El último temblor (Cuento)

Mi sobrevivencia era más bien, poco probable, considerando la situación ocurrente. Jamás había sido muy sensible en lo que a temblores se refiere, y si a eso le añadimos que tengo el sueño extraordinariamente pesado, podríamos haber dado por sentado que yo no estuviese contando esta historia… Pero aquí estoy. Pensándolo bien, tampoco es tan difícil de creer, y es que no despertarse ante un sismo de 11.1 grados en la escala de Richter, es demasiado pedir para cualquiera, por más perezoso y despistado que éste sea.

“El último temblor”, como le llamamos los pocos que quedamos desde entonces, fue tan intenso, que incluso las rocas se despertaron de su sueño. Y no, no es una metáfora; al salir al jardín, pude ver a cada piedra y guijarro de tierra danzando, como si las rocas se alegraran de lo que estaba pasando. Era mi primer día en mi nueva casa, y debo decir que ver como se derrumbaba en el instante que yo salía de ella, fue algo muy frustante (y es que los seres humanos a veces somos tan frívolos que en vez de agradecer que sobrevivimos, maldecimos haber perdido algún bien).

De cualquier modo, una vez fuera de casa, corrí tan rápido como pude hacia la avenida principal, único sitio que se me ocurrió, libre de árboles o postes que se pudieran derrumbar con mucha facilidad. Mientras lo hacía, llamé, sin éxito, a casa de mis padres; la telefonía del país no se distinguió nunca por ser muy buena, y bastaba un poco (o un mucho, en este caso) de pánico colectivo para que todas las señales cayeran. “Tranquilo, la casa está casi excavada sobre el monte; el temblor no pudo hacerles mucho.”, pensaba para mis adentros, como consuelo ante la incertidumbre.

 Así, con confusión, sobresalto, y sin zapatos adecuados, corrí hacia el “Monumento a la pérdida de tiempo”, como le llamaba a una torre de metal puesta por el gobierno, para memorar no se qué fecha especial, en vez de usar el dinero para algo útil. Sobre ese monumento, estaba una brillante luz, que hacía varios días, bajó del cielo. Fue un evento muy extraño: una noche, de repente, mucha gente, llena de estupor, pudo observar como una esfera lumínica bajaba de las alturas, para posarse sobre el ya mencionado monumento. Algunos fanáticos de los extraterrestres, como yo, pensábamos que habría un mensaje, un encuentro cercano, algo. Pero no, solamente esa luz.

En las noticias por televisión y radio, nadie habló del tema, pero las redes sociales y demás sitios de internet se inundaron con fotos y vídeos de esferas semejantes flotando sobre diversas ciudades y pueblos a todo lo ancho del Globo. Once días habían pasado desde que la esfera bajó y se posó sobre el monumento a la pérdida de tiempo, y también once temblores, uno cada mañana, y cada uno de intensidad superior. No se que habrá ocurrido en otros lugares, pero al menos aquí, la policía acordonó el área del Monumento, e intentó, sin éxito, comunicarse por medio de altavoces, luces, banderas, música, e incluso de disparos de diversas armas.

 Después del tercer día, y con todo y la curiosidad y/o miedo de la comunidad, la vida siguió su curso, la gente salió al trabajo, los bares, las escuelas, y yo incluso pude mudarme a mi nueva y recién destruida casa. Mientras yo corría hacia la avenida, pude escuchar a gente gritando y corriendo a todas direcciones, llenas de miedo. Yo entré a una tienda grande, para comprar algunas cosas esenciales: agua, comida, una lámpara, una navaja y una botella de vodka (ya saben, sólo lo indispensable).

Las cosas de la tienda se habían caído con el temblor, y también se había ido la electricidad, pero fuera de eso, todo estaba bien. El encargado apenas estaba saliendo de abajo de una mesa junto al mostrador, cuando me vio acercarme. –Ni te molestes en pagar, eres la quinta persona que viene, y honestamente, yo también me llevaré algunas cosas. –, me dijo, lleno de palidez en el rostro. –En realidad me sorprendiste, no planeaba pagar… ¡Pero gracias!–, dije, mientras tomaba una mochila colgada junto a él, en la que pude colocar todo lo que había adquirido. Estábamos conversando, cuando un estruendo nos hizo saltar a ambos; nos asomamos afuera, y vimos un automóvil aplastado por una piedra llena de fuego, que aparentemente, había caído del cielo.

Salimos, sobresaltados, y el espectáculo que nos esperaba afuera fue aún peor: personas y autos moviéndose en todas direcciones, huyendo de una lluvia de fuego que se extendía hasta el horizonte y tal vez más. Todo era justo como en mis sueños. Desde hacía aproximadamente un año, había soñado repetidas ocasiones con escenarios “apocalípticos”: huracanes, tornados, surgimiento de volcanes, temblores y guerras aparecían en mi mente al menos una vez cada semana… Y lo único que tenían en común estos sueños, era una esfera de luz, brillando en lo alto, contemplando la destrucción.

Extrañamente, en mis sueños, me sentía tranquilo, como si supiera que yo era ajeno a todo el caos; en algunos sueños, aún más extraños, una voz  me preguntaba: – ¿Quieres venir?–, y aunque yo no sabía a que se refería, yo respondía que si… Acto seguido, la “perspectiva” de mi sueño cambiaba, y yo ahora veía todo desde arriba… desde la esfera de luz. He de decir que no había pensado en nada de esto hasta ese momento en la tienda, y es que tan solo pensar que mis sueños aterradores se volvieran en realidad era inaguantable. Pero ahora, estaba ocurriendo.

– ¡Muévete!–, me gritó el joven de la tienda, mientras me jalaba al interior, sacándome de mis pensamientos, –Aquí estaremos seguros. – Yo caminé hacia la mesa donde se había escondido durante el terremoto, para servirnos a ambos un pequeño vaso de vodka. Él entró y lo aceptó y bebimos el trago, mientras yo caminaba hacia la salida de la tienda, al tiempo que le decía: – ¿Realmente crees que el techo aguantará una lluvia de piedras del tamaño de autos en llamas? ¡Lástima que aquí no hay sótanos!–, él me miró malhumorado y replicó: – ¡Claro! Es mejor estar aquí que salir y que nos caiga una….

 Como si la hubiera invocado, una roca atravesó el techo y cayó encima del pobre hombre, dejándome boquiabierto. Después de quedarme en shock por algunos minutos, me limpié la sangre de la cara con una botella de agua, y me quité la chamarra, que desafortunadamente era blanca, y la tiré al suelo. Posteriormente, salí a la calle, y al mirar hacia arriba, noté que el cielo, además de rocas encendidas cayendo, estaba repleto de pequeñas (más bien, lejanas) esferas plateadas.

Estaba mirándolas, cuando una réplica del temblor me sacudió y casi me hace caer. Tal vez a nivel inconsciente pensé que así fuera a salvarme, pero decidí seguir corriendo hacia la avenida principal. Una vez ahí, volteé a ver la casa de mi familia; como ya mencioné, está casi cavada en el cerro, por lo que podía verse a la distancia. Al mirar, noté que algunas casas cercanas habían colapsado, pero la que yo buscaba, estaba en pie.

“Tal vez estén bien”, pensé, cuando una nueva réplica sacudió todo a mi alrededor. Tuve que saltar, ya que un árbol había sido arrancado de sus raíces y estaba cayendo sobre mí. El único pensamiento que cruzó por mi mente mientras rodaba hacia atrás fue: “Tal vez la idea de que la avenida principal era más segura, no era muy buena”. Me reincorporé y me recargué en un automóvil chocado para recuperar el aliento, cuando una nueva oleada de rocas cayendo me hizo entrar en alerta.

Afortunadamente, ninguna cayó cerca de mí, pero mi corazón se encogió y casi me sale por la garganta cuando vi, a lo lejos, una roca atravesando el techo de casa de mi familia; luego a otra cayendo justo a un lado… Y para peor de males, una nueva réplica bastó para que la casa colapsara por completo, en un derrumbe del cerro. Apenas estaba digiriendo esas imágenes, cuando un choque me derribó y me hizo doler la cabeza.

– ¡No estorbes, idiota! –, me gritó una señora que también había caído al suelo, – ¿Qué no ves lo que está pasando? –, se levantó y siguió corriendo, quien sabe hacia dónde, como si hubiera algún sitio al que ir. Instintivamente, seguí corriendo. Corrí sin parar, y sin importarme las réplicas (¿o nuevos temblores más fuertes?) ni la lluvia de fuego, hasta llegar y pasar el Monumento a la Pérdida de tiempo, al cual los policías habían dejado ya hacía varios minutos.

Pensé que al pasar debajo de la esfera de luz, pasaría algo… Pero no. Pasé justo debajo de ella, y seguí de largo, y nada. Estaba volteándola a ver sobre mi hombro, cuando tropecé con una valla pequeña que marcaba el límite del monumento. Caí de bruces, y rodé para quedar boca arriba, solo para ver dos árboles desplomándose sobre mi. Afortunadamente, la parte más gruesa de los troncos cayó lejos, pero la multitud de ramas que aterrizaron en mi cuerpo me lastimaron brazos, rostro y torso, además de que me impedían levantarme.

– ¡No puede ser!–, grité, al tiempo que cerraba los ojos. – ¿Para qué soñé todo esto, si no puedo hacer nada?– Cuando los abrí, pude ver que las ramas ya no me cubrían. Intenté levantarme, pero noté que ya no estaba en el suelo, sino flotando. Miré hacia abajo, y noté mi cuerpo, enterrado en capas y capas de follaje. Comencé  a elevarme, intentando llegar a la esfera, tal y como en mis sueños.

Estaba cerca, cuando sentí que algo me atravesaba; una roca encendida cayó a través de mí, y aplastó mi cuerpo. – ¡Mierda! ¡A tiempo!–, grité. Sin embargo, empecé a sentir dolor en lo más profundo de mí; no puedo decir que de mi cuerpo, pues no tenía ya uno, pero me dolía más que cualquier cosa que hubiera experimentado. Sentí como poco a poco mis energías se debilitaban, como si me fuera a desvanecer…

No sabía si era la esfera, o “la luz al final del túnel” de la que se habla en las experiencias de muerte, pero la luz frente y sobre mi se intensificó muchísimo, y me sentí atraído por ella. Así, abracé esa luz y me permití desvanecerme. Al volver a cobrar conciencia, tiempo después, podía ver todo desde lo alto, como en los sueños que tuve. A mi alrededor, en todas direcciones, había muchas más esferas de luz blanca o plateada, flotando. Sin embargo, no era como en mis sueños, donde yo me encontraba dentro de una esfera.

Ahora, yo era esa luz, flotando como una nube y brillando como un diamante en el cielo.

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