El amor del poeta (Reflexión)

La poesía no es más que el aullido que lanza el corazón, en ausencia de la mujer amada. Así como el lobo busca y persigue sin alcanzar el fulgor plateado de la Luna Llena, el poeta escribe gotas de dolor, para la dama que ha tomado el turno de no acudir ante sus llamados de amor.

Ahí radica la paradójica maravilla de los poetas: Causan sensaciones de amor y placer en quienes leen su obra… la cual no es otra cosa sino el polvo fino, que cae de los trozos de su corazón desperdigado por el mazo sublime del rechazo femenino.

Así, nunca verás a un poeta llorando, al menos que el vino le haya ganado la batalla: es la pluma del escritor la que suda, sangra y llora tinta, y solo en momentos de vergonzosa realidad y confianza ciega hacia el hermano o amigo, logra expresar su verdadero sentir con palabra hablada.

Pues esa es la paradójica cárcel de los poetas: Viven presos de su pluma y tintero, pues lo que no gritan en este mundo, lo compensan creando universos paralelos. Universos de felicidad, lucha incesable y dragones a los que combatir al filo de la espada del verso.

Si un poeta se enamora de ti, ¡ay, desdichada! Pues él, a pesar de saber que las hijas de Afrodita no desean recibir versos y que seguramente será rechazado por tu merced, el seguirá creando, inmortalizando, transformándote en su musa inspiradora… Y en tu nombre creará mundos, universos, destruirá dragones y bajará la Luna (pues es sabido por los filósofos que solo un poeta puede realmente bajar la Luna, o subirte a ella, según su propósito).

Tú, a quien Destino hizo que enamoraras al joven escritor, prepárate para la constante lucha entre el orgullo y la tristeza. Orgullo, pues serás inmortal, y así pasen los siglos, siempre se recordará que hubo una mujer que causó tanta calamidad y tanta locura en un hombre… Tristeza pues sabemos que las mujeres no desean poesía, y no hay nada más lamentable ni lastimero, que ver a un poeta con el corazón roto.

Y ahí radica la tercer paradoja del poeta, que más bien es del objetivo de tanta poesía y halago: Su obra (y en el proceso, su Musa) se vuelve inmortal y es aclamada por todos los que la ven… Excepto por la mujer a la que fue escrita. No hay nada más puro que el amor de un poeta, y no hay nada más ciego que la mujer de quien el poeta se enamore.

Y sin embargo, el poeta tendrá fe, sin importar lo que suceda. Pues así como puede crear universos en los que baja la Luna, también puede crear un paraíso (que tal vez algún día se vuelva real). Un paraíso donde las mujeres tienen los ojos y el corazón abiertos, y responden ante el verdadero amor, el amor del poeta.

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