La fábula del Noble Inglés

Cierto día, un Señor Feudal inglés estaba regocijándose de los manjares que se sirvieron en su castillo. Eran tiempos de batallas constantes, pues los franceses siempre estaban levantándose aquí y allá; sin embargo, esto poco importaba a nuestro noble, pues él pensaba que su feudo era inexpugnable, que sus muros, tan poderosos como los de la antigua Troya, y que él era tan sabio, justo y magnánimo como el mismísimo Rey Príamo.

Estofado de ternera, panecillos con miel, vino añejado traído de Italia y música de laúd daban forma a la pequeña reunión, (y con “pequeña, quiero decir que apenas se encontraban ahí 50 de las personas más allegadas al Señor del castillo). El bardo principal había terminado recién de entonar un soneto de amor no correspondido, cuando llegó un joven, también de alta cuna, y con un garbo exquisito. – ¡Ah! ¡Pero si eres tú! – Espetó el noble, mientras hacía señas a una criada de que sirviera algo al recién llegado, – ¿Dónde estaba mi mejor amigo mientras yo daba este minúsculo festín?

– Revisando las defensas, milord, alguien tiene que hacerlo. Debo decirle algo con sume urgencia, podría acompañarme para…. – ¡Tonterías! –, interrumpió el noble a su amigo, al mismo tiempo que la criada le extendía una copa – ¡Nada es tan urgente como para anteceder a una buena copa de vino! – Él señor feudal estaba apunto de volver al barullo, cuando el recién llegado volvió a levantar la voz: – ¡Pero, mi Señor, se lo ruego! Es requerido actuar con presteza –. Refunfuñando y de muy mala gana, el noble salió al jardín con su amigo, quien al fin pudo explicarle lo ocurrido.

El joven explicó a su señor y amigo que, según informantes en la costa, el ejército francés ya había tomado tres fortalezas en esa zona, y que en pocas semanas estarían afuera de las murallas del feudo, con intención de también tomarlo. El noble, ante la impotencia del informante, terminó de un trago su copa y la arrojó hacia adentro del recinto. – ¿Y eso es todo? ¡Que vengan! ¡Aquí estamos seguros, este castillo es imposible de tomar, y menos por un grupo de cerdos franceses! Ahora, por favor deja de preocuparte por pequeñeces, y si es todo lo que querías decirme, entra a la reunión y diviértete un rato.

–  Pero eso no es todo…. He revisado también los muros, y el oeste no está del todo reparado. Si un ejército medianamente grande viene, le será sencillo entrar por ahí, y una vez dentro, se desatará el caos. – ¡Imposible! Yo mismo di la orden de que se reparara, después de aquel fortísimo temblor. –, bufó el príncipe. Su joven amigo perdió los cabales, y le reclamó: – Pues, bueno, pudo haberlo supervisado en lugar de dar banquetes cada tercer día. – Tres segundos le tomó al muchacho darse cuenta del error que cometió.

El Señor del castillo desenvainó su espada, al tiempo que, exasperado, gritaba, – ¡¿Acaso cuestionas mi autoridad?! ¡No te permitiré ni a ti ni a nadie que me hable así!  –, el joven dio dos pasos hacia atrás, pero su “amigo”, el noble, le dio una estocada mortal y lo dejó ahí. Posteriormente, dio por terminada la reunión, y se dispuso a ver a sus consejeros, a quienes se dirigió: – ¿Es cierto que vienen los franceses? – Mi señor, es cierto, intentamos decírselo antes. –, respondió aterrado el más anciano de ellos, –Pensamos que debería pedir refuerzos a otros señores, ya que es dudoso que nuestras fuerzas por si mismas puedan contra el ejército francés.

El noble, más calmado, envió mensajeros a los castillos aledaños, quienes pronto enviaron hombres que ayudarían a defender su feudo. Posteriormente, recordando la segunda advertencia de su recién difunto amigo, el señor se dirigió al muro, y notó que efectivamente, estaba incompleto. Al darse cuenta de ello, puso él mismo a trabajar a los hombres hasta que la obra estuviera completa. Pasó una semana más, cuando se escucharon los cuernos y tambores de batalla de los franceses.

La batalla fue cruenta, pero con un ejército fortalecido y una muralla completa y sólida, los franceses emprendieron la retirada tras algunas horas. Victoriosos, los ingleses se reunieron en el castillo para celebrar. Cerca de la medianoche, el más anciano de los consejeros, quien, por cierto, había visto la pelea entre el Señor Feudal y su joven amigo, se dirigió ante el noble. – Lo felicito por una victoria sencilla, mi Lord. – El noble, ya un poco desinhibido por tanto vino, rió y comenzó a entonar un cántico de guerra, que fue coreado por los soldados que estaban alrededor.

Al terminar, agradeció a su consejero y maestro por la felicitación. – Disculpe, Señor. Quisiera saber algo. Perdone mi imprudencia, pero no pude evitar ver y escuchar el enfrentamiento con el joven Ser Westmarsh, la otra noche. ¿No se arrepiente de haber matado a su mejor amigo? Gracias a él se puso en acción, y sólo por eso es que estamos vivos y festejando el día de hoy.  – Por un momento, el noble pareció ponerse serio, e incluso bajó su tarro a la mesa más cercana. Después se limpió la barbilla con su manga, y, muy sereno, respondió: – Tal vez le debamos la victoria de hoy, pero él vino a angustiarme en primer lugar, ¡y no solo eso!, sino a cuestionarme. Además, nunca me han gustado las malas noticias… menos durante un banquete.

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¿A cuántos “nobles ingleses” conocemos?  Personas instaladas en la comodidad y la apariencia, ignorantes de sus propios fallos. Personas que, en su aparente madurez, creen saberlo todo, pero no saben nada sobre las cuestiones realmente importantes, como, en este caso, su propio feudo (y con “feudo” puedo referirme al estado emocional, los hijos, el trabajo, o cualquier cosa realmente importante).

¿A cuántos “nobles ingleses” conocemos, quienes, aparentando sabiduría, son tan inmaduros que confunden al mensajero con el mensaje… y dan estocadas incluso a sus mejores amigos ante la crítica, la incomodidad o la mención siquiera de que algo no va bien?

Sobre esto, yo me pregunto…. ¿Qué se sentirá no saber quien eres? Supongo que nada, en vista de que la gente que se desconoce, muchas veces ni siquiera se da cuenta (o ni siquiera se quiere dar cuenta) de eso. Por eso, como dice una de las máximas de Jesús: “No mires la paja en el ojo ajeno, si no miras la viga en el propio.”

Lo primero es conocerse a uno mismo, y estar consciente de que no somos perfectos, ninguno de nosotros. Solo así, dejaremos de ser como este noble inglés, dando banquetes en tiempo de guerra. Solo así, apreciaremos la verdadera amistad, pues al fin y al cabo…. Las personas que te quieren, te hacen crecer y no te hunden en el fango de la comodidad y la mediocridad.

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Un pensamiento en “La fábula del Noble Inglés

  1. Emmanuel dice:

    BUENO

    Me gusta

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