Última confesión (Cuento)

Un cuento de hace tiempo, sobre una persona en desequilibrio total….

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– En conclusión, señor Pastor, tengo miedo. Más de lo que se podría creer, viniendo de una persona tan “fuerte” como muchos pueden pensar que soy yo. No, no soy fuerte, ni siquiera resistente. Soy solo un iluso con un muro de cinco metros de espesor y veinte de alto alrededor mío; pero si te fijas con atención, ahí voy a estar, llorando y golpeando a los muros que ya ni se si yo mismo coloqué o alguien más lo hizo, pero que no puedo derribar. Las paredes se manchan de sangre, pero lo único que se cuartea y tiembla con cada golpe es mi fe, y no la estructura, la rigidez, el miedo…

La fe, la fe pierde poder y se deja hundir, no porque sea débil ni poco durable, sino porque está agotada. Años de mascaradas, gestas, búsquedas, cortejos, aventuras y demás intentos, algunos de ellos desesperados, y todos han resultado en fracaso. ¿Y lo peor? Que no se ni porque. Y ni siquiera mis nudillos sufren las consecuencias, pues mi cuerpo si es muy resistente (rayando en lo ridículo y tal vez en lo “inmortal”), pero la falta de sangre, y el rojo alrededor mío, me enfurece.

¿Cuántas veces intenté quitarme la vida, y partir al más allá? ¿Cuatro? ¿Cinco? Morir no es algo en lo que tenga habilidad. Simplemente… no quería una muerte espectacular, nada de desastres, pisos altos ni atropellamientos: mi familia no merecía enterrar a una masa sin vida y sin forma. ¡Pero ni el veneno, ni el gas, ni las cuerdas, ni las cuchillas hicieron nada por mí! Incluso he caminado por las calles más peligrosas a todas horas, siempre esperando un pequeño pleito… Sería simple: responder, sacar una navaja y que la gente diga: “Este tonto murió por peleonero, se lo buscó.” Fin.

Pero no, la diosa fortuna no ha tenido ningún acto de buena fe conmigo y todo cambió. Realmente espero que el creador me perdone por mis actos pasados y futuros, pues yo no puedo perdonarlo a él. Mira que darme mil cosas, éxitos y fortunas, pero ¿nadie para compartirlas?, ¡Vaya tortura! Hubiera preferido ser un obrero ganando 5 dólares al día a costa de mi salud, esfuerzo y dolor, para volver a una casa con una mujer y un hijo esperándome. Tal vez estuvieran de malas pues tendrían hambre, pero estarían allí…

No la soledad, no las paredes vacías manchadas de sangre, y no los frascos de pastillas vacíos como recordatorio de que ni siquiera para morir soy bueno. Dígame usted, Pastor, ¿cree que Dios pueda perdonarme por envidiarlo a usted y a tanta gente más, por odiarlo y querer quitarme la vida con tanta devoción? – El Pastor, cuyo nombre no recuerdo, pero de apenas 27 años, estaba sentado, con la mirada perdida. Su rostro parecía reflexivo, pero calmado, como si estuviera angustiado, pero con fe en que todo saldría bien. Pasaron dos minutos y no dijo nada. Pasaron otros cinco minutos en silencio, y Simon siguió hablando.

 – Ah, señor Pastor… su silencio me inquieta. Permítame que siga explicando mis pecados, pues no son todos los que ya le he contado. Hoy será mi último intento de partir y conocer al creador. Mi plan es simple: Abrir los ojos en las puertas del cielo, y usar todo el poder que tengo para vengarme de ese malnacido, por haber callado y permanecido impasible ante todas las plegarias que le dirigí; y estoy seguro que en mi vida, he rezado yo con más fe y con más frecuencia que usted y cualquier otro Pastor.

¿Sabe? La primera vez que abusaron de mí, creía que un ángel o algo así aparecerían a salvarme. La segunda vez, tuve fe en que algún evento pasara, creado por Dios o por quien fuera, y lo detuviera. La tercera vez, me di cuenta de algo: Rezar no sirve de nada. Un cuchillo y un movimiento de mi brazo hicieron lo que Dios no pudo en tres años, ¿o sí? Como quisiera que me respondiera algo, señor Pastor, pero no como un siervo de Dios, sino como un hombre… Lástima que no pueda hacerlo.

Antes de irme, que creo que el momento se acerca, quiero confesarle algo más: no me arrepiento de nada. Solo le estoy contando todo esto pues, no se… Quería platicar con alguien antes de partir al otro mundo. De verdad, quiero pedirle perdón a usted y a todos los aquí presentes por mis actos, pero necesitaba un pretexto, necesitaba que alguien se sintiera inspirado a matarme, y como ya le conté, nadie lo hizo, por más que estuve buscando pleitos en los barrios de esta y otras ciudades.

Ahora si, es todo lo que quiero confesar, oigo las sirenas y se que el fin se acerca. Una vez más, le pido una disculpa, señor Pastor. Es hora de marchar. – Simon salió del confesionario, y contempló de frente, del otro lado, al Pastor. Una bala había atravesado su corazón, y otras cinco hacían manchas rojizas en sus ropas. Simon comenzó a caminar hacia la entrada de la iglesia, esquivando aquí y allá, los cuerpos de todos los feligreses que habían asistido a la ceremonia vespertina. Algunos con heridas de bala, otros degollados o apuñalados… nada importaba, todos muertos.

Simon sabía que solo le quedaban cinco disparos, y él sabía muy bien que no tendría el valor para dirigirse una bala a sí mismo. Sabía que tenía que actuar inteligentemente con esos disparos que le quedaban, si quería cumplir su cometido. En cuanto salió, un uniformado lo intentó esposar, pero Simon pateó en la entrepierna al policía, como había aprendido a hacer con quienes quisieran someterlo, y le disparó justo entre las cejas. Dio otros cuatro disparos al aire, y entonces llovió sobre él una lluvia de balas. Un policía jura que lo escuchó decir –Gracias–, cuando se acercó a revisar que estuviera muerto.

No se y no puedo decir que ocurrió con el espíritu atormentado de Simón, pero si se que esa noche hubo una tormenta eléctrica fortísima. En el cielo, fue una noche ajetreada, sin duda. Una parte de mi, compadece a Simon y reprueba sus acciones, pero dentro de lo más profundo de mi ser, hay una voz que desea con fuerza que él haya logrado su venganza y esté descansando en paz, como nunca hizo en vida.

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