhaló fuego con todas sus fuerzas contra la rosa de Oro, convirtiéndola en hielo, y pisándola con su pata delantera izquierda, reduciéndola a un montón de escarcha. “No… Esa era la clave.” Assotz pensó en atacar el cuello de la bestia, pero afortunadamente, el Grifo habló: “El Oro no puede ser destruido así, eso no era Oro… solo era brillante. Antes de rendirte, intenta con el Crisantemo.”

Assotz se lanzó con todas sus fuerzas sobre el Crisantemo, al cual logró alcanzar esquivando los ataques del Dragón, a duras penas. Después de unos momentos, logró tomarlo en su mano, aunque justo en ese momento, el Dragón lanzó la oleada de fuego más poderosa que haya exhalado jamás antes. Con sus dos manos, sostenía tanto la espada como el Crisantemo, pero la espada, esta vez, no logró resistir el fuego, partiéndose en pedazos tras un minuto de aguante. Sin embargo, ahora el Crisantemo por si mismo estaba repeliendo el ataque, dando calidez al hielo exhalado por la creatura.

Pronto, el Crisantemo de Plata comenzó a carcomerse, descubriendo que lo plateado no era más que pintura, y que en realidad, la flor estaba hecha de Oro, el Oro más puro y brillante que Assotz hubiera visto. Cuando el Dragón necesitó respirar, Assotz pudo dar un paso atrás, y descubrió que su escudo estaba ahora a sus pies. Así, lo tomó y esperó el siguiente ataque. Assotz recordó las palabras de Leary: “Este escudo mágico te servirá para regresar los ataques del Dragón, causándole daño en el acto.”, y justo en este momento, el Dragón lanzó un arañazo; al chocar contra el escudo, sus garras se quebraron y los huesos de su pata también se rompieron.

Assotz, entonces, tomó un fragmento de la espada rota, y atacó una vez más, lacerando una de las alas de la poderosa creatura. El hombre volvió a tomar en su mano el Crisantemo de Oro, con intención de guardarlo en su ropa, pero el Dragón, con un coletazo, logró herir a Assotz, dejándolo en el suelo. Con otro movimiento de su cola, lanzó el Crisantemo dorado hacia la distancia, mientras el guerrero veía como esa esperanza se perdía entre los bosques lejanos. “Sabes lo que hay que hacer, Assotz.”, dijo el Grifo, “termina con todo esto, ya no existe salvación.” – ¡NO! ¡Aún podemos salvar esto! ¡Por mi honor y mi amor! Vamos, Drierde, ¡reacciona!, no quiero terminar con todo. – Assotz, con lágrimas en los ojos, y fragmentos de la espada en ambas manos, corrió hacia el Dragón, con intención de clavarlos en su cuello.

Entonces, algo inesperado ocurrió… Los rugidos del Dragón, por un momento, se convirtieron en una voz. – ¡Ahora no! ¡Tiempo!–, gritó Drierde desde el interior de la bestia. – ¡Yo…! ¡Puedo…! ¡Vencerlo…! ¡Dame…! ¡Tiempo…! –, el Dragón, con semblante de dolor, levantó el vuelo, lastimando aún más su propia ala, y proyectando a Assotz contra otro cúmulo de escombros, que se enterraron en su pecho, ahora descubierto, poniéndolo al borde de la muerte. – Te lo dije. Hay esperanza. –, el caballero dijo a su animal protector, quien respondió:”Bien hecho.” Assotz se giró para ponerse boca arriba, y vio como el Dragón, volando a duras penas, se perdía en el horizonte. El hombre sonrió. – Adiós, Drierde, se que volverás, y aquí estaré… Te amo. – Por tercera vez, Assotz tosió sangre. – Un placer haberte ayudado. –

El caballero cerró los ojos, pensando en que ese era su final. Sin embargo, cuando los abrió, vio que estaba volando. Enormes garras de águila lo sostenían, y unas alas majestuosas surcaban los cielos sobre él. Assotz volvió a perder el conocimiento, y al despertar, las tres Hadas, una vez más en forma humana, estaban ahí, junto a sus hermanas de sangre. Extrañamente, el guerrero no tenía heridas, y se sentía pleno en salud, aunque con un gran vacío en el corazón. – Debo irme. –, susurró, ante la sorpresa de sus dos hermanas, pero la comprensión de las tres Hadas. – ¡Acabas de volver! –, dijo su hermana menor, Dympna, – ¡No quiero que mueras buscando al Dragón! –

– No, querida. –, dijo Cryda, – Assotz ya no volverá a pelear con el Dragón, pero necesita buscar un tesoro perdido, ¿no es así? – el hombre asintió y hablo: – El Crisantemo dorado, debo recuperarlo y encontrar a Drierde, salvar lo que pueda ser salvado. – Jeanne lloró un poco y le dijo a su hermano, abrazándolo: – No lo entiendo, pero te apoyaremos en todo. – Assotz, no te culpes por no haber vencido tú solo. Recuerda que ni el caballero más poderoso puede vencer al Dragón de alguien más. –, dijo con calidez Leary, y también abrazó al guerrero. Pronto, el abrazo se volvió grupal, y todos los presentes estaban compartiendo el sentimiento. Al sentir el abrazo de sus hermanas y las Hadas, Assotz sintió, de repente, todo el dolor de la batalla. Y no solo me refiero a las heridas, golpes y llagas físicas… Sino al dolor de enfrentar a Drierde, al dolor de herirla, al dolor de ser herido por ella, al dolor de perderla, junto con el la Rosa y el Crisantemo dorado, símbolos de su unión.

Por todo ese día, Assotz se permitió maldecir su suerte, maldecir al mundo y maldecir al Dragón. Sin embargo, al caer la siguiente noche, se puso en marcha. Tenía que encontrar el Crisantemo de Oro, y encontrar a la mujer de Esmeraldas en sus ojos y Oro en su cabello. Ella le había hecho muchas heridas, y él a ella también, pero ahora, tenía que encontrar a esa mujer, y comprobar si, con el tiempo que pidió en la batalla, lograría vencer al Dragón, y junto con Assotz, disfrutar de la Flor Dorada, que aunque ahora esté perdida, está brillando como nunca antes, pues tanto el joven, ahora convertido en un guerrero de armas mágicas, como la doncella cálida de piel de diamante, querían encontrarla y cuidarla. ¿Encontrarán el Crisantemo de Oro? Solo el tiempo nos lo dirá, por ahora… Es cuestión de tiempo.

FIN

DragonFight

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El destino de Merlín (Cuento)

¡Saludos!

Bueno, aquí tengo la buena noticia de que estoy en otro concurso literario sobre cuentos Celtas.

Quisiera que lo leyeran en el siguiente link, y pudieran darle like. Me harían un favor.

¡Gracias!

https://www.facebook.com/notes/noches-de-c%C3%A9ilidh/el-destino-de-merl%C3%ADn/747931285252366

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Capítulo 1 – Merlín: “La Piedra del Entendimiento”

“Soy un amo de la ilusión, y el antiguo consejero del rey, pero soy también el más idiota. Amo a otra persona más que a mí mismo, he enseñado a mi amada cómo atarme a ella y, ahora, nadie me puede liberar”. Dejando esas palabras detrás de mis pasos, fue que me vi inmerso en una aventura como las que mis compatriotas solo podrían soñar. Corría el año 603 de nuestro señor Jesucristo, cuando cumplía el 8° aniversario de mi encierro en la cueva del lago. Nimue, la que tenía sangre de sirena y belleza de gitana, me atrapó aquí, tras una roca colosal que no he logrado mover, pues no contaba con hierbas adecuadas.

Había buscado una salida de esta caverna por mucho tiempo, pero solo había pasos como para que una rata lograra salir. De hecho, de no ser por eso, no estaría vivo, contando este relato. Ratas de campo y agua estancada me mantuvieron vivo por ocho años, hasta que, de pronto, un derrumbe en un muro de la red de cuevas hizo que encontrara un paso escondido. Famélico y cansado, anduve por el sendero rocoso, hasta que la cueva y el suelo de la misma comenzaron a transformarse en piedra pulida y suelo empedrado.

Caminé por lo que pudo haber sido una hora o diez años, pero eventualmente llegué a un claro, donde vi la ciudad más grande que había conocido. Tal vez incluso más gloriosa que Camelot y con lagos más transparentes que Escocia. Anduve por las calles de esta ciudad, la cual no estaba amurallada, hasta percatarme de algo extraño: a pesar de estar bajo tierra, podía ver el sol, pero no era un sol cualquiera, sino que parecía más cercano, más cálido… como si estuviera dentro de la Tierra.

La ciudad no era de oro, pero los muros eran dorados y de una piedra muy dura y finamente pulida. Había tejados rojos en todos los edificios, y pude ver una alta torre que cubría un palacio a lo lejos. Caminé, sin encontrar presencia humana alguna, hasta poder entrar en él. Yo había leído historias sobre ciudades bajo tierra, ciudades donde podían encontrarse los dioses de la naturaleza y una sabiduría y poder infinitos, pero pensé que todo eran solo cuentos de cuna para los niños.

En oriente, se habla de que ahí viven los dragones, aunque yo siempre pensé que en el mundo, los dragones llevaban mucho tiempo extintos, ya que a pesar de que muchos hombres de Bretaña, Galia y el mundo cristiano pensaban que yo hablaba con hadas, dragones y demonios sorprendentes y aterradores, yo nunca había conocido algo realmente mágico; simplemente conocía las hierbas, sus funciones y así lograba siempre sorprender ampliamente tanto a plebeyos como a nobles.

En fin… crucé las puertas de madera ampliamente abiertas del palacio, para encontrar que estaba a oscuras y sin ninguna antorcha ni fuego a la vista. Solo había una puerta a través de la cual pude ver luz, así que me dirigí hacia allí, con esperanza de que encontrara a alguien que me pudiera decir que estaba sucediendo. Abrí la puerta, y encontré la biblioteca más grande que haya visto. Pergaminos, papiros y demás muestras de escritura se apilaban como montañas, pero había un problema importante: Todos estaban escritos en una lengua desconocida, por lo que me eran inservibles.

De pronto, un crujir en la madera del suelo me hizo voltear la cabeza, y detrás de mío vi a un hombre de altura descomunal, blanco como la piedra caliza y de cabellos plateados. Yo sentí terror en mi corazón, y en posición de atacar le amenacé con mi báculo, el cual todos en Bretaña creían que podía alterar la naturaleza e invocar espíritus. Levanté mí vara diciendo: – ¡Aléjate, insensato! ¡Soy el poderoso Merlín, y puedo acabar con tu vida si me lo propongo! – El hombre alto, sonriendo, estiró su mano y rompió mi báculo como si un hombre cualquiera rompiera una rama seca de árbol.

Comenzó a hablar, pero su idioma era desconocido para mí, así que no pude comprenderlo. Viendo mi rostro confundido, el  alto señaló con su dedo hacía un cofre que estaba en lo que parecía un altar en medio de la enorme biblioteca. Yo caminé lentamente y tomé el cofre, al abrirlo pude ver una cadena de oro, la cual tenía un colgante con forma de una letra “X” rodeada por un círculo, al centro de los cuales había un hermoso rubí. El individuo me hizo ademán de que me lo colocara, y al hacerlo, me dijo: – Muy bien, Ambrosio. Ahora podrás entenderme. –

¿Quién era aquel que conocía mi nombre de nacimiento? Antes de poder preguntarle, volvió a hablar: –Te mueres de hambre y cansancio, “hechicero”. Cruza el pasillo de tu derecha, encontrarás un atuendo de tu gusto, un pequeño comedor y agua caliente para que te asees. Después de ello, te explicaré todas las dudas que sabemos que tienes. – No pude negarme, en verdad que ocho años en una cueva hacen que pierdas la vitalidad.

A pesar de tener casi cien años de edad, mi buen uso de las hierbas, y mi falta de participación directa en las guerras del reino, me han valido de una longevidad casi mística, aunque creo que ahora, recién salido de la cueva, ya aparentaba mis noventa y ocho años. Caminé rápidamente por el pasillo señalado, donde encontré una túnica negra con hombros de cobre, además de un sombrero exactamente igual al que le regalé a Nimue, negro, de pico y que te hacía parecer más amenazante.

¡Ah, la teatralidad! El vulgo, y con vulgo también me refiero a los reyes, son muy fáciles de engañar. Un poco de fuego, rapidez de manos y muchas palabras me hicieron valer tanto como para ser temido, respetado y querido por toda Bretaña, incluso por el valeroso rey del cual me siento muy orgulloso de haber podido aconsejar: el mundo no conocerá nunca un rey tan magnánimo y bondadoso con los justos, así como terrible con los viles, como el gran Arturo Pendragón.

Pero bueno, en el cuarto aledaño a la biblioteca también había un plato lleno de higos, miel y otras frutas, además de una gran y jugosa liebre que al parecer estaba recién asada y bien condimentada. También, ¡ah, regalo de los dioses!, una jarra de aguamiel y un trozo enorme de queso, posiblemente galés, a juzgar por su sabor. Normalmente, era mesurado y no comía más de lo estrictamente necesario, pero después de ocho años de ratas y mugre… di rienda suelta a mi hambre, sed y ansias de comodidad.

Cuando terminé de saciarme, vi que tras un umbral en el muro trasero, había contenedores llenos de agua caliente, con los que me di el baño que tanto necesité. Ocho años de suciedad tardan mucho tiempo en irse, así que después de un par de horas, me vestí, tomé un báculo nuevo que estaba en una esquina de la habitación, el cual, debo decir, era muy elegante con su diseño de raíces y una roca redonda y azul en la punta, y me recosté por un rato en el lecho de plumas mullidas que tenía junto a mi.

Desperté, no se cuanto tiempo después, y salí del cuarto. Extrañamente, la puerta no me llevó a la librería, sino a un gran jardín de pasto verde, donde el hombre que me recibió el día anterior estaba sentado, mirando una fuente llena de peces de colores. – Buenos días…– dije algo asustado ante el tamaño de ese hombre, y el me volteó a ver y habló palabras que no pude comprender. Cuando el se percató, dijo una frase en tono enojado, y señaló hacia la puerta de la cual había salido.

Yo entré, y noté que había dejado el colgante que encontré en el cofre, así que lo tomé y volví a salir. Cuando lo hice, el hombre estaba diciendo varias cosas que no pude comprender. Mientras me lo ponía, el seguía hablando, por lo que solo pude entender la última parte de su discurso:
–…solo así vas a poder entenderme. –

Ya había comprendido, ese colgante, tal vez ese rubí más precisamente, me daba la habilidad de comprender las lenguas extrañas. Desafortunadamente, por más que comprendiera, no conocía su lengua, por lo que me era imposible responder, así que solo dije: – ¿Entiendes mi lengua? – El sonrío y dijo: –No te preocupes, nosotros le dimos el lenguaje a los hombres. Incluso si no te comprendiera, esa roca te hace capaz de hablar cualquier idioma que necesites, según el momento. Así que lo que digas, lo escucharé en mi idioma, y lo que yo diga, lo escucharás en el tuyo.

–Maravilloso, ¿dónde estoy? – pregunté con mucha curiosidad. – Has leído de este lugar en alguno de tus viajes a oriente. Estás en la primera y más grande ciudad del mundo: Shamballá, hogar de los dioses. O bueno, ustedes nos dicen dioses. Así como a ti te decían mago por conocer bien la naturaleza y tu sabiduría, propia de tu edad, a nosotros nos decían dioses por nuestra gran longevidad, y por que nosotros conocemos un poco mejor como funciona el mundo. Tu encontraste por coincidencia una entrada a nuestro mundo, pero claro… Nosotros no creemos en la coincidencia.

Sin entender mucho su respuesta, pregunté como era posible que un rubí lograra hacernos entender mutuamente. Él no dijo palabra y caminó, escoltándome, hacia la entrada por la que yo había venido a Shamballá. Entonces, me explicó. –No es un rubí cualquiera, es la poderosa piedra del entendimiento. – Entonces, me extendió un pergamino que yo comencé a leer. –Mira, este pergamino es el mismo que tú tomaste ayer, pero con la piedra mágica, ahora puedes leer en nuestra lengua. –

Prosiguió hablando: – ¿Grandioso, no? Es triste, el hombre se propuso tan duramente a ser lo único en el mundo, que lo logró. La magia y los seres Naturales ya no viven con ustedes, pero en otros mundos sí. – ¿Cómo? – Pregunté extrañado. – No puedes quedarte aquí mucho tiempo, debes seguir tu viaje y conocer otro mundo, poderoso mago. El destino tiene un plan para ti, algo que escapa de mi pensamiento, pero debes irte hacia esa cueva, la suerte te guiará a donde debes ir. –

Su respuesta me invadió de nostalgia, yo quería volver a Bretaña, volver a ver a Nimue, morir como un anciano respetado en mi ciudad. Sin embargo, me sobresaltó su orden, pues la cueva a la que señaló, era la misma por la que entré a la ciudad y no podía entender como volviendo, podría ir a otro mundo. – ¡Humanos! ¿Por qué se sienten el centro del universo? – Dijo algo exasperado. –Mira, seguro habrás leído que esta ciudad es el centro de los dioses y la magia, precisamente por ello no has visto a nadie más que a mí: porque nadie más quiere ser visto por un humano. –

Yo levanté las cejas en señal de sorpresa, mientras el continuó: – Ahora bien, hijo, lo que solo los sabios iniciados saben, es que este punto es una división entre todas las realidades, todos los mundos en los que mi pueblo, tus “dioses” tienen poder. Son tantos, sin embargo, que no siempre estamos al pendiente de muchos, además de que la suerte, el destino o “Dios”, hacen que las entradas nunca te lleven al mismo lugar. Ayer, el túnel pudo llevar a Bretaña, pero hoy, tal vez lleve a Galia o Roma, incluso a otro continente… o aún más lejos. –

Yo no podía comprender. La literatura antigua menciona muchas veces este saber ancestral, pero es duro pensar que algo es real. ¿Piedra del entendimiento? ¿Portales entre mundos? ¿Dioses? Mi única respuesta fue: –Pero, solo soy un anciano habilidoso con un sombrero. ¿Qué cosa tan importante he de hacer lejos de mi hogar? De veras quisiera volver, mi señor. – Su respuesta me confortó un poco: – Tranquilo, gran Merlín. Puedo ver porciones del futuro, y se que antes de tu muerte, irás a tu hogar; ¡que se aliente tu corazón! Tienes un potencial enorme, incluso mayor a las leyendas que se han creado y crearán en tu nombre, solo debes confiar. –

Y así lo hice. El hombre me regaló la piedra del entendimiento, pues me dijo que la necesitaría, y me despidió en la entrada del túnel en la roca. – ¿Cómo te llamas? – pregunté, percatándome que no conocía el nombre de este “dios”. – Avalon, es mi nombre. Ahora márchate, y que el Creador te guíe en esta nueva gesta, que será la más gloriosa de todas. – Yo sonreí, sostuve con fuerza mi báculo, elevé una plegaria a Cristo, y comencé a caminar. Y así es como comenzó.

Capítulo 1 – Segrand: “Una Tarde Exitosa”

Un adelanto más de la poderosa novela medieval. Espero les agrade mucho. ¡Se aceptan sugerencias!
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– “Algo grande se está gestando en el plano etéreo. Algo tan grande, que posiblemente embarcará a grandes héroes, de esta y otras tierras, en una batalla que decidirá el destino del Mundo.” –
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Segrand despertó. Otra vez ese sueño. Una hermosa, pero mayor mujer, vestida de negro, con lágrimas en los ojos, repitiendo desconsolada eso una y otra vez. – ¿Bueno, y yo que carajo tengo que ver en cualquier batalla heroica?– dijo al viento, – ¡Lo más heroico que he hecho, ha sido mantenerme sobrio durante toda una semana!–
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Por la luz del día, no podía haber pasado mucho tiempo desde el ocaso. Dio revista al cuarto: Lecho de paja, tres mujeres hermosas y desnudas durmiendo, ropajes esparcidos por el piso del cuartucho; botellas, copas y cuernos de vino y ron regados por doquier, eso si, todos vacíos. Al parecer, había sido una tarde exitosa, como muchas en los últimos tiempos para el príncipe Segrand Valysse.
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–No es propio del maldito hijo del Emperador, portarse como un mercenario de poca monta, Segrand. – Estas palabras le habían sido repetidas tanto durante los últimos meses, que ya ni siquiera le causaban gracia. Tanta. ¡Segrand Valysse, hijo del poderoso Falgred Valysse, alcoholizado y rodeado de putas en la taberna! Habrá que admitirlo, el solo pensamiento del padre de Segrand enterándose de sus hazañas vespertinas, le parecía casi tan delicioso como lo que le habían hecho las damas hacía un par de horas.
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Como sea, era tarde y a la caída del sol tenía que tomar clase. A pesar de que no tuviera respeto por las mujeres, a su madre si que la respetaba, y ella le había suplicado que no dejara sus clases, que el podría heredar el reino en el futuro y que necesitaría conocer más que el sabor de todos los vinos del reino. Además, la última vez que pudo conversar con su madre, ella le dijo que deseaba que fuera un hombre de bien, y que aunque se divirtiera como cualquier otro hombre, nunca dejara de cumplir sus deberes ni de tener ese corazón puro que tanto caracterizaba a Segrand, así como a la reina Dionne.
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La reina, desafortunadamente para los Valysse y para muchos súbditos del reino, apenas hacía un mes, había muerto víctima de una enfermedad extraña y desconocida. Algunos apuntaban a que murió envenenada, pero la reina era tan querida por todos, tan benevolente y tan agraciada, que es casi imposible pensar en alguien que hubiera deseado mal para una tan bien amada gobernante de Valhyos.
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Segrand, a pesar de que las mujeres estaban inconscientes, puso unos Blancos de oro en una pequeña bolsa y la dejó en el buró de madera podrida que estaba en el cuarto. Como se ha dicho: Segrand era un vividor, pero tenía honor en lo más profundo de su ser, y siempre pagaba lo que debía.
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Salió de la taberna a toda prisa. Las calles de piedra de Valhyos estaban desiertas. Dentro de sus sentidos disminuidos por el alcohol, Segrand recordó que desde que los augurios comenzaron, casi nadie salía a la calle después del ocaso, amenos que fuera absolutamente necesario. En la opinión del príncipe S. Valysse, eran un montón de campesinos supersticiosos, asustados de un par de bromistas… nada más que eso.
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A pesar de eso, tenía que decir que los augurios, a pesar de que el no los había escuchado de primera mano, sonaban muy lúgubres: las personas de la ciudad contaban que, cada noche, al caer el sol, sonaba un silbido por las calles de Valhyos, un silbido burlón, amenazador, pero lo más importante, un sonido petrificante. Lo aterrador no era el silbido, sino los lamentos que lo acompañaban.
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Después de pasado el silbido, comenzaba a sonar una legión de personas gimiendo, llorando y lamentándose, como si se hubiera abierto una puerta entre el mundo de los muertos y el de los vivos. Nadie había desaparecido ni muerto desde que comenzaron las señales, pero siendo tan supersticiosas, las personas han preferido mejor esconderse, que arriesgarse a ver que las estaba ocasionando.
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Lo único que Segrand si había visto, fue el rayo. La primera noche que comenzaron los augurios, fue cuando comenzaba la época de calor insoportable. No habían ocurrido lluvias hacía un mes, pero de pronto, de la nada; el cielo se nubló y oscureció completamente en poco menos de una hora. Entonces, un único rayo cayó sobre el gran templo del Creador, iluminando momentáneamente toda la ciudad en un espectáculo siniestro que paralizó y desconcertó a las masas.
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No hubo lluvia, no hubo más rayos. Después de eso, esa misma noche, comenzaron los silbidos y lamentos en toda la ciudad, y se han presentado cada día desde entonces, a la caída del sol. Se iba a cumplir un mes desde entonces, justo en el momento en que Segrand salió de la taberna hacia su hogar.
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Los sacerdotes Puros, ese grupo de charlatanes, en opinión del príncipe, solo decían que la esfera de presagios era una advertencia del gran Creador de Todo, que estaba exigiéndole a sus seguidores que se arrepintieran de sus faltas, deudas, pecados y perversiones, que tanto estaban llevando a la gran ciudad de Valhyos, antaño capital del gran imperio Azarkita, al caos, la ruina y la peste.
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Ellos decían que el hecho de que el rayo hubiera caído sobre el templo, era una señal inequívoca de que se trataba de un mensaje divino. Sin embargo, en los más oscuros rincones de Valhyos, la secta de los Robles Negros no dejaba de pregonar por las esquinas, que estas señales y presagios, no eran más que augurios de que Brivar-Tal’el había regresado, y con el, la gloria antigua del imperio de Val Hyorwan, aquel que construyó la ciudad sobre los cráneos de los salvajes hace ya varios siglos.
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Para los infames Robles Negros, el rayo era la señal se que había que destruir a los líderes actuales y corruptos, para formar una sociedad más pura y bondadosa de las cenizas de la anterior. Como sea, ya fueran señales traídas desde el cielo por el Creador, o por Brivarti, a las personas del sector de las Ratas, llamado así por sus constantes plagas de roedores, no les preocupaba más de lo que les interesaba un simple hecho: Sobrevivir.
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Y es que en esa zona de la Antigua Capital, las muertes de niños y ancianos por hambre, frío, o peste, eran tan frecuentes, que incluso las voces más exageradas decían que cada que subía la marea, la población bajaba. Y a pesar de que pueda sonar exagerado, bien dicen que las mayores verdades de una sociedad, se encuentran en las bocas de las mayorías ignoradas por las minorías gobernantes.
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Segrand conocía los mitos y las preocupaciones de las personas más alejadas a la realeza, debido a las pláticas que tenía con su mejor amigo. En este barrio de las Ratas, vivía el, Necdrus Vesille, un joven que, a pesar de ser de una familia cercana a la nobleza, vivía en el barrio más pobre de la ciudad. Lo anterior es debido a que al cumplir la mayoría de edad, decidió unirse a los Puros y dedicarse a educar, alimentar y velar por los más necesitados.
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Segrand pensaba que Necdrus, a pesar de ser uno de los pocos Puros que de verdad querían el bienestar de los marginados, perdía su tiempo con ingenuidades. Y lo peor de todo es que incluso hizo un voto de castidad, con lo que renunció a lo que, según Segrand, era lo que más acercaba a los hombres al cielo. Sin embargo, Necdrus siempre le recordó a Segrand ese idealismo y afán de salvar el mundo que tuvo años atrás, por lo que valoraba y apreciaba mucho a su amigo el sacerdote.
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Tras unos minutos de caminata, llegó a la puerta de la pequeña casa de Necdrus. Tocó la puerta de madera maltratada, y quien le abrió fue una anciana de rostro benevolente y arrugado, quien le dijo con lentitud y confianza, propios de los ancianos, que el joven sacerdote había asistido a una gran cena que se iba a celebrar en Palacio. – ¡Por Brivarti!–, exclamó Segrand, – ¡Olvidé la cena de mi hermana! –
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Segrand no podía creer que sus fiestas personales le hubieran hecho olvidar el hecho de que esa noche, se tenía planeada una cena en que se haría oficial el compromiso de la princesa Felicia, con algún joven de casa noble que no recordaba. Se aprestó a correr hacia el palacio, cuando un escalofrío recorrió toda su espalda. Una ráfaga de viento hizo que volara su sombrero de capitán, pero eso no fue lo que lo paralizó. Un silbido se escuchó a lo lejos; era un silbido burlón, amenazador, pero lo más importante, un sonido petrificante.
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El le rezó al gran creador de Todo, rezó a Brivar-Tal’el, rezó a todos los dioses desconocidos y conocidos por el hombre al mismo tiempo cuando el silbido amainó y fue seguido por unos lamentos dignos del mismísimo infierno. Vio unas sombras a lo lejos, del otro lado de la calle principal. Segrand corrió, corrió y siguió corriendo como si se le fuera la vida en ello. Después de cruzar cuatro calles con una velocidad muy alta para alguien que ha ingerido tanto alcohol, se escondió entre los arbustos de una casa.
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–Bueno, con razón esos campesinos supersticiosos prefieren esconderse de noche, ja, ja – Dijo Segrand, quien siempre intentaba tomarse todo a la ligera, aunque en realidad los problemas y las personas le importaban más de lo que a él mismo le gustaría admitir. Su corazón se tranquilizó cuando los lamentos dejaron de oírse, y no parecía que hubiera rastros de personas, sombras, espectros, dioses ni ningún ser vivo alrededor.
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El intentó convencerse de que ya estaba tranquilo mientras salía de los arbustos y reanudaba la marcha, aunque no podía evitar caminar cada vez más rápido a lo largo de las calles de Valhyos, que se despedía de los últimos rojizos rayos del atardecer, mientras Segrand ahora corría una vez más hacia la comodidad y la seguridad del Palacio.
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En este punto el Sol ya se había escondido, así que Segrand se apresuró aún más para llegar, tan rápido como pudiera a su hogar y cambiarse, perfumarse e inventar alguna excusa sobre porque se desapareció todo el día. Estaba cerca de la entrada del hermoso y lleno de flores jardín de Palacio, cuando sintió un fuerte golpe en la cabeza.
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Antes de que sus ojos se cerraran, pudo ver a tres personas con túnicas negras y un emblema color café que no recordaba haber visto en su vida. Antes de caer al suelo, pudo escuchar a uno de ellos diciendo: – ¿De verdad este vago es a quien estamos buscando?– Antes de quedar inconsciente, Segrand Valysse, hijo del gran emperador Falgred Valysse y heredero del mandato de la ciudad de Valhyos, pensó: –Si. Claro, ja, ja, ja. Una tarde exitosa. –

Ladies of the sea (poem)

“How are ye’?” The old sea-man told me
“How was the siren? Tell me your story!”
I’ll tell you a sea tale, if that’s what you want
but first we should drink some ale, perhaps?
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I was just fishin’, I got to the north
There are some big fish, or so tell the folks
suddenly, a scream! And in my net was caught
A beautiful woman, so white and so blond
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My officer saw her; he drew his sword
“A fiend! We must kill her and spill her blood!”
“No way!” The other fishermen yelled
“Se is such a beauty, we cannot kill her!”
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Some singing… coming from out of the ship
there was more women, ladies of the sea
my men were gone, hypnotized by their beauty
So I needed to save ‘em, it was my duty
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A candle I crushed to both of my ears
The wax got me deaf, I could no longer hear
My crossbow and sword, t’was all I needed
After all I was warrior before I was fisher
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The leader, the siren that was on my boat
Jumped to me and attacked with her claws
with a fine move I cut down her throat
the rest of the ladies started to shout
.
As they tried to climb, I made a rain of arrows
Some of they, dead! They were floating like barrels
The Sea got red, ‘cause of the blood of the sirens
some managed to escape of the blade of my iron
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My men awoke; they had shame in their eyes
“We can never trust in a woman. Damned!”
I shout, as we all started to laugh
so we changed route, to the first bloody bar!
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Capítulo 1 – Bengred: “El Señor”

“Día 27. Mes 7 del Año 621 después de la llegada. Escrito en la Ciudad de Jeros. 
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Pensabas que estaba muerto, ¿verdad? Tu madre te dijo eso, ya que es verdad. Al menos, no tengo permitido verte ni a nadie de la familia. Pero permíteme escribirte en estas líneas mis advertencias, consejos y legado, de manera que tú puedas elegir lo que consideres correcto.
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El Señor nos habla, nosotros obedecemos. Así ha sido desde que tengo memoria, desde que mi padre tiene memoria y desde que mi abuelo también. ¿Quién es el Señor? No lo sabemos, y tal vez nunca podamos descubrirlo. Su máscara lo cubre, lo envuelve de misterio, terror y sin embargo, de un carisma y gracia abrumadores.
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Ese hombre te hace querer escucharlo, te hace querer ayudarlo y apoyar cual sea la causa que necesite en ese momento. A pesar de no poder usar gestos ni sonrisas, ya que su máscara cubre completamente su rostro, uno sabe cuando está enojado, cuando está feliz, cuando te acepta y cuando te rechaza.
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Hay algo extraño en su andar. Yo mismo juraría que lo he visto cambiar de altura y corpulencia varias veces, pero hay algo en él, que siempre te dice que es la misma persona a la que estás viendo. Las personas bajas de Jeros, mi ciudad natal, dicen que el Señor, el cual es legendario entre los oficiales y personas comunes de la ciudad, no es más que el mismísimo Brivar-Tal’el, antiguo dios de la guerra.
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Yo dudo mucho que esa sea la verdad. No creo en los dioses de ninguna naturaleza. En mi opinión, no me cabe duda de que es un alquimista, o peor aún, un nigromante, que usa la magia arcana de la sangre para conservar su juventud y vitalidad, que por si solas, son dignas de cualquier clase de deidad.
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Lo he visto correr más rápido que el gato montés y ser más inteligente incluso que la serpiente, emblema que lleva en su escudo. Lo he visto hundir barcos solo con palabras y apenas un disparo de su ballesta. Yo fui testigo de como se convierte, cuando tiene una espada en mano, en un tornado manchado en sangre.
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El salvó mi vida cuando yo era pequeño. Por eso decidí seguirlo, a pesar de que mi familia se empeñó en que yo me convirtiera en caballero, tuviera tierras, mujeres y libertad. Le debo la vida al Señor, y con mi servicio intento pagar mi deuda.
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Ni mi madre, ni mis hermanas, que aun conservan el apellido Remnis, mi apellido de nacimiento, saben de la vida oculta que llevo yo, así como mi padre, mi abuelo y cada primogénito varón en mi familia desde hace cientos de años; todos siguiéndolo a el, al Señor.
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Yo pude ser Bengred Remnis, señor de Jeros, si hubiera querido. Sin embargo, el Señor me mostró la verdad, y a pesar de que no sepa quien es ni que desea en realidad, estoy dispuesto a entregar mi vida siguiendo su causa.
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Por eso adopté el nombre Xivarys, que significa “serpiente” en el antiguo idioma ya olvidado: para recordarme a mi mismo todos los días, que soy un seguidor del Señor de la Serpiente. El Señor nos ha dado órdenes de cabalgar hacia la “capital”, Valhyos. ¿La capital de que? ¿Acaso los Valysse tienen poder en Jeros o cualquier otra ciudad de Therianto?
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No importa, el Señor desea tener una audiencia especial con el hijo mayor del Rey Falgred, un tal Segrand. Hay rumores de que existe una fuerza oscura de naturaleza desconocida postrando sus garras sobre la Ciudad, y no se que tenga que ver el niño Valysse con esto, pero al Señor le parece de suma importancia.
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¿Qué puedo decir sobre Segrand? No tengo idea de su valor, su capacidad o su vida. Algunos viajeros que han recorrido el camino desde Valhyos a Jeros, dicen que Segrand vive en el tormento que solo comprende alguien que ha tenido una pérdida tan grande como la que él, o yo, hemos sufrido.
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Dicen que perdió a su joven esposa, pero nadie sabe en que circunstancias. También he escuchado que la reina Dionne está agonizando en su cama. Pésimo destino para una mujer tan ilustre y querida por toda Therianto. No queda mucho tiempo y es hora de partir a Valhyos, seguiré escribiendo cuando hayamos llegado.”
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Día 4. Mes 8 del Año 621 después de la llegada. Escrito en la ilustre Valhyos. 
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“Ayer por la noche arribamos a la capital. Nos enteramos que la gran Reina ha muerto hace unos días, noticia que me aflige en gran medida, ya que la única vez que vi a Dionne Valysse, yo era un niño pequeño, y la recuerdo como una señora amorosa, cálida y que te hacía sentir en confianza solo con unas palabras.
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Hoy, nos despertamos por la mañana, y seguimos a Segrand. Él parecía que estaba ebrio, y entró cantando y gritando a una taberna, de la cual no ha salido en todo el día. Valhyos es famosa, además de por ser la capital del imperio Azarkita, por ser la capital de los burdeles. Supongo que el joven Valysse se estará divirtiendo. Bueno, que tenga una última mañana y tarde pacíficas en su vida.
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Mis compañeros en la misión, son Shuviere, Alfred y Kraven Xivarys; no conozco sus apellidos de nacimiento. Shuviere, es un hombre pálido, delgado y alto, un poco más joven que yo. Hábil con el arco y rápido para beber, pero no muy brillante ni fuerte en el ataque cuerpo a cuerpo, según sus habilidades en los entrenamientos.
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Alfred es un viejo amigo de Jeros, muy inteligente, poeta y libertino; pero también bastante solemne y presto para cumplir los deberes que le diga El Señor. Él, está solo encargado de llevarnos, esperar en el carruaje y luego regresarnos a Jeros cuando hayamos atrapado a Segrand Valysse.
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Kraven, por último, es un hombre de cuidado. Desconozco su vida o historia, pero se que en sus ojos hay un odio y un rencor tan fuertes, que temo por aquel que esté presente cuando llegue a su punto de quiebre.
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Creo que ha sufrido y se ha obligado a si mismo a endurecerse, ya que nunca habla de su vida antes de unirse a las Serpientes. Lleva un hacha muy pesada para cualquier hombre normal, y es de un tamaño descomunal, incluso para los hombres altos de Jeros o Valhyos.
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Juntos, Kraven, Shuviere y yo, tenemos que esperar unas señales que el Señor dijo que “Reconoceremos cuando las escuchemos”, para raptar al príncipe y llevarlo a las afueras de la ciudad. Ahí, Alfred nos esperará con el carruaje dispuesto para trasladarnos a Jeros, donde el Señor tendrá su audiencia secreta con Segrand.
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No se si planee matarlo, pero pase lo que pase, la vida de ese chico no volverá a ser la misma después de conocer al Señor. Lo se, ya que nadie conoce a ese hombre sin transformarse en otro tipo de persona.
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Hay algo siniestro en Valhyos, no se si los demás lo noten, pero yo si. Es como si se hubiera abierto una fisura entre el reino de lo desconocido y Therianto, una fisura que tiene su sede en el centro de Valhyos, y esperara el momento propicio para atacar a los indefensos habitantes de todo el imperio.
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Temo por mi vida, temí desde que el Señor nos mandó a Valhyos. Siento que volveré a Jeros, para morir en cuanto crucé las grandes puertas decoradas de lapislázuli y ámbar. No se que está pasando, pero parece que una sombra se cierne sobre mi. Por eso quise escribirte esta carta, hijo mío.
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Es en estos momentos, en que uno piensa realmente en el futuro, el pasado y el sentido de la vida. Espero poder ver cien amaneceres más en mi hogar de Jeros; pero pase lo que pase, quiero que elijas siempre lo que te diga tu corazón. El Señor te buscará cuando yo muera, y se que si lo ves, te quedarás con el para siempre y lo seguirás como yo, mi padre y mi abuelo hicimos: así de fuerte es su mirada.
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Yo elegí seguir al Señor, pero tú puedes elegir una vida normal, escoger una esposa y no tener tanta sangre ni mal en tus manos. Sin embargo, el Señor te buscará y convencerá, así que si deseas una vida más libre, tendrás que huir.
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Te comparto mi conocimiento, ¿recuerdas la bodega del muelle, a la cual te dije que nunca entraras? Si muero, Alfred te dará la llave junto con esta carta. Ahí encontrarás toda la información del Señor que puedas necesitar, oro y lo necesario para que huyas a alguna de las islas del sur, donde nadie te reconocerá como un Remnis.
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Es todo, Albert, querido hijo. La elección es tuya. En este momento estoy escuchando la señal que el Señor nos prometió. Tal vez si, El Señor es un nigromante y por fin logró invocar los espíritus de los muertos, ya que eso es justo lo que estoy escuchando en este momento. Mi corazón se llena de miedo, pero mis compañeros y yo sabemos que ya es hora de buscar a Segrand y llevarlo a Jeros. Vive, hijo mío, vive y se feliz, lo que sea que ello signifique.
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Esta es palabra de Lord Bengred Xivarys, para Albert Remnis, heredero de Jeros”

Sangre Febril (Poema)

Dulce es tu aroma, como la sangre, febril
Y ahora que estamos juntos, ¿dispuesta a morir?
Húndete en mi locura, hambre, sangre y frenesí
Ven conmigo, se mi abrigo, y sacia mi sed de ti
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Mi hielo con tu fuego
Tu paraíso y mi infierno
Mascaras de amor y miedo
Eres amor, yo soy tormento
.
Tan saladas son tus lágrimas
Y tu sangre…es tan cálida
Duerme conmigo en nuestra lápida
Que tu sangre sea la pátina
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Que tu llanto hoy nos colme de dolor y amarga pena
Mientras bebo el licor de amatista de tus venas
Se mi ángel, y prometo para ti la vida eterna
Quédate a contemplar aquella hermosa luna negra