Aparición (Cuento de Terror)

Este cuento es un adelanto de lo que será mi primer libro, aún sin un título exacto. Lo subo también como fin de las celebraciones de muertos. Espero que les guste. Si quieren escucharlo de mi voz, al final de este post pueden verlo.

“Aparición”
(Agustín E. Bataz)

―¡Mierda! La batería no se me podía joder en Tuxtla, ¿verdad?, y estuve toda la tarde conduciendo… ―El enojado Aarón renegaba por la mala suerte que tenía con su automóvil―. Justo ahora, en medio de la maldita nada, ¡y ni pasan carros!

Su trabajo de fotógrafo le exigía salir de la ciudad hacia algunos pueblos aledaños, por lo que conocía muchas de las leyendas que los lugareños solían contar: la famosísima “Llorona” en una de las cien mil versiones que existen en el país, los locales “chaneques”, historias de nahuales, el típico “Charro Negro”, entre muchas otras. De hecho, en el punto donde se encontraba, se hablaba mucho de las apariciones en plena carretera de un niño totalmente vestido de blanco.

Afortunadamente para su salud mental, este mismo trabajo le había forjado una mentalidad escéptica ante esos temas, por lo que viajar de noche no le daba más miedo que el que le pudieran infundir los ladrones de caminos, que a veces pululaban en las autopistas. No obstante, verse ahí, entre kilómetros de palmeras y oscuridad, rodeado por los ruidos de la variada y salvaje fauna local, le causaba unos escalofríos difíciles de ignorar. Para distraerse de esta sensación, sacó su celular y comprobó que no tenía señal. La opción de llamar a algún amigo y pedirle ayuda estaba totalmente descartada.

El reloj marcaba la una de la mañana con cuatro minutos, y no había ningún sonido de automóviles acercándose. A cien metros, adentrándose en la selva del lado derecho del camino, logró divisar la débil luz de una bombilla que parpadeaba, afuera de una modesta casa de adobe pintada de blanco. Aarón sabía cómo era ese camino por los muchos recorridos realizados, pero jamás había visto esa casita, pues estaba escondida entre la vegetación, y si no estuviera tan oscuro, quizá jamás hubiera visto el foco con su tenue iluminación.

Por unos minutos, dudó entre quedarse en el camino y esperar por el primer auto que pasara o ir a la casita. Tenía la esperanza de que tuvieran un teléfono desde el cual podría llamar a alguien para que fueran por él. Aarón ya había decidido que esperaría en la comodidad de su auto, cuando, entre los árboles, del lado izquierdo de la carretera, vio lo que parecía ser una bola de fuego desplazándose a la distancia, alejándose de donde estaba él.

De todos los mitos y leyendas del lugar, el de las “bolas de fuego” era el que más conflictos le causaba. Las personas locales decían que eran brujas o espíritus, aunque él siempre había respondido que eran personas con antorchas o automóviles, e incluso helicópteros a baja altura. ¿Pero qué pasaba cuando veías una bola de fuego, como ahora, entre las copas de los árboles? Perturbado, salió de su coche, y el frío que recorría su espalda lo hizo cambiar de opinión: se dirigió a la casa.

Los animales nocturnos y el crujir de ramas en sus pies eran lo único que rompía el silencio, y mientras más se alejaba del camino, más fuertes se escuchaban. Cuando Aarón llegó a la pequeña vivienda, tocó la puerta sin éxito. Volvió a intentarlo, y esta vez escuchó sonidos dentro, pero seguían sin abrir. Frustrado, se dio la media vuelta. De pronto, una voz lo sobresaltó:

―¿Qué quiere, señor? ―Era un niño de aproximadamente 10 años, muy mal encarado y vestido de sencilla ropa blanca y sandalias.

El susto dejó al fotógrafo sin habla, por lo que sólo miró al niño, quien sonreía y miraba hacia un punto ubicado detrás de Aarón. Al voltear, éste notó otra bola de fuego que se alejaba entre las copas de los árboles.

―Le llamaré a Él ―dijo el niño.

―¿A quién?

―A quien se encarga de los que pasan cuando ya es de noche ―respondió con total naturalidad.

Aarón de pronto se sintió tan confundido que no pensaba con claridad, pero alcanzó a susurrar con voz débil:

―Escucha, sólo necesito un teléfono. Si no tienen, puedo irme.

El niño lo ignoró y rodeó la casa. Aarón intentó colocar sus pensamientos en orden. Se repetía: “Venga, estás nervioso y tienes hambre, tampoco has dormido bien. Por eso estás viendo esas cosas. El chamaco sonrió porque no sé, le dio risa verte tan mal, pero ya cálmate, ¿ok?”

Mientras Aarón cavilaba, el niño volvió. Esta vez, delante de él venía un hombre de tez morena, aunque pálido, de más o menos 1.90 de estatura, quien traía botas y una larga gabardina negra de piel que le cubría hasta los tobillos.

―Te ves mal. ¿Balam te asustó? ―preguntó el hombre con una profunda y grave voz―. Soy Zotz. Me dicen que necesitas un teléfono, ¿verdad?

―¡Sí! ―exclamó Aarón―. Mi carro se quedó sin batería y aquí no tengo señal. Mire… ―al ver su celular, Aarón notó que marcaba las 8:20 de la mañana, por lo que se extrañó―. ¿Cómo…? ¡Si apenas hace un rato era la una! ¡Y sigue oscuro! ―Balam sonreía, muy alegre.

―Aquí el tiempo pasa volando, cosa de que te acostumbres ―ese comentario le causó muy mala espina a Aarón, por lo que decidió en su mente que lo mejor sería retirarse.

―Sí. Eh… Creo que lo mejor será que me vaya a esperar al carro y… ―Zotz lo hizo callar con un ademán, y dijo:

―¿Ah, sí? ¿Cuál carro?

Aarón volteó hacia la carretera para comprobar, estupefacto, que no estaban ni su vehículo ni la autopista. Todo a su alrededor, excepto por él mismo, la casa, Balam y Zotz, era selva y oscuridad hasta donde alcanzaba la vista. Ante este escenario, la adrenalina se apoderó de su cuerpo y salió corriendo a máxima velocidad. Detrás de él, Zotz cantaba algunas frases en una lengua que Aarón no comprendía, pero, por lo poco que había escuchado, reconoció como maya. Mientras corría, hacia cualquier dirección a la que volteara, veía alguna bola de fuego, y no importaba lo mucho que avanzara, escuchaba lamentos y susurros que no entendía.

Aarón llegó a un claro donde había un ancho río que impedía el paso. Del otro lado, para su sorpresa, estaba Zotz, parado en la copa de una palmera.

―Esto fue divertido, pero ya tengo hambre ―gritó el hombre y saltó hacia abajo. Antes de caer, Aarón vio cómo Zotz se transformaba en un murciélago descomunal, incluso más grande de lo que era en su forma humana. La gabardina y las botas fueron fácilmente rasgadas para abrir paso a garras y alas. En menos del tiempo que le hubiera tomado a Aarón procesar lo que recién vio, el murciélago ya había cubierto la distancia entre los dos y lo había derribado.

Con brazos y piernas, Aarón intentó defenderse y golpear a esa bestia, pero ésta sólo emitía sonidos de ultratumba que parecían ser infernales risas. De pronto, con una terrible y gutural voz, el murciélago dijo:

―¿Crees que puedes conmigo? Llevo aquí más tiempo del que te puedes imaginar. Desde antes de que llegaran los hombres blancos del otro lado del mar ―después emitió una larga risa que heló la sangre de Aarón, y le clavó los enormes dientes en el pecho.

La adrenalina que corría por la sangre del joven le impidió sentir el mordisco que desgarraba carne y rompía huesos, y sólo sintió mucho calor. Zotz volvió a su forma humana, y se arrodilló para beber de la herida de Aarón, quien ya comenzaba a ver todo borroso y en cámara lenta. A algunos metros de distancia, Balam observaba. Se le notaba aterrado, pero algo en su semblante reflejaba alivio. Zotz, habló:

―¡Ah! Me olvidaba. Ven acá, Balam. Ya llegó alguien nuevo, así que te puedes ir, como lo prometí ―dicho esto, hizo algunos movimientos con sus manos, dijo una serie de palabras indistinguibles y siguió bebiendo sangre y dando mordiscos a su víctima.

Aarón no supo si era una alucinación previa a la muerte, o algo más, pero Balam se desvaneció en una nube roja y se convirtió en una bola de fuego que comenzó a danzar con las cientos o tal vez miles más que se encontraban reunidas allí.

―Creo que estas personas me quieren mucho. Nunca se van del todo ―bromeó Zotz, y se colocó sobre Aarón, cara a cara. La imagen de Zotz, con una maniaca sonrisa y bañado en sangre, se fue desvaneciendo en la mente de Aarón, quien perdió el conocimiento.

Durante los siguientes meses, en los pueblos cercanos se dejaron de escuchar leyendas de un niño que se aparecía en la carretera. Ahora se hablaba de un hombre joven totalmente vestido de blanco, como esperando a que alguien se detuviera para liberarlo de su maldición.

 

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Sólo oscuridad y silencio (Perdido: Parte II, cuento)

Una historia no tan reciente sobre una persona dando el último viaje….

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Él caminaba solo. El mundo era negro, gris y escarlata, y así lucían sus sueños y virtudes. –Vuela. –, decía la voz, –Vuela–. Él caminaba solo, pero su caminar, en un principio torpe, se convertía en trote; y ese trote tomaba velocidad, como arroyo cuesta abajo en una tarde lluviosa de una primavera fría pero soleada. Pronto sus pies comenzaron a despegarse cada vez más del suelo. El suelo era dorado y el cielo magenta que, tras las nubes negras, refulgía en un llanto amargo de los dioses.

Él corría solo, y las cadenas de amores añejos y recuerdos incrustados en su alma, tan adheridos a ella como la antigua espada de Arturo en la eterna roca, se rompieron, desvaneciéndose en un sueño… Era como si toda su vida hubiera sido un sueño, y apenas lo estuvieran despertando del letargo más grande en que su espíritu había caído, quien sabe por que razón. Soltó las amarras, y así comenzó la última aventura del peregrino que, en un intenso afán de descubrimiento, solo quería encontrarse a si mismo.

Sus pies seguían despegándose del suelo, a pasos cada vez más acelerados, en una senda lúgubre, pues cada paso hacía sangrar al suelo dorado que estaba debajo de él. – Vuela. –, decía la voz,  –Vuela –. Se dio cuenta de que la sangre del suelo no era causada por él, sino que era su propia sangre, la que se derramaba a cada paso. Sangre de oro en una sombría figura, y las nubes negras, sobre él, descendían, mientras que la niebla gris atravesaba su cuerpo; esto lo hacía sentir pleno en este trayecto de muerte.

El silencio imperaba, pues solo un zumbido resoplaba en vez de pisadas, truenos y gritos… Solo silencio. La niebla espesa se volvía aun más densa, de modo que la vista de él se volvía únicamente de color rojo y negro; la sangre era vida, y la vida era sangre. Cerró los ojos, y al abrirlos, la negrura difuminaba todo, pero él seguía corriendo. Solo oscuridad. El vagaba solo, y la celeridad de su propio pensamiento lo llevó  a una pradera, y su cuerpo yacía en el pasto, lleno de vida en sus ojos, pero sin alma en el cuerpo.

Él había sido desterrado de su propio cuerpo por un extraño, y había sido desterrado al mundo de sangre, oscuridad, silencio y dolor. – Vuela. –, decía su cuerpo, recostado en el pasto, –Vuela–. Él volaba solo y mientras la luz del final del túnel lo envolvía, el volaba hacia ella en soledad. Llegó a lo alto del cielo, y se fundió con la luz, y la luz era un fuego que lo consumía. –Vuela. –, dijo la voz de la inmensidad, –Vuela–. Un fuego negro y silente lo envolvió, y el dejó de existir, pero a nadie le importó, pues estaba solo.

Solo oscuridad y silencio.

Última confesión (Cuento)

Un cuento de hace tiempo, sobre una persona en desequilibrio total….

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– En conclusión, señor Pastor, tengo miedo. Más de lo que se podría creer, viniendo de una persona tan “fuerte” como muchos pueden pensar que soy yo. No, no soy fuerte, ni siquiera resistente. Soy solo un iluso con un muro de cinco metros de espesor y veinte de alto alrededor mío; pero si te fijas con atención, ahí voy a estar, llorando y golpeando a los muros que ya ni se si yo mismo coloqué o alguien más lo hizo, pero que no puedo derribar. Las paredes se manchan de sangre, pero lo único que se cuartea y tiembla con cada golpe es mi fe, y no la estructura, la rigidez, el miedo…

La fe, la fe pierde poder y se deja hundir, no porque sea débil ni poco durable, sino porque está agotada. Años de mascaradas, gestas, búsquedas, cortejos, aventuras y demás intentos, algunos de ellos desesperados, y todos han resultado en fracaso. ¿Y lo peor? Que no se ni porque. Y ni siquiera mis nudillos sufren las consecuencias, pues mi cuerpo si es muy resistente (rayando en lo ridículo y tal vez en lo “inmortal”), pero la falta de sangre, y el rojo alrededor mío, me enfurece.

¿Cuántas veces intenté quitarme la vida, y partir al más allá? ¿Cuatro? ¿Cinco? Morir no es algo en lo que tenga habilidad. Simplemente… no quería una muerte espectacular, nada de desastres, pisos altos ni atropellamientos: mi familia no merecía enterrar a una masa sin vida y sin forma. ¡Pero ni el veneno, ni el gas, ni las cuerdas, ni las cuchillas hicieron nada por mí! Incluso he caminado por las calles más peligrosas a todas horas, siempre esperando un pequeño pleito… Sería simple: responder, sacar una navaja y que la gente diga: “Este tonto murió por peleonero, se lo buscó.” Fin.

Pero no, la diosa fortuna no ha tenido ningún acto de buena fe conmigo y todo cambió. Realmente espero que el creador me perdone por mis actos pasados y futuros, pues yo no puedo perdonarlo a él. Mira que darme mil cosas, éxitos y fortunas, pero ¿nadie para compartirlas?, ¡Vaya tortura! Hubiera preferido ser un obrero ganando 5 dólares al día a costa de mi salud, esfuerzo y dolor, para volver a una casa con una mujer y un hijo esperándome. Tal vez estuvieran de malas pues tendrían hambre, pero estarían allí…

No la soledad, no las paredes vacías manchadas de sangre, y no los frascos de pastillas vacíos como recordatorio de que ni siquiera para morir soy bueno. Dígame usted, Pastor, ¿cree que Dios pueda perdonarme por envidiarlo a usted y a tanta gente más, por odiarlo y querer quitarme la vida con tanta devoción? – El Pastor, cuyo nombre no recuerdo, pero de apenas 27 años, estaba sentado, con la mirada perdida. Su rostro parecía reflexivo, pero calmado, como si estuviera angustiado, pero con fe en que todo saldría bien. Pasaron dos minutos y no dijo nada. Pasaron otros cinco minutos en silencio, y Simon siguió hablando.

 – Ah, señor Pastor… su silencio me inquieta. Permítame que siga explicando mis pecados, pues no son todos los que ya le he contado. Hoy será mi último intento de partir y conocer al creador. Mi plan es simple: Abrir los ojos en las puertas del cielo, y usar todo el poder que tengo para vengarme de ese malnacido, por haber callado y permanecido impasible ante todas las plegarias que le dirigí; y estoy seguro que en mi vida, he rezado yo con más fe y con más frecuencia que usted y cualquier otro Pastor.

¿Sabe? La primera vez que abusaron de mí, creía que un ángel o algo así aparecerían a salvarme. La segunda vez, tuve fe en que algún evento pasara, creado por Dios o por quien fuera, y lo detuviera. La tercera vez, me di cuenta de algo: Rezar no sirve de nada. Un cuchillo y un movimiento de mi brazo hicieron lo que Dios no pudo en tres años, ¿o sí? Como quisiera que me respondiera algo, señor Pastor, pero no como un siervo de Dios, sino como un hombre… Lástima que no pueda hacerlo.

Antes de irme, que creo que el momento se acerca, quiero confesarle algo más: no me arrepiento de nada. Solo le estoy contando todo esto pues, no se… Quería platicar con alguien antes de partir al otro mundo. De verdad, quiero pedirle perdón a usted y a todos los aquí presentes por mis actos, pero necesitaba un pretexto, necesitaba que alguien se sintiera inspirado a matarme, y como ya le conté, nadie lo hizo, por más que estuve buscando pleitos en los barrios de esta y otras ciudades.

Ahora si, es todo lo que quiero confesar, oigo las sirenas y se que el fin se acerca. Una vez más, le pido una disculpa, señor Pastor. Es hora de marchar. – Simon salió del confesionario, y contempló de frente, del otro lado, al Pastor. Una bala había atravesado su corazón, y otras cinco hacían manchas rojizas en sus ropas. Simon comenzó a caminar hacia la entrada de la iglesia, esquivando aquí y allá, los cuerpos de todos los feligreses que habían asistido a la ceremonia vespertina. Algunos con heridas de bala, otros degollados o apuñalados… nada importaba, todos muertos.

Simon sabía que solo le quedaban cinco disparos, y él sabía muy bien que no tendría el valor para dirigirse una bala a sí mismo. Sabía que tenía que actuar inteligentemente con esos disparos que le quedaban, si quería cumplir su cometido. En cuanto salió, un uniformado lo intentó esposar, pero Simon pateó en la entrepierna al policía, como había aprendido a hacer con quienes quisieran someterlo, y le disparó justo entre las cejas. Dio otros cuatro disparos al aire, y entonces llovió sobre él una lluvia de balas. Un policía jura que lo escuchó decir –Gracias–, cuando se acercó a revisar que estuviera muerto.

No se y no puedo decir que ocurrió con el espíritu atormentado de Simón, pero si se que esa noche hubo una tormenta eléctrica fortísima. En el cielo, fue una noche ajetreada, sin duda. Una parte de mi, compadece a Simon y reprueba sus acciones, pero dentro de lo más profundo de mi ser, hay una voz que desea con fuerza que él haya logrado su venganza y esté descansando en paz, como nunca hizo en vida.

El último temblor (Cuento)

Mi sobrevivencia era más bien, poco probable, considerando la situación ocurrente. Jamás había sido muy sensible en lo que a temblores se refiere, y si a eso le añadimos que tengo el sueño extraordinariamente pesado, podríamos haber dado por sentado que yo no estuviese contando esta historia… Pero aquí estoy. Pensándolo bien, tampoco es tan difícil de creer, y es que no despertarse ante un sismo de 11.1 grados en la escala de Richter, es demasiado pedir para cualquiera, por más perezoso y despistado que éste sea.

“El último temblor”, como le llamamos los pocos que quedamos desde entonces, fue tan intenso, que incluso las rocas se despertaron de su sueño. Y no, no es una metáfora; al salir al jardín, pude ver a cada piedra y guijarro de tierra danzando, como si las rocas se alegraran de lo que estaba pasando. Era mi primer día en mi nueva casa, y debo decir que ver como se derrumbaba en el instante que yo salía de ella, fue algo muy frustante (y es que los seres humanos a veces somos tan frívolos que en vez de agradecer que sobrevivimos, maldecimos haber perdido algún bien).

De cualquier modo, una vez fuera de casa, corrí tan rápido como pude hacia la avenida principal, único sitio que se me ocurrió, libre de árboles o postes que se pudieran derrumbar con mucha facilidad. Mientras lo hacía, llamé, sin éxito, a casa de mis padres; la telefonía del país no se distinguió nunca por ser muy buena, y bastaba un poco (o un mucho, en este caso) de pánico colectivo para que todas las señales cayeran. “Tranquilo, la casa está casi excavada sobre el monte; el temblor no pudo hacerles mucho.”, pensaba para mis adentros, como consuelo ante la incertidumbre.

 Así, con confusión, sobresalto, y sin zapatos adecuados, corrí hacia el “Monumento a la pérdida de tiempo”, como le llamaba a una torre de metal puesta por el gobierno, para memorar no se qué fecha especial, en vez de usar el dinero para algo útil. Sobre ese monumento, estaba una brillante luz, que hacía varios días, bajó del cielo. Fue un evento muy extraño: una noche, de repente, mucha gente, llena de estupor, pudo observar como una esfera lumínica bajaba de las alturas, para posarse sobre el ya mencionado monumento. Algunos fanáticos de los extraterrestres, como yo, pensábamos que habría un mensaje, un encuentro cercano, algo. Pero no, solamente esa luz.

En las noticias por televisión y radio, nadie habló del tema, pero las redes sociales y demás sitios de internet se inundaron con fotos y vídeos de esferas semejantes flotando sobre diversas ciudades y pueblos a todo lo ancho del Globo. Once días habían pasado desde que la esfera bajó y se posó sobre el monumento a la pérdida de tiempo, y también once temblores, uno cada mañana, y cada uno de intensidad superior. No se que habrá ocurrido en otros lugares, pero al menos aquí, la policía acordonó el área del Monumento, e intentó, sin éxito, comunicarse por medio de altavoces, luces, banderas, música, e incluso de disparos de diversas armas.

 Después del tercer día, y con todo y la curiosidad y/o miedo de la comunidad, la vida siguió su curso, la gente salió al trabajo, los bares, las escuelas, y yo incluso pude mudarme a mi nueva y recién destruida casa. Mientras yo corría hacia la avenida, pude escuchar a gente gritando y corriendo a todas direcciones, llenas de miedo. Yo entré a una tienda grande, para comprar algunas cosas esenciales: agua, comida, una lámpara, una navaja y una botella de vodka (ya saben, sólo lo indispensable).

Las cosas de la tienda se habían caído con el temblor, y también se había ido la electricidad, pero fuera de eso, todo estaba bien. El encargado apenas estaba saliendo de abajo de una mesa junto al mostrador, cuando me vio acercarme. –Ni te molestes en pagar, eres la quinta persona que viene, y honestamente, yo también me llevaré algunas cosas. –, me dijo, lleno de palidez en el rostro. –En realidad me sorprendiste, no planeaba pagar… ¡Pero gracias!–, dije, mientras tomaba una mochila colgada junto a él, en la que pude colocar todo lo que había adquirido. Estábamos conversando, cuando un estruendo nos hizo saltar a ambos; nos asomamos afuera, y vimos un automóvil aplastado por una piedra llena de fuego, que aparentemente, había caído del cielo.

Salimos, sobresaltados, y el espectáculo que nos esperaba afuera fue aún peor: personas y autos moviéndose en todas direcciones, huyendo de una lluvia de fuego que se extendía hasta el horizonte y tal vez más. Todo era justo como en mis sueños. Desde hacía aproximadamente un año, había soñado repetidas ocasiones con escenarios “apocalípticos”: huracanes, tornados, surgimiento de volcanes, temblores y guerras aparecían en mi mente al menos una vez cada semana… Y lo único que tenían en común estos sueños, era una esfera de luz, brillando en lo alto, contemplando la destrucción.

Extrañamente, en mis sueños, me sentía tranquilo, como si supiera que yo era ajeno a todo el caos; en algunos sueños, aún más extraños, una voz  me preguntaba: – ¿Quieres venir?–, y aunque yo no sabía a que se refería, yo respondía que si… Acto seguido, la “perspectiva” de mi sueño cambiaba, y yo ahora veía todo desde arriba… desde la esfera de luz. He de decir que no había pensado en nada de esto hasta ese momento en la tienda, y es que tan solo pensar que mis sueños aterradores se volvieran en realidad era inaguantable. Pero ahora, estaba ocurriendo.

– ¡Muévete!–, me gritó el joven de la tienda, mientras me jalaba al interior, sacándome de mis pensamientos, –Aquí estaremos seguros. – Yo caminé hacia la mesa donde se había escondido durante el terremoto, para servirnos a ambos un pequeño vaso de vodka. Él entró y lo aceptó y bebimos el trago, mientras yo caminaba hacia la salida de la tienda, al tiempo que le decía: – ¿Realmente crees que el techo aguantará una lluvia de piedras del tamaño de autos en llamas? ¡Lástima que aquí no hay sótanos!–, él me miró malhumorado y replicó: – ¡Claro! Es mejor estar aquí que salir y que nos caiga una….

 Como si la hubiera invocado, una roca atravesó el techo y cayó encima del pobre hombre, dejándome boquiabierto. Después de quedarme en shock por algunos minutos, me limpié la sangre de la cara con una botella de agua, y me quité la chamarra, que desafortunadamente era blanca, y la tiré al suelo. Posteriormente, salí a la calle, y al mirar hacia arriba, noté que el cielo, además de rocas encendidas cayendo, estaba repleto de pequeñas (más bien, lejanas) esferas plateadas.

Estaba mirándolas, cuando una réplica del temblor me sacudió y casi me hace caer. Tal vez a nivel inconsciente pensé que así fuera a salvarme, pero decidí seguir corriendo hacia la avenida principal. Una vez ahí, volteé a ver la casa de mi familia; como ya mencioné, está casi cavada en el cerro, por lo que podía verse a la distancia. Al mirar, noté que algunas casas cercanas habían colapsado, pero la que yo buscaba, estaba en pie.

“Tal vez estén bien”, pensé, cuando una nueva réplica sacudió todo a mi alrededor. Tuve que saltar, ya que un árbol había sido arrancado de sus raíces y estaba cayendo sobre mí. El único pensamiento que cruzó por mi mente mientras rodaba hacia atrás fue: “Tal vez la idea de que la avenida principal era más segura, no era muy buena”. Me reincorporé y me recargué en un automóvil chocado para recuperar el aliento, cuando una nueva oleada de rocas cayendo me hizo entrar en alerta.

Afortunadamente, ninguna cayó cerca de mí, pero mi corazón se encogió y casi me sale por la garganta cuando vi, a lo lejos, una roca atravesando el techo de casa de mi familia; luego a otra cayendo justo a un lado… Y para peor de males, una nueva réplica bastó para que la casa colapsara por completo, en un derrumbe del cerro. Apenas estaba digiriendo esas imágenes, cuando un choque me derribó y me hizo doler la cabeza.

– ¡No estorbes, idiota! –, me gritó una señora que también había caído al suelo, – ¿Qué no ves lo que está pasando? –, se levantó y siguió corriendo, quien sabe hacia dónde, como si hubiera algún sitio al que ir. Instintivamente, seguí corriendo. Corrí sin parar, y sin importarme las réplicas (¿o nuevos temblores más fuertes?) ni la lluvia de fuego, hasta llegar y pasar el Monumento a la Pérdida de tiempo, al cual los policías habían dejado ya hacía varios minutos.

Pensé que al pasar debajo de la esfera de luz, pasaría algo… Pero no. Pasé justo debajo de ella, y seguí de largo, y nada. Estaba volteándola a ver sobre mi hombro, cuando tropecé con una valla pequeña que marcaba el límite del monumento. Caí de bruces, y rodé para quedar boca arriba, solo para ver dos árboles desplomándose sobre mi. Afortunadamente, la parte más gruesa de los troncos cayó lejos, pero la multitud de ramas que aterrizaron en mi cuerpo me lastimaron brazos, rostro y torso, además de que me impedían levantarme.

– ¡No puede ser!–, grité, al tiempo que cerraba los ojos. – ¿Para qué soñé todo esto, si no puedo hacer nada?– Cuando los abrí, pude ver que las ramas ya no me cubrían. Intenté levantarme, pero noté que ya no estaba en el suelo, sino flotando. Miré hacia abajo, y noté mi cuerpo, enterrado en capas y capas de follaje. Comencé  a elevarme, intentando llegar a la esfera, tal y como en mis sueños.

Estaba cerca, cuando sentí que algo me atravesaba; una roca encendida cayó a través de mí, y aplastó mi cuerpo. – ¡Mierda! ¡A tiempo!–, grité. Sin embargo, empecé a sentir dolor en lo más profundo de mí; no puedo decir que de mi cuerpo, pues no tenía ya uno, pero me dolía más que cualquier cosa que hubiera experimentado. Sentí como poco a poco mis energías se debilitaban, como si me fuera a desvanecer…

No sabía si era la esfera, o “la luz al final del túnel” de la que se habla en las experiencias de muerte, pero la luz frente y sobre mi se intensificó muchísimo, y me sentí atraído por ella. Así, abracé esa luz y me permití desvanecerme. Al volver a cobrar conciencia, tiempo después, podía ver todo desde lo alto, como en los sueños que tuve. A mi alrededor, en todas direcciones, había muchas más esferas de luz blanca o plateada, flotando. Sin embargo, no era como en mis sueños, donde yo me encontraba dentro de una esfera.

Ahora, yo era esa luz, flotando como una nube y brillando como un diamante en el cielo.

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La fábula del Noble Inglés

Cierto día, un Señor Feudal inglés estaba regocijándose de los manjares que se sirvieron en su castillo. Eran tiempos de batallas constantes, pues los franceses siempre estaban levantándose aquí y allá; sin embargo, esto poco importaba a nuestro noble, pues él pensaba que su feudo era inexpugnable, que sus muros, tan poderosos como los de la antigua Troya, y que él era tan sabio, justo y magnánimo como el mismísimo Rey Príamo.

Estofado de ternera, panecillos con miel, vino añejado traído de Italia y música de laúd daban forma a la pequeña reunión, (y con “pequeña, quiero decir que apenas se encontraban ahí 50 de las personas más allegadas al Señor del castillo). El bardo principal había terminado recién de entonar un soneto de amor no correspondido, cuando llegó un joven, también de alta cuna, y con un garbo exquisito. – ¡Ah! ¡Pero si eres tú! – Espetó el noble, mientras hacía señas a una criada de que sirviera algo al recién llegado, – ¿Dónde estaba mi mejor amigo mientras yo daba este minúsculo festín?

– Revisando las defensas, milord, alguien tiene que hacerlo. Debo decirle algo con sume urgencia, podría acompañarme para…. – ¡Tonterías! –, interrumpió el noble a su amigo, al mismo tiempo que la criada le extendía una copa – ¡Nada es tan urgente como para anteceder a una buena copa de vino! – Él señor feudal estaba apunto de volver al barullo, cuando el recién llegado volvió a levantar la voz: – ¡Pero, mi Señor, se lo ruego! Es requerido actuar con presteza –. Refunfuñando y de muy mala gana, el noble salió al jardín con su amigo, quien al fin pudo explicarle lo ocurrido.

El joven explicó a su señor y amigo que, según informantes en la costa, el ejército francés ya había tomado tres fortalezas en esa zona, y que en pocas semanas estarían afuera de las murallas del feudo, con intención de también tomarlo. El noble, ante la impotencia del informante, terminó de un trago su copa y la arrojó hacia adentro del recinto. – ¿Y eso es todo? ¡Que vengan! ¡Aquí estamos seguros, este castillo es imposible de tomar, y menos por un grupo de cerdos franceses! Ahora, por favor deja de preocuparte por pequeñeces, y si es todo lo que querías decirme, entra a la reunión y diviértete un rato.

–  Pero eso no es todo…. He revisado también los muros, y el oeste no está del todo reparado. Si un ejército medianamente grande viene, le será sencillo entrar por ahí, y una vez dentro, se desatará el caos. – ¡Imposible! Yo mismo di la orden de que se reparara, después de aquel fortísimo temblor. –, bufó el príncipe. Su joven amigo perdió los cabales, y le reclamó: – Pues, bueno, pudo haberlo supervisado en lugar de dar banquetes cada tercer día. – Tres segundos le tomó al muchacho darse cuenta del error que cometió.

El Señor del castillo desenvainó su espada, al tiempo que, exasperado, gritaba, – ¡¿Acaso cuestionas mi autoridad?! ¡No te permitiré ni a ti ni a nadie que me hable así!  –, el joven dio dos pasos hacia atrás, pero su “amigo”, el noble, le dio una estocada mortal y lo dejó ahí. Posteriormente, dio por terminada la reunión, y se dispuso a ver a sus consejeros, a quienes se dirigió: – ¿Es cierto que vienen los franceses? – Mi señor, es cierto, intentamos decírselo antes. –, respondió aterrado el más anciano de ellos, –Pensamos que debería pedir refuerzos a otros señores, ya que es dudoso que nuestras fuerzas por si mismas puedan contra el ejército francés.

El noble, más calmado, envió mensajeros a los castillos aledaños, quienes pronto enviaron hombres que ayudarían a defender su feudo. Posteriormente, recordando la segunda advertencia de su recién difunto amigo, el señor se dirigió al muro, y notó que efectivamente, estaba incompleto. Al darse cuenta de ello, puso él mismo a trabajar a los hombres hasta que la obra estuviera completa. Pasó una semana más, cuando se escucharon los cuernos y tambores de batalla de los franceses.

La batalla fue cruenta, pero con un ejército fortalecido y una muralla completa y sólida, los franceses emprendieron la retirada tras algunas horas. Victoriosos, los ingleses se reunieron en el castillo para celebrar. Cerca de la medianoche, el más anciano de los consejeros, quien, por cierto, había visto la pelea entre el Señor Feudal y su joven amigo, se dirigió ante el noble. – Lo felicito por una victoria sencilla, mi Lord. – El noble, ya un poco desinhibido por tanto vino, rió y comenzó a entonar un cántico de guerra, que fue coreado por los soldados que estaban alrededor.

Al terminar, agradeció a su consejero y maestro por la felicitación. – Disculpe, Señor. Quisiera saber algo. Perdone mi imprudencia, pero no pude evitar ver y escuchar el enfrentamiento con el joven Ser Westmarsh, la otra noche. ¿No se arrepiente de haber matado a su mejor amigo? Gracias a él se puso en acción, y sólo por eso es que estamos vivos y festejando el día de hoy.  – Por un momento, el noble pareció ponerse serio, e incluso bajó su tarro a la mesa más cercana. Después se limpió la barbilla con su manga, y, muy sereno, respondió: – Tal vez le debamos la victoria de hoy, pero él vino a angustiarme en primer lugar, ¡y no solo eso!, sino a cuestionarme. Además, nunca me han gustado las malas noticias… menos durante un banquete.

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¿A cuántos “nobles ingleses” conocemos?  Personas instaladas en la comodidad y la apariencia, ignorantes de sus propios fallos. Personas que, en su aparente madurez, creen saberlo todo, pero no saben nada sobre las cuestiones realmente importantes, como, en este caso, su propio feudo (y con “feudo” puedo referirme al estado emocional, los hijos, el trabajo, o cualquier cosa realmente importante).

¿A cuántos “nobles ingleses” conocemos, quienes, aparentando sabiduría, son tan inmaduros que confunden al mensajero con el mensaje… y dan estocadas incluso a sus mejores amigos ante la crítica, la incomodidad o la mención siquiera de que algo no va bien?

Sobre esto, yo me pregunto…. ¿Qué se sentirá no saber quien eres? Supongo que nada, en vista de que la gente que se desconoce, muchas veces ni siquiera se da cuenta (o ni siquiera se quiere dar cuenta) de eso. Por eso, como dice una de las máximas de Jesús: “No mires la paja en el ojo ajeno, si no miras la viga en el propio.”

Lo primero es conocerse a uno mismo, y estar consciente de que no somos perfectos, ninguno de nosotros. Solo así, dejaremos de ser como este noble inglés, dando banquetes en tiempo de guerra. Solo así, apreciaremos la verdadera amistad, pues al fin y al cabo…. Las personas que te quieren, te hacen crecer y no te hunden en el fango de la comodidad y la mediocridad.

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El caminante cósmico (cuento)

Este es el inicio de una posible novela de ciencia ficción inspirada en algunos hechos reales, algunas cosas que he leído, y en su mayoría, de mi imaginación. Todo inicia en el año 2008. Yo apenas tenía 15 años, y una enorme y casi enfermiza curiosidad por lo paranormal. Extraterrestres, magia, ciencias “ocultas” y demás temas eran mis lecturas diarias y sagradas. Cierto día, yo estaba realizando mis tareas de la preparatoria, cuando llega a mi una solicitud de contacto de un correo extraño: “Axl quiere comunicarse contigo”. El nombre me pareció peculiar, y siendo tan curioso como suelo ser, lo acepté.

“Hola, ¿te conozco?”, le escribí en cuanto acepté la solicitud. “Bueno… ¿qué quieres saber?”, fue su respuesta. Dudé por unos momentos, pero volví a hacer la misma pregunta. “Dejaste tu correo en un foro de La Federación Galáctica de la Luz, ¿recuerdas?”. Él tenía razón: entre tantas búsquedas de temas paranormales, fui a dar a un post (algo exagerado en mi opinión), sobre cierta institución planetaria (no se me ocurre de que otra forma decirle), llamada “Federación Galáctica de la Luz”.

Ellos, serían una especie de Consejo de razas planetarias que buscan la unidad y el equilibrio entre mundos y con la vida en general. Sin embargo, yo tenía tantas dudas que no sabía ni como empezar a preguntar. ¿Quienes son? ¿Que quieren? ¿Por que no intervienen con todo y la guerra? ¿Interactúan con los humanos? Y mil cosas más, pero por ahora, solo tenía una pregunta resonando más allá que cualquier otra: ¿Quién es Axl?

Y le pregunté eso. “¿Quién eres?, ¿Cómo es que sabes “cosas”?” Y el me dijo, de manera muy críptica: “Se más de lo que crees… digamos que soy parte de lo que deseas saber.” Eso podía significar tres cosas: Primero, que Axl era un mentiroso imaginativo (lo que cualquier persona normal pensaría, pero yo no); Segundo, que ese hombre había interactuado con alienígenas; o Tercero… que el era “parte de lo que deseaba saber”, era uno de ellos. Le hice saber mi duda, y él me respondió con un link a una página de internet. “Lee esto, amigo. Así entenderás un poco más sobre mi naturaleza.”

Entro al sitio, y puedo leer un título:”Solo uno contigo”. Una historia, ¿un cuento? Comienzo a leer: “Todo era oscuro. Un círculo de luz se forma a mí alrededor aunque mi forma física no estaba definida. Una voz, una voz firme pero tranquila empieza a hablar: “AXL… AXL… AXL…”. Me pregunto a quién están llamando. La voz repite: “AXL… AXL… AXL; tu verdadero nombre es AXL”.”

Sigo leyendo… Mi abuelita, al leer cuentos sobre demonios y diferentes temas oscuros, suele sentirse apesadumbrada y mal, debido a que, en su opinión “si encuentras la lectura adecuada, tu alma resonará con ella; si encuentras algo dañino, te sentirás pésimo”. En esta ocasión, sentía escalofríos al leer la historia de Axl. Diversas publicaciones con nombres variados: “Solo uno contigo”, “Cielo rojo anaranjado”, “El contacto final”, “Ser humano otra vez”, y “Caminante cósmico”.

Leo todas esas publicaciones en espacio de quince minutos, y vuelvo a mi conversación con este hombre (¿persona?). Me dice que se tiene que ir, pero que le da gusto nuestra conversación, porque ha tenido efecto en mí. “Siento que aun no estás listo, pero pronto lo estarás.”

Listo, ¿para qué? He visto más cosas de lo que casi nadie ve en todas sus vidas; he aprendido de diferentes maestros y de diferentes maneras, pero han pasado ya seis años desde esa ocasión, y al parecer sigo sin estar “listo” para lo que sea que ese Caminante Cósmico me dijo. Sin embargo, sigo esperando la misión, sin dejar de mirar hacia arriba.

Tal vez, sin saberlo, con mis actos… Estoy cumpliendo con aquello que me será encomendado.

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Assotz y el Dragón de Drierde (cuento)

Un mes había pasado, desde que, hacia las afueras del pueblo, en lo que antes era la pradera más bella de todo el reino, un Dragón enorme, hecho de diamante y hielo, se asentó. A su llegada, se transformó el panorama en una pequeña tundra, aislada entre tantos bosques y lagos, propios de la geografía del pueblo. Muchas cosas se decían sobre esta fiera creatura, de tan misterioso origen y proceder. Una historia decía que el Dragón vino del norte, y solo era el primero de muchos, destinados a, eventualmente, destruir el reino y a todos sus habitantes. Otros, relataban que un viajero de tierras distantes trajo un zafiro mágico que, al ser alumbrado por la Luna Llena, dio origen a este ser.

Finalmente, en la taberna de la aldea, había un anciano que a diario contaba que una mujer, la más hermosa del reino, fue cruelmente herida por el hombre que amaba; esta mujer pidió a una bruja que le diera la fuerza para no volver a ser herida, y la hechicera, la volvió en este aterrador reptil, que tanta destrucción había causado ya. “Así son las mujeres, ¿no?”, siempre terminaba el anciano, causando las risas y los choques de tarro de los hombres que escuchaban como contaba su historia, con tanto empeño.

La historia real, nadie la sabe. Solo dos hombres se habían logrado acercar al Dragón lo suficiente como para hacerle una herida, pero las consecuencias habían sido fatales. El primero, después de una batalla prolongada, en la que usó poderosos encantamientos, huyó, tomó el primer camino hacia el norte, y no regresó. El segundo logró clavar su lanza en el cuello de la bestia, pero ésta lo congeló, con su aliento de fuego azul, que antes que chamuscar, congelaba, convirtiéndote en una estatua de hielo. Finalmente, de un coletazo destruyó la estatua del caballero, dándole un trágico final.

Y es que este Dragón era diferente a los demás. Algunos dragones, brutales exhaladores de fuego, humo y vapor, solo pueden ser vencidos por medio de hechizos, ya que incluso la espada más afilada forjada por el hombre se derretiría al contacto con sus escamas ardientes. Otros dragones, incapaces de lanzar sustancia o fuego con su respiración, son vulnerables al acero, y solo una espada cortando su cuello, o atravesando su corazón puede darles muerte. Pero este aterrador reptil no cayó ni ante los poderosos hechizos de Maox, Mago del Norte, como se le conoció desde su huída; ni por la espada ágil y certera de Dieon, un noble guerrero que se ofreció a combatirlo.

Otra diferencia de esta creatura con las demás, eran sus formas de atacar y defender. Como ya dije, su aliento no era fuego rojo, ni humo, ni siquiera vapor de agua. Esta creatura, exhalaba algo parecido a un fuego azul, el cual congelaba todo lo que tocaba; usándolo fue como transformó la pradera en páramo congelado. Además, sus escamas parecían ser de diamante, hielo o cristal; reflejaban la luz y eran la coraza perfecta para la bestia, impidiendo que cualquier clase de calor o arma entrara bajo su piel. Finalmente, sus ojos, llenos de rabia y del color de Esmeraldas, causaban terror a quien los mirara por más de algunos segundos.

Todos en el pueblo se preguntaban que pasaría, cuando el rey enviaría a sus ejércitos para combatir a tan atroz creatura. Uno de ellos, era Assotz, un joven campesino que trabajaba los campos aledaños a su aldea. Él había escuchado ya cien veces la historia del anciano en la taberna, y para él, era algo totalmente creíble. “Solo una persona tan herida y aterrada sería capaz de causar semejante destrucción.”, pensaba para si mismo, mientras plantaba el trigo que alimentaba a sus invitadas, tres hermanas que un día, hacía cuatro meses ya, llegaron diciendo que no tenían refugio ni alimento.

Assotz no daba sin pedir a cambio, por lo que una de ellas limpiaba su cabaña y la llenaba de flores fragantes; otra se encargaba de manejar el dinero que ganaba vendiendo sus cereales y demás bienes con que comerciaba; y la última usaba el trigo y los vegetales que cultivaba, así como la carne que podían comprar, para hacer cenas sencillas, pero exquisitas, dando gusto a todos. El campesino también solía pasar su tiempo con sus propias dos hermanas, quienes vivían a un costado de su casa. A ellas les cantaba canciones usando la lira, y les contaba historias de la antigüedad, así como otras que a veces él mismo se inventaba.

Un día, su pequeño perro se despertó, asustado, a media noche, y salió corriendo hacia el lago en que a veces paseaba con él. Parecía que estaba huyendo de algo… o que estaba buscando algo. Assotz lo siguió, a oscuras y escuchando sus débiles ladridos, hasta que llegó a un claro, donde un poderoso brillo lo dejó ciego por unos segundos. Cuando se los talló, sintió que su cachorro estaba de pie, detrás de él; sin embargo, en frente tenía a una majestuosa creatura: era parecida a un león, de color dorado con melena roja, el cual tenía en su lomo, plumas de águila, de color marrón y negro, terminando en dos alas largas, con las que agitaba la hojarasca y hacía estremecer los nidos en los árboles.

Este animal no tenía patas de león, sino de águila, cubiertas del mismo modo de plumas y pelaje, terminando en tres afiladas garras del color de la obsidiana, y de brillo semejante. Sus ojos, de color ámbar e inyectados de sangre, emanaban calma, pero valor en Assotz, y sus largos colmillos dibujaban algo parecido a una sonrisa en esta creatura. La cola de este animal, una variación de “Grifo”, según el campesino había escuchado en las historias populares, se dividía en dos: una estaba cubierta de plumas y la otra de pelaje. El aura, anaranjada como el atardecer, fue el brillo que cegó a Assotz segundos atrás.

Assotz le dio a su mascota una orden para volver a la casa, y el animalito salió corriendo, como perseguido por un demonio, hacia el pueblo. Sin embargo, la mirada del Grifo había atrapado al joven aldeano, quien, instintivamente, apretaba con fuerzas una vara de árbol que había recogido; como si eso fuera a bastar para defenderse de semejante y tan formidable creatura. El Grifo miró a Assotz por algunos momentos, y se levantó en dos patas, emitiendo un rugido que lo congeló  por unos instantes. El animal se acercó a él, y cuando por fin estaba a distancia de sus brazos, tocó la melena del Grifo; finalmente, perdió el conocimiento, cayendo de bruces y golpeándose el rostro contra el suelo.

Despertó algunas horas después en su lecho.”Seguramente fue un sueño”, pensó para sus adentros, y acarició al cachorro, que estaba acurrucado en su pecho, temblando. En la mesa, cerca de él, había un cuenco lleno de leche de cabra y un trozo de pan, un poco duro, del día anterior. Assotz se levantó y remojó el pan, suavizándolo; posteriormente lo comió lentamente, con un dolor de cabeza monumental. “Por todos los cielos y los infiernos, ¿qué ocurrió?”, se preguntaba, sintiendo en su mejilla izquierda una herida. Al poco tiempo, entraron las tres mujeres que hospedaba, preguntándole como se sentía. – Muy bien, ¿qué ocurrió ayer? ¿Lo viste? –, preguntó Aunia, la de cabello rizado.

– ¡Por mi madre, Aunia, no seas tan agresiva! –, reclamó Cryda, la menor, – Assotz, ¿estás bien? ¡Tenemos que ayudarte! –. La tercera y mayor hermana, Leary, miró a las dos con desaprobación, y levantó la voz. – Por ahora necesitas ayuda, pero con esa llaga en tu cara, no se ve bien. ¡Niñas, traigan agua caliente y una tela, para limpiarla!– Las dos menores hermanas buscaron lo necesario, y Leary comenzó a retirar la poca sangre espesa del rostro del campesino, quien se encontraba como petrificado y no sabía que decir. – ¿Qué… acaba… de… pasar? –, alcanzó a decir, y Leary en seguida respondió: – Pues saliste a media noche y regresaste son el rostro lleno de sangre y diciendo “El Grifo… El Grifo”, y “Drierde… Drierde”, tú dinos, ¿qué pasó? –

Assotz estaba reflexivo, pensando en las imágenes, ya borrosas, sobre la magnífica creatura y el golpe en su cabeza. De lo que no recordaba nada, era de como había vuelto a acostarse. Cryda, sonriendo, puso sus manos en los hombros del campesino, quien, extrañamente, comenzó a recordar lo ocurrido con más claridad. Recordó que, después de caer al suelo, el Grifo puso una garra sobre su nuca, y entonces, pudo escuchar “Ve por Drierde, consigue ayuda de las tres”. Posteriormente, se incorporó y caminó hasta ir a su cama. – El Grifo me dijo “Ve por Drierde, consigue ayuda de las tres… consigue ayuda de las tres… ¿Cómo sabe Aunia que “lo vi?” –

Las tres hermanas se levantaron de sus asientos, y se tomaron las manos. – Hace un año, nos dijeron que debíamos venir a este pueblo y ayudar a un joven, que necesitaría ayuda. Así, vinimos y esperamos la señal de que tú eras el indicado. El Protector, a quien tú viste ayer, nos acaba de decir que tú eres a quien buscábamos. – ¿Buscaban… para qué? – Aunia sonrió y levantó la ceja, diciendo: – Ya te lo dijo El Grifo, Assotz. Por Drierde. – ¿Pero ella qué tiene? Hace mucho tiempo que no se nada de ella, ella, inmersa en una profunda tristeza y deseo de huir, decidió irse del pueblo hace algunos meses, hace… –, Assotz abrió los ojos como platos, –… mes y medio.

Leary, notando que Assotz había notado lo que estaba pasando, le dio el último empujón: – Y dos semanas después, apareció el poderoso Dragón, lleno de furia y con unos grandes ojos color Esmeralda. – el semblante de Assotz, pasó de la confusión, a la derrota. – No… Drierde no puede ser… Ella no se convertiría en algo así. – dijo, intentando convencerse, el campesino. – Ella sola no, pero a veces, en nuestra desesperación, preferimos convertirnos en bestias antes que sufrir la tristeza de la vida. –, dijo Cryda, y Aunia asintió y prosiguió hablando: – Ella se hizo de los “protectores” equivocados, y ahora está, literalmente, escondida en las escamas de diamante de ese Dragón… todo su calor está escondido detrás del hielo que exhala.

– ¿Y que puedo hacer yo? Ni el guerrero del reino, ni el Mago del Norte pudieron vencer, y ellos estaban entrenados y sabían como blandir armas o usar hechizos. ¿Me van a decir que tengo que convencerla de que deje de ser un Dragón? –, rio nerviosamente Assotz. – Desafortunadamente, eso no bastaría. Como dije, ella está atrapada en la piel de diamante… Debes vencer al Dragón, y ella será libre. Nosotras te ayudaremos, estamos conectadas a ti de un modo muy fuerte, pero necesitamos hacer algo antes. – Cuando Leary terminó de hablar, Cryda dibujó con carboncillo, un círculo en el suelo, y las tres se colocaron dentro de él. Al tomarse las manos nuevamente, Todos los objetos sueltos en el cuarto volaron por el aire, pues una ráfaga llenó el lugar.

Mientras Assotz rescataba un jarrón, de las pocas cosas de valor que tenía, de caer al suelo y hacerse añicos, las tres hermanas cambiaron. Cuando volvió a mirarlas, se habían reducido al tamaño de libélulas, y emitían destellitos de color blanco y amarillo chillón. Cryda, con una nueva y mucha más aguda voz, dijo – Amigo, estamos aquí para ayudarte, pero por ahora, lo necesario es que consigas una espada y un escudo, sin importar su precio, o su tamaño. – Assotz, sin poder hacer otra cosa más que creer lo que estaba observando, salió de su casa, con las pocas monedas que tenía, y con el jarrón que afortunadamente acababa de salvar, y fue a la herrería.

Ahí, el viejo Wallace estaba terminando de forjar una espada para un noble, a juzgar por el acabado tan fino y con joyas que tenía. – ¡Ah, Assotz! ¿Cómo estás, chico? – Algo extraño, ha sido un día difícil, y la tensión de tener el Dragón cerca nos tiene a todos en ascuas. – Wallace empezó a reír, palmeando la espalda del joven. – Ese Dragón no se decide a destruirnos, pero aún tenemos que comer, ¿no? Por eso sigo trabajando. ¿Y tú, no deberías estar en tus campos, arando o algo así? –  Assotz se sintió nervioso. – Pues… no puedo explicarlo, pero necesito que me vendas un escudo y una espada, tengo estas monedas y este jarrón, que de algo te servirá.

Wallace miró, con desgano, a las monedas. – Lo siento, pero esto apenas alcanza para una espada de entrenamiento y un cuadro de madera con agarradera para protegerte. ¿Qué estás tramando? ¿Para qué gastar esto, que bien puede comprarte más comida, en estas baratijas? – Assotz puso un semblante serio y miró fijamente a Wallace. – Voy a matar al Dragón. – ¡Ja, ja, ja, ja, ja! –, rió el herrero, y se recuperó dando toses, – ¡Buena broma! No se para que quieras esto, pero si tu me das el dinero, yo te daré para lo que alcanza. – Assotz dio las monedas y el jarrón a Wallace, pero intentó regatear: – Vamos, amigo. Se que puedes darme algo un poco mejor, ¿al menos una espada afilada? ¿Un escudo que no sea una tabla? Sabes que es todo el dinero que tengo.

– Está bien, ¡Está bien! –, Wallace acompañó a Assotz al interior de su tienda. – Mira, esto es lo mejor que puedo darte sin perder tanto dinero. –, el herrero extendió al joven una espada larga, pero manejable con una mano; ésta tenía una empuñadura de cuero negro, venía en una funda del mismo color, la cual no tenía ningún adorno. Assotz la tomó, y se puso el cinturón con la funda. – ¿Dónde está?… ¡Eso es! Aquí está un escudo. – El escudo era de madera cubierta en cuero, ya estaba bastante gastado, pero era mejor que un cuadro de madera con asas. – ¡Gracias, Wallace!, dijo Assotz, y salió corriendo a su hogar. – ¡Si matas a ese Dragón con esa espada, me harás famoso! –, bromeó el herrero, gritando al joven que ya se había distanciado.

De un azote cerró la puerta tras de si, y puso la espada y el escudo en la mesa. – ¿Ahora, qué?–, preguntó, y las pequeñas Hadas volaron sobre la mesa. Leary tocó el escudo, y éste comenzó a cambiar de forma, volviéndose más grande, de acero, y de color plateado con franjas doradas, como el pelaje del Grifo. – Este escudo mágico te servirá para regresar los ataques del Dragón, causándole daño en el acto. Además, es ligero como si fuera de cuero, por lo que no te restará movimiento. – Entonces, Aunia tocó la espada, y esta se limpió de raspaduras, volviéndose como si fuera nueva. La empuñadura se volvió de Oro, y tenía una Esmeralda en la base. – Con esta espada mágica confrontarás las escamas de diamante de la bestia. La espada es inteligente, considéralo un entrenamiento muy rápido y mágico, ja, ja, ja… ¡Derrite el hielo que exhala ese Dragón! ¡Puedes hacerlo! –

En este momento, las dos hermanas de Assotz entraron al cuarto, y las Hadas se escondieron. – ¿Qué sucede, hermano? –, dijo Dympna, su pequeña hermana, con total preocupación en su mirada, – te vimos saliendo de casa a toda velocidad, y regresar con una espada y un escudo. ¿Estás bien? – ¡Cielos! –, exclamó Jeanne, su hermana mayor, al ver la grandiosa espada y el exquisito escudo, – ¿Cómo compraste esto? – Assotz invitó a sentarse a sus dos hermanas, y les explicó, sin incluir en la historia al Grifo ni a las Hadas, que tenía que vencer al Dragón para poder salvar a Drierde. Por varias horas, las hermanas lloraron e intentaron entender la situación, tan difícil que era. Finalmente, la determinación de Assotz venció, y ambas lo abrazaron, aferrándose a él por unos minutos.

Dympna besó su mejilla y le deseó suerte, pidiéndole que no se dejara vencer. Jeanne se quitó un colgante de su cuello y lo puso en la mano de Assotz. – Se que yo soy la mayor, pero usa esto, te dará la fuerza de la familia. – El joven tomó el colgante en su mano, para descubrir que era, curiosamente, un Grifo. Las hermanas se despidieron en abrazos y palabras de aliento, y Assotz silbó, para que sus amigas Hadas salieran de su escondite. – ¡No me dejaron hacer mi magia! – dijo Cryda, y tocó el colgante de Grifo. – Se que estamos conectados, y ahora te daré toda la ayuda posible. Mientras tengas esto contigo, tendrás protección contra el frío aliento del Dragón; también contra sus garras y colmillos. Pero cuidado, esta será tu armadura, pero incluso la mejor y más poderosa armadura puede romperse ante un ataque fuerte… más contra un Dragón tan formidable como al que enfrentarás.

Assotz levantó su mano, y las tres Hadas se posaron sobre ella. –Te hemos dado lo que hemos podido, pero debes usar todas tus habilidades para vencer, y no será nada fácil. –, dijo Aunia, sonriendo. – Antes que salvar a Drierde, debes rescatarte a ti mismo, ten mucho cuidado, por favor. –, sugirió Leary. – Todas nuestras energías están contigo, ya lo tienes todo… Solo úsalo, con todo el honor, la fe y el amor que tengas. –, dijo Cryda. – Gracias, mis amigas. No se si pueda vencer, pero daré mi mayor esfuerzo. Por ella y por mi; también por todos en el pueblo… pero sobre todo, por amor a Drierde… Usaré sabiamente los dones que me dieron, no las defraudaré, y tampoco me defraudaré a mi mismo.

– ¡Espera! –, dijo Cryda. – No te pongas el colgante hasta que te puedas ver en el espejo. Assotz tomó un espejo que las Hadas, cuando estaban en forma humana, usaban, y lo puso delante de si. Se puso el colgante, y notó como sus ropas cambiaron. Ahora estaba todo de negro, excepto por su jubón, el cual adquirió un color rojo, y tenía un Grifo pintado, de color ámbar, como los ojos de la creatura que vio la noche anterior. Los ropajes, a pesar de no ser pesados ni de metal, se sentían muy fuertes, o al menos daban a Assotz la sensación de poder, energía y protección.  Se ciñó el cinturón con la espada y tomó el escudo en su diestra, ya que blandía con la zurda. – Estoy listo.

Leary, antes de despedir a Assotz, dio un último consejo. – El Dragón está guardando dos tesoros, Assotz. No son tesoros cualesquiera, son la fuente de su poder, y de su transformación. – Aunia prosiguió: – Un tesoro, es una rosa de Oro. El segundo, es un Crisantemo de Plata. Ambos están relacionados contigo, y si los portas, le quitarás su poder y capacidad destructiva, venciéndolo en el acto. – Por último, Cryda complementó lo anteriormente dicho: – Sin embargo, creemos que solo podrás conseguir uno de los dos… Si es que puedes rescatar alguno. Recuerda que lo importante, es mantenerte fuerte, sin importar que.

– Gracias por sus consejos, intentaré recuperar ambos tesoros, vencer al Dragón de Drierde y recuperarla a ella también. Gracias por todo. Las tres Hadas dieron sus bendiciones a Assotz, quien salió de la pequeña cabaña donde vivía. Afuera, estaban Jeanne y Dympna, quien cargaba al cachorro que Assotz había encontrado meses atrás. – ¡Suerte! –, gritó, con la voz entrecortada, Jeanne, mientras Dympna, sollozando, se dio la vuelta y volvió a su morada. Estaba atardeciendo, y en la plaza, los vagabundos hacían una fogata para cocinar a algunos roedores que habían cazado en el día, para poderse alimentar. Cuando Assotz pasó, lo miraban, y sin decir palabra, sabían lo que ocurriría. Algunos apartaban la mirada, otros asentían con esperanza en su rostro. Después de caminar algunos minutos, el campesino, ahora convertido en guerrero, llegó a la pradera convertida en tundra, dentro de la cual esperaban los tesoros, esperaba el Dragón…. Y esperaba Drierde.

Mientras pisaba la nieve, sentía el corazón latiendo en sus oídos, el sudor en sus manos, la respiración acelerándose. De pronto, entre lo que parecía ser una colina de nieve y hielo, los vio. Los ojos de Esmeraldas, ahora tan grandes como un hombre, mirándolo fijamente. El Dragón se levantó y emitió un rugido aterrador, pero que no bastó para inmutar a Assotz, que ahora se encontraba más envalentonado que nunca. – ¡Atrás, bestia! ¡Si te resistes, te daré muerte lentamente! ¡No puedes conmigo! – La creatura resopló, como disfrutando el momento, y exhaló el terrible fuego azul contra el Guerrero, quien se protegió colocándose tras su escudo.

Después de pocos segundos, notó como su brazo se entumecía y comenzaba a doler. “Cryda tiene razón”, pensó Assotz, “esto me protege, pero no me hace invulnerable”. “No puedes prolongar tanto la pelea.”, una voz dijo en su cabeza. “¡Es el Grifo!”, pensó jubiloso Assotz, y se vio inyectado de valor, avanzando, tras su escudo, hacia el poderoso y destructivo Dragón. Cuando sentía que el frío empezaba a congelar su brazo, lanzó una estocada a ciegas, acertando en la boca del Dragón, y haciéndolo parar. Sin embargo, de una dentellada, el Dragón arrebató el escudo de Assotz y lo arrojó detrás de su propio cuerpo.

Assotz, quien tenía muy bien agarrado su escudo, también salió disparado, siendo golpeado contra un árbol congelado, el cual se rompió con el impacto. Algunos trozos de corteza y ramas congeladas, se clavaron en la espalda de Assotz, quien tosió sangre. El Dragón inhaló, parecía que volvería a arrojar fuego congelante. Entonces, el joven recordó las palabras de Aunia, “¡Derrite el hielo que exhala ese Dragón!”. Cuando el fuego azul se dirigió hacia él, Assotz tomó la espada con las dos manos, como si intentara cortar el mismísimo fuego; la espada comenzó a brillar y a emitir calor. El fuego del Dragón chocaba contra la espada, y era convertido en brisa fresca, que solamente logró mojar un poco el rostro del guerrero. Sin embargo, el frío hacía mella, y el agua en su rostro se convertía en hielo muy rápido, lo que hizo retroceder a Assotz.

Mientras el Dragón volvía a inhalar, Assotz corrió hacia él, y con todas sus fuerzas, atacó la pata delantera derecha del Dragón, pues era la que estaba más cercana a él. El golpe fue tan certero, que lo próximo que el guerrero vio, fue al Dragón emitiendo chillidos de dolor, y su pata cercenada moviéndose en el suelo. Sin embargo, lo siguiente fue un golpe enorme para su propio corazón. Después de unos momentos, la pata de Dragón cambió de forma, convirtiéndose en… La mano de Drierde. Una mano blanca como la nieve, de uñas cortas, llena de belleza. – ¡Drierde!–,  gritó Assotz, y ante eso, el Dragón saltó mordiscos frenéticos, los que apenas logró esquivar. Sin embargo, no logró detener la garra del Dragón, que rasgó todo el pecho de Assotz, dejando su piel al descubierto.

“No puedo seguir.”, pensó Assotz, y el Grifo, en su mente, respondió:”Ella no tiene salvación. Tienes que hacerlo, o lo destruirá todo.” Assotz, una vez más escupiendo sangre y sintiéndose mareado, gritó para sus adentros: “¡No!… ¡Los tesoros! Puedo salvar a Drierde sin matarla. ¡Voy a hacerlo!”. Assotz corrió y, esquivando los arañazos y dentelladas, logró rodear la creatura. Entonces, detrás del Dragón, Assotz vio lo que parecía ser un altar de hielo. Sobre él, como dijeron las Hadas, había una rosa de Oro y un Crisantemo de Plata. Sin embargo, el Dragón, al darse cuenta de que Assotz había descubierto su debilidad, redobló los ataques, hasta llegar a ser demasiado para el guerrero.

La espada ya no detenía tan bien el fuego, que ahora era mucho más poderoso y lleno de ira. Assotz cayó de rodillas y susurró: –Drierde… No nos hagas esto. Por favor. – El Dragón atacó con aún más fuerza y vigor, haciendo que poco a poco, la espada fuera cediendo. – ¿Realmente, necesitas esto? –, Assotz cayó al suelo, pero notó que el Dragón ya no exhalaba fuego. Si acaso fue por que entendió sus palabras, o solo porque necesitaba volver a respirar… eso nunca se sabrá; lo importante, es que Assotz sacó fuerzas dela flaqueza, se levantó y dando pasos ágiles, llegó al altar e intentó tomar la rosa de Oro.

Justo en ese momento, el Dragón soltó un coletazo con todas sus fuerzas hacia ese sitio, haciendo volar los dos tesoros y a Assotz. Ante su mirada atónita, el Dragón exhaló fuego con todas sus fuerzas contra la rosa de Oro, convirtiéndola en hielo, y pisándola con su pata delantera izquierda, reduciéndola a un montón de escarcha. “No… Esa era la clave.” Assotz pensó en atacar el cuello de la bestia, pero afortunadamente, el Grifo habló: “El Oro no puede ser destruido así, eso no era Oro… solo era brillante. Antes de rendirte, intenta con el Crisantemo.”

Assotz se lanzó con todas sus fuerzas sobre el Crisantemo, al cual logró alcanzar esquivando los ataques del Dragón, a duras penas. Después de unos momentos, logró tomarlo en su mano, aunque justo en ese momento, el Dragón lanzó la oleada de fuego más poderosa que haya exhalado jamás antes. Con sus dos manos, sostenía tanto la espada como el Crisantemo, pero la espada, esta vez, no logró resistir el fuego, partiéndose en pedazos tras un minuto de aguante. Sin embargo, ahora el Crisantemo por si mismo estaba repeliendo el ataque, dando calidez al hielo exhalado por la creatura.

Pronto, el Crisantemo de Plata comenzó a carcomerse, descubriendo que lo plateado no era más que pintura, y que en realidad, la flor estaba hecha de Oro, el Oro más puro y brillante que Assotz hubiera visto. Cuando el Dragón necesitó respirar, Assotz pudo dar un paso atrás, y descubrió que su escudo estaba ahora a sus pies. Así, lo tomó y esperó el siguiente ataque. Assotz recordó las palabras de Leary: “Este escudo mágico te servirá para regresar los ataques del Dragón, causándole daño en el acto.”, y justo en este momento, el Dragón lanzó un arañazo; al chocar contra el escudo, sus garras se quebraron y los huesos de su pata también se rompieron.

Assotz, entonces, tomó un fragmento de la espada rota, y atacó una vez más, lacerando una de las alas de la poderosa creatura. El hombre volvió a tomar en su mano el Crisantemo de Oro, con intención de guardarlo en su ropa, pero el Dragón, con un coletazo, logró herir a Assotz, dejándolo en el suelo. Con otro movimiento de su cola, lanzó el Crisantemo dorado hacia la distancia, mientras el guerrero veía como esa esperanza se perdía entre los bosques lejanos. “Sabes lo que hay que hacer, Assotz.”, dijo el Grifo, “termina con todo esto, ya no existe salvación.” – ¡NO! ¡Aún podemos salvar esto! ¡Por mi honor y mi amor! Vamos, Drierde, ¡reacciona!, no quiero terminar con todo. – Assotz, con lágrimas en los ojos, y fragmentos de la espada en ambas manos, corrió hacia el Dragón, con intención de clavarlos en su cuello.

Entonces, algo inesperado ocurrió… Los rugidos del Dragón, por un momento, se convirtieron en una voz. – ¡Ahora no! ¡Tiempo!–, gritó Drierde desde el interior de la bestia. – ¡Yo…! ¡Puedo…! ¡Vencerlo…! ¡Dame…! ¡Tiempo…! –, el Dragón, con semblante de dolor, levantó el vuelo, lastimando aún más su propia ala, y proyectando a Assotz contra otro cúmulo de escombros, que se enterraron en su pecho, ahora descubierto, poniéndolo al borde de la muerte. – Te lo dije. Hay esperanza. –, el caballero dijo a su animal protector, quien respondió:”Bien hecho.” Assotz se giró para ponerse boca arriba, y vio como el Dragón, volando a duras penas, se perdía en el horizonte. El hombre sonrió. – Adiós, Drierde, se que volverás, y aquí estaré… Te amo. – Por tercera vez, Assotz tosió sangre. – Un placer haberte ayudado. –

El caballero cerró los ojos, pensando en que ese era su final. Sin embargo, cuando los abrió, vio que estaba volando. Enormes garras de águila lo sostenían, y unas alas majestuosas surcaban los cielos sobre él. Assotz volvió a perder el conocimiento, y al despertar, las tres Hadas, una vez más en forma humana, estaban ahí, junto a sus hermanas de sangre. Extrañamente, el guerrero no tenía heridas, y se sentía pleno en salud, aunque con un gran vacío en el corazón. – Debo irme. –, susurró, ante la sorpresa de sus dos hermanas, pero la comprensión de las tres Hadas. – ¡Acabas de volver! –, dijo su hermana menor, Dympna, – ¡No quiero que mueras buscando al Dragón! –

– No, querida. –, dijo Cryda, – Assotz ya no volverá a pelear con el Dragón, pero necesita buscar un tesoro perdido, ¿no es así? – el hombre asintió y hablo: – El Crisantemo dorado, debo recuperarlo y encontrar a Drierde, salvar lo que pueda ser salvado. – Jeanne lloró un poco y le dijo a su hermano, abrazándolo: – No lo entiendo, pero te apoyaremos en todo. – Assotz, no te culpes por no haber vencido tú solo. Recuerda que ni el caballero más poderoso puede vencer al Dragón de alguien más. –, dijo con calidez Leary, y también abrazó al guerrero. Pronto, el abrazo se volvió grupal, y todos los presentes estaban compartiendo el sentimiento. Al sentir el abrazo de sus hermanas y las Hadas, Assotz sintió, de repente, todo el dolor de la batalla. Y no solo me refiero a las heridas, golpes y llagas físicas… Sino al dolor de enfrentar a Drierde, al dolor de herirla, al dolor de ser herido por ella, al dolor de perderla, junto con el la Rosa y el Crisantemo dorado, símbolos de su unión.

Por todo ese día, Assotz se permitió maldecir su suerte, maldecir al mundo y maldecir al Dragón. Sin embargo, al caer la siguiente noche, se puso en marcha. Tenía que encontrar el Crisantemo de Oro, y encontrar a la mujer de Esmeraldas en sus ojos y Oro en su cabello. Ella le había hecho muchas heridas, y él a ella también, pero ahora, tenía que encontrar a esa mujer, y comprobar si, con el tiempo que pidió en la batalla, lograría vencer al Dragón, y junto con Assotz, disfrutar de la Flor Dorada, que aunque ahora esté perdida, está brillando como nunca antes, pues tanto el joven, ahora convertido en un guerrero de armas mágicas, como la doncella cálida de piel de diamante, querían encontrarla y cuidarla. ¿Encontrarán el Crisantemo de Oro? Solo el tiempo nos lo dirá, por ahora… Es cuestión de tiempo.

FIN

DragonFight

El destino de Merlín (Cuento)

¡Saludos!

Bueno, aquí tengo la buena noticia de que estoy en otro concurso literario sobre cuentos Celtas.

Quisiera que lo leyeran en el siguiente link, y pudieran darle like. Me harían un favor.

¡Gracias!

https://www.facebook.com/notes/noches-de-c%C3%A9ilidh/el-destino-de-merl%C3%ADn/747931285252366

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Mis amigos artistas (Cuento de Terror)

En los pueblitos lejanos a la ciudad, siempre hay gente mucho más supersticiosa. Una prueba de ello es mi tía Clara, hermana de mi abuela, quien siempre ha creído en fantasmas, apariciones, espíritus chocarreros y demás ideas poco racionales. No siempre he tenido mucha comunicación con esa tía en específico, pero recientemente su esposo murió, así que la familia se reunió en el pueblo para su velorio, funeral y demás.

Pese a la incomodidad que me iba a causar ver a mis tíos y primos, que seguramente me iban a preguntar cosas como “¿Cuándo te casas?” “Ya estás un poco grande, ¿no?” y demás tonterías, quise ir a verlos, debido a que precisamente el tío Ernesto era muy querido por todos, además de que hacía tiempo que no veía a mis parientes maternos. Además, mis padres estaban trabajando en Estados Unidos, así que yo era el único representante de mi familia en senda reunión de parientes lejanos.

Llegué en mi auto al pueblo por la mañana. El frío de la montaña se hacía presente, y una densa niebla cubría el camino principal, que era una linda forma de llamarle a la línea de terracería que iba de un lado al otro del pueblo, de por si formado por apenas mil o mil quinientos habitantes. Estacioné junto a la casa de la tía Clara, donde vivía con su difunto marido Ernesto, y pasé a saludarla. A pesar de su tristeza, el recibimiento fue muy grato y me dio un abrazo como si fuéramos allegados de toda la vida.

Pasé a ver el ataúd en que descansaba mi tío, en un cuarto cercano a la entrada, donde mi tía había adaptado para poner un altar, flores, fotos, veladoras y demás objetos ceremoniales. Se le veía pálido, cansado. Al menos, según mi tía Clara, murió de un paro cardiaco fulminante durante su sueño. Eso es extraño, ya que mi tío siempre había gozado de buena salud, pero bueno, es la mejor muerte que se puede pedir, al menos en mi opinión. Nada de sufrimientos, llantos, ni nada parecido. Solo tranquilidad. Mi tía notoriamente había estado llorando por horas, así que le dije que lo mejor sería salirnos un par de horas de ese cuarto, para que respirara y se distrajera un poco. Ella aceptó y salimos al jardín.

Ya afuera, ella me invitó un plato de caldo caliente y barbacoa de chivo, que me supieron a gloria y me hicieron sentir en casa. Después, ella notó que yo tenía mucho frío y no traía nada para cubrirme, y me dijo que tenía complexión similar a la de mi tío, que si quería tomar uno de sus abrigos para que no me enfermara. Pasamos al cuarto de los dos, y lo primero que llamó mi atención fue una pila de hojas gruesas de dibujo en un escritorio, en cada una de ellas estaba pintada una persona.

Mujeres, niños, ancianos y demás personas, todas mirando de frente, sin paisaje ni nada detrás de ellos. Lo inquietante eran dos cosas: primero, todos ellos usaban ropa color marrón y estaban muy pálidas del rostro, y segundo, los ojos de todos eran color ámbar con tonos rojizos, y se veían sumamente enojados. La calidad de las pinturas era tal, que incluso parecía que los personajes plasmados estaban viéndote fijamente. Eran quince los retratos, y cada uno se veía más amenazador que el anterior.

Le pregunté a mi tía sobre los dibujos, y ella me respondió que, como yo ya sabía, mi tío era pintor. Pero últimamente había pasado de dibujar y pintar lugares y animales, a pintar esos retratos. Lo anterior a raíz de que volviera de unas vacaciones a un lugar que ella nunca supo cual fue. Me dijo que les ponía mucho empeño e incluso rompía los lienzos si tenían la más mínima falla. Además, no se sabe quienes eran, ni siquiera si eran personas reales. Mi tío los llamaba “Mis amigos artistas”, y llegó a pasar los últimos meses en su estudio, más tiempo que en compañía de su familia.

Mi tía me explicó que su estudio, como le llamaba a la bodega donde pintaba y a veces dormía, estaba separado de la casa, pero en el mismo terreno, así que si yo quería, después podía pasar a ver cuanto quisiera, pero que no entrara solo, pues el ambiente en esa bodega era muy pesado y seguramente mi tío “seguía allí”. Yo asentí con la cabeza, aunque he de admitir que me causó algo de gracia debido a que no creía en esas tonterías de fantasmas, ni cualquier otra cosa paranormal ni supersticiosa.

Después de esa plática sobre mi tío, me preguntó sobre mi vida. Yo no le dije mucho, solo que por fin había terminado de escribir mi primera novela, incluso le regalé una copia. Ella me felicitó, complacida de que hubiera otro artista en la familia. En fin, entre charla y charla, risa y risa, pasó el día muy lentamente, como suele suceder en provincia, entre saludos y más saludos a los parientes que iban llegando, la mayoría de los cuales solo había visto una o dos veces en toda mi vida. Tal vez más, pero igualmente no los recordaba. Yo me quedé cerca de la tía Clara, la cual necesitaba más que nadie de atención. Pronto, la casa estaba repleta de familiares y amigos del tío Ernesto.

Así, ya con todas las personas que se esperaba que fueran en casa, se inició el rezo del rosario. Yo no soy religioso, pero soy de la idea de que si repetir una oración cien veces te hace sentir mejor, entonces es una buena idea hacerlo, así que permanecí serio y callado durante la ceremonia. En fin, casi una hora y muchísimos “Ave Marías” después, se sirvió café bien caliente y pozole, que se cocinó en cantidades masivas para tantas personas que ahí se encontraban. Terminada la cena, mi tía Clara dijo que la misa del día siguiente sería a las 9 de la mañana, y posteriormente iríamos al cementerio para darle sepultura.

Con eso en mente, muchos de los invitados, que también vivían en el pueblo, se despidieron y partieron a sus casas para descansar. Mi intención, y la de muchos otros familiares y amigos, era ir a una ciudad que se encontraba a hora y media del pueblo, para poder dormir en cualquier hotel, pero antes de poder hacerlo, comenzó a llover, a cada minuto más fuerte. Mi tía nos invitó a quedarnos en su casa, ya que con la lluvia y el camino de tierra, transitar hacia la ciudad era difícil, tardado y hasta peligroso.

Sin embargo, éramos alrededor de 25 personas, y la casa no era tan grande. Así que nos dividimos a suertes los cuartos, camas, sillones y espacios donde podríamos dormir. Afortunadamente, mi tía contaba con cobertores suficientes para esparcir como una alfombra en el suelo, de modo que muchos que no alcanzaron cama o sofá, pudieron dormir en el suelo. A pesar de ello, yo siempre he sido un poco… especial, respecto a dormir con tanta gente, y más aún en el suelo. Así que le dije a mi tía que mejor me iría a dormir a mi auto.

Ella no me dejó, y me dijo que me cedería su lugar en la cama. Yo le respondí negativamente, ya que aceptar eso sería muy descortés de mi parte, y recordé el estudio de mi tío, donde el pintaba y también dormía, se lo mencioné a mi tía. Ella no quería dejarme debido a su creencia de que mi tío estaba en ese cuarto, pero mi insistencia la logró convencer, y me dio la llave de su estudio, diciéndome que por favor me cuidara, y que si pasaba algo malo, sin dudarlo fuera a decirle.

Yo tomé una cobija y salí corriendo de la casa, ya que si hubiera atravesado el patio caminando me hubiera empapado completamente, y entré al estudio. El estudio estaba en la parte más alejada del terreno de la casa, y estaba rodeado de muchos árboles, además que pude ver que afuera, tenía un pequeño tapete que decía “Bienvenido”. Escuché que dejó de llover, y encendí la bombilla de la bodeguita, colgada de un cable al centro de la habitación. Había un escritorio con varios bosquejos a lápiz, y algunos lienzos ya empolvados con pinturas de paisajes y demás.

Lo que me sorprendió, fue que en los cuatro muros del estudio, estaban colgados retratos de diferentes personas. Las mismas personas de las acuarelas en el escritorio de su cuarto. Estas pinturas estaban en marcos redondos, y eran más realistas, pero también había ojos ámbar rojizo, trajes marrones y miradas agresivas. Esta vez, de fondo, todos los retratos de los “amigos artistas” de fondo un bosque, y en todos los cuadros era de noche. Sin darle más importancia, vi que en una esquina del cuarto había un catre, donde me acosté e intenté dormir, después de apagar la luz.

Me costó trabajo dormir, ya que se el ambiente si se sentía pesado, de hecho, el estar dentro de la bodega me causaba cierta pesadez y cansancio, me sentía triste y melancólico. Nada raro, seguramente me sentía triste por la muerte de mi tío, que aunque no fuera muy cercano a mi, era de la familia. Me quedé dormido, y desperté después de un par de horas. Vi mi reloj, y eran las tres de la mañana. Volteé a mí alrededor, y pude ver que los retratos tenían miradas más retorcidas, como si se estuvieran riendo y burlándose de mí. Ahora tenían las bocas abiertas, pero no tenían pintados dientes.

Me sentí gravemente asustado, pero volví a acostarme, convenciéndome de que era una ilusión óptica producto del juego de luces y sombras que causaba la única ventana que había en la bodega, justo junto a la puerta. Me quedé dormido, pero volví a despertar. Ahora eran las cinco y media de la mañana. Escuché un murmuro alrededor de mí, y cuando me destapé y pude ver los retratos, quedé aterrado. Ahora, no tenían ojos, sino que las cuencas eran rojas y parecía que lloraban sangre.

Tenían la boca completamente abierta y tenían la lengua salida, como si los hubieran ahorcado. Yo no pude más, y salí de la bodega. Al abrir la puerta, pude ver que el tapete de la entrada decía “Hola, escritor”. Muerto de miedo, corrí de vuelta a la casa, donde afortunadamente, algunos parientes estaban despiertos, bebiendo y charlando sobre mi tío fallecido. Me vieron pálido y me preguntaron el porque, a lo que yo respondí simplemente que tenía frío y eso no me había dejado dormir bien. Charlé y bebí con ellos, olvidándome por un rato de lo acontecido. Amaneció, y despertó mi tía Clara.

Me preguntó que como dormí, y le dije que no pude dormir, no quise decirle de las cosas que vi, ya que eso sería aceptar que ella tenía razón sobre las “presencias” de la bodega, pero si le confesé que los cuadros de mi tío me habían perturbado mucho. Ella se extrañó, y me explicó que apenas hacía dos días había entrado al estudio, y no había ningún retrato colgado en las paredes; además que nadie más había entrado desde entonces.

Sobresaltado, le dije que si, que había pinturas de las mismas quince personas que habíamos visto en su escritorio, y le tomé la mano para que fuéramos a verlas. ¡No podía ser una alucinación mía! Abrimos la puerta del estudio, donde el tapete de la entrada volvía a decir “Bienvenido”, y pasamos. Ella tenía razón, no había ningún retrato. Me miró completamente pálido y me dijo que no me preocupara, que tal vez había visto mal, que tal vez me había confundido con tantas ventanas.

Miré a mi alrededor, completamente ido, y comprobé que además de la ventana junto a la puerta que había visto por la noche, había otras quince ventanas pequeñas, redondas, dispersas alrededor de las paredes, justo en los lugares donde había visto las caras. ¿Qué había pasado? No sabía y no quería saberlo. Me disculpé con mi tía, y le dije que me debía ir, regresar a mi casa. Ella me vio tan asustado que no puso ningún “pero”, así que me dispuse a volver. Tomé mi maleta y la metí a la cajuela, posteriormente subí a mi automóvil.

Entré, y pude ver que en el asiento del copiloto, había una caja de regalo, recargada al asiento. La abrí, y pude ver un retrato de mi tío Ernesto mirando de frente, sin paisaje ni nada detrás de el, vistiendo un traje marrón, pálido del rostro y con los ojos de un color ámbar con tonalidad rojiza. Mi tío, a pesar de también tener los ojos con semblante enojado, tenía una ligera sonrisa dibujada en el rostro, tal y como si acabara de cometer alguna maldad y se sintiera orgulloso de sí mismo.

Busqué en la caja para ver si había algo más, pero no encontré nada. Sin embargo, al voltear el cuadro de mi tío, pude ver algo escrito en la parte trasera: “Eran mis amigos, ahora somos tuyos. Todos somos artistas. Uno los esculpía, otro les componía canciones, yo los pintaba… Ahora, te toca a ti escribirnos. ¡Pero hazlo bien!, porque a algunos de nosotros no les gusta el arte de mala calidad, y pueden, tal vez, ponerse un poco agresivos.”

Cabana

Capítulo 1 – Merlín: “La Piedra del Entendimiento”

“Soy un amo de la ilusión, y el antiguo consejero del rey, pero soy también el más idiota. Amo a otra persona más que a mí mismo, he enseñado a mi amada cómo atarme a ella y, ahora, nadie me puede liberar”. Dejando esas palabras detrás de mis pasos, fue que me vi inmerso en una aventura como las que mis compatriotas solo podrían soñar. Corría el año 603 de nuestro señor Jesucristo, cuando cumplía el 8° aniversario de mi encierro en la cueva del lago. Nimue, la que tenía sangre de sirena y belleza de gitana, me atrapó aquí, tras una roca colosal que no he logrado mover, pues no contaba con hierbas adecuadas.

Había buscado una salida de esta caverna por mucho tiempo, pero solo había pasos como para que una rata lograra salir. De hecho, de no ser por eso, no estaría vivo, contando este relato. Ratas de campo y agua estancada me mantuvieron vivo por ocho años, hasta que, de pronto, un derrumbe en un muro de la red de cuevas hizo que encontrara un paso escondido. Famélico y cansado, anduve por el sendero rocoso, hasta que la cueva y el suelo de la misma comenzaron a transformarse en piedra pulida y suelo empedrado.

Caminé por lo que pudo haber sido una hora o diez años, pero eventualmente llegué a un claro, donde vi la ciudad más grande que había conocido. Tal vez incluso más gloriosa que Camelot y con lagos más transparentes que Escocia. Anduve por las calles de esta ciudad, la cual no estaba amurallada, hasta percatarme de algo extraño: a pesar de estar bajo tierra, podía ver el sol, pero no era un sol cualquiera, sino que parecía más cercano, más cálido… como si estuviera dentro de la Tierra.

La ciudad no era de oro, pero los muros eran dorados y de una piedra muy dura y finamente pulida. Había tejados rojos en todos los edificios, y pude ver una alta torre que cubría un palacio a lo lejos. Caminé, sin encontrar presencia humana alguna, hasta poder entrar en él. Yo había leído historias sobre ciudades bajo tierra, ciudades donde podían encontrarse los dioses de la naturaleza y una sabiduría y poder infinitos, pero pensé que todo eran solo cuentos de cuna para los niños.

En oriente, se habla de que ahí viven los dragones, aunque yo siempre pensé que en el mundo, los dragones llevaban mucho tiempo extintos, ya que a pesar de que muchos hombres de Bretaña, Galia y el mundo cristiano pensaban que yo hablaba con hadas, dragones y demonios sorprendentes y aterradores, yo nunca había conocido algo realmente mágico; simplemente conocía las hierbas, sus funciones y así lograba siempre sorprender ampliamente tanto a plebeyos como a nobles.

En fin… crucé las puertas de madera ampliamente abiertas del palacio, para encontrar que estaba a oscuras y sin ninguna antorcha ni fuego a la vista. Solo había una puerta a través de la cual pude ver luz, así que me dirigí hacia allí, con esperanza de que encontrara a alguien que me pudiera decir que estaba sucediendo. Abrí la puerta, y encontré la biblioteca más grande que haya visto. Pergaminos, papiros y demás muestras de escritura se apilaban como montañas, pero había un problema importante: Todos estaban escritos en una lengua desconocida, por lo que me eran inservibles.

De pronto, un crujir en la madera del suelo me hizo voltear la cabeza, y detrás de mío vi a un hombre de altura descomunal, blanco como la piedra caliza y de cabellos plateados. Yo sentí terror en mi corazón, y en posición de atacar le amenacé con mi báculo, el cual todos en Bretaña creían que podía alterar la naturaleza e invocar espíritus. Levanté mí vara diciendo: – ¡Aléjate, insensato! ¡Soy el poderoso Merlín, y puedo acabar con tu vida si me lo propongo! – El hombre alto, sonriendo, estiró su mano y rompió mi báculo como si un hombre cualquiera rompiera una rama seca de árbol.

Comenzó a hablar, pero su idioma era desconocido para mí, así que no pude comprenderlo. Viendo mi rostro confundido, el  alto señaló con su dedo hacía un cofre que estaba en lo que parecía un altar en medio de la enorme biblioteca. Yo caminé lentamente y tomé el cofre, al abrirlo pude ver una cadena de oro, la cual tenía un colgante con forma de una letra “X” rodeada por un círculo, al centro de los cuales había un hermoso rubí. El individuo me hizo ademán de que me lo colocara, y al hacerlo, me dijo: – Muy bien, Ambrosio. Ahora podrás entenderme. –

¿Quién era aquel que conocía mi nombre de nacimiento? Antes de poder preguntarle, volvió a hablar: –Te mueres de hambre y cansancio, “hechicero”. Cruza el pasillo de tu derecha, encontrarás un atuendo de tu gusto, un pequeño comedor y agua caliente para que te asees. Después de ello, te explicaré todas las dudas que sabemos que tienes. – No pude negarme, en verdad que ocho años en una cueva hacen que pierdas la vitalidad.

A pesar de tener casi cien años de edad, mi buen uso de las hierbas, y mi falta de participación directa en las guerras del reino, me han valido de una longevidad casi mística, aunque creo que ahora, recién salido de la cueva, ya aparentaba mis noventa y ocho años. Caminé rápidamente por el pasillo señalado, donde encontré una túnica negra con hombros de cobre, además de un sombrero exactamente igual al que le regalé a Nimue, negro, de pico y que te hacía parecer más amenazante.

¡Ah, la teatralidad! El vulgo, y con vulgo también me refiero a los reyes, son muy fáciles de engañar. Un poco de fuego, rapidez de manos y muchas palabras me hicieron valer tanto como para ser temido, respetado y querido por toda Bretaña, incluso por el valeroso rey del cual me siento muy orgulloso de haber podido aconsejar: el mundo no conocerá nunca un rey tan magnánimo y bondadoso con los justos, así como terrible con los viles, como el gran Arturo Pendragón.

Pero bueno, en el cuarto aledaño a la biblioteca también había un plato lleno de higos, miel y otras frutas, además de una gran y jugosa liebre que al parecer estaba recién asada y bien condimentada. También, ¡ah, regalo de los dioses!, una jarra de aguamiel y un trozo enorme de queso, posiblemente galés, a juzgar por su sabor. Normalmente, era mesurado y no comía más de lo estrictamente necesario, pero después de ocho años de ratas y mugre… di rienda suelta a mi hambre, sed y ansias de comodidad.

Cuando terminé de saciarme, vi que tras un umbral en el muro trasero, había contenedores llenos de agua caliente, con los que me di el baño que tanto necesité. Ocho años de suciedad tardan mucho tiempo en irse, así que después de un par de horas, me vestí, tomé un báculo nuevo que estaba en una esquina de la habitación, el cual, debo decir, era muy elegante con su diseño de raíces y una roca redonda y azul en la punta, y me recosté por un rato en el lecho de plumas mullidas que tenía junto a mi.

Desperté, no se cuanto tiempo después, y salí del cuarto. Extrañamente, la puerta no me llevó a la librería, sino a un gran jardín de pasto verde, donde el hombre que me recibió el día anterior estaba sentado, mirando una fuente llena de peces de colores. – Buenos días…– dije algo asustado ante el tamaño de ese hombre, y el me volteó a ver y habló palabras que no pude comprender. Cuando el se percató, dijo una frase en tono enojado, y señaló hacia la puerta de la cual había salido.

Yo entré, y noté que había dejado el colgante que encontré en el cofre, así que lo tomé y volví a salir. Cuando lo hice, el hombre estaba diciendo varias cosas que no pude comprender. Mientras me lo ponía, el seguía hablando, por lo que solo pude entender la última parte de su discurso:
–…solo así vas a poder entenderme. –

Ya había comprendido, ese colgante, tal vez ese rubí más precisamente, me daba la habilidad de comprender las lenguas extrañas. Desafortunadamente, por más que comprendiera, no conocía su lengua, por lo que me era imposible responder, así que solo dije: – ¿Entiendes mi lengua? – El sonrío y dijo: –No te preocupes, nosotros le dimos el lenguaje a los hombres. Incluso si no te comprendiera, esa roca te hace capaz de hablar cualquier idioma que necesites, según el momento. Así que lo que digas, lo escucharé en mi idioma, y lo que yo diga, lo escucharás en el tuyo.

–Maravilloso, ¿dónde estoy? – pregunté con mucha curiosidad. – Has leído de este lugar en alguno de tus viajes a oriente. Estás en la primera y más grande ciudad del mundo: Shamballá, hogar de los dioses. O bueno, ustedes nos dicen dioses. Así como a ti te decían mago por conocer bien la naturaleza y tu sabiduría, propia de tu edad, a nosotros nos decían dioses por nuestra gran longevidad, y por que nosotros conocemos un poco mejor como funciona el mundo. Tu encontraste por coincidencia una entrada a nuestro mundo, pero claro… Nosotros no creemos en la coincidencia.

Sin entender mucho su respuesta, pregunté como era posible que un rubí lograra hacernos entender mutuamente. Él no dijo palabra y caminó, escoltándome, hacia la entrada por la que yo había venido a Shamballá. Entonces, me explicó. –No es un rubí cualquiera, es la poderosa piedra del entendimiento. – Entonces, me extendió un pergamino que yo comencé a leer. –Mira, este pergamino es el mismo que tú tomaste ayer, pero con la piedra mágica, ahora puedes leer en nuestra lengua. –

Prosiguió hablando: – ¿Grandioso, no? Es triste, el hombre se propuso tan duramente a ser lo único en el mundo, que lo logró. La magia y los seres Naturales ya no viven con ustedes, pero en otros mundos sí. – ¿Cómo? – Pregunté extrañado. – No puedes quedarte aquí mucho tiempo, debes seguir tu viaje y conocer otro mundo, poderoso mago. El destino tiene un plan para ti, algo que escapa de mi pensamiento, pero debes irte hacia esa cueva, la suerte te guiará a donde debes ir. –

Su respuesta me invadió de nostalgia, yo quería volver a Bretaña, volver a ver a Nimue, morir como un anciano respetado en mi ciudad. Sin embargo, me sobresaltó su orden, pues la cueva a la que señaló, era la misma por la que entré a la ciudad y no podía entender como volviendo, podría ir a otro mundo. – ¡Humanos! ¿Por qué se sienten el centro del universo? – Dijo algo exasperado. –Mira, seguro habrás leído que esta ciudad es el centro de los dioses y la magia, precisamente por ello no has visto a nadie más que a mí: porque nadie más quiere ser visto por un humano. –

Yo levanté las cejas en señal de sorpresa, mientras el continuó: – Ahora bien, hijo, lo que solo los sabios iniciados saben, es que este punto es una división entre todas las realidades, todos los mundos en los que mi pueblo, tus “dioses” tienen poder. Son tantos, sin embargo, que no siempre estamos al pendiente de muchos, además de que la suerte, el destino o “Dios”, hacen que las entradas nunca te lleven al mismo lugar. Ayer, el túnel pudo llevar a Bretaña, pero hoy, tal vez lleve a Galia o Roma, incluso a otro continente… o aún más lejos. –

Yo no podía comprender. La literatura antigua menciona muchas veces este saber ancestral, pero es duro pensar que algo es real. ¿Piedra del entendimiento? ¿Portales entre mundos? ¿Dioses? Mi única respuesta fue: –Pero, solo soy un anciano habilidoso con un sombrero. ¿Qué cosa tan importante he de hacer lejos de mi hogar? De veras quisiera volver, mi señor. – Su respuesta me confortó un poco: – Tranquilo, gran Merlín. Puedo ver porciones del futuro, y se que antes de tu muerte, irás a tu hogar; ¡que se aliente tu corazón! Tienes un potencial enorme, incluso mayor a las leyendas que se han creado y crearán en tu nombre, solo debes confiar. –

Y así lo hice. El hombre me regaló la piedra del entendimiento, pues me dijo que la necesitaría, y me despidió en la entrada del túnel en la roca. – ¿Cómo te llamas? – pregunté, percatándome que no conocía el nombre de este “dios”. – Avalon, es mi nombre. Ahora márchate, y que el Creador te guíe en esta nueva gesta, que será la más gloriosa de todas. – Yo sonreí, sostuve con fuerza mi báculo, elevé una plegaria a Cristo, y comencé a caminar. Y así es como comenzó.

“Los Fantasmas de Rojo” ¡Creepypasta Pokemon!

No suelo hacer creepypastas, esta es la primera. Es sobre Pokemon rojo y dorado, espero les agrade y comenten que les pareció:

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Esta historia, como muchas otras historias de miedo, sobre Pokemon, inicia con la nostalgia. Ya en el 2014, hacía muchos años que no jugaba Pokemon. En primera, pues ya había pasado la versión Oro, Plata, Rojo, Amarillo y Azul; y en segunda, pues yo solo soy fanático de la primera y segunda generaciones. De ahí en adelante, solo conozco a Arceus y tal vez a otros más, pero nunca intenté conocer las generaciones siguientes, ni me llamó la atención.

Pero bueno… como a muchos les pasa, jugar en la PC con un ROM, no es lo mismo que apretar las teclas con los pulgares del Game Boy, y como a muchos otros les sucede, jugar en un emulador de Android se me hace casi imposible pues mi maldito celular se congela y nunca puedo hacer gran avance sin desesperarme. Cierto día, sin embargo, mi teléfono se descompuso y mientras me lo arreglaban, recurrí a que me prestaran un Nokia, de los últimos modelos que tenían teclado y no usaban Android.

Esto me vino de perlas, pues logré descargar las versiones Roja y Oro de Pokemon para mi viejo teléfono, y así logré revivir un poco mi infancia. Primero, jugué el Rojo y nombré a mi Personaje “Rojo”, pues soy un tipo muy original. Como se imaginarán, el rival se llamó “Azul”. En fin, todo el juego corrió normalmente… pasé por cada gimnasio de Kanto, vencí al Equipo Rocket y logré formar un equipo bastante sólido: Charizard, Kadabra (¡gracias, regla de evolución por intercambio!), Dragonite, Gyarados, Rhydon y Nidoqueen; con ellos llegué hasta la Meseta Añil.

Bueno, en este punto he de aclarar que soy bastante “teatral”, así que a veces le hablaba a mi teléfono, como quien le grita a los personajes de una película. Por ejemplo, cuando vencía a un Pokemon con un ataque, gritaba cosas como “¡Trágatelo!”, cuando me topaba con mi rival, decía algo como “¡Vamos, compadre Rojo, mátalo y roba su dinero!”, y sonará raro, pero a veces, en mi euforia, le hablaba a los Pokemon de mi equipo como si fueran mascotas; por ejemplo, cuando mi Magikarp logró evolucionar, le dije a la pantalla “¿Quién es un buen dragoncito marino? ¿Quien es el mas letal dragoncito marino?” y cosas así…. muy ridículas, pero que muchos hacen en soledad.

Antes de pasar por la Liga Pokemon, me dispuse a atrapar a las 3 aves Legendarias, y una tras otra cayeron dentro de mi Caja de Pokemon. Esto debido a que no me gusta mucho usar Legendarios en mi equipo, pero siempre es bueno saber que los capturaste. Sin embargo, una vez que volví a la Meseta, dije algo como “Bueno, pobres Aves Legendarias… tan poderosas y atrapados. Deberíamos liberarlos, también a Mewtwo cuando lo atrapemos, ¿no crees, Rojo?” Entonces, fue que ocurrió algo extraño. Apareció una caja de texto que decía solamente: “…” y luego otra que decía “Rojo fue a dormir”. Después de eso, apareció en su cuarto. Al bajar, su madre le dijo algo relacionado a que tuviera cuidado contra el Alto Mando, y que comprara muchos Restaura Todo para aguantar.

Se que eso no pasa en el juego original, pero simplemente pensé que era una pequeña “adición”, la cual no me disgustó para nada. De hecho, me agradó que el Personaje visitara a su mamá antes de enfrentar la Liga (detalle tierno). Está de más decir que con mi equipo vencimos fácilmente al Alto Mando, a Gary, a capturé a Mewtwo. Mi costumbre, después de capturar a Mewtwo, era la de volver a vencer la Liga Pokemon, para poder “dar por cerrado” el juego. Lo que me causó conflicto, fue que al pasar los créditos,  yo dije “¡Bien! Ya hicimos todo lo que se puede hacer acá.”, eso coincidió con que terminaran los créditos, y que apareciera un cuadro de texto que decía: “¡Si! ¡Ahora seremos amigos para siempre!”

Esto fue extraño, pero considerando que ya había terminado el juego, no lo pensé mucho y pasé a jugar la versión Oro. Todo pasó como de costumbre, vencí en ambas regiones y pasé por el Alto Mando 2 ocasiones. También vencí al molesto Rival de la segunda generación, ese Pelirrojo prepotente. Sin embargo, noté algo raro. Cada que yo vencía en un gimnasio, aparecía una caja de texto con “…”, y nada más. En ningún momento relacioné eso con lo que ocurrió con Rojo, pero aparentemente si tenía mucho que ver. Mi equipo, esta vez, constaba de un Tyranitar, Noctowl, Entei (si, es Legendario, pero tuve la suerte de capturarlo y siempre ha sido mi favorito), el Gyarados rojo del Lago de la Furia, Haunter y Meganium.

Como todos saben, al final de las versiones Oro, Plata y Crystal, está el Monte Plateado… y al fondo de ese monte, está Rojo, el cual tiene un Pikachu, los tres iniciales de Kanto evolucionados, a Snorlax y Espeon. Bueno, algo raro pasó al estar en el Monte Plateado. Mientras más me acercaba al fondo de la caverna, me topé primero con un Articuno, luego con un Moltres, luego con un Zapdos y finalmente con un Mewtwo; esto no ocurría en Pokemon Oro, donde ni siquiera aparecía Mewtwo. Sin embargo, los capturé y seguí avanzando. Al llegar a Rojo, en vez de aparecer el típico “…”, me dijo “¿Dónde estabas, amigo? Espera, ¿quién es este impostor?”, y comenzó la batalla.

Rojo abrió con un Charizard, y yo con mi Gyarados, el cual venció fácilmente usando “Surf”. No le di importancia a que abriera con Charizard, siendo que siempre usaba a Pikachu como primera elección; sin embargo, me asusté cuando, en vez de que apareciera el “¡Enemigo Charizard fue debilitado! o “¡Enemigo Charizard se desmayó!”, pude leer que decía “Con el iniciamos… ¿por qué lo lastimas?”. Después, apareció su siguiente Pokemon: Kadabra, solo que en vez de decir “Rojo envió a Kadabra”, decía el texto: “¿Recuerdas?, este tonto solo sabía teletransportarse, ¡Ahora míralo!”

Al vencerlo, apareció un nuevo diálogo: “Espera, amigo. Somos mejores que este impostor, déjame mostrártelo.”, y envió a Rhydon, el cual venció a Gyarados con  su ataque de “Perforador”. Al hacerlo, pude ver un texto que decía: “¿Lo ves, compadre? ¡Vamos a matarlo y robarle su dinero!”, sin embargo, yo vencí a Rhydon y Nidoqueen. Dichas victorias fueron seguidas primero de un texto que decía “Rugido”, y luego de “Rojo ha estallado en lágrimas”. Al aparecer el Gyarados de Rojo, dijo: “¡Sólo sabía salpicar! ¡Mira al más letal dragoncito marino!”, pero también lo vencí.

Finalmente, Rojo dijo: “Vamos, amigo… Debo convencerte, usaré lo mejor que tenemos.”, y lanzó a Dragonite. Al jugar la versión Roja, este fue el Pokemon que más entrené, y ahora era mucho, muy difícil de vencer. Sin embargo, logré hacerlo después de muchas pociones y ataques. Al terminar el duelo, apareció la imagen del Monte Plateado otra vez, y el diálogo decía: “No. No. ¡No!, ¡NO!, ¡NOOOO!”, pronto, uno más: “Soy mejor, no se que hacer…Adiós.”, y finalmente la pantalla se oscureció y Rojo ya no estaba. Fui a un Centro Pokemon, y así como con la versión Pasada, una vez vencido Rojo, me gusta volver a pasar la Liga, así que me dirigí hacia la Meseta Añil.

Noté que ya era muy tarde, y que de hecho estaba asustado por el juego, así que me fui a dormir. Me costó trabajo, pero lo logré. A la mañana siguiente, no podía dejar de pensar en la noche anterior, así que decidí simplemente pasar la Liga Pokemon y ya, dejar los juegos. Sin embargo, cuando abrí la carpeta de las aplicaciones, ya no estaba la versión Roja, solo la Oro. Eso se me hizo muy sospechoso, pero entré al juego que tenía. Ahora bien, no aparecí en la Meseta Añil, sino en Pueblo Paleta. Ahí, estaban la Madre de Rojo, Oak, Azul, y el Alto Mando de la Liga, todos en círculo alrededor de un objeto gris.

Al hablarles, todos decían cosas similares. Oak decía “Pobre chico: ¿qué le habrá pasado?”, Azul decía: “Adiós, amigo. Espero tú y tus Pokemon estén mejor.”, la Madre de Rojo decía: “¡Era tan joven! Le dije que no nadara…”, y así, todos hablando de eso. Finalmente, al hablar con Lance, el decía: “Oh, Oro, gracias por venir. Rojo era un gran entrenador, ¿sabes que le ocurrió?”, y aparecía la opción de “Si”, y “No”, obviamente le dije que no. Lance proseguía: “Se ahogó de camino a Isla Canela… Oak y yo creemos que algo más pasó. Tenía un Dragonite que nadaba muy bien. Revisamos sus Poke Balls, todas vacías. Oh, Rojo.”, “Lance está llorando.”

Esto me intrigaba mucho, así que interactué con el objeto gris del centro del círculo. “Aquí yace Rojo.” Al leer eso, mi celular se apagó por un segundo. Asustado, vi como se encendía una vez más, y aparecía la animación de una batalla por comenzar. “¡Rojo quiere luchar!”, decía, seguido de “¡Te lo mostraré!”. Noté que el Sprite de Rojo era Púrpura, del color que tienen Haunter, Ghastly o Gengar… Pokemon Fantasma. Tenía, como de costumbre, 6 en su equipo, pero al llamar al primero, aparecía un Fantasma como los de la Torre Lavanda, de esos que no puedes reconocer sin el aparato de Sliph.

Mi Entei, que estaba al inicio de mi equipo, estaba muy asustado para atacar. Lo que más me asustó, fue que, en vez de decir “Vete…”, “Lárgate…”, como de costumbre, decía “Nos abandonaste…”, “Tu fuiste…”, noté que este Fantasma sabía usar los siguientes ataques: “Vuelo, Llamarada, Excavar, Giro Fuego”, ¡Era Charizard!, después de un par de turnos, y ninguna respuesta por parte de mi Entei, éste fue derrotado. Un texto apareció: “Solo es el comienzo.”, llamé a Noctowl, con esperanza de que con algún ataque psíquico pudiera hacer algo. Rojo recogió a ese Fantasma y llamó a otro. Mi Pokemon también estaba muy asustado para atacar, así que fue atacado primero.

Fue vencido con ataques físicos…los que sabía mi Nidoqueen. Uno a uno, mis Pokemon cayeron, víctimas de los fantasmas de mis viejos Pokemon. Cuando Tyranitar, mi última defensa, cayó, apareció simplemente una caja de texto que decía: “JAJAJAJAJAJAJA. ¡Soy el mejor!”, y una más que decía: “Rojo está atacando a Oro.” “¡Oro está convulsionando!”, y mi teléfono se volvió a apagar. Al encenderlo y buscar la carpeta de juegos, para ver que había ocurrido, noté que una vez más, estaba el archivo de “Pokemon Rojo”, sin embargo, el archivo de abajo, el que debería ser la Versión Oro, aparecía con un icono de archivo corrupto, y por nombre tenía: “EL IMPOSTOR MURIÓ”.

Asustado, no volví a usar mi celular hasta que repararon mi teléfono nuevo, y devolví el Nokia a mi amigo. Al día siguiente, me comentó que estaba contento de que le descargara Pokemon Rojo, pero que le parecía raro que no lo hubiera jugado. Cuando le comenté que si lo había jugado, y además que también tenía la versión Oro, él me comentó que tal vez borré mi Partida y el juego, pues en la carpeta solo aparecía un archivo que decía “Pokemon Rojo, Amigo”, el cual no tenía la opción de “Continuar”.

Los Habitantes (Cuento/Carta)

Puede que no entiendas mucho las metáforas, pero por favor, intenta seguir este cuento: – ¿Qué sucede? – Le dijo un hombrecillo al otro. – Cuando el mal acontece afuera, solo el interior lo resiente. – respondió otro pequeño hombre, un poco más anciano. Al exterior, estaba yo, parado junto a ti, diciéndote todo lo que sentía en ese momento. Tú dijiste –Adiós. –, sin ningún titubeo, y con ello se comenzaron a marchitar todos los pastizales y árboles frutales de mi interior. Cada castillo, torre y fortaleza que habían formado “Los habitantes”, comenzó a destruirse.
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Con ellos, con Los Habitantes, yo hablaba cuando estaba solo, y apenas ahora recordé que existían; que yo los había creado en mi fantasía. – Pero, ¿a qué le tienes tanto miedo? Por favor, se que no soy perfecto, pero te juro que lo intentaré… Somos diferentes, ¿y? – esa fue mi mejor defensa, pero yo sabía que toda palabra sería vana para ti, pues la seguridad es tu emblema, tu mayor fortaleza, tú más grande barrera y tú único, pero catastrófico defecto: temes al riesgo y al terreno difícil.
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Lo que tú no sabes, es que la “dificultad” y las personas diferentes son los ingredientes más bellos de una relación. Lo que no entiendes, es que por más que pensemos diferente, te quiero. Lo que no has logrado ver, esque olvidé a “Los habitantes”, no por falta de tiempo, ni de soledad (Dios sabe que la soledad ha sido mi mayor compañera); sino por que con ellos hablaba cuando me sentía triste y realmente solo… Y al hablar contigo, al tomarte de un brazo y acercar mi rostro a un hombro tuyo, todo cambiaba y nada era igual. Los habitantes construyeron mil torres en tu nombre, mil torres que no tenían ningún estandarte a la amistad, por cierto.
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Los habitantes habían sufrido mucho cuando Ella (la damisela, para ser claro) se fue. – No volveremos a construir, ¿verdad? – Me preguntó uno de ellos, pues Ella convirtió las praderas en campo estéril. Pero ahora… contigo, el pasto volvió a crecer de un color tan verde como el de tus hermosos ojos, y el sol había brillado, por las mañanas, con un tono tan dorado como el de tu cabello, al que tanto me gusta mirar; y en el ocaso, de un color tan rojo como el rubor de tus mejillas cuando te sientes apenada. Los Habitantes vivieron en prosperidad por años… pues hay que decirlo, en mi mente el tiempo pasa muy rápido.
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Créeme que cuando te decía que te quiero, era verdad. Es triste, ¿no? Que yo tenga miedo y lo enfrente, pues así como para un amor hacen falta dos, para una amistad también. Y hoy no ofrezco fraternidad contigo. Los habitantes están marchitando una vez más, y se que en el futuro renacerán y el campo volverá a ser verde… pero nunca volverá a ser tan verde como tus ojos, que cuando sonríen, reflejan toda la vida de ambos mundos, todas las esperanzas y sueños que, a pesar de haber sido apresurado, coloqué en ti. Y es triste, ¿no? Que cada que vuelvo a pensar en esa sonrisa tan tuya, los habitantes vuelven a sonreír y a saber que, por más que el sol se oculte, sigue siendo dorado como tu cabello, al que tanto me gusta mirar… o tan rojo, como el rubor de tus mejillas cuando te sientes apenada.

Voces (Cuento de Terror)

No se si estén enterados, pero hay una convocatoria de la marca “Rexona” para escritores de cuento. ¿De qué trata? Hay un escritor, Alberto Chimal, el cual te deja un cuento “a medias”, y terminarlo es tu tarea. Los diez mejores serán publicados en un libro y toda la cosa. Yo entré, y me gustaría colocarles aquí el inicio del cuento, para que sepan de que se trata, y mi final… para que me digan que les pareció. Este final es algo de miedo, y espero que lo disfruten…
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VOCES
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Inicio del cuento (por Alberto Chimal): 
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—No te había visto en mucho tiempo —le dije.
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Y era verdad. Bueno, aproximadamente verdad. Lo cierto es que, si bien no nos habíamos encontrado cara a cara, en esos días se le podía encontrar por todas partes: las historias que contaban amigos y desconocidos, las fotos en redes sociales, y hasta algún reporte noticioso por aquí y por allá. Unos meses antes era una persona más: una de millones que habitamos este mundo aburrido y lleno de cosas extrañas que no nos sorprenden en absoluto. Pero ahora…
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— ¡Estás por todas partes! —Continué— Viajas, todo el mundo te ve, todo el mundo habla de ti… No me vas a decir que no te sorprende.
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— ¡Claro que me sorprende! —contestó. En varios aspectos no había cambiado: seguía dando la impresión de que se alegraba al verme, por ejemplo, y creo que se alegraba de verdad— Si hace un año me hubieras dicho que esto iba a pasar…
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— ¿Y qué fue lo que pasó?
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—Me alegra mucho que preguntes —respondió. Estábamos en su departamento, que era el mismo, tan pequeño y desarreglado como siempre. Se levantó, se puso a rebuscar entre muebles y cajas de cartón y regresó con una de ellas. Una caja cúbica, no muy grande ni muy chica.
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No sé por qué, pero pensé que una caja así podía contener muchísimas cosas: un vestido de novia, o una bola de boliche, o una consola de juegos con sus accesorios, o…
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—Todo lo que está pasando se lo debo a lo que está en esta caja —dijo, y la abrió.
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Final del cuento (Por A.E. Bataz)
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Sacó de la caja, otra más pequeña. Era rectangular, negra con rubíes a todo lo ancho. La abrió, y había un cristal amarillento muy pulido, un espejo. Se borró su sonrisa, y comenzó a gritar: – ¡Yo la encontré! ¡Nadie más! ¡Esa caja me quería a mí! ¿Recuerdas la expedición hacia la selva? ¿Esa en la que Héctor, nuestro amigo, nos invitó, pero no pudiste acudir? Bueno, por las noticias, ya sabes que el avión se estrelló y solo yo viví…Bueno, amigo, ¿cómo crees que sobreviví? ¿Por qué es que te llamé?
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– Cuando encontré la caja, no podía abrirla, pero la guardé. Al día siguiente desperté de pie, junto al cuerpo de Ana, mi querida novia, ¡ahorcada! Todos en el campamento tuvimos miedo de que hubiera alguien en el bosque, pero seguimos. Al día siguiente, desperté junto al cuerpo de Héctor, ¡apuñalado! Decidimos regresar a la ciudad, pero… A medio camino la caja se abrió, ¡sola! Vi al espejo, y allí estaba… con las facciones caídas, babeando, llorando sangre, ¡no era yo! Él… Me pedía una sola cosa, me gritaba: “¡Sangre! ¡Sangre!” ¡Nadie más lo escuchaba! Cerré la caja, pero su voz seguía taladrando mis oídos.
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Maté al piloto y el avión cayó. Pero salí ileso, ¡él me había protegido! Ahora da igual, porque la voz me sigue pidiendo sangre, ¡incluso me susurra nombres! Espero que me perdones, querido amigo, pero llevo semanas sin matar a nadie, y la voz hiere, amanezco con marcas, ¡me pide tu nombre! ¡Quiere tu sangre! – Sacó de su abrigo un cuchillo y caminó hacia mí. Yo corrí a la puerta, pero ya estaba cerrada y no podía abrir. Volteé, y sentí un terrible dolor en mi costado. Antes de caer, escuché sus gritos otra vez.
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– ¡Perdón! ¡Solo quiero que se acaben las voces!
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¿Qué opinan? Espero sus sugerencias.
Si quieren, la convocatoria del concurso está en: http://paginas-web-internet.com/apps/home

Perdido (Cuento de Terror)

– Ya vístanse rápido, nos tenemos que ir al funeral. – esas fueron las palabras de mi padre. Hacía tres días solamente, había muerto mi tío y ahora al parecer, teníamos que alistarnos y subir pronto al carro, para poder ir a Azcapotzalco, donde sería el entierro. Mi tío murió de una manera trágica: el alcohol fue su veneno, que poco a poco fue sacándole la vida, hasta llegar al punto de que se alejó de toda la familia y se enclaustró en su casa, donde también vivía mi abuelita aunque últimamente se estuviera quedando en otro lugar, para poder beber a gusto.
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Encontramos su cuerpo el día 26 de diciembre. Mi padre fue a verlo debido a que normalmente, sin importar las disputas, era habitual recibir al menos una llamada suya en Navidad. Abrió el portón del gran patio donde vivía mi tío, con la llave de mi abuelita, y lo cruzó. Al abrir la puerta de la casa, solo vio los pies de su hermano. El estaba acostado en el suelo, tenía una botella a medio beber en la mano y se había caído de la silla en que estaba sentado. Además, era notable que ya tuviera varios días ahí; esto era delatado por la fila de hormigas que recorría su cuerpo y el aroma particular de la muerte, que se aferra en contra de cualquier intento de limpieza.
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En fin… hoy era el día de su funeral, en que, si todo sale de acuerdo a como estamos acostumbrados a que nos digan, se reunirá con Dios, con mi abuelo y con cualquier otro ser querido que hubiera partido en el pasado. La voz de mi padre era muy sombría, lo cual era normal, considerando que recién había partido su hermanito. Sin embargo, escuchaba algo más, como si hubiera un lúgubre pesar que va más allá a cualquier otro. Como sea, todos subimos al automóvil de mi padre: mi madre, mi hermana, mi prima y yo.
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Nadie hablaba, todos lloraban amargamente. Tal vez, muy amargamente. ¿Yo? Me sentía triste, él había sido uno de mis tíos más allegados y queridos, además de mi padrino de bautizo y alguien muy confiable. Sin embargo, considerando los eventos recién ocurridos, me sentía muy tranquilo. Me explicaré por si no me entienden: mi novia… o bueno, mi ex novia, me había terminado hacía tres o cuatro meses, en el momento que hasta el día actual, ha sido lo más terrible que me haya pasado.
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Ella y yo terminamos, y con ello se acabaron la promesa de un matrimonio, una familia y tal vez las únicas cosas con las que me he permitido soñar. Sentía que la vida se me fue cuando ella dijo “Adiós”, e incluso pensé que esa sensación nunca se iría. Fue en mi cumpleaños, a inicios de octubre, que ella se fue, y desde entonces me rehusé a soñar con empeño, reír con empeño, disfrutar con empeño… A vivir con empeño, a ser una persona. Todos los días le pedía a Dios, a la Vida o a quien fuera que me llevaran, y así podría dejar de sentir, con la esperanza de que en otra vida podría encontrarla.
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Hacía un año, ella me había prometido pasar la siguiente Navidad con ella. Podríamos cenar juntos, ver películas, darnos muchos abrazos y hacer el amor; podría hacerla tan feliz a ella como ella me hacía a mi con solo mirarla. Pero las cosas no son como uno las desea, Navidad ha pasado hace ya casi una semana, y no pude ni escuchar su voz. Extrañamente, hoy desperté y me sentía más tranquilo, como si ella, mi familia y las cosas en general hubieran dejado de tener importancia.
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Yo me sentía ido, mientras escuchaba los llantos de mi familia, llantos en honor de un tío muy querido, que se fue antes de tiempo, víctima de las circunstancias. Yo intenté decir cualquier cosa para que se calmaran, ya que siempre soy yo quien, en mi familia, se inventa un comentario gracioso o sarcástico cuando las cosas van mal, para levantar un poco la moral. Sin embargo, nadie prestó atención y todos lloraban… Solo lloraban. Y con razón, mi tío había sido muy querido, y apenas tenía 40 años.
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Llegamos a casa de mi tío, donde se encontraba mi abuelita, para poder dirigirnos a donde sería el funeral. Mi padre se levantó y salió del auto diciendo sin dejar de llorar: –Esperen aquí, voy por mi mamá. – Los demás simplemente abrieron las puertas y se quedaron dentro, para así dejar entrar un poco de aire. A pesar de ser invierno, esa mañana era soleada y bastante cálida. El silencio reinó en el auto por unos segundos, solo siendo corrompido por uno u otro sollozo. Yo me bajé también del auto, ya que normalmente le ayudo a mi padre a cerrar el portón cuando mete el carro a esa casa.
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Me metí al amplio jardín de mi abuela, aunque no vi a mi padre ni pude escucharlo. Los árboles del patio estaban secos, como si la partida de mi tío los hubiera hecho marchitar. El sol dejó de brillar y las grises nubes llenaron el cielo azul. A pesar de que ya me encontraba a varios pasos del auto, escuchaba los llantos de mis familiares cada vez con más fuerza, cada vez más cerca, cada vez más desgarradores y llenos de tristeza, impotencia y tal vez cierto odio. El portón se cerró de golpe en un ventarrón que me sobresaltó, y de pronto pude escuchar a mi abuelita, ya afuera de la casa, aunque no la vi ni escuche pasando por el jardín en que yo me encontraba.
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La voz de ella se quebraba mientras saludaba a quienes se encontraban en el auto, y pronto su llanto se incorporó al coro de lamentos que emanaba de afuera de la casa, pero que yo escuchaba con la fuerza de un taladro que perforaba mi espíritu. Me dispuse a salir del portón y reunirme con los demás. Así podríamos ir al funeral, ellos podrían terminar de llorar y tal vez podríamos superar todo esto, por duro que fuese. Y es que a pesar de que yo me sentía tranquilo conmigo mismo, la situación no podía más que asustarme, nunca había oído llantos tan desgarradores.
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Sin embargo, antes de salir volteé hacia la casa, y pude ver la puerta abierta y la luz prendida. Caminé lentamente hacia la entrada, mientras esos lamentos seguían aumentando y aumentando. Escuché el carro encendiéndose y poniéndose en marcha, pero eso no me importó, pues los sollozos seguían. Entré a la casa de mi tío, justo en el lugar donde fue encontrado, cuando se apagó la luz, dejándome a oscuras completamente, y la puerta se azotó detrás de mí, haciéndome saltar y poniéndome en estado de alerta, con escalofríos en la espalda.
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Tanteé la pared hasta encontrar el interruptor, pero cuando encendí la luz de nuevo… Ya no estaba en casa de mi tío y mi abuela… Estaba de nuevo en mi casa, en la sala de mi casa. Los lamentos dejaron de escucharse en mis oídos, pero podía escuchar que ahora venían del piso de arriba. En la casa no había nadie, y aparentemente ya era de noche, pues por las ventanas solo se podía ver una gran oscuridad y niebla, nada más. El miedo me llenaba y estaba al borde del llanto cuando subí las escaleras y se apagaron todas las luces, excepto la de mi cuarto.
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Caminé, un paso a la vez, hacia la puerta. Cerré los ojos, temiendo encontrar algo que no deseaba ver. Entré y los abrí. En mi cama, me encontraba yo, con los ojos abiertos, inmóvil. Me encontraba abrazando un marco de fotografía, y llevaba la misma ropa que traía puesta yo en ese momento. Tenía lágrimas ya secas en el rostro, y una mirada completamente perdida e inexpresiva. Además, dos arroyos de sangre habían terminado de emanar de mis muñecas. Era yo, y yo estaba frente a mi cuerpo.
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Me arrodillé y no pude hacer más que gritar, uniéndome al coro de llantos y gritos de mi familia. Tomé el marco de fotografía de mis manos muertas, y pude ver una foto de ella, sonriendo y mirando a la cámara; con esa sonrisa tan hermosa que siempre me robó el aliento y esos ojos llenos de fuego en el que me consumí una y otra vez. Sostuve el cuadro con una mano, y con otra abrí las cortinas, deseoso de ver el cielo y tal vez, intentar partir de este mundo. Pero no, afuera de la ventana de mi cuarto no estaba el paisaje habitual; paisaje compuesto por el cielo, montañas y casas cercanas.
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No, ahora había un muro cubriendo la ventana, yo me encontraba atrapado. La luz se apagó, y cuando se volvió a encender, yo estaba en un cuarto completamente negro, amplio, lleno de gente. Mi familia, mis amigos, ella y todas las personas que significaron algo para mi estaban ahí, además de otros desconocidos. Todos lloraban y comentaban vivencias relativas a mí o a mi tío. Miré al centro del cuarto, y pude ver dos féretros. Junto a uno, estaba mi tío, de pie, llorando y mirando hacia mí. No dijo nada, solo levantó su mano en señal de despedida, y dio la media vuelta, desvaneciéndose en el aire.
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Tal vez yo debía hacer lo mismo, partir y dejar ir el pasado. Aun tenía el retrato de ella en mi mano, así que lo sostuve nuevamente, lo besé y le dije: –Tranquila. Te amo, te encontraré el la próxima vida. – lo abracé, miré a mi alrededor, notando que poco a poco los llantos de hacían más tenues y las personas se veían mas lejos. Miré de nuevo al cuadro, y me centré en sus ojos y el fuego que los llenaba. Tal vez vi con mucha fuerza, pues ese fuego de pronto salió de la imagen y comenzó a encenderse a mí alrededor. Sin saber que es lo que pasaría, cerré los ojos, dejé que mi alma se fuera y permití a sus ojos, llenos de fuego, que me consumieran por última vez.
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Entonces, me quedé solo.
No había llantos, dudas ni temores.
No estaba ella, ya ni siquiera estaba yo.
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Solo oscuridad y silencio.

Capítulo 1 – Segrand: “Una Tarde Exitosa”

Un adelanto más de la poderosa novela medieval. Espero les agrade mucho. ¡Se aceptan sugerencias!
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– “Algo grande se está gestando en el plano etéreo. Algo tan grande, que posiblemente embarcará a grandes héroes, de esta y otras tierras, en una batalla que decidirá el destino del Mundo.” –
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Segrand despertó. Otra vez ese sueño. Una hermosa, pero mayor mujer, vestida de negro, con lágrimas en los ojos, repitiendo desconsolada eso una y otra vez. – ¿Bueno, y yo que carajo tengo que ver en cualquier batalla heroica?– dijo al viento, – ¡Lo más heroico que he hecho, ha sido mantenerme sobrio durante toda una semana!–
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Por la luz del día, no podía haber pasado mucho tiempo desde el ocaso. Dio revista al cuarto: Lecho de paja, tres mujeres hermosas y desnudas durmiendo, ropajes esparcidos por el piso del cuartucho; botellas, copas y cuernos de vino y ron regados por doquier, eso si, todos vacíos. Al parecer, había sido una tarde exitosa, como muchas en los últimos tiempos para el príncipe Segrand Valysse.
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–No es propio del maldito hijo del Emperador, portarse como un mercenario de poca monta, Segrand. – Estas palabras le habían sido repetidas tanto durante los últimos meses, que ya ni siquiera le causaban gracia. Tanta. ¡Segrand Valysse, hijo del poderoso Falgred Valysse, alcoholizado y rodeado de putas en la taberna! Habrá que admitirlo, el solo pensamiento del padre de Segrand enterándose de sus hazañas vespertinas, le parecía casi tan delicioso como lo que le habían hecho las damas hacía un par de horas.
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Como sea, era tarde y a la caída del sol tenía que tomar clase. A pesar de que no tuviera respeto por las mujeres, a su madre si que la respetaba, y ella le había suplicado que no dejara sus clases, que el podría heredar el reino en el futuro y que necesitaría conocer más que el sabor de todos los vinos del reino. Además, la última vez que pudo conversar con su madre, ella le dijo que deseaba que fuera un hombre de bien, y que aunque se divirtiera como cualquier otro hombre, nunca dejara de cumplir sus deberes ni de tener ese corazón puro que tanto caracterizaba a Segrand, así como a la reina Dionne.
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La reina, desafortunadamente para los Valysse y para muchos súbditos del reino, apenas hacía un mes, había muerto víctima de una enfermedad extraña y desconocida. Algunos apuntaban a que murió envenenada, pero la reina era tan querida por todos, tan benevolente y tan agraciada, que es casi imposible pensar en alguien que hubiera deseado mal para una tan bien amada gobernante de Valhyos.
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Segrand, a pesar de que las mujeres estaban inconscientes, puso unos Blancos de oro en una pequeña bolsa y la dejó en el buró de madera podrida que estaba en el cuarto. Como se ha dicho: Segrand era un vividor, pero tenía honor en lo más profundo de su ser, y siempre pagaba lo que debía.
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Salió de la taberna a toda prisa. Las calles de piedra de Valhyos estaban desiertas. Dentro de sus sentidos disminuidos por el alcohol, Segrand recordó que desde que los augurios comenzaron, casi nadie salía a la calle después del ocaso, amenos que fuera absolutamente necesario. En la opinión del príncipe S. Valysse, eran un montón de campesinos supersticiosos, asustados de un par de bromistas… nada más que eso.
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A pesar de eso, tenía que decir que los augurios, a pesar de que el no los había escuchado de primera mano, sonaban muy lúgubres: las personas de la ciudad contaban que, cada noche, al caer el sol, sonaba un silbido por las calles de Valhyos, un silbido burlón, amenazador, pero lo más importante, un sonido petrificante. Lo aterrador no era el silbido, sino los lamentos que lo acompañaban.
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Después de pasado el silbido, comenzaba a sonar una legión de personas gimiendo, llorando y lamentándose, como si se hubiera abierto una puerta entre el mundo de los muertos y el de los vivos. Nadie había desaparecido ni muerto desde que comenzaron las señales, pero siendo tan supersticiosas, las personas han preferido mejor esconderse, que arriesgarse a ver que las estaba ocasionando.
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Lo único que Segrand si había visto, fue el rayo. La primera noche que comenzaron los augurios, fue cuando comenzaba la época de calor insoportable. No habían ocurrido lluvias hacía un mes, pero de pronto, de la nada; el cielo se nubló y oscureció completamente en poco menos de una hora. Entonces, un único rayo cayó sobre el gran templo del Creador, iluminando momentáneamente toda la ciudad en un espectáculo siniestro que paralizó y desconcertó a las masas.
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No hubo lluvia, no hubo más rayos. Después de eso, esa misma noche, comenzaron los silbidos y lamentos en toda la ciudad, y se han presentado cada día desde entonces, a la caída del sol. Se iba a cumplir un mes desde entonces, justo en el momento en que Segrand salió de la taberna hacia su hogar.
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Los sacerdotes Puros, ese grupo de charlatanes, en opinión del príncipe, solo decían que la esfera de presagios era una advertencia del gran Creador de Todo, que estaba exigiéndole a sus seguidores que se arrepintieran de sus faltas, deudas, pecados y perversiones, que tanto estaban llevando a la gran ciudad de Valhyos, antaño capital del gran imperio Azarkita, al caos, la ruina y la peste.
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Ellos decían que el hecho de que el rayo hubiera caído sobre el templo, era una señal inequívoca de que se trataba de un mensaje divino. Sin embargo, en los más oscuros rincones de Valhyos, la secta de los Robles Negros no dejaba de pregonar por las esquinas, que estas señales y presagios, no eran más que augurios de que Brivar-Tal’el había regresado, y con el, la gloria antigua del imperio de Val Hyorwan, aquel que construyó la ciudad sobre los cráneos de los salvajes hace ya varios siglos.
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Para los infames Robles Negros, el rayo era la señal se que había que destruir a los líderes actuales y corruptos, para formar una sociedad más pura y bondadosa de las cenizas de la anterior. Como sea, ya fueran señales traídas desde el cielo por el Creador, o por Brivarti, a las personas del sector de las Ratas, llamado así por sus constantes plagas de roedores, no les preocupaba más de lo que les interesaba un simple hecho: Sobrevivir.
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Y es que en esa zona de la Antigua Capital, las muertes de niños y ancianos por hambre, frío, o peste, eran tan frecuentes, que incluso las voces más exageradas decían que cada que subía la marea, la población bajaba. Y a pesar de que pueda sonar exagerado, bien dicen que las mayores verdades de una sociedad, se encuentran en las bocas de las mayorías ignoradas por las minorías gobernantes.
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Segrand conocía los mitos y las preocupaciones de las personas más alejadas a la realeza, debido a las pláticas que tenía con su mejor amigo. En este barrio de las Ratas, vivía el, Necdrus Vesille, un joven que, a pesar de ser de una familia cercana a la nobleza, vivía en el barrio más pobre de la ciudad. Lo anterior es debido a que al cumplir la mayoría de edad, decidió unirse a los Puros y dedicarse a educar, alimentar y velar por los más necesitados.
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Segrand pensaba que Necdrus, a pesar de ser uno de los pocos Puros que de verdad querían el bienestar de los marginados, perdía su tiempo con ingenuidades. Y lo peor de todo es que incluso hizo un voto de castidad, con lo que renunció a lo que, según Segrand, era lo que más acercaba a los hombres al cielo. Sin embargo, Necdrus siempre le recordó a Segrand ese idealismo y afán de salvar el mundo que tuvo años atrás, por lo que valoraba y apreciaba mucho a su amigo el sacerdote.
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Tras unos minutos de caminata, llegó a la puerta de la pequeña casa de Necdrus. Tocó la puerta de madera maltratada, y quien le abrió fue una anciana de rostro benevolente y arrugado, quien le dijo con lentitud y confianza, propios de los ancianos, que el joven sacerdote había asistido a una gran cena que se iba a celebrar en Palacio. – ¡Por Brivarti!–, exclamó Segrand, – ¡Olvidé la cena de mi hermana! –
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Segrand no podía creer que sus fiestas personales le hubieran hecho olvidar el hecho de que esa noche, se tenía planeada una cena en que se haría oficial el compromiso de la princesa Felicia, con algún joven de casa noble que no recordaba. Se aprestó a correr hacia el palacio, cuando un escalofrío recorrió toda su espalda. Una ráfaga de viento hizo que volara su sombrero de capitán, pero eso no fue lo que lo paralizó. Un silbido se escuchó a lo lejos; era un silbido burlón, amenazador, pero lo más importante, un sonido petrificante.
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El le rezó al gran creador de Todo, rezó a Brivar-Tal’el, rezó a todos los dioses desconocidos y conocidos por el hombre al mismo tiempo cuando el silbido amainó y fue seguido por unos lamentos dignos del mismísimo infierno. Vio unas sombras a lo lejos, del otro lado de la calle principal. Segrand corrió, corrió y siguió corriendo como si se le fuera la vida en ello. Después de cruzar cuatro calles con una velocidad muy alta para alguien que ha ingerido tanto alcohol, se escondió entre los arbustos de una casa.
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–Bueno, con razón esos campesinos supersticiosos prefieren esconderse de noche, ja, ja – Dijo Segrand, quien siempre intentaba tomarse todo a la ligera, aunque en realidad los problemas y las personas le importaban más de lo que a él mismo le gustaría admitir. Su corazón se tranquilizó cuando los lamentos dejaron de oírse, y no parecía que hubiera rastros de personas, sombras, espectros, dioses ni ningún ser vivo alrededor.
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El intentó convencerse de que ya estaba tranquilo mientras salía de los arbustos y reanudaba la marcha, aunque no podía evitar caminar cada vez más rápido a lo largo de las calles de Valhyos, que se despedía de los últimos rojizos rayos del atardecer, mientras Segrand ahora corría una vez más hacia la comodidad y la seguridad del Palacio.
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En este punto el Sol ya se había escondido, así que Segrand se apresuró aún más para llegar, tan rápido como pudiera a su hogar y cambiarse, perfumarse e inventar alguna excusa sobre porque se desapareció todo el día. Estaba cerca de la entrada del hermoso y lleno de flores jardín de Palacio, cuando sintió un fuerte golpe en la cabeza.
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Antes de que sus ojos se cerraran, pudo ver a tres personas con túnicas negras y un emblema color café que no recordaba haber visto en su vida. Antes de caer al suelo, pudo escuchar a uno de ellos diciendo: – ¿De verdad este vago es a quien estamos buscando?– Antes de quedar inconsciente, Segrand Valysse, hijo del gran emperador Falgred Valysse y heredero del mandato de la ciudad de Valhyos, pensó: –Si. Claro, ja, ja, ja. Una tarde exitosa. –

Malas Noticias (Novela)

¡Hola! Este post es especial, debido a que es el inicio de una novela nueva que acabo de comenzar. ¿De qué se trata? De un acontecimiento catastrófico que ocurrió en una familia (no en la mía), con el tío de un muchacho escritor (el cual no soy yo). ¿Por qué la privacidad, y el énfasis y decir que la historia no es mía? Pues bueno, les dejaré aquí el “Disclaimer” con el que iniciaré la novela llamada: “La Muerte del Tío Jesús”.
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¡Atención!
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Todo lo relatado en esta novela es ficción. Los lugares mencionados si existen, los eventos descritos están basados en uno u otro recuerdo de mi pasado, y alguna persona real, pero es ficción. Sería grotesco concebir que en la vida real existan seres humanos capaces de comportamientos y actitudes tan viles como los aquí presentados. Sin embargo, espero no herir susceptibilidades de personas a quienes “la bota les quede”. Aunque… si una simple publicación de facebook y un rumorcillo pueden causar tanto, ¿qué he de esperar? Como dice una frase inventada por mi: “Si no le dan derecho de réplica a su chivo expiatorio, el escribirá un libro sobre ustedes.”
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Pero repito: todo es ficción.
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Ahora sí, comencemos con la novela, espero que les agrade este adelanto:
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CAPÍTULO 1: MALAS NOTICIAS
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Martín despertó después de otra noche de desvelo. Eran aproximadamente las 7 de la mañana, y la razón por la que se había levantado de la cama a tan temprana hora, a pesar de ser un día cualquiera de vacaciones y de haber dormido poco más de 5 horas, fue que Gabriel, su padre, le llamó con aparente urgencia. El muchacho se desperezó lentamente, tomó su teléfono celular, el cual, a pesar de que nadie le llamaba hacía varios meses, siempre portaba con una vana esperanza de recibir, algún día, una llamada inesperada de una persona especial, y se dispuso a bajar la escalera.
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Al salir de su parte de la casa, sintió el frio matinal y cruzó el jardín para poder llegar a la porción principal de su casa. Ahí, Gabriel estaba parado bebiendo café, recargado a la barra de la cocina y con un semblante de mucha preocupación en todo su rostro. – ¿Qué pasó? – preguntó Martín, bastante extrañado por la actitud tan poco habitual de su padre. –Mira, no te alarmes, pero tu tío Jesús se accidentó en la carretera de Cuernavaca, tu mamá quiere ir a verlo ya mismo. Estoy preocupado. –
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– ¿Grave? – inquirió Martín, mientras hacía una rápida recapitulación mental sobre el tío Jesús: constantemente viajando en carretera, era muy habilidoso al volante; por lo que su accidente automáticamente Martín lo catalogó como “algo extraño”. Seguramente había sido de noche, durante una tormenta o en un fragmento de carretera lleno de curvas, como podría ser “La Pera”. Si, debía ser eso.
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– Si, al parecer está muy mal, pero no sabemos. Nos acaba de avisar Mariela. Dice que está en Cuernavaca ella con tus primos, Gisela, Fátima y Mario. Ahora, te hablé pues no se si irme a trabajar o acompañar a Flor, la verdad tengo muchos pendientes y me gustaría que la acompañaras, por si se necesita cualquier cosa. – Martín, asintió con la cabeza, algo confundido, y subió las escaleras al cuarto de Flor, su madre. –Ma, ¿qué pasó? ¿Es cierto que…?––
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Antes de terminar de preguntar, Flor contestó: –Si, ya me voy… quiero que tu papá me acompañe para que él maneje. – –Pues si quieres voy yo. ¿O Laura también va a ir? – Contestó Martín, antes de bajar a la cocina y servirse rápidamente un tazón de cereal para poder aguantar el próximo traslado al hospital de Cuernavaca donde tenían internado al tío Jesús.
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– ¡Vístete rápido!– escuchó a su mamá decir mientras bajaba las escaleras. Mientras tomaba su desayuno improvisado a base de cereal, un plátano y leche, pasaba revista mental a la ropa limpia que tenía, pensando en que podía llevarse puesto, alguna playera para cambiarse en la noche y otros objetos básicos como el cargador de de teléfono, un cepillo de dientes, papel de baño y una botella de agua.
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Cuando terminó comer y se vistió, volvió a la sala, donde ahora ya estaban Flor y Gabriel, padres de Martín, y Laura, su hermana. Ellos estaban discutiendo que debían hacer y a donde iría cada quien. Como el carro de Flor estaba en malas condiciones (tenía una llanta parchada que amenazaba con poncharse en cualquier momento) y el carro de Gabriel tampoco estaba en condiciones de viajar en carretera, Laura le pediría a su novio, Josué, que los llevara en su auto.
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El plan era el siguiente: como Laura era médico, era más útil que ella fuera a que lo hiciera Martín, por lo que el se quedaría en casa, por si acaso la abuelita Cecilia o algún otro pariente llamara y brindara información extra. Todos los demás irían a Cuernavaca a ver como estaba la situación. Además, Martín debía quedarse en casa para poder abrirle la puerta a su prima Estrella, quien estaba viviendo con ellos mientras cursaba la carrera de enfermería en la ciudad.
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En fin, después de un par de minutos, llegó Josué y la familia, con mucha presteza y preocupación, partió hacia Cuernavaca, para saber que había pasado con el tío Jesús. Y así fue como, un día lunes 24 de junio, comenzó una de las historias más extrañas que habían ocurrido en la vida dela familia Bernal.
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¿Qué les parece? Se que no explico nada, pero posteriormente iré subiendo más y más fragmentos de la historia. ¡Buenas tardes!

El juego (Cuento)

Sonó el silbato. Era un sonido tan fuerte que me hizo zumbar los oídos. Vi a mí alrededor, estaba en mi campo, mi templo… mi casa. El marcador, no lo sabía y no importaba. Desde afuera del campo, el coach gritaba indicaciones y mandaba jugadas. ¿El equipo rival? Su uniforme era desconocido, negro con dorado, los números escritos de un rojo vivo parecido a la sangre, su brillo era similar al del Sol en el atardecer.
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El coach pidió tiempo fuera y alzó la voz. — ¡Cabrones! ¡Es el último cuarto, da el último esfuerzo! ¡Todo o nada! ¡Con el corazón! ¡Como si se les fuera la pinche vida! — Sus palabras nos hincharon de ánimo. Tras escuchar, avanzamos al centro del campo y nos colocamos en posición. La danza de cascos, hombros, golpes, gritos y polvo era tan grandiosa como siempre, pero estaba cansado… Mi pecho dolía y los golpes caían en mí como martillos, pero nunca ha sido propio de mí salir sin pelear un poco más, así que continué.
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Sonó el silbato. Eso solo podía significar que quedaban dos minutos de juego. Miré a mi alrededor, algo no iba bien… Hacia unos minutos la tribuna estaba a reventar, ahora apenas quedaban personas. Las luces del campo palidecían, y el fulgor de la Luna Llena, la luz más brillante en ese momento, iluminaba el campo, dándole un cariz más siniestro.
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De pronto, se alzó una nube de humo y polvo, y mis compañeros y rivales por igual parecieron convertirse en sombras a mí alrededor. La tormenta de tierra los acariciaba, convirtiéndolos en arena y desvaneciéndolos ante mis ojos. Casi todas las personas se desmoronaban a diestra y siniestra.
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Sonó el silbato. Ya no había árbitros, tribuna ni coaches, pero aun así sonó. Diez, quedaban 10 segundos de juego y solo 10 jugadores por cada equipo. Sin saber porque, y a pesar de la situación, nos colocamos en posición. Tal vez pensamos que cuando el juego terminara, también lo haría esta pesadilla. Nos alineamos y el Mariscal dio voces…
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—Listos… Down. ¡Set! ¡HUT!
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El grito de guerra fue seguido de un estruendo y un bizarro espectáculo. Al chocar los cascos, propios y extraños se convertían en arena, como hace algunos momentos ocurría. Todos chocaron unos contra los otros y se desvanecieron ante mí. Todos excepto uno.
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En el extremo opuesto al que yo me encontraba, un jugador rival me veía. En vez de números, tenía unas llamas dibujadas en su uniforme. Vi que el balón estaba a mis pies y lo recogí. El corrió hacia mí y yo hice lo mismo. Mi pecho ardía cada vez más, mis músculos estaban molidos, mi garganta estaba seca y llena de tierra, pero corrí.
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Sonó el silbato. Un silbato proveniente de ningún lugar y con un sonido ahogado que me hizo temblar por dentro. Sentía que nuestros pasos hacían temblar el campo… o lo que quedaba de el. La luz de la Luna era cada vez menor, ahora el campo era una gran sombra, y lo único que iluminaba eran las llamas grabadas en su jersey, unas llamas brillantes y cálidas.
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Gritó — ¡Eres mío! — y sonrió. Yo también sonreí y aceleré el paso. A pesar del panorama tan confuso, siempre he disfrutado de un buen golpe, y mi extraño rival parecía ser fuerte, tal vez demasiado fuerte. Chocamos y nuestros cascos se rompieron en el golpe más doloroso que haya sentido. El cayó, y al tocar el suelo, su cuerpo se deshizo, convirtiéndose en polvo, apagando la luz de las llamas.
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La inercia me hizo caer a mí también, pero donde antes estaba el campo, ahora solo había oscuridad y un abismo sin fondo. La oscuridad me abrazaba, mientras sentí mi cuerpo cada vez más adolorido y cansado, comencé a perder el conocimiento. ¿Esto sentían los demás cuando se convertían en arena?
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Sonó el silbato. Era un sonido tan fuerte que me hizo zumbar los oídos. Yo seguía cayendo, cuando me di cuenta de que el sonido comenzaba a cambiar, transformándose en una sirena. Caí, caí y aterricé en una cama. Mis hombreras, fundas, jersey y casco ya no estaban. Confundido, abrí los ojos.
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— ¡Despertó! — Dijo Alberto.
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Yo no comprendía… — ¿Qué? ¡¿Dónde estoy?!
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— Ya casi llegamos al hospital, no te preocupes. — Me contestó Fernando.
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— ¡¿Hospital?! ¡¿Qué me pasó?!
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— Ya, déjenlo respirar. — Dijo el hombre de blanco. —Es normal que no recuerdes, chico, pero pronto lo harás. — El notó la duda en mi rostro y prosiguió. — Mira, hubo un accidente. Tus amigos salieron sin problemas, pero, por como ocurrió el choque, solo tú te llevaste la peor parte. De hecho, te perdimos por un momento. Yo creía que ni con los desfibriladores íbamos a lograr sacarte. Bueno, gracias a Dios, estás vivo. ¡Incluso consiente! A decir verdad, no entiendo como es esto posible.
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Beto se veía aliviado y dijo: —Si hombre, ahora descansa, mejor duerme. Ya vamos al hospital, vas a estar bien y no hay falla. ¡Uff! ¡Dios te ama, brother!
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— ¡No, que! — Respondió Fernando. —Ja, ja, ja, conociendo aquí al compadre, ¡seguro que fue al infierno y le pasó por encima a la muerte!
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(Si, yo se, no es la mayor obra maestra que he hecho, pero igual me divertí escribiéndolo y es de mis primeros cuentos, así que es muy valorado por mi)

Sábado por la Tarde (Cuento de Terror)

Estás sentado, o sentada frente a tu computadora, en un acostumbrado rato de ocio. Miras las actualizaciones de tus amigos, revisas tus correos nuevos y no ves más que las mismas cosas de siempre. Algunas imágenes graciosas, publicaciones sin sentido, correo basura, publicidad y demás. Pasan las horas y tu aburrimiento aumenta, así que pones música. Tu música favorita, ¿Algo instrumental, o con vocalista? ¿Algo armonioso, o más bien estruendoso? No se, es tú música favorita, tu decide.
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El sol está cayendo, como puedes ver desde la ventana cercana a la que estás. La luz no es amarilla como durante el día, ni hay oscuridad como en la noche, sino que entra una ligera iluminación rojiza, anaranjada, propia de esa hora del día que no es ni día, ni noche, sino algo más. Necesitas aire, te sientes con cierta pesadez y sofoco, así que abres la ventana de par en par, descubriendo así unas pocas gotas que golpean contra el suelo, los autos, las casas y las personas que van caminando en la calle.
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La llovizna cae, y te abstraes por unos minutos mirándola fijamente, como si nunca lo hubieras hecho antes. La brisa, en comunión con la música, te relaja, poniéndote en un estado de armonía con tu propia persona. Pero la música deja de llamarte la atención, deja de ser importante, así que mejor enciendes el televisor, con ganas de no pensar y seguirte distrayendo, ya que esta tarde precisamente, no tienes nada que hacer y buena falta te hace pasar una tarde y una noche haciendo absolutamente nada.
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Así, cambias de canal una y otra vez, buscando algo lo suficientemente interesante como para perder el tiempo mirando: telenovelas, documentales, caricaturas, películas, deportes… nada te llama la atención. ¿Por qué? ¿Es que deberías estar haciendo otra cosa? ¡Quién sabe! Eliges un canal donde están transmitiendo una película, esa que tantas ganas tenías de ver, pero que por una u otra razón, no habías podido. ¿Es una película romántica? ¿Tal vez una película de acción? ¿Qué actor sale?
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No importa, miras la película con comodidad desde tu sofá, tu cama, o donde te sientes mejor, cada vez con más atención en la trama, hasta que dejas de notar todo a tu alrededor. De pronto, se corta la película, pero no por comerciales como suele suceder, sino que aparece el presentador de noticias que normalmente vez, se le ve algo alarmado y comienza a hablar: –Interrumpimos la programación por un anuncio importante. – El presentador explica que un reconocido asesino serial norteamericano escapó de la prisión Estatal de California, huyendo con rapidez y habilidad a México.
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Aparentemente, el quiere ir cada vez más al sur, tal vez para desaparecer en algún punto de Centro o Sudamérica, pero no tiene dinero, así que va a paso lento por todo el país. Ahora viene lo importante: la última vez que alguien lo vio, reconociéndolo por fotografías brindadas por la policía Americana, fue en la zona centro del país, y más precisamente, a un par de calles del lugar en que te encuentras en este momento, mientras mirabas esa película. Y el problema no era ese, sino algo aun peor.
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Según los psiquiatras de la prisión en que estaba, el asesino tenía fuertes trastornos mentales que apenas eran tratables incluso con medicamentos, por lo que en cualquier momento podría volver a matar sin importarle el riesgo de ser capturado. En cualquier momento… La transmisión extraordinaria termina con una fuerte sugerencia de no salir al anochecer, y la película que estabas mirando continua, pero ya no logras prestarle atención como antes. ¡Un brutal asesino prófugo, probablemente paseándose por tu colonia!
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Ese pensamiento no te deja en paz, pero sigues intentando forzarte a terminar de mirar la televisión por un par de horas más. Por una u otra razón, te encuentras en soledad en tu casa. Todos los demás están fuera; tal vez en una fiesta, tal vez en casa de algún pariente o amigo, tal vez de vacaciones en algún lugar. Pero la soledad te asusta, así que llamas a alguien, para poder así pasar el tiempo y despejar la mente, pensar en otra cosa. ¿A quién llamas? ¿Un amigo? ¿Un pariente? ¿Tal vez a tu pareja?
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No se, pero tomas el teléfono y le pides a esa persona que venga a tu casa a pasar la noche perdiendo el tiempo, a lo que responde afirmativamente, pues te escucha algo mal, y piensa que te hará bien la compañía. Puede que normalmente no seas de las personas que se asustan con facilidad, pero esta noticia…tiene algo especial, algo que de verdad te causa nerviosismo y no te deja pensar en paz. Si, cuando llegue la persona que invitaste, te sentirás mucho mejor. Mucho, mucho mejor.
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Pasa un rato, hasta que te das cuenta de algo importante: ya anocheció, y tu luz está prendida. Si hay alguien buscando una presa ahí fuera, tal vez esa luz le haya llamado la atención. No, no puede ser. Sin embargo, apagas las luces de tu casa y te encierras en tu cuarto. Solo entonces descubres algo peor: llamaste a alguien para que fuera a tu casa, de noche, con un asesino rondando la colonia. ¿Qué hiciste? Llamas a su celular. La otra persona contesta, diciéndote que ya está a dos calles de distancia, pero que pasará a una tienda a comprar botanas para pasar la noche, que no te preocupes.
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Tu te relajas y vuelves a encender la luz, poniendo un poco de música relajante para calmar esos nervios, que tan alterados se encuentran en este momento. Pasan los minutos, veinte para ser precisos, y tu invitado no llega. ¿Qué habrá pasado? Tal vez las tiendas estaban cerradas, tal vez mintió al decir que ya estaba cerca y apenas iba saliendo de su casa… cualquier cosa puede estar pasando. Cualquiera. ¿Y si…? Vuelves a llamar. Suena, suena, suena, pero no contesta. Te alarmas y vuelves a llamar.
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Nadie contesta, así que mandas un mensaje de texto: “¿Dónde vienes? ¿Todo bien?” A los pocos minutos llega una respuesta: “Todo bien, ya llegué. Ábreme.” Esa respuesta, dentro de todos tus nervios y alarmas, te causa cierta paz, así que rápidamente vas a la puerta de la entrada, para así abrir y poder estar en compañía de alguien más durante esa noche tan extraña, tan oscura, tan aterradora. En ese momento, tú agarras la manija de la puerta con toda la disposición de abrirla, pero pronto un pensamiento pasa por tu mente y la inunda. La respuesta que te envió fue algo extraña, ¿no?
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¿Por qué no respondió las llamadas, pero si el mensaje con tanta rapidez? Tal vez lo mejor sería no abrir la puerta… Dices en voz alta: – ¿Estás ahí? – para saber si realmente quien invitaste se encontraba del otro lado. Pero no hay respuesta, o más bien, no escuchas su voz. Se oyen tres golpes secos y fuertes en la puerta, seguidos de un quejido que parece ser de dolor, pero no puedes saber a ciencia cierta. No puedes evitar dudar de quien está afuera de tu casa. Vuelves a preguntar: – ¿Quién es? – y la respuesta es la misma, tres golpes fuertes contra la puerta de tu casa.
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Algo no andaba bien. Pero afortunadamente, la puerta tiene una mirilla, por la que podrías ver al otro lado sin exponerte a nada. Te acercas a la puerta y miras por el pequeño orificio. Puedes ver a esa persona que invitaste, pero solo puedes ver su rostro por lo pequeño de la mirilla. Se ve con algo de miedo, tal vez también se encontraba de nervios por la noticia de la televisión. También tiene algo de palidez, como si tuviera tanto miedo que se quedó sin habla y por eso no podía responder con palabras. Con eso en mente, abres la puerta, y lo que puedes observar es lo siguiente:
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Ves fijamente el rostro de tu invitado, o más bien… la cabeza cortada de tu invitado. El rostro está pálido, pues está muerto. Se le ve asustado, pues con esa emoción fue que murió. Un hombre, de unos dos metros de alto estaba colocando la cabeza frente a la mirilla, y puedes ver su rostro. Una amplia sonrisa siniestra se dibuja en su rostro y sus facciones, afiladas como cuchillos apuntan hacia ti. Puedes ver un hilo de saliva cayendo de sus labios, como si de un perro hambriento se tratara.
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Trae puesta una gruesa chamarra de color amarillo pálido, teñida de una delgada línea de sangre que va de costado a costado, y cuando logras observar con más detenimiento, puedes ver a tres pasos de distancia, detrás de él, a un cuerpo sin cabeza, yaciendo sobre un espeso y grande charco de sangre. Tienes miedo, pero no puedes moverte. El hombre te ve fijamente, lleno de sed y rabia, y saca de su chamarra un puñal ya lleno de sangre. Tu cuerpo reacciona, pero ya es demasiado tarde. Das tres pasos, hasta que el dolor lacerante en tu costado hace que caigas de rodillas al suelo.
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Tus ojos aun no se cierran, y puedes ver al hombre parándose frente a ti, primero sonriendo, luego emitiendo una risa silenciosa que cada vez se vuelve más y más fuerte. Atraviesa con su cuchillo una y otra vez tu cuerpo, mientras tú piensas una multitud de cosas y recuerdas a una multitud aun mayor de personas. El hombre termina de apuñalarte, y con una amplia sonrisa, se aleja caminando y tarareando una canción. Segundos después, escuchas una sirena acercarse, y una patrulla policiaca se estaciona cerca de ti.
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Tal vez tú gritaste sin darte cuenta, tal vez tu invitado gritó y no escuchaste, tal vez un vecino miró algo y llamó a la policía. Pero como sea, nada de eso importa. El asesino se había ido, y tú estás muriendo. Piensas: “Llegan tarde”. Mientras escuchas los pasos de tres uniformados acercándose a ti, y tus ojos por fin, terminan de cerrarse. Por si te importa saber, el asesino volvió a la prisión de la que salió, y fue condenado a la inyección letal. Espero que eso te ayude para sentirte mejor con el hecho de que… bueno, ya no estás con vida.
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PD: La verdad no supe como adaptar el hecho de que el asesino estaba en el centro de México, para que se pudiera leer de manera más “universal”. Si alguien pudiera ayudarme con eso, sería épico. ¡Buenas noches!

Capítulo 1 – Bengred: “El Señor”

“Día 27. Mes 7 del Año 621 después de la llegada. Escrito en la Ciudad de Jeros. 
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Pensabas que estaba muerto, ¿verdad? Tu madre te dijo eso, ya que es verdad. Al menos, no tengo permitido verte ni a nadie de la familia. Pero permíteme escribirte en estas líneas mis advertencias, consejos y legado, de manera que tú puedas elegir lo que consideres correcto.
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El Señor nos habla, nosotros obedecemos. Así ha sido desde que tengo memoria, desde que mi padre tiene memoria y desde que mi abuelo también. ¿Quién es el Señor? No lo sabemos, y tal vez nunca podamos descubrirlo. Su máscara lo cubre, lo envuelve de misterio, terror y sin embargo, de un carisma y gracia abrumadores.
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Ese hombre te hace querer escucharlo, te hace querer ayudarlo y apoyar cual sea la causa que necesite en ese momento. A pesar de no poder usar gestos ni sonrisas, ya que su máscara cubre completamente su rostro, uno sabe cuando está enojado, cuando está feliz, cuando te acepta y cuando te rechaza.
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Hay algo extraño en su andar. Yo mismo juraría que lo he visto cambiar de altura y corpulencia varias veces, pero hay algo en él, que siempre te dice que es la misma persona a la que estás viendo. Las personas bajas de Jeros, mi ciudad natal, dicen que el Señor, el cual es legendario entre los oficiales y personas comunes de la ciudad, no es más que el mismísimo Brivar-Tal’el, antiguo dios de la guerra.
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Yo dudo mucho que esa sea la verdad. No creo en los dioses de ninguna naturaleza. En mi opinión, no me cabe duda de que es un alquimista, o peor aún, un nigromante, que usa la magia arcana de la sangre para conservar su juventud y vitalidad, que por si solas, son dignas de cualquier clase de deidad.
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Lo he visto correr más rápido que el gato montés y ser más inteligente incluso que la serpiente, emblema que lleva en su escudo. Lo he visto hundir barcos solo con palabras y apenas un disparo de su ballesta. Yo fui testigo de como se convierte, cuando tiene una espada en mano, en un tornado manchado en sangre.
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El salvó mi vida cuando yo era pequeño. Por eso decidí seguirlo, a pesar de que mi familia se empeñó en que yo me convirtiera en caballero, tuviera tierras, mujeres y libertad. Le debo la vida al Señor, y con mi servicio intento pagar mi deuda.
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Ni mi madre, ni mis hermanas, que aun conservan el apellido Remnis, mi apellido de nacimiento, saben de la vida oculta que llevo yo, así como mi padre, mi abuelo y cada primogénito varón en mi familia desde hace cientos de años; todos siguiéndolo a el, al Señor.
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Yo pude ser Bengred Remnis, señor de Jeros, si hubiera querido. Sin embargo, el Señor me mostró la verdad, y a pesar de que no sepa quien es ni que desea en realidad, estoy dispuesto a entregar mi vida siguiendo su causa.
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Por eso adopté el nombre Xivarys, que significa “serpiente” en el antiguo idioma ya olvidado: para recordarme a mi mismo todos los días, que soy un seguidor del Señor de la Serpiente. El Señor nos ha dado órdenes de cabalgar hacia la “capital”, Valhyos. ¿La capital de que? ¿Acaso los Valysse tienen poder en Jeros o cualquier otra ciudad de Therianto?
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No importa, el Señor desea tener una audiencia especial con el hijo mayor del Rey Falgred, un tal Segrand. Hay rumores de que existe una fuerza oscura de naturaleza desconocida postrando sus garras sobre la Ciudad, y no se que tenga que ver el niño Valysse con esto, pero al Señor le parece de suma importancia.
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¿Qué puedo decir sobre Segrand? No tengo idea de su valor, su capacidad o su vida. Algunos viajeros que han recorrido el camino desde Valhyos a Jeros, dicen que Segrand vive en el tormento que solo comprende alguien que ha tenido una pérdida tan grande como la que él, o yo, hemos sufrido.
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Dicen que perdió a su joven esposa, pero nadie sabe en que circunstancias. También he escuchado que la reina Dionne está agonizando en su cama. Pésimo destino para una mujer tan ilustre y querida por toda Therianto. No queda mucho tiempo y es hora de partir a Valhyos, seguiré escribiendo cuando hayamos llegado.”
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Día 4. Mes 8 del Año 621 después de la llegada. Escrito en la ilustre Valhyos. 
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“Ayer por la noche arribamos a la capital. Nos enteramos que la gran Reina ha muerto hace unos días, noticia que me aflige en gran medida, ya que la única vez que vi a Dionne Valysse, yo era un niño pequeño, y la recuerdo como una señora amorosa, cálida y que te hacía sentir en confianza solo con unas palabras.
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Hoy, nos despertamos por la mañana, y seguimos a Segrand. Él parecía que estaba ebrio, y entró cantando y gritando a una taberna, de la cual no ha salido en todo el día. Valhyos es famosa, además de por ser la capital del imperio Azarkita, por ser la capital de los burdeles. Supongo que el joven Valysse se estará divirtiendo. Bueno, que tenga una última mañana y tarde pacíficas en su vida.
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Mis compañeros en la misión, son Shuviere, Alfred y Kraven Xivarys; no conozco sus apellidos de nacimiento. Shuviere, es un hombre pálido, delgado y alto, un poco más joven que yo. Hábil con el arco y rápido para beber, pero no muy brillante ni fuerte en el ataque cuerpo a cuerpo, según sus habilidades en los entrenamientos.
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Alfred es un viejo amigo de Jeros, muy inteligente, poeta y libertino; pero también bastante solemne y presto para cumplir los deberes que le diga El Señor. Él, está solo encargado de llevarnos, esperar en el carruaje y luego regresarnos a Jeros cuando hayamos atrapado a Segrand Valysse.
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Kraven, por último, es un hombre de cuidado. Desconozco su vida o historia, pero se que en sus ojos hay un odio y un rencor tan fuertes, que temo por aquel que esté presente cuando llegue a su punto de quiebre.
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Creo que ha sufrido y se ha obligado a si mismo a endurecerse, ya que nunca habla de su vida antes de unirse a las Serpientes. Lleva un hacha muy pesada para cualquier hombre normal, y es de un tamaño descomunal, incluso para los hombres altos de Jeros o Valhyos.
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Juntos, Kraven, Shuviere y yo, tenemos que esperar unas señales que el Señor dijo que “Reconoceremos cuando las escuchemos”, para raptar al príncipe y llevarlo a las afueras de la ciudad. Ahí, Alfred nos esperará con el carruaje dispuesto para trasladarnos a Jeros, donde el Señor tendrá su audiencia secreta con Segrand.
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No se si planee matarlo, pero pase lo que pase, la vida de ese chico no volverá a ser la misma después de conocer al Señor. Lo se, ya que nadie conoce a ese hombre sin transformarse en otro tipo de persona.
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Hay algo siniestro en Valhyos, no se si los demás lo noten, pero yo si. Es como si se hubiera abierto una fisura entre el reino de lo desconocido y Therianto, una fisura que tiene su sede en el centro de Valhyos, y esperara el momento propicio para atacar a los indefensos habitantes de todo el imperio.
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Temo por mi vida, temí desde que el Señor nos mandó a Valhyos. Siento que volveré a Jeros, para morir en cuanto crucé las grandes puertas decoradas de lapislázuli y ámbar. No se que está pasando, pero parece que una sombra se cierne sobre mi. Por eso quise escribirte esta carta, hijo mío.
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Es en estos momentos, en que uno piensa realmente en el futuro, el pasado y el sentido de la vida. Espero poder ver cien amaneceres más en mi hogar de Jeros; pero pase lo que pase, quiero que elijas siempre lo que te diga tu corazón. El Señor te buscará cuando yo muera, y se que si lo ves, te quedarás con el para siempre y lo seguirás como yo, mi padre y mi abuelo hicimos: así de fuerte es su mirada.
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Yo elegí seguir al Señor, pero tú puedes elegir una vida normal, escoger una esposa y no tener tanta sangre ni mal en tus manos. Sin embargo, el Señor te buscará y convencerá, así que si deseas una vida más libre, tendrás que huir.
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Te comparto mi conocimiento, ¿recuerdas la bodega del muelle, a la cual te dije que nunca entraras? Si muero, Alfred te dará la llave junto con esta carta. Ahí encontrarás toda la información del Señor que puedas necesitar, oro y lo necesario para que huyas a alguna de las islas del sur, donde nadie te reconocerá como un Remnis.
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Es todo, Albert, querido hijo. La elección es tuya. En este momento estoy escuchando la señal que el Señor nos prometió. Tal vez si, El Señor es un nigromante y por fin logró invocar los espíritus de los muertos, ya que eso es justo lo que estoy escuchando en este momento. Mi corazón se llena de miedo, pero mis compañeros y yo sabemos que ya es hora de buscar a Segrand y llevarlo a Jeros. Vive, hijo mío, vive y se feliz, lo que sea que ello signifique.
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Esta es palabra de Lord Bengred Xivarys, para Albert Remnis, heredero de Jeros”

Una historia de Internet (cuento)

Hola amigos, me decido a contarles una historia de comedia ficticia, pero que bien podría sucederle a cualquiera de ustedes. Comencemos:
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–Cuidado a quien respondes–
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Les contaré una historia. Érase una vez, en el reino encantado de YouTube, un sujeto que veía videos en un rato de ociosidad, lo normal en tiempos de vacaciones. Este personaje, llamado Emmanuel, entró a un video cualquiera, el cual de hecho, es intrascendente ya que es uno de millones que podemos encontrar en este sitio Web. El punto es que había veces que a nuestro amigo, le sacaba un poco de quicio que gente con mentalidad cerrada (los típicos listillos que creen saberlo todo y que cualquiera que piense cosas diferentes, seguramente es ignorante o tonto, esas tonterías), así que respondió a un comentario de otro sujeto con esa personalidad tan molesta para los hombres civilizados.
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Emmanuel, muy felizmente y sin pensar más que 1 minuto más en ese comentario que hizo, cerró su laptop y se dispuso a ir al gimnasio, salir con un par de amigos al cine y demás actividades de su interés. Pasaron los días, y tal vez un par de semanas, cuando Emmanuel recibió un mensaje a su correo electrónico, diciéndole que un usuario de YouTube habia posteado un comentario en su canal, diciendo “Tiras la piedra y huyes? jaja perdedor” (así, sin signo de interrogación, ni comas, ni nada). El usuario tenía en su nombre de perfil, el apellido “García” y un nombre que ya no recuerdo (nombre común: pudo ser Sergio, o Pedro, Pablo, o Ulises, o cualquier otro). Al ver este comentario, Emmanuel no recordó ni ubicó de ningún lado el nombre del perfil agresor, así que le respondió cualquier cosa sarcástica, con afán de hacer enojar al usuario desconocido y que dejara de comentar tonterías en canales de YouTube de gente que ni conocía, ni nada parecido. Pasaron los días, y así los comentarios de García. que cada vez denotaban más rabia (hasta cabe decirlo: ardor) y falta de intelecto.
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Digo esto, debido a que sus comentarios eran básicamente, refritos de lo que le respondía Emmanuel; además, solo incluían insultos sin sentido ni fundamento y muchas, muchas veces la palabra “mariconsete”, o “puto” (y ya saben lo que se dice que los hombres que gustan de señalar la orientación sexual de las personas, lo cual hace esto aun más divertido). Cabe mencionar que cuando Emmanuel le decía a García que ofendía muy bien detrás de un monitor, pero de frente sería incapaz de decir “pío”, García doblaba esfuerzos ofendiendo, lo cual significaba que era verdad.
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En fin, cada comentario hacía reír a Emmanuel, debido a que, por alguna razón, siempre había disfrutado de ver como las personas rabiaban al no saber que decir (por ejemplo, las pláticas con los Testigos de Jehová). Por eso, el seguía contestando a cada comentario, debido a que el estaba subiendo un video a su canal (y por tanto, tenía la página de internet abierta), y por lo gracioso de ver las “patadas de ahogado” de un personaje tan simpático como García.Sin embargo, por algún complejo de inferioridad tamaño industrial, García sentía que TENÍA que ganar la discusión, simplemente su vida no tendría valor alguno si no lo hacía. Así que tenía que hacer cualquier cosa para ganar (porque bueno, a él le importaba tanto que creía que era una competencia y no simplemente el típico relajo de dos desconocidos intercambiando palabras).
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Pasaba el tiempo, y los comentarios cada vez más ofensivos y menos fundamentados (con total desesperación) de García, hicieron que Emmanuel se aburriera, hasta el punto en que se tornó algo molesto, como el ruido de la alarma de un carro a media noche: algo que no tiene sentido, pero que es ruidoso y jode mucho. Con eso en mente, él decidió rastrear sus comentarios y buscar lo que sea que pudo haber herido tanto a García (Emmanuel le había preguntado mil veces, pero él cambiaba de tema). Por fin, encontró el comentario, y lo más ofensivo que encontró, fue que le dijo a Garcia: “que mal que haya gente tan mente cerrada”, motivo por el cual nadie (hasta donde Emmanuel sabía) habría hecho tantas olas ni tanto escándalo, como si fuera la gran cosa.
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Emmanuel, muy divertido por el hecho de que García llevara las cosas tan lejos por ese simple comentario, se lo mencionó. García, completamente iracundo (pagaría por ver su rostro de impotencia en ese momento), se tomó la molestia de bautizar a Emmanuel el “4P’s”. ¿Por qué? Les cuento, para que vean el intelecto y la madurez del sujeto: “4 P’s”, por “Pendejo, Puto, Paranoico y Perdedor”. Si, todo un Monsivaís. Emmanuel, completamente divertido nuevamente, le dijo que ya, que le pedía perdón por herirlo y que consiguiera algo mejor que hacer, que ya se tornaba aburrida la actividad de responder mensajes.
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Aparentemente con el corazón destrozado, García se dispuso a buscar a Emmanuel en Twitter, donde pudo ver su foto y conocer sus gustos, además de otras cosas que hacía. De un momento al otro, García había pasado de ser un personaje con problemas de autoestima y de temperamento, en todo un acechador (un famoso Stalker). Después de una media hora, y que había revisado TODO el perfil de Emmanuel, le vació una tonelada de insultos “a lo loco”, basándose en las cosas que encontró. Emmanuel no sabía si sentirse halagado (es decir, debía ser muy importante para García, como para que se sintiera compelido a aprender tanto de el) o asustado. Después de la respuesta de Emmanuel, García le dijo que le proponía una tregua, debido a que, en sus palabras: “se sentía culpable por estar humillando tanto a un pobre diablo”. Ante comentario tan jocoso, le respondió con muchas risas, y con un: “está bien, supongo que será dificil dejar de mensajearme ya que te importo tanto, pero está bien.”
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En fin, de alguna manera extraña (al parecer, analizando las fotos de Emmanuel), García averiguó la zona en la que vivía y se lo hizo saber, diciendole que le ofrecía la tregua si aceptaba que había perdido. Emmanuel, ahora si asustado (aunque no podía dejar de sentirse halagado al ser tan importante para un desconocido con baja autoestima), le dijo que estaba bien, que García necesitaba más el mérito de ganar una discusión con un desconocido por un comentario al azar de YouTube, que él ganaba. Digo, Emmanuel no se esforzó respondiendo los comentarios, y en cambio, García incluso se dedicó a rebuscar a fondo en su Twitter; el mérito era suyo.
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Después de eso, por consejo de un amigo de Emmanuel que vió ese último mensaje, se dispuso a buscar y bloquear a García en las redes sociales que lo encontrara. Pasaron tres horas, y García, no conforme con tanto Stalkeo y amenaza virtual (porque bueno, sería incapaz de una amenaza frontal), se hizo de una cuenta nueva de Twitter exclusivamente para mandar un último mensaje a Emmanuel. “Acepto tu derrota, pero te dare un consejo: NUNCA subas fotos que delaten el área en que vives.” Emmanuel escribió, unos minutos después, un tweet donde decía que estaría en los lugares de las fotos el día siguiente.
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Anocheció y amaneció. Emmanuel salió a caminar plácidamente y bajo la lluvia por los lugares en los que aparecía en las tres fotos que tenía subidas a Twitter (que de hecho, eran tres lugares a una cuadra de distancia uno del otro). Fue a visitar a un amigo que vivía en esa zona, corrió por un camellón y volvió a casa después de una tarde muy divertida. No hubo anormalidades ni eventos desafortunados. Aparentemente, el hombre que atacaba fervientemente la sexualidad de Emmanuel, resultó ser, como él lo había pensado, no más que un “mariconsete”.
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Esta historia no es profunda ni con enseñanzas místicas, pero si contiene una gran moraleja: Si no disfrutas que te stalkee y amenaze vanamente un desconocido, no lo dejes callado ni respondas sus comentarios. Por otro lado, ¡es tan divertido! Hágase con precaución.
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Buena noche, amigos.
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La presentación de danza (cuento)

Un día de noviembre de 2010 para ser precisos. Nada fue igual desde ese momento, y por eso la importancia de inmortalizarlo.
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Era un día de noviembre. El clima era molesto, muy caluroso bajo el sol y muy frío a la sombra. Me quedé de ver con mi amigo en un puente peatonal a las cinco de la tarde, ya que una mujer muy cercana a mi me había invitado a una presentación de danza y le supliqué a él que me acompañara, para no regresar a mi casa solo en la noche.
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— ¿Qué sientes por ella? — Me preguntó Fernando. Él, mi mejor amigo, sabía que yo nunca había querido completamente a ninguna mujer (incluso, bromeando, solía llamarme “hombre de hielo”), pero tenía la esperanza de que eso cambiara algún día lejano. Ella, ella era especial, era hermosa y teníamos conversaciones muy agradables, pero yo no diría que despertaba en mi gran cosa. Bueno, supongo que se puede decir que la quería, pero yo prefería no pensar en el tema. Aunque he de admitir, que incluso entonces, me encantaba estar cerca de ella.
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— Nada. La quiero, eso creo. No sé. —, le respondí un poco nervioso, mientras abordábamos el taxi hacia donde era su presentación. — No sabes si la quieres, ¿y por eso vas a verla bailar, te pones camisa, zapatos y toda la cosa? Si, claro. —, Respondió. Yo hice caso omiso a su comentario y le di indicaciones al chofer.
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Bajamos del auto en el lugar de la presentación. Era un club deportivo muy elegante, con canchas de voleibol, soccer y otros deportes. El recital de danza tendría lugar en el gimnasio de baloncesto, y empezaría en una hora, así que caminamos un rato hacia cualquier dirección, solamente para matar el tiempo.
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Yo tenía la fe de que encontráramos un vendedor de flores, de los que no pueden faltar afuera de las presentaciones y festivales escolares. Afortunadamente encontramos uno, que ya estaba cerrando su puesto. Compré una docena de rosas rojas y se las encargué a Fernando, ya que mis manos son muy torpes y podrían estropearlas. Seguimos caminando.
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Cuando llegó la hora, encontramos un lugar en las gradas del gimnasio y comenzamos a ver la presentación. Hubo de todo, grupos de niñas bailando jazz, adolescentes bailando hip hop, incluso había un niño pequeño que imitaba a Michael Jackson (que estaba aun más de moda que lo usual, pues no tenía mucho tiempo de su muerte) que nos sorprendió a todos por su habilidad. Mi mejor amigo y yo aplaudimos, echamos porras y gritamos. Yo, porque estaba nervioso de verla y me sentía eufórico. Él, porque siempre me hace segunda y el ambiente era muy relajado.
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Pero bueno, finalmente, el grupo de danza árabe inició su presentación. Si dijera que su número fue bueno o malo, estaría mintiendo: no lo vi. Lo único importante, era ella. El resto del mundo había desaparecido y solo podía verla a ella. Sus velos, sus manos, su cuerpo, su sonrisa… Cuando nuestros ojos se cruzaron, sentí algo que nunca había sentido: como si ella me hablara con el lenguaje de su cuerpo y yo comprendiera cada palabra. Como si ella hubiera derribado los muros que había creado tiempo atrás para protegerme del mundo, y ahora estuviera vulnerable, pero más fuerte que nunca.
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La música establecía un ambiente místico que hizo que mi mente volara y mis sentidos se agudizaran, lo cual me permitió mirarla con más detenimiento que nunca antes. Ella siempre ha sido hermosa, lo se. Sin embargo, verla a media luz, fluyendo con la música y embriagado de su belleza, me hicieron  notar su verdadera naturaleza.
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Ella era un ángel, de esos que abundan en las historias antiguas y que yo no pensé que existieran. Era la personificación de todos mis deseos y sueños, era simplemente ella. La música terminó. Ella  caminó fuera del escenario, acompañada de todas sus compañeras. La razón volvió a mí, regresé al mundo. Comencé a aplaudir tan fuerte que me ardieron las manos, y a gritar tan fuerte que mi garganta dolió. Mi amigo se rió al ver el rojo que coloreaba mi cara, y los suspiros que salían a montones de mí. Sin que me diera cuenta, terminó el recital, así que me dirigí hacia afuera del gimnasio con Fernando.
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No caminamos mucho hasta toparnos con ella. Yo caminé más rápido, le sonreí y le di las flores. Pude ver como sus ojos se iluminaron, me agradeció y luego me presentó a sus padres y hermanos. Por mi parte, le mostré a Fernando. La felicité, le dije que me encantó su baile y charlamos un rato antes de llegar a la entrada del estacionamiento. Ahí, dijo: — Bueno, yo me tengo que ir hacia allá—, y se acercó a mí para despedirse.
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Entonces, ella me rodeó con sus brazos y estrechó contra su cuerpo. Su aroma me intoxicó de una manera tan sublime, que juraría que morí por un segundo y conocí lo que era el paraíso y toda su gloria. Su cintura, ahora entre mis brazos, era delgada y suave, cálida y perfecta. Mis dedos juguetearon con su cabello, que al tacto, era más suave que las nubes de un día en primavera.
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Sentí sus pechos contra mi cuerpo, y a mi llegó algo parecido al deseo. No el deseo vano que se experimenta todos los días, sino una especie de entrega perpetua y total, como si ella y yo fuéramos distintos cuerpos con el mismo fin. La misma alma y aliento. Hundí mi rostro en su  cuello y lo besé lentamente. Mientras sentía como su espalda se arqueaba y erizaba, aspiré cada fibra de su aroma, cada milímetro de piel.
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Dios pudo llevarme en ese momento, y en verdad hubiera sido la muerte más dulce que pudiera pedir. Pasaron dos minutos (que bien pudieron ser veinte años, tal vez más; o una centésima de segundo, tal vez menos), y ella acercó sus labios a mi oído, me dio un beso muy tierno y susurró: —Gracias por venir. Eres muy especial para mí—. Yo, mientras contenía esa lágrima traicionera que quería recorrer mi rostro, le agradecí por haber entrado en mi vida, por ser tan hermosa, por haberme invitado ese día, por existir, por mil cosas que no recuerdo ya, y le dije: — Te, te quiero. Te adoro… —
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Escuchamos la llamada de su padre, así que se disculpó y me soltó. Comenzó a caminar hacia el estacionamiento. Yo caminé en la dirección contraria, y entonces fue cuando sucedió la magia. Recuerdo que di tres pasos. Uno, dos, tres. Después, me di la vuelta y la vi. Ella se giró al mismo tiempo que yo, y cuando nos descubrimos, comenzamos a reír.
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Con esa conexión tan fuerte, corrimos al mismo tiempo el uno hacia el otro, abrazándonos con tanta fuerza, que creo que desde ese momento nuestros espíritus quedaron enlazados. La naturaleza de ese lazo es tan compleja y profunda, que ella aun no la comprende. Y no la culpo, ya que ni siquiera yo entiendo como puede caber tanto dentro de un abrazo y una sonrisa. Lo he pensado desde entonces, y sigue siendo un misterio para mí. Un majestuoso y casi, casi divino misterio.
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En fin, ella se fue en ese momento, y yo caminé hacia Fernando, que me esperaba sentado con una amplia sonrisa burlona. — ¡Gay! ¡Par de cursis! ¿La besaste? —, preguntó riendo. Después dijo: — Mejor vamos por un taxi, que ya es de noche. Pero yo no tengo dinero, ¿está bien si tú lo pagas? — Acepté con gusto (aunque bueno, en ese momento yo estaba tan contento que hubiera aceptado prácticamente cualquier cosa). Mientras esperábamos el transporte, comentamos sobre los bailes, sobre las flores, sobre la noche y la música.
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Ya en el auto, se hizo el silencio. Cruzamos por un pequeño tramo de carretera, así que me quedé mirando la inmensidad. Las estrellas en el infinito espacio no parecían las mismas. Era como si algo hubiera pasado en algún lugar, y todo el Universo hubiera cambiado, volviéndose un poco más hermoso, más luminoso e incluso más cálido. — Bueno. Ahora, ¿Qué sientes por ella, mi estimado hombre de hielo? —, preguntó Fernando. Yo suspiré, mientras una sonrisa se dibujaba en el rostro de mi hermano, que sabía muy bien lo que iba a responder, pero quería escucharlo de mi voz…
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— ¿De veras no es obvio? ¡La amo, Fernando! La amo con todo mi corazón. —
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