Sólo oscuridad y silencio (Perdido: Parte II, cuento)

Una historia no tan reciente sobre una persona dando el último viaje….

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Él caminaba solo. El mundo era negro, gris y escarlata, y así lucían sus sueños y virtudes. –Vuela. –, decía la voz, –Vuela–. Él caminaba solo, pero su caminar, en un principio torpe, se convertía en trote; y ese trote tomaba velocidad, como arroyo cuesta abajo en una tarde lluviosa de una primavera fría pero soleada. Pronto sus pies comenzaron a despegarse cada vez más del suelo. El suelo era dorado y el cielo magenta que, tras las nubes negras, refulgía en un llanto amargo de los dioses.

Él corría solo, y las cadenas de amores añejos y recuerdos incrustados en su alma, tan adheridos a ella como la antigua espada de Arturo en la eterna roca, se rompieron, desvaneciéndose en un sueño… Era como si toda su vida hubiera sido un sueño, y apenas lo estuvieran despertando del letargo más grande en que su espíritu había caído, quien sabe por que razón. Soltó las amarras, y así comenzó la última aventura del peregrino que, en un intenso afán de descubrimiento, solo quería encontrarse a si mismo.

Sus pies seguían despegándose del suelo, a pasos cada vez más acelerados, en una senda lúgubre, pues cada paso hacía sangrar al suelo dorado que estaba debajo de él. – Vuela. –, decía la voz,  –Vuela –. Se dio cuenta de que la sangre del suelo no era causada por él, sino que era su propia sangre, la que se derramaba a cada paso. Sangre de oro en una sombría figura, y las nubes negras, sobre él, descendían, mientras que la niebla gris atravesaba su cuerpo; esto lo hacía sentir pleno en este trayecto de muerte.

El silencio imperaba, pues solo un zumbido resoplaba en vez de pisadas, truenos y gritos… Solo silencio. La niebla espesa se volvía aun más densa, de modo que la vista de él se volvía únicamente de color rojo y negro; la sangre era vida, y la vida era sangre. Cerró los ojos, y al abrirlos, la negrura difuminaba todo, pero él seguía corriendo. Solo oscuridad. El vagaba solo, y la celeridad de su propio pensamiento lo llevó  a una pradera, y su cuerpo yacía en el pasto, lleno de vida en sus ojos, pero sin alma en el cuerpo.

Él había sido desterrado de su propio cuerpo por un extraño, y había sido desterrado al mundo de sangre, oscuridad, silencio y dolor. – Vuela. –, decía su cuerpo, recostado en el pasto, –Vuela–. Él volaba solo y mientras la luz del final del túnel lo envolvía, el volaba hacia ella en soledad. Llegó a lo alto del cielo, y se fundió con la luz, y la luz era un fuego que lo consumía. –Vuela. –, dijo la voz de la inmensidad, –Vuela–. Un fuego negro y silente lo envolvió, y el dejó de existir, pero a nadie le importó, pues estaba solo.

Solo oscuridad y silencio.

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