Assotz y el Dragón de Drierde (cuento)

Un mes había pasado, desde que, hacia las afueras del pueblo, en lo que antes era la pradera más bella de todo el reino, un Dragón enorme, hecho de diamante y hielo, se asentó. A su llegada, se transformó el panorama en una pequeña tundra, aislada entre tantos bosques y lagos, propios de la geografía del pueblo. Muchas cosas se decían sobre esta fiera creatura, de tan misterioso origen y proceder. Una historia decía que el Dragón vino del norte, y solo era el primero de muchos, destinados a, eventualmente, destruir el reino y a todos sus habitantes. Otros, relataban que un viajero de tierras distantes trajo un zafiro mágico que, al ser alumbrado por la Luna Llena, dio origen a este ser.

Finalmente, en la taberna de la aldea, había un anciano que a diario contaba que una mujer, la más hermosa del reino, fue cruelmente herida por el hombre que amaba; esta mujer pidió a una bruja que le diera la fuerza para no volver a ser herida, y la hechicera, la volvió en este aterrador reptil, que tanta destrucción había causado ya. “Así son las mujeres, ¿no?”, siempre terminaba el anciano, causando las risas y los choques de tarro de los hombres que escuchaban como contaba su historia, con tanto empeño.

La historia real, nadie la sabe. Solo dos hombres se habían logrado acercar al Dragón lo suficiente como para hacerle una herida, pero las consecuencias habían sido fatales. El primero, después de una batalla prolongada, en la que usó poderosos encantamientos, huyó, tomó el primer camino hacia el norte, y no regresó. El segundo logró clavar su lanza en el cuello de la bestia, pero ésta lo congeló, con su aliento de fuego azul, que antes que chamuscar, congelaba, convirtiéndote en una estatua de hielo. Finalmente, de un coletazo destruyó la estatua del caballero, dándole un trágico final.

Y es que este Dragón era diferente a los demás. Algunos dragones, brutales exhaladores de fuego, humo y vapor, solo pueden ser vencidos por medio de hechizos, ya que incluso la espada más afilada forjada por el hombre se derretiría al contacto con sus escamas ardientes. Otros dragones, incapaces de lanzar sustancia o fuego con su respiración, son vulnerables al acero, y solo una espada cortando su cuello, o atravesando su corazón puede darles muerte. Pero este aterrador reptil no cayó ni ante los poderosos hechizos de Maox, Mago del Norte, como se le conoció desde su huída; ni por la espada ágil y certera de Dieon, un noble guerrero que se ofreció a combatirlo.

Otra diferencia de esta creatura con las demás, eran sus formas de atacar y defender. Como ya dije, su aliento no era fuego rojo, ni humo, ni siquiera vapor de agua. Esta creatura, exhalaba algo parecido a un fuego azul, el cual congelaba todo lo que tocaba; usándolo fue como transformó la pradera en páramo congelado. Además, sus escamas parecían ser de diamante, hielo o cristal; reflejaban la luz y eran la coraza perfecta para la bestia, impidiendo que cualquier clase de calor o arma entrara bajo su piel. Finalmente, sus ojos, llenos de rabia y del color de Esmeraldas, causaban terror a quien los mirara por más de algunos segundos.

Todos en el pueblo se preguntaban que pasaría, cuando el rey enviaría a sus ejércitos para combatir a tan atroz creatura. Uno de ellos, era Assotz, un joven campesino que trabajaba los campos aledaños a su aldea. Él había escuchado ya cien veces la historia del anciano en la taberna, y para él, era algo totalmente creíble. “Solo una persona tan herida y aterrada sería capaz de causar semejante destrucción.”, pensaba para si mismo, mientras plantaba el trigo que alimentaba a sus invitadas, tres hermanas que un día, hacía cuatro meses ya, llegaron diciendo que no tenían refugio ni alimento.

Assotz no daba sin pedir a cambio, por lo que una de ellas limpiaba su cabaña y la llenaba de flores fragantes; otra se encargaba de manejar el dinero que ganaba vendiendo sus cereales y demás bienes con que comerciaba; y la última usaba el trigo y los vegetales que cultivaba, así como la carne que podían comprar, para hacer cenas sencillas, pero exquisitas, dando gusto a todos. El campesino también solía pasar su tiempo con sus propias dos hermanas, quienes vivían a un costado de su casa. A ellas les cantaba canciones usando la lira, y les contaba historias de la antigüedad, así como otras que a veces él mismo se inventaba.

Un día, su pequeño perro se despertó, asustado, a media noche, y salió corriendo hacia el lago en que a veces paseaba con él. Parecía que estaba huyendo de algo… o que estaba buscando algo. Assotz lo siguió, a oscuras y escuchando sus débiles ladridos, hasta que llegó a un claro, donde un poderoso brillo lo dejó ciego por unos segundos. Cuando se los talló, sintió que su cachorro estaba de pie, detrás de él; sin embargo, en frente tenía a una majestuosa creatura: era parecida a un león, de color dorado con melena roja, el cual tenía en su lomo, plumas de águila, de color marrón y negro, terminando en dos alas largas, con las que agitaba la hojarasca y hacía estremecer los nidos en los árboles.

Este animal no tenía patas de león, sino de águila, cubiertas del mismo modo de plumas y pelaje, terminando en tres afiladas garras del color de la obsidiana, y de brillo semejante. Sus ojos, de color ámbar e inyectados de sangre, emanaban calma, pero valor en Assotz, y sus largos colmillos dibujaban algo parecido a una sonrisa en esta creatura. La cola de este animal, una variación de “Grifo”, según el campesino había escuchado en las historias populares, se dividía en dos: una estaba cubierta de plumas y la otra de pelaje. El aura, anaranjada como el atardecer, fue el brillo que cegó a Assotz segundos atrás.

Assotz le dio a su mascota una orden para volver a la casa, y el animalito salió corriendo, como perseguido por un demonio, hacia el pueblo. Sin embargo, la mirada del Grifo había atrapado al joven aldeano, quien, instintivamente, apretaba con fuerzas una vara de árbol que había recogido; como si eso fuera a bastar para defenderse de semejante y tan formidable creatura. El Grifo miró a Assotz por algunos momentos, y se levantó en dos patas, emitiendo un rugido que lo congeló  por unos instantes. El animal se acercó a él, y cuando por fin estaba a distancia de sus brazos, tocó la melena del Grifo; finalmente, perdió el conocimiento, cayendo de bruces y golpeándose el rostro contra el suelo.

Despertó algunas horas después en su lecho.”Seguramente fue un sueño”, pensó para sus adentros, y acarició al cachorro, que estaba acurrucado en su pecho, temblando. En la mesa, cerca de él, había un cuenco lleno de leche de cabra y un trozo de pan, un poco duro, del día anterior. Assotz se levantó y remojó el pan, suavizándolo; posteriormente lo comió lentamente, con un dolor de cabeza monumental. “Por todos los cielos y los infiernos, ¿qué ocurrió?”, se preguntaba, sintiendo en su mejilla izquierda una herida. Al poco tiempo, entraron las tres mujeres que hospedaba, preguntándole como se sentía. – Muy bien, ¿qué ocurrió ayer? ¿Lo viste? –, preguntó Aunia, la de cabello rizado.

– ¡Por mi madre, Aunia, no seas tan agresiva! –, reclamó Cryda, la menor, – Assotz, ¿estás bien? ¡Tenemos que ayudarte! –. La tercera y mayor hermana, Leary, miró a las dos con desaprobación, y levantó la voz. – Por ahora necesitas ayuda, pero con esa llaga en tu cara, no se ve bien. ¡Niñas, traigan agua caliente y una tela, para limpiarla!– Las dos menores hermanas buscaron lo necesario, y Leary comenzó a retirar la poca sangre espesa del rostro del campesino, quien se encontraba como petrificado y no sabía que decir. – ¿Qué… acaba… de… pasar? –, alcanzó a decir, y Leary en seguida respondió: – Pues saliste a media noche y regresaste son el rostro lleno de sangre y diciendo “El Grifo… El Grifo”, y “Drierde… Drierde”, tú dinos, ¿qué pasó? –

Assotz estaba reflexivo, pensando en las imágenes, ya borrosas, sobre la magnífica creatura y el golpe en su cabeza. De lo que no recordaba nada, era de como había vuelto a acostarse. Cryda, sonriendo, puso sus manos en los hombros del campesino, quien, extrañamente, comenzó a recordar lo ocurrido con más claridad. Recordó que, después de caer al suelo, el Grifo puso una garra sobre su nuca, y entonces, pudo escuchar “Ve por Drierde, consigue ayuda de las tres”. Posteriormente, se incorporó y caminó hasta ir a su cama. – El Grifo me dijo “Ve por Drierde, consigue ayuda de las tres… consigue ayuda de las tres… ¿Cómo sabe Aunia que “lo vi?” –

Las tres hermanas se levantaron de sus asientos, y se tomaron las manos. – Hace un año, nos dijeron que debíamos venir a este pueblo y ayudar a un joven, que necesitaría ayuda. Así, vinimos y esperamos la señal de que tú eras el indicado. El Protector, a quien tú viste ayer, nos acaba de decir que tú eres a quien buscábamos. – ¿Buscaban… para qué? – Aunia sonrió y levantó la ceja, diciendo: – Ya te lo dijo El Grifo, Assotz. Por Drierde. – ¿Pero ella qué tiene? Hace mucho tiempo que no se nada de ella, ella, inmersa en una profunda tristeza y deseo de huir, decidió irse del pueblo hace algunos meses, hace… –, Assotz abrió los ojos como platos, –… mes y medio.

Leary, notando que Assotz había notado lo que estaba pasando, le dio el último empujón: – Y dos semanas después, apareció el poderoso Dragón, lleno de furia y con unos grandes ojos color Esmeralda. – el semblante de Assotz, pasó de la confusión, a la derrota. – No… Drierde no puede ser… Ella no se convertiría en algo así. – dijo, intentando convencerse, el campesino. – Ella sola no, pero a veces, en nuestra desesperación, preferimos convertirnos en bestias antes que sufrir la tristeza de la vida. –, dijo Cryda, y Aunia asintió y prosiguió hablando: – Ella se hizo de los “protectores” equivocados, y ahora está, literalmente, escondida en las escamas de diamante de ese Dragón… todo su calor está escondido detrás del hielo que exhala.

– ¿Y que puedo hacer yo? Ni el guerrero del reino, ni el Mago del Norte pudieron vencer, y ellos estaban entrenados y sabían como blandir armas o usar hechizos. ¿Me van a decir que tengo que convencerla de que deje de ser un Dragón? –, rio nerviosamente Assotz. – Desafortunadamente, eso no bastaría. Como dije, ella está atrapada en la piel de diamante… Debes vencer al Dragón, y ella será libre. Nosotras te ayudaremos, estamos conectadas a ti de un modo muy fuerte, pero necesitamos hacer algo antes. – Cuando Leary terminó de hablar, Cryda dibujó con carboncillo, un círculo en el suelo, y las tres se colocaron dentro de él. Al tomarse las manos nuevamente, Todos los objetos sueltos en el cuarto volaron por el aire, pues una ráfaga llenó el lugar.

Mientras Assotz rescataba un jarrón, de las pocas cosas de valor que tenía, de caer al suelo y hacerse añicos, las tres hermanas cambiaron. Cuando volvió a mirarlas, se habían reducido al tamaño de libélulas, y emitían destellitos de color blanco y amarillo chillón. Cryda, con una nueva y mucha más aguda voz, dijo – Amigo, estamos aquí para ayudarte, pero por ahora, lo necesario es que consigas una espada y un escudo, sin importar su precio, o su tamaño. – Assotz, sin poder hacer otra cosa más que creer lo que estaba observando, salió de su casa, con las pocas monedas que tenía, y con el jarrón que afortunadamente acababa de salvar, y fue a la herrería.

Ahí, el viejo Wallace estaba terminando de forjar una espada para un noble, a juzgar por el acabado tan fino y con joyas que tenía. – ¡Ah, Assotz! ¿Cómo estás, chico? – Algo extraño, ha sido un día difícil, y la tensión de tener el Dragón cerca nos tiene a todos en ascuas. – Wallace empezó a reír, palmeando la espalda del joven. – Ese Dragón no se decide a destruirnos, pero aún tenemos que comer, ¿no? Por eso sigo trabajando. ¿Y tú, no deberías estar en tus campos, arando o algo así? –  Assotz se sintió nervioso. – Pues… no puedo explicarlo, pero necesito que me vendas un escudo y una espada, tengo estas monedas y este jarrón, que de algo te servirá.

Wallace miró, con desgano, a las monedas. – Lo siento, pero esto apenas alcanza para una espada de entrenamiento y un cuadro de madera con agarradera para protegerte. ¿Qué estás tramando? ¿Para qué gastar esto, que bien puede comprarte más comida, en estas baratijas? – Assotz puso un semblante serio y miró fijamente a Wallace. – Voy a matar al Dragón. – ¡Ja, ja, ja, ja, ja! –, rió el herrero, y se recuperó dando toses, – ¡Buena broma! No se para que quieras esto, pero si tu me das el dinero, yo te daré para lo que alcanza. – Assotz dio las monedas y el jarrón a Wallace, pero intentó regatear: – Vamos, amigo. Se que puedes darme algo un poco mejor, ¿al menos una espada afilada? ¿Un escudo que no sea una tabla? Sabes que es todo el dinero que tengo.

– Está bien, ¡Está bien! –, Wallace acompañó a Assotz al interior de su tienda. – Mira, esto es lo mejor que puedo darte sin perder tanto dinero. –, el herrero extendió al joven una espada larga, pero manejable con una mano; ésta tenía una empuñadura de cuero negro, venía en una funda del mismo color, la cual no tenía ningún adorno. Assotz la tomó, y se puso el cinturón con la funda. – ¿Dónde está?… ¡Eso es! Aquí está un escudo. – El escudo era de madera cubierta en cuero, ya estaba bastante gastado, pero era mejor que un cuadro de madera con asas. – ¡Gracias, Wallace!, dijo Assotz, y salió corriendo a su hogar. – ¡Si matas a ese Dragón con esa espada, me harás famoso! –, bromeó el herrero, gritando al joven que ya se había distanciado.

De un azote cerró la puerta tras de si, y puso la espada y el escudo en la mesa. – ¿Ahora, qué?–, preguntó, y las pequeñas Hadas volaron sobre la mesa. Leary tocó el escudo, y éste comenzó a cambiar de forma, volviéndose más grande, de acero, y de color plateado con franjas doradas, como el pelaje del Grifo. – Este escudo mágico te servirá para regresar los ataques del Dragón, causándole daño en el acto. Además, es ligero como si fuera de cuero, por lo que no te restará movimiento. – Entonces, Aunia tocó la espada, y esta se limpió de raspaduras, volviéndose como si fuera nueva. La empuñadura se volvió de Oro, y tenía una Esmeralda en la base. – Con esta espada mágica confrontarás las escamas de diamante de la bestia. La espada es inteligente, considéralo un entrenamiento muy rápido y mágico, ja, ja, ja… ¡Derrite el hielo que exhala ese Dragón! ¡Puedes hacerlo! –

En este momento, las dos hermanas de Assotz entraron al cuarto, y las Hadas se escondieron. – ¿Qué sucede, hermano? –, dijo Dympna, su pequeña hermana, con total preocupación en su mirada, – te vimos saliendo de casa a toda velocidad, y regresar con una espada y un escudo. ¿Estás bien? – ¡Cielos! –, exclamó Jeanne, su hermana mayor, al ver la grandiosa espada y el exquisito escudo, – ¿Cómo compraste esto? – Assotz invitó a sentarse a sus dos hermanas, y les explicó, sin incluir en la historia al Grifo ni a las Hadas, que tenía que vencer al Dragón para poder salvar a Drierde. Por varias horas, las hermanas lloraron e intentaron entender la situación, tan difícil que era. Finalmente, la determinación de Assotz venció, y ambas lo abrazaron, aferrándose a él por unos minutos.

Dympna besó su mejilla y le deseó suerte, pidiéndole que no se dejara vencer. Jeanne se quitó un colgante de su cuello y lo puso en la mano de Assotz. – Se que yo soy la mayor, pero usa esto, te dará la fuerza de la familia. – El joven tomó el colgante en su mano, para descubrir que era, curiosamente, un Grifo. Las hermanas se despidieron en abrazos y palabras de aliento, y Assotz silbó, para que sus amigas Hadas salieran de su escondite. – ¡No me dejaron hacer mi magia! – dijo Cryda, y tocó el colgante de Grifo. – Se que estamos conectados, y ahora te daré toda la ayuda posible. Mientras tengas esto contigo, tendrás protección contra el frío aliento del Dragón; también contra sus garras y colmillos. Pero cuidado, esta será tu armadura, pero incluso la mejor y más poderosa armadura puede romperse ante un ataque fuerte… más contra un Dragón tan formidable como al que enfrentarás.

Assotz levantó su mano, y las tres Hadas se posaron sobre ella. –Te hemos dado lo que hemos podido, pero debes usar todas tus habilidades para vencer, y no será nada fácil. –, dijo Aunia, sonriendo. – Antes que salvar a Drierde, debes rescatarte a ti mismo, ten mucho cuidado, por favor. –, sugirió Leary. – Todas nuestras energías están contigo, ya lo tienes todo… Solo úsalo, con todo el honor, la fe y el amor que tengas. –, dijo Cryda. – Gracias, mis amigas. No se si pueda vencer, pero daré mi mayor esfuerzo. Por ella y por mi; también por todos en el pueblo… pero sobre todo, por amor a Drierde… Usaré sabiamente los dones que me dieron, no las defraudaré, y tampoco me defraudaré a mi mismo.

– ¡Espera! –, dijo Cryda. – No te pongas el colgante hasta que te puedas ver en el espejo. Assotz tomó un espejo que las Hadas, cuando estaban en forma humana, usaban, y lo puso delante de si. Se puso el colgante, y notó como sus ropas cambiaron. Ahora estaba todo de negro, excepto por su jubón, el cual adquirió un color rojo, y tenía un Grifo pintado, de color ámbar, como los ojos de la creatura que vio la noche anterior. Los ropajes, a pesar de no ser pesados ni de metal, se sentían muy fuertes, o al menos daban a Assotz la sensación de poder, energía y protección.  Se ciñó el cinturón con la espada y tomó el escudo en su diestra, ya que blandía con la zurda. – Estoy listo.

Leary, antes de despedir a Assotz, dio un último consejo. – El Dragón está guardando dos tesoros, Assotz. No son tesoros cualesquiera, son la fuente de su poder, y de su transformación. – Aunia prosiguió: – Un tesoro, es una rosa de Oro. El segundo, es un Crisantemo de Plata. Ambos están relacionados contigo, y si los portas, le quitarás su poder y capacidad destructiva, venciéndolo en el acto. – Por último, Cryda complementó lo anteriormente dicho: – Sin embargo, creemos que solo podrás conseguir uno de los dos… Si es que puedes rescatar alguno. Recuerda que lo importante, es mantenerte fuerte, sin importar que.

– Gracias por sus consejos, intentaré recuperar ambos tesoros, vencer al Dragón de Drierde y recuperarla a ella también. Gracias por todo. Las tres Hadas dieron sus bendiciones a Assotz, quien salió de la pequeña cabaña donde vivía. Afuera, estaban Jeanne y Dympna, quien cargaba al cachorro que Assotz había encontrado meses atrás. – ¡Suerte! –, gritó, con la voz entrecortada, Jeanne, mientras Dympna, sollozando, se dio la vuelta y volvió a su morada. Estaba atardeciendo, y en la plaza, los vagabundos hacían una fogata para cocinar a algunos roedores que habían cazado en el día, para poderse alimentar. Cuando Assotz pasó, lo miraban, y sin decir palabra, sabían lo que ocurriría. Algunos apartaban la mirada, otros asentían con esperanza en su rostro. Después de caminar algunos minutos, el campesino, ahora convertido en guerrero, llegó a la pradera convertida en tundra, dentro de la cual esperaban los tesoros, esperaba el Dragón…. Y esperaba Drierde.

Mientras pisaba la nieve, sentía el corazón latiendo en sus oídos, el sudor en sus manos, la respiración acelerándose. De pronto, entre lo que parecía ser una colina de nieve y hielo, los vio. Los ojos de Esmeraldas, ahora tan grandes como un hombre, mirándolo fijamente. El Dragón se levantó y emitió un rugido aterrador, pero que no bastó para inmutar a Assotz, que ahora se encontraba más envalentonado que nunca. – ¡Atrás, bestia! ¡Si te resistes, te daré muerte lentamente! ¡No puedes conmigo! – La creatura resopló, como disfrutando el momento, y exhaló el terrible fuego azul contra el Guerrero, quien se protegió colocándose tras su escudo.

Después de pocos segundos, notó como su brazo se entumecía y comenzaba a doler. “Cryda tiene razón”, pensó Assotz, “esto me protege, pero no me hace invulnerable”. “No puedes prolongar tanto la pelea.”, una voz dijo en su cabeza. “¡Es el Grifo!”, pensó jubiloso Assotz, y se vio inyectado de valor, avanzando, tras su escudo, hacia el poderoso y destructivo Dragón. Cuando sentía que el frío empezaba a congelar su brazo, lanzó una estocada a ciegas, acertando en la boca del Dragón, y haciéndolo parar. Sin embargo, de una dentellada, el Dragón arrebató el escudo de Assotz y lo arrojó detrás de su propio cuerpo.

Assotz, quien tenía muy bien agarrado su escudo, también salió disparado, siendo golpeado contra un árbol congelado, el cual se rompió con el impacto. Algunos trozos de corteza y ramas congeladas, se clavaron en la espalda de Assotz, quien tosió sangre. El Dragón inhaló, parecía que volvería a arrojar fuego congelante. Entonces, el joven recordó las palabras de Aunia, “¡Derrite el hielo que exhala ese Dragón!”. Cuando el fuego azul se dirigió hacia él, Assotz tomó la espada con las dos manos, como si intentara cortar el mismísimo fuego; la espada comenzó a brillar y a emitir calor. El fuego del Dragón chocaba contra la espada, y era convertido en brisa fresca, que solamente logró mojar un poco el rostro del guerrero. Sin embargo, el frío hacía mella, y el agua en su rostro se convertía en hielo muy rápido, lo que hizo retroceder a Assotz.

Mientras el Dragón volvía a inhalar, Assotz corrió hacia él, y con todas sus fuerzas, atacó la pata delantera derecha del Dragón, pues era la que estaba más cercana a él. El golpe fue tan certero, que lo próximo que el guerrero vio, fue al Dragón emitiendo chillidos de dolor, y su pata cercenada moviéndose en el suelo. Sin embargo, lo siguiente fue un golpe enorme para su propio corazón. Después de unos momentos, la pata de Dragón cambió de forma, convirtiéndose en… La mano de Drierde. Una mano blanca como la nieve, de uñas cortas, llena de belleza. – ¡Drierde!–,  gritó Assotz, y ante eso, el Dragón saltó mordiscos frenéticos, los que apenas logró esquivar. Sin embargo, no logró detener la garra del Dragón, que rasgó todo el pecho de Assotz, dejando su piel al descubierto.

“No puedo seguir.”, pensó Assotz, y el Grifo, en su mente, respondió:”Ella no tiene salvación. Tienes que hacerlo, o lo destruirá todo.” Assotz, una vez más escupiendo sangre y sintiéndose mareado, gritó para sus adentros: “¡No!… ¡Los tesoros! Puedo salvar a Drierde sin matarla. ¡Voy a hacerlo!”. Assotz corrió y, esquivando los arañazos y dentelladas, logró rodear la creatura. Entonces, detrás del Dragón, Assotz vio lo que parecía ser un altar de hielo. Sobre él, como dijeron las Hadas, había una rosa de Oro y un Crisantemo de Plata. Sin embargo, el Dragón, al darse cuenta de que Assotz había descubierto su debilidad, redobló los ataques, hasta llegar a ser demasiado para el guerrero.

La espada ya no detenía tan bien el fuego, que ahora era mucho más poderoso y lleno de ira. Assotz cayó de rodillas y susurró: –Drierde… No nos hagas esto. Por favor. – El Dragón atacó con aún más fuerza y vigor, haciendo que poco a poco, la espada fuera cediendo. – ¿Realmente, necesitas esto? –, Assotz cayó al suelo, pero notó que el Dragón ya no exhalaba fuego. Si acaso fue por que entendió sus palabras, o solo porque necesitaba volver a respirar… eso nunca se sabrá; lo importante, es que Assotz sacó fuerzas dela flaqueza, se levantó y dando pasos ágiles, llegó al altar e intentó tomar la rosa de Oro.

Justo en ese momento, el Dragón soltó un coletazo con todas sus fuerzas hacia ese sitio, haciendo volar los dos tesoros y a Assotz. Ante su mirada atónita, el Dragón exhaló fuego con todas sus fuerzas contra la rosa de Oro, convirtiéndola en hielo, y pisándola con su pata delantera izquierda, reduciéndola a un montón de escarcha. “No… Esa era la clave.” Assotz pensó en atacar el cuello de la bestia, pero afortunadamente, el Grifo habló: “El Oro no puede ser destruido así, eso no era Oro… solo era brillante. Antes de rendirte, intenta con el Crisantemo.”

Assotz se lanzó con todas sus fuerzas sobre el Crisantemo, al cual logró alcanzar esquivando los ataques del Dragón, a duras penas. Después de unos momentos, logró tomarlo en su mano, aunque justo en ese momento, el Dragón lanzó la oleada de fuego más poderosa que haya exhalado jamás antes. Con sus dos manos, sostenía tanto la espada como el Crisantemo, pero la espada, esta vez, no logró resistir el fuego, partiéndose en pedazos tras un minuto de aguante. Sin embargo, ahora el Crisantemo por si mismo estaba repeliendo el ataque, dando calidez al hielo exhalado por la creatura.

Pronto, el Crisantemo de Plata comenzó a carcomerse, descubriendo que lo plateado no era más que pintura, y que en realidad, la flor estaba hecha de Oro, el Oro más puro y brillante que Assotz hubiera visto. Cuando el Dragón necesitó respirar, Assotz pudo dar un paso atrás, y descubrió que su escudo estaba ahora a sus pies. Así, lo tomó y esperó el siguiente ataque. Assotz recordó las palabras de Leary: “Este escudo mágico te servirá para regresar los ataques del Dragón, causándole daño en el acto.”, y justo en este momento, el Dragón lanzó un arañazo; al chocar contra el escudo, sus garras se quebraron y los huesos de su pata también se rompieron.

Assotz, entonces, tomó un fragmento de la espada rota, y atacó una vez más, lacerando una de las alas de la poderosa creatura. El hombre volvió a tomar en su mano el Crisantemo de Oro, con intención de guardarlo en su ropa, pero el Dragón, con un coletazo, logró herir a Assotz, dejándolo en el suelo. Con otro movimiento de su cola, lanzó el Crisantemo dorado hacia la distancia, mientras el guerrero veía como esa esperanza se perdía entre los bosques lejanos. “Sabes lo que hay que hacer, Assotz.”, dijo el Grifo, “termina con todo esto, ya no existe salvación.” – ¡NO! ¡Aún podemos salvar esto! ¡Por mi honor y mi amor! Vamos, Drierde, ¡reacciona!, no quiero terminar con todo. – Assotz, con lágrimas en los ojos, y fragmentos de la espada en ambas manos, corrió hacia el Dragón, con intención de clavarlos en su cuello.

Entonces, algo inesperado ocurrió… Los rugidos del Dragón, por un momento, se convirtieron en una voz. – ¡Ahora no! ¡Tiempo!–, gritó Drierde desde el interior de la bestia. – ¡Yo…! ¡Puedo…! ¡Vencerlo…! ¡Dame…! ¡Tiempo…! –, el Dragón, con semblante de dolor, levantó el vuelo, lastimando aún más su propia ala, y proyectando a Assotz contra otro cúmulo de escombros, que se enterraron en su pecho, ahora descubierto, poniéndolo al borde de la muerte. – Te lo dije. Hay esperanza. –, el caballero dijo a su animal protector, quien respondió:”Bien hecho.” Assotz se giró para ponerse boca arriba, y vio como el Dragón, volando a duras penas, se perdía en el horizonte. El hombre sonrió. – Adiós, Drierde, se que volverás, y aquí estaré… Te amo. – Por tercera vez, Assotz tosió sangre. – Un placer haberte ayudado. –

El caballero cerró los ojos, pensando en que ese era su final. Sin embargo, cuando los abrió, vio que estaba volando. Enormes garras de águila lo sostenían, y unas alas majestuosas surcaban los cielos sobre él. Assotz volvió a perder el conocimiento, y al despertar, las tres Hadas, una vez más en forma humana, estaban ahí, junto a sus hermanas de sangre. Extrañamente, el guerrero no tenía heridas, y se sentía pleno en salud, aunque con un gran vacío en el corazón. – Debo irme. –, susurró, ante la sorpresa de sus dos hermanas, pero la comprensión de las tres Hadas. – ¡Acabas de volver! –, dijo su hermana menor, Dympna, – ¡No quiero que mueras buscando al Dragón! –

– No, querida. –, dijo Cryda, – Assotz ya no volverá a pelear con el Dragón, pero necesita buscar un tesoro perdido, ¿no es así? – el hombre asintió y hablo: – El Crisantemo dorado, debo recuperarlo y encontrar a Drierde, salvar lo que pueda ser salvado. – Jeanne lloró un poco y le dijo a su hermano, abrazándolo: – No lo entiendo, pero te apoyaremos en todo. – Assotz, no te culpes por no haber vencido tú solo. Recuerda que ni el caballero más poderoso puede vencer al Dragón de alguien más. –, dijo con calidez Leary, y también abrazó al guerrero. Pronto, el abrazo se volvió grupal, y todos los presentes estaban compartiendo el sentimiento. Al sentir el abrazo de sus hermanas y las Hadas, Assotz sintió, de repente, todo el dolor de la batalla. Y no solo me refiero a las heridas, golpes y llagas físicas… Sino al dolor de enfrentar a Drierde, al dolor de herirla, al dolor de ser herido por ella, al dolor de perderla, junto con el la Rosa y el Crisantemo dorado, símbolos de su unión.

Por todo ese día, Assotz se permitió maldecir su suerte, maldecir al mundo y maldecir al Dragón. Sin embargo, al caer la siguiente noche, se puso en marcha. Tenía que encontrar el Crisantemo de Oro, y encontrar a la mujer de Esmeraldas en sus ojos y Oro en su cabello. Ella le había hecho muchas heridas, y él a ella también, pero ahora, tenía que encontrar a esa mujer, y comprobar si, con el tiempo que pidió en la batalla, lograría vencer al Dragón, y junto con Assotz, disfrutar de la Flor Dorada, que aunque ahora esté perdida, está brillando como nunca antes, pues tanto el joven, ahora convertido en un guerrero de armas mágicas, como la doncella cálida de piel de diamante, querían encontrarla y cuidarla. ¿Encontrarán el Crisantemo de Oro? Solo el tiempo nos lo dirá, por ahora… Es cuestión de tiempo.

FIN

DragonFight

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3 pensamientos en “Assotz y el Dragón de Drierde (cuento)

  1. Emmanuel dice:

    bueno

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  2. Samuel dice:

    Agree absolutely. None of the multicultural lefties can ever understand what makes freedom essential.

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