Aparición (Cuento de Terror)

Este cuento es un adelanto de lo que será mi primer libro, aún sin un título exacto. Lo subo también como fin de las celebraciones de muertos. Espero que les guste. Si quieren escucharlo de mi voz, al final de este post pueden verlo.

“Aparición”
(Agustín E. Bataz)

―¡Mierda! La batería no se me podía joder en Tuxtla, ¿verdad?, y estuve toda la tarde conduciendo… ―El enojado Aarón renegaba por la mala suerte que tenía con su automóvil―. Justo ahora, en medio de la maldita nada, ¡y ni pasan carros!

Su trabajo de fotógrafo le exigía salir de la ciudad hacia algunos pueblos aledaños, por lo que conocía muchas de las leyendas que los lugareños solían contar: la famosísima “Llorona” en una de las cien mil versiones que existen en el país, los locales “chaneques”, historias de nahuales, el típico “Charro Negro”, entre muchas otras. De hecho, en el punto donde se encontraba, se hablaba mucho de las apariciones en plena carretera de un niño totalmente vestido de blanco.

Afortunadamente para su salud mental, este mismo trabajo le había forjado una mentalidad escéptica ante esos temas, por lo que viajar de noche no le daba más miedo que el que le pudieran infundir los ladrones de caminos, que a veces pululaban en las autopistas. No obstante, verse ahí, entre kilómetros de palmeras y oscuridad, rodeado por los ruidos de la variada y salvaje fauna local, le causaba unos escalofríos difíciles de ignorar. Para distraerse de esta sensación, sacó su celular y comprobó que no tenía señal. La opción de llamar a algún amigo y pedirle ayuda estaba totalmente descartada.

El reloj marcaba la una de la mañana con cuatro minutos, y no había ningún sonido de automóviles acercándose. A cien metros, adentrándose en la selva del lado derecho del camino, logró divisar la débil luz de una bombilla que parpadeaba, afuera de una modesta casa de adobe pintada de blanco. Aarón sabía cómo era ese camino por los muchos recorridos realizados, pero jamás había visto esa casita, pues estaba escondida entre la vegetación, y si no estuviera tan oscuro, quizá jamás hubiera visto el foco con su tenue iluminación.

Por unos minutos, dudó entre quedarse en el camino y esperar por el primer auto que pasara o ir a la casita. Tenía la esperanza de que tuvieran un teléfono desde el cual podría llamar a alguien para que fueran por él. Aarón ya había decidido que esperaría en la comodidad de su auto, cuando, entre los árboles, del lado izquierdo de la carretera, vio lo que parecía ser una bola de fuego desplazándose a la distancia, alejándose de donde estaba él.

De todos los mitos y leyendas del lugar, el de las “bolas de fuego” era el que más conflictos le causaba. Las personas locales decían que eran brujas o espíritus, aunque él siempre había respondido que eran personas con antorchas o automóviles, e incluso helicópteros a baja altura. ¿Pero qué pasaba cuando veías una bola de fuego, como ahora, entre las copas de los árboles? Perturbado, salió de su coche, y el frío que recorría su espalda lo hizo cambiar de opinión: se dirigió a la casa.

Los animales nocturnos y el crujir de ramas en sus pies eran lo único que rompía el silencio, y mientras más se alejaba del camino, más fuertes se escuchaban. Cuando Aarón llegó a la pequeña vivienda, tocó la puerta sin éxito. Volvió a intentarlo, y esta vez escuchó sonidos dentro, pero seguían sin abrir. Frustrado, se dio la media vuelta. De pronto, una voz lo sobresaltó:

―¿Qué quiere, señor? ―Era un niño de aproximadamente 10 años, muy mal encarado y vestido de sencilla ropa blanca y sandalias.

El susto dejó al fotógrafo sin habla, por lo que sólo miró al niño, quien sonreía y miraba hacia un punto ubicado detrás de Aarón. Al voltear, éste notó otra bola de fuego que se alejaba entre las copas de los árboles.

―Le llamaré a Él ―dijo el niño.

―¿A quién?

―A quien se encarga de los que pasan cuando ya es de noche ―respondió con total naturalidad.

Aarón de pronto se sintió tan confundido que no pensaba con claridad, pero alcanzó a susurrar con voz débil:

―Escucha, sólo necesito un teléfono. Si no tienen, puedo irme.

El niño lo ignoró y rodeó la casa. Aarón intentó colocar sus pensamientos en orden. Se repetía: “Venga, estás nervioso y tienes hambre, tampoco has dormido bien. Por eso estás viendo esas cosas. El chamaco sonrió porque no sé, le dio risa verte tan mal, pero ya cálmate, ¿ok?”

Mientras Aarón cavilaba, el niño volvió. Esta vez, delante de él venía un hombre de tez morena, aunque pálido, de más o menos 1.90 de estatura, quien traía botas y una larga gabardina negra de piel que le cubría hasta los tobillos.

―Te ves mal. ¿Balam te asustó? ―preguntó el hombre con una profunda y grave voz―. Soy Zotz. Me dicen que necesitas un teléfono, ¿verdad?

―¡Sí! ―exclamó Aarón―. Mi carro se quedó sin batería y aquí no tengo señal. Mire… ―al ver su celular, Aarón notó que marcaba las 8:20 de la mañana, por lo que se extrañó―. ¿Cómo…? ¡Si apenas hace un rato era la una! ¡Y sigue oscuro! ―Balam sonreía, muy alegre.

―Aquí el tiempo pasa volando, cosa de que te acostumbres ―ese comentario le causó muy mala espina a Aarón, por lo que decidió en su mente que lo mejor sería retirarse.

―Sí. Eh… Creo que lo mejor será que me vaya a esperar al carro y… ―Zotz lo hizo callar con un ademán, y dijo:

―¿Ah, sí? ¿Cuál carro?

Aarón volteó hacia la carretera para comprobar, estupefacto, que no estaban ni su vehículo ni la autopista. Todo a su alrededor, excepto por él mismo, la casa, Balam y Zotz, era selva y oscuridad hasta donde alcanzaba la vista. Ante este escenario, la adrenalina se apoderó de su cuerpo y salió corriendo a máxima velocidad. Detrás de él, Zotz cantaba algunas frases en una lengua que Aarón no comprendía, pero, por lo poco que había escuchado, reconoció como maya. Mientras corría, hacia cualquier dirección a la que volteara, veía alguna bola de fuego, y no importaba lo mucho que avanzara, escuchaba lamentos y susurros que no entendía.

Aarón llegó a un claro donde había un ancho río que impedía el paso. Del otro lado, para su sorpresa, estaba Zotz, parado en la copa de una palmera.

―Esto fue divertido, pero ya tengo hambre ―gritó el hombre y saltó hacia abajo. Antes de caer, Aarón vio cómo Zotz se transformaba en un murciélago descomunal, incluso más grande de lo que era en su forma humana. La gabardina y las botas fueron fácilmente rasgadas para abrir paso a garras y alas. En menos del tiempo que le hubiera tomado a Aarón procesar lo que recién vio, el murciélago ya había cubierto la distancia entre los dos y lo había derribado.

Con brazos y piernas, Aarón intentó defenderse y golpear a esa bestia, pero ésta sólo emitía sonidos de ultratumba que parecían ser infernales risas. De pronto, con una terrible y gutural voz, el murciélago dijo:

―¿Crees que puedes conmigo? Llevo aquí más tiempo del que te puedes imaginar. Desde antes de que llegaran los hombres blancos del otro lado del mar ―después emitió una larga risa que heló la sangre de Aarón, y le clavó los enormes dientes en el pecho.

La adrenalina que corría por la sangre del joven le impidió sentir el mordisco que desgarraba carne y rompía huesos, y sólo sintió mucho calor. Zotz volvió a su forma humana, y se arrodilló para beber de la herida de Aarón, quien ya comenzaba a ver todo borroso y en cámara lenta. A algunos metros de distancia, Balam observaba. Se le notaba aterrado, pero algo en su semblante reflejaba alivio. Zotz, habló:

―¡Ah! Me olvidaba. Ven acá, Balam. Ya llegó alguien nuevo, así que te puedes ir, como lo prometí ―dicho esto, hizo algunos movimientos con sus manos, dijo una serie de palabras indistinguibles y siguió bebiendo sangre y dando mordiscos a su víctima.

Aarón no supo si era una alucinación previa a la muerte, o algo más, pero Balam se desvaneció en una nube roja y se convirtió en una bola de fuego que comenzó a danzar con las cientos o tal vez miles más que se encontraban reunidas allí.

―Creo que estas personas me quieren mucho. Nunca se van del todo ―bromeó Zotz, y se colocó sobre Aarón, cara a cara. La imagen de Zotz, con una maniaca sonrisa y bañado en sangre, se fue desvaneciendo en la mente de Aarón, quien perdió el conocimiento.

Durante los siguientes meses, en los pueblos cercanos se dejaron de escuchar leyendas de un niño que se aparecía en la carretera. Ahora se hablaba de un hombre joven totalmente vestido de blanco, como esperando a que alguien se detuviera para liberarlo de su maldición.

 

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