Archivo de la categoría: Reflexiones Personales

Sobre “Corazones Alesianos”; ¿Qué es eso?

Hoy quisiera hablarles sobre una canción que hice y que no muchos saben de qué habla. La canción se llama “Corazones Alesianos”, y si no la han escuchado, aquí está:
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Es una historia interesante, así que se las contaré:
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Primero, sobre “Alesia”.
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El sitio de Alesia fue una batalla que ocurrió en Galia (la actual Francia) durante el imperio Romano. Para no hacer el cuento largo, los líderes eran Vercingétorix (lider de las tribus galas) y César, comandando las legiones romanas.
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Superados en número y con previas derrotas, los galos se reagruparon en la fortaleza de Alesia. Como estaba muy bien defendia y ubicada, César decidió iniciar un largo asedio, para sitiar a los galos y que murieran de hambre, sed o enfermedad.
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El sitio se prolongó tanto, que llegó el punto en que los galos tuvieron que expulsar a la intemperie a los no combatientes, para ahorrar provisiones. Tras varios ataques por ambos lados y mucho tiempo, los galos fueron masacrados los las legiones.
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Ahora, por otro lado…
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En la canción menciono: “…barreras has construido alrededor de ti, para esconder, por temer a ser feliz. Hoy las almas agonizan, sentimientos echos ruinas: el sitio auto-impuesto en el juego de conquista…”. Tal vez no tenga mucho sentido por sí mismo, pero ya con la historia de la batalla romana, cobra cierto significado.
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Muchas veces, las personas se esconden, de “sitian” a sí mismas, para evitar ser dañadas por otros. Para no sufrir, para no sentir. Hay demasiada gente que dice “yo no me volví frío, me volvieron”, y yo creo que ese es un pretexto de mierda. Uno puede decidir qué hacer con su corazón, no podemos permitir a las “legiones” que tengan ese poder sobre nosotros.
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Tal vez, en la guerra, hay momentos donde no hay opción más que replegarse. Sin embargo, como los galos, esconderse solo causa hambre, tristeza, dolor y desesperación. Y aún más en el amor.
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Por eso durante la canción, hablo mucho de que las legiones son fantasmas…
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Porque al final del día, las amenazas son imaginarias. Tú te haces más daño fingiendo no sentir, del que te pueden hacer los demás. Siempre es mejor sentirse mal por fracasar, que por tener miedo.
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La legión fantasmal ataca
Mis pupilas otra vez se empañan
Tú, reforzando las murallas
Crees que el sitio acabará mañana
Ay… ¿No sabes nada,
o tal vez sólo estás negada?
¿Y acaso no todos lo estamos?
Nuestra alma y corazón, sitiados…
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Eso es todo, ¿tú vives en Alesia? Para terminar, solo quiero decir que detrás del muro, está el mundo… Cada quien decide que prefiere.
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–Sähkil Valysse
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Coyuca de Benitez: La Puerta de la Costa Grande | Por Agustín E. Bataz

Hace varios meses, envié el siguiente escrito a un concurso literario (fotos incluidas). A pesar de quedar finalista, no gané. El lado bueno, es que, al liberarse mi texto, puedo compartirlo con ustedes en este medio. Espero les guste, pues habla de un lugar muy importante para mi. Comencemos…..

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Una popular canción regional dice: “Cuando vayas a Guerrero, no te olvides de Coyuca. Puerta de oro de la Costa Grande, ¡ay, que belleza!”; y, ¿cómo voy a olvidarme de la tierra que me vio nacer? Después de meses de ausencia, vuelvo a casa. Hace un tiempo, el huracán Manuel causó el colapso del mítico y titánico puente que cruza el río. Me es grato ver que ha sido vuelto a construir, e incluso, mejorado. Nuestros pilares griegos volvieron a ponerse en pie.

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He de decir que he perdido el acento característico de la costa. Tampoco entiendo muchas palabras coloquiales, y a veces me siento un tanto ajeno en lo social. Sin embargo, veo a las palmeras, gigantes milenarios – sé que no viven tanto tiempo, pero desde donde estoy parado, pareciera que sí –, y me siento como en casa. Hace mucho calor, eso sí, pero no hay nada como mecerse en una hamaca, contemplando el palmeral de más allá de la montaña, donde habita el recuerdo. Me apetece ir a la playa, y los susurros del viento a través de las hojas, aumentan el deseo.

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La Playa tiene varios nombres: “Playa Azul”, “El morro” y “El Carrizal”. Al llegar, noto más de esta paradoja entre destrucción y renacimiento. Hace pocos meses, ocurrió una oleada muy poderosa, el mar de fondo; éste dañó algunos negocios y casas aledañas, además de que destruyó algunos más. Ver escenas de hoyos en la tierra, donde antes había casas, o grietas enormes en las paredes, o personas aun sacando arena de su hogar, me causaron cierta tristeza. Sin embargo, si algo caracteriza a las personas de aquí, es la unión y el espíritu de no dejarse doblegar por nada. Digo, por algo nacimos cerca del mar abierto, ¿no? Las palmeras me siguen reconfortando, y es que he pensado que hay más de ellas, que personas en Coyuca. En fin… después de reflexionar por un rato, vuelvo mis pies hacia el mar.

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Aquí, el viento es muy recio, y lleno de sabor a sal y recuerdos viejos. El mar abierto asemeja a una mujer que ha sufrido en su pasado. Se defiende con furia, pero alberga una gran capacidad de hacerte sentir bien, lleno de amor y armonía. Ahora comprendo que la brisa que sentí al llegar a Coyuca, no era sino el llamado del Mar, invitándome a volver.

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Saludo al mar con los brazos abiertos, como quien visita a un viejo amigo después de un largo distanciamiento. El océano aminora sus olas y me permite entrar: recibió el saludo. Conversamos por largas horas; le cuento mis vivencias en los últimos meses, él me cuenta lo que ha sido de su vida reciente. Me arrastra por la arena un par de veces, y yo logro domar sus olas en ocasiones. Así nos llevamos: pesado, como verdaderos amigos. El cansancio comienza a hacerme mella, así como el hambre… por ello, salgo del abrazo del mar, para comer algo y ponerme ropa seca.

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Dicen que Dios creó el paraíso, y luego, los lugareños le pusieron “El morro” de cariño. Al contemplar este paisaje, no dudo de esa historia. Creo que esta es mi definición gráfica de “paz interior”. Me alisto y vuelvo a casa, no sin antes dedicarle unos pensamientos y palabras cálidas al espíritu del océano, con quien tengo una estrecha relación desde hace varios años. Lleno de nostalgia, abandono el lugar; de camino, una vez más, las palmeras me reconfortan.

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Lluvia. Golpea la ventana, como si la naturaleza llorara. Mientras voy en el auto, pienso: “Palmeras… lluvia… ¿qué más se puede pedir?”. Esto es plenitud y paz. Desafortunadamente, los seis días que llevo aquí se terminan hoy, y he de volver a trabajar. Intento memorizar, detalle a detalle, el camino desde la playa a la casa, para poder quedármelo y rememorarlo mientras esté en la ciudad. Al llegar, me mezo en la hamaca por unos instantes, y salgo a El Jardín, recordando que no lo había visitado en mi estancia en Coyuca. Será un buen último destino turístico.

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“El Jardín” es como se le llama a esta pequeña plaza en el centro del pueblo. Aquí hay canchas de baloncesto, un pintoresco kiosco, la entrada a la iglesia donde  más veces he asistido a misa – a pesar de no vivir aquí –, y un puesto con las mejores tortas que han existido en la historia de la humanidad. Antes de dejar Coyuca, vengo por una de las últimas mencionadas. La degusto mientras escucho a los grillos en su concierto de cuerdas, y miro a unos patinadores practicando en la cancha. Hay algunos niños jugando también. Yo pienso en lo simple que es la vida aquí: sin prisa. Sin tanto ruido, tanta luz, tanto estrés. Aunque bueno, cada quien conoce el infierno en el que arde, tendría que vivir aquí un tiempo para comprender bien lo que se siente. Sin embargo, eso será en otra ocasión; está anocheciendo, y es hora de tomar la carretera.

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Extrañamente, nuestro viaje mengua en el puente, mismo sitio donde comenzó. De noche, todo se ve diferente, ¿no es verdad? Dicen que aquí, en el río, se han visto apariciones de La Llorona, Nahuales, y demás entidades sobrenaturales de corte “maligno”. Sin embargo, yo sólo siento paz. Si es que algún espíritu del Bajo Astral es asiduo del río de Coyuca por las noches, hoy no vino. Esta es la última parada antes de volver al Estado de México, así que me despido de las palmeras y el río; del pueblo. Las despedidas son difíciles, y más cuando no te estás despidiendo de una persona.

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Con baterías nuevas, le digo “hola” a la ciudad. Extraño la playa, es verdad, pero aquí se encuentran mis amigos, mi familia nuclear, mi trabajo y buena parte de mi vida. Tal vez algún día logre tener todo en un sitio, pero supongo que eso haría que la vida fuera más aburrida; extrañar algo siempre es bueno, te motiva a mejorar para volver con algo nuevo que contar. Aquí no hay palmeras altas y que den cocos; ni brisa marina; ni hamacas para mecerte… pero aquí estaré los próximos meses, feliz de haber visitado Coyuca de Benítez, la tierra que me vio nacer: La Puerta de la Costa Grande.

Las hojas en otoño (Reflexión) | Por Agustín E. Bataz

Considero muy triste que las personas vean como algo hermoso a las hojas en otoño. No niego que los colores rojizos y anaranjados sean muy bellos y engalanen a un árbol; el problema es que esas hojas están muriendo.

¿Es que solo nos detenemos y reparamos en la belleza de algo cuando está por extinguirse? ¿Y si llegara el año en que las hojas no reverdecieran? ¿Y si llegara el año en que ya no pudieras volver a ver las hojas?

Creo que las hojas, las relaciones y las personas deben ser valoradas a diario, no cuanto están atravesando otoños o inviernos….

Autumn-Bridge

El amor del poeta (Reflexión)

La poesía no es más que el aullido que lanza el corazón, en ausencia de la mujer amada. Así como el lobo busca y persigue sin alcanzar el fulgor plateado de la Luna Llena, el poeta escribe gotas de dolor, para la dama que ha tomado el turno de no acudir ante sus llamados de amor.

Ahí radica la paradójica maravilla de los poetas: Causan sensaciones de amor y placer en quienes leen su obra… la cual no es otra cosa sino el polvo fino, que cae de los trozos de su corazón desperdigado por el mazo sublime del rechazo femenino.

Así, nunca verás a un poeta llorando, al menos que el vino le haya ganado la batalla: es la pluma del escritor la que suda, sangra y llora tinta, y solo en momentos de vergonzosa realidad y confianza ciega hacia el hermano o amigo, logra expresar su verdadero sentir con palabra hablada.

Pues esa es la paradójica cárcel de los poetas: Viven presos de su pluma y tintero, pues lo que no gritan en este mundo, lo compensan creando universos paralelos. Universos de felicidad, lucha incesable y dragones a los que combatir al filo de la espada del verso.

Si un poeta se enamora de ti, ¡ay, desdichada! Pues él, a pesar de saber que las hijas de Afrodita no desean recibir versos y que seguramente será rechazado por tu merced, el seguirá creando, inmortalizando, transformándote en su musa inspiradora… Y en tu nombre creará mundos, universos, destruirá dragones y bajará la Luna (pues es sabido por los filósofos que solo un poeta puede realmente bajar la Luna, o subirte a ella, según su propósito).

Tú, a quien Destino hizo que enamoraras al joven escritor, prepárate para la constante lucha entre el orgullo y la tristeza. Orgullo, pues serás inmortal, y así pasen los siglos, siempre se recordará que hubo una mujer que causó tanta calamidad y tanta locura en un hombre… Tristeza pues sabemos que las mujeres no desean poesía, y no hay nada más lamentable ni lastimero, que ver a un poeta con el corazón roto.

Y ahí radica la tercer paradoja del poeta, que más bien es del objetivo de tanta poesía y halago: Su obra (y en el proceso, su Musa) se vuelve inmortal y es aclamada por todos los que la ven… Excepto por la mujer a la que fue escrita. No hay nada más puro que el amor de un poeta, y no hay nada más ciego que la mujer de quien el poeta se enamore.

Y sin embargo, el poeta tendrá fe, sin importar lo que suceda. Pues así como puede crear universos en los que baja la Luna, también puede crear un paraíso (que tal vez algún día se vuelva real). Un paraíso donde las mujeres tienen los ojos y el corazón abiertos, y responden ante el verdadero amor, el amor del poeta.

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Libertad, congruencia y psicología | Por Agustín E. Bataz

“Permite que te dé un consejo. Nunca olvides qué eres, porque desde luego el mundo no lo va a olvidar. Conviértelo en tu mejor arma, así nunca será tu punto débil. Úsalo como armadura y nadie podrá utilizarlo para herirte.”

La primera vez que escuché esa frase, me dio muchas cosas en que pensar. Después de mucha reflexión (de verdad, pensé mucho), logré descifrar lo que el autor R. R. Martin  quiso decir con ella…O al menos, el significado que le di a esa frase.

Y lo que creo es lo siguiente: No se trata de ocultarte tras una armadura, o atacar a los demás en nombre de “la libertad”. La idea, no creo que sea evitar que te hieran. Todo lo contrario. Pienso que siempre hay gente que busca una manera de criticarte o menospreciarte (llámense compañeros, conocidos, e incluso profesores), que buscan cualquier debilidad o vulnerabilidad para ofenderte.

Sin embargo, creo que al ocultarme y aparentar cosas que no soy, estoy dando una enorme importancia al “¿Qué dirán?”, al evitar mostrar lo que soy, por miedo de los ataques. “Úsalo como armadura y nadie podrá usarlo para herirte”. Creo que es muy cierto, si me muestro tal cual como soy, orgullosamente y sin miedo, nadie podrá atacarme. E incluso si lo hicieran, si yo estoy orgulloso de lo que soy… ¿Por qué las críticas o introyectos de un tercero iban a desmoralizarme?

Tal vez no sea perfecto (¿quién demonios lo es?), pero, como decimos en lenguaje de football americano: “Si nos equivocamos, nos equivocamos a máxima velocidad y seguimos”. No se trata de agachar la cabeza ante el ridículo, de cambiar tu forma de pensar por miedo a lo que otros piensen. ¡Todo lo contrario! Si algo me gusta, me hace sentir bien (y no perjudica a los demás de manera real), sería de necios no hacerlo, o al menos intentarlo.

 Sin embargo, ¿Cómo ser libre cuando lo que aprendemos, nos lo muestra alguien más?

“¿De verdad eres tan ingenuo? ¿Le das la razón a un crío solo por que llora y dice: “Déjame jugar con el fuego, papá?” ¿Acaso le contestas, “Lo que tu quieras”? No. Porque si se quema, será culpa tuya”

Uno aprende a ser libre. Savater bien menciona que hay que liberarnos, por medio de la educación, de nuestra “animalidad”. Y es que, una persona que es esclava de sus propios impulsos, que no puede trascender la carnalidad para mejorar como persona a todos los niveles, no es ciertamente, libre.

Pero ser libre, para mí, es algo muy realizable. Me falta mucho por avanzar, cierto, pero en estos meses he vivido, pensado y cambiado tantas cosas, que estoy realmente convencido de que la libertad es algo realizable. Y ser libre no significa que todo está permitido, sino que somos los arquitectos de nuestros actos, y que debemos aceptar y afrontar las consecuencias de nuestras acciones, gloriosas o infames; haciendo uso del criterio y modo de pensar que aprendemos en nuestra infancia.

Y, como dice la frase, los padres no nos inculcan conocimiento como medio de subyugarnos (eso creo yo), sino que, por medio de un poco de orden, logran liberarnos de nosotros mismos, para que posteriormente tengamos el cerebro (y en el mejor de los casos, el corazón) suficiente para hacer eso cuando tengamos hijos.

Sin embargo, hay vicios que no cambian. De generación en generación, suele pasar que nos inculquen “valores”, que a pesar de que no pensemos que son correctos, se arraigan tan profundo que, al querer actuar de manera discorde, sentimos malestar, que llega a ser tan grave, que perdemos oportunidades de hacer lo que queremos por algo que otros nos dijeron que sería bueno para nosotros.

Por ejemplo, yo llevo dos largos años peleando contra mi incapacidad de expresar sentimientos. Siempre aprendí que una persona que muestra que siente es débil (mi padre aprendió eso de Vito Corleone en “El Padrino”), que es mejor tener un escudo contra todos y solo bajar las defensas con la familia (y en muchos casos ni con ellos), y similares.

“Si quieres algo, sal a buscarlo, y punto. ¿Sabes?, la gente que no logra conseguir sus sueños suele decirles a los demás que tampoco cumplirán los suyos”

Como mencioné anteriormente, hay que aceptar y mostrar lo que somos, ese es, a mi parecer, un medio de mostrar fortaleza, o incluso en caso contrario, demuestra valor, congruencia y convicción de lo que REALMENTE SOY.

Ahora, yo supongo que la mejor manera de separar los introyectos de nuestra vida, para lograr ser feliz, es simplemente eso. Hacer lo que me haga feliz. Dentro de, como ya se ha dicho, las cosas que no afecten realmente a otros, es justo y necesario (como dirían en misa) seguir la propia dicha, hacer lo que yo sienta que es mejor para mi.

No lo que PIENSE que sea mejor para mi, en mi experiencia, las decisiones que más se piensan, son las que peor salen. Las corazonadas, las intuiciones y los sentimientos, son la receta para llegar a donde quiero llegar, con gracia y en armonía para todos los demás.

Ahora bien, es deber del psicólogo (más que deber, yo diría que placer), el ayudar a los demás a descubrir esa verdad. A que aprendan que solo pueden ser completamente felices, al encontrarse con si mismos. Para ello, contamos con herramientas, como la hermenéutica y la fenomenología, y actitudes básicas: la empatía, la aceptación positiva incondicional y la congruencia.

La congruencia es, evidentemente, que nuestros pensamientos, sentimientos y acciones estén dirigidos hacia el mismo punto, haciendo uso de la libertad, tema que ya ha sido mencionado. Como decimos en mi equipo:”Yo quiero, yo puedo, yo voy”. Esto es, mi sentimiento está encaminado, se que puedo lograrlo y nada me lo impide, así que actuó en consonancia con ello.

Ahora, el problema con la empatía y la aceptación positiva incondicional, es que muchos psicólogos, se ponen en lugar elevado… Pensándolo bien, muchos profesores, muchos padres, muchas personas se revisten de “autoridad”, para subyugar y sentir que tienen poder sobre sus “vasallos”.

“¿Cuánto vale una corona… si un cuervo puede cenar carne de rey?”

Pero yo pienso que todos somos iguales. Así como todos pensamos, sufrimos, lloramos, nos levantamos, morimos, peleamos y luchamos día a día; así que, en esencia, un psicólogo no sería un “iluminado” que muestra al otro la verdad. Solo uno mismo sabe por lo que ha pasado, y ningún psicólogo tiene el poder ni la sabiduría para predecir que desea o que es mejor para un desconocido.

“No podemos saber, solo podemos sospechar”. Así, un psicólogo es el guía, el que acompaña al otro, que, al llegar desintegrado y sin congruencia, tiene las ideas en desorden. El psicólogo no es el sabio que dice al paciente que hacer, sino el escucha que ayuda al otro a comprenderse a si mismo, para que luego el mismo decida que hacer con su vida, ya que, al fin y al cabo, es su vida.

Pero, para que una persona, inicialmente, se abra al psicólogo y hable de, lo que sea que crea conveniente, hay que ser, además de congruentes, empáticos y aceptantes. Yo considero que la empatía es pensar en los problemas del otro, como si fueran míos. Como si fueran, pero no apropiarlos. Hago uso de mis vivencias para poder “deducir” o “interpretar” lo que el otro siente, ayudándome así a ponerme en sus zapatos.

Ahora, aceptar al otro, va de la mano con no ponerme en un nivel superior. Acepto que yo no poseo la verdad absoluta, ni la autoridad de discernir 100% lo incorrecto de lo correcto. Siendo así, no puedo juzgar ni decirle al otro que debe hacer, o que lo que piensa está mal.

Debemos guiar al otro para que el mismo decida si está bien o mal, resolviendo las dudas que su actuar provoca en si mismo, pero sin ponernos en papel de inquisidores, o por el otro extremo, sin echarle porras y decirle que está bien a todo lo que haga.

 Ahora, así es como se logra que el paciente se abra y empiece a hablar, pero, ¿Cómo logramos ayudarlo a integrarse y encontrarse a si mismo?

“Uno tiene que aprender a fijarse en todo, a descubrir las verdades que la gente oculta tras los ojos.”

La manera de ayudar a los otros a encontrarse, es mostrándoles las cosas que hacen, pero que no se dan cuenta de ello. Para eso usamos dos herramientas muy efectivas: La fenomenología y la hermenéutica.

La primera consiste de describir, de manera detallada, movimientos, gestos, tonalidades y demás factores no verbales, pero que dan forma a la conversación, y que incluso la persona, suele no darse cuenta de ello. Innumerables han sido las veces que me he descubierto apretando la quijada, o hablando con mayor rapidez, o sudando cuando hablo de un tema que me resulta incómodo.

Al notar esto, el paciente puede notar emociones en su cuerpo, malestares, presiones y demás, para posteriormente ponerles un nombre (puede ser miedo, alegría, tristeza, enojo o afecto), y poderlas expresar, en estados más avanzados, como sentimientos; solo hasta que uno se descubre puede hacerlo, ya que la falta de integración suele ocurrir cuando dos o varias emociones entran en conflicto, producto de introyectos o factores similares.

Ahora, colocar las acciones de la persona, no lo es todo. Debemos saber interpretar, usando la hermenéutica, para ayudar más a fondo al individuo a contactarse. Interpretar hermenéuticamente, es, decir lo que yo percibo sobre el otro. Puede estar incorrecto, pero da la pauta al otro para que reflexione sobre que realmente siente en su interior.

El proceso es difícil, ya que “es muy duro tener que enfrentarse a si mismo en el espejo”, y siendo así, pueden surgir momentos de dolor, tristeza y pesar, a los cuales, el psicólogo debe enfrentar acompañando al otro, sin consejos, juicios, sin apapachar ni nada, solo acompañando al individuo y estando allí cuando lo necesite.

Si seguimos las pautas anteriores, el actuar psicológico será prometedor y las personas a las que ayudemos podrán salir con las herramientas necesarias para enfrentarse a la vida, de manera íntegra y completa.

“Mi mejor arma está en el cerebro. Mi hermano tiene su espada, el rey tiene su maza, y yo tengo mi mente… Pero una mente necesita de los libros igual que una espada de una piedra para conservar el filo. Por eso leo.”

Para terminar, he de decir que he reflexionado mucho el presente semestre. Muros han caído, muros están por caer, y yo me quedo con lo que hemos aprendido, muy agradecido por la oportunidad de cambiar las cosas que aprendí a callar, a ignorar o a barrer debajo de la alfombra.

A partir de muchos golpes, vivencias, aprendizajes, lecturas, y experiencias, he aprendido a ser lo que soy, decidiendo que cosas tomar y que no de los demás… A pesar de aun tener ciertos introyectos (como la pena de hablar en público), cada vez son más débiles, cada vez mi voluntad se impone un poco más, así que creo que voy por el buen camino.

Además, muchos introyectos ya han caído completamente y eso me da gusto, ya que noto que llevo la vida de manera más ligera (sin que eso signifique que no me importa, solo que no me tomo las cosas tan “a pecho”), y que puedo expresarme y dejarme sentir de manera más armoniosa, lo cual mejora mis cualidades de amigo, estudiante, jugador de americano y otros aspectos.

Mi plan es abordar esta forma de hacer psicología para ayudar a otros a superar sus problemas y conflictos, del mismo modo que yo he sido ayudado. Espero tener éxito en esa empresa que, a mi parecer, es muy ambiciosa y prometedora, al menos a nivel de “ser feliz”.

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Este es un ensayo que escribí hace tiempo para la unviersidad, pero que creo que tiene mucho valor, pues en él expresé precisamente, mi forma de pensar.