Mis amigos artistas (Cuento de Terror)

En los pueblitos lejanos a la ciudad, siempre hay gente mucho más supersticiosa. Una prueba de ello es mi tía Clara, hermana de mi abuela, quien siempre ha creído en fantasmas, apariciones, espíritus chocarreros y demás ideas poco racionales. No siempre he tenido mucha comunicación con esa tía en específico, pero recientemente su esposo murió, así que la familia se reunió en el pueblo para su velorio, funeral y demás.

Pese a la incomodidad que me iba a causar ver a mis tíos y primos, que seguramente me iban a preguntar cosas como “¿Cuándo te casas?” “Ya estás un poco grande, ¿no?” y demás tonterías, quise ir a verlos, debido a que precisamente el tío Ernesto era muy querido por todos, además de que hacía tiempo que no veía a mis parientes maternos. Además, mis padres estaban trabajando en Estados Unidos, así que yo era el único representante de mi familia en senda reunión de parientes lejanos.

Llegué en mi auto al pueblo por la mañana. El frío de la montaña se hacía presente, y una densa niebla cubría el camino principal, que era una linda forma de llamarle a la línea de terracería que iba de un lado al otro del pueblo, de por si formado por apenas mil o mil quinientos habitantes. Estacioné junto a la casa de la tía Clara, donde vivía con su difunto marido Ernesto, y pasé a saludarla. A pesar de su tristeza, el recibimiento fue muy grato y me dio un abrazo como si fuéramos allegados de toda la vida.

Pasé a ver el ataúd en que descansaba mi tío, en un cuarto cercano a la entrada, donde mi tía había adaptado para poner un altar, flores, fotos, veladoras y demás objetos ceremoniales. Se le veía pálido, cansado. Al menos, según mi tía Clara, murió de un paro cardiaco fulminante durante su sueño. Eso es extraño, ya que mi tío siempre había gozado de buena salud, pero bueno, es la mejor muerte que se puede pedir, al menos en mi opinión. Nada de sufrimientos, llantos, ni nada parecido. Solo tranquilidad. Mi tía notoriamente había estado llorando por horas, así que le dije que lo mejor sería salirnos un par de horas de ese cuarto, para que respirara y se distrajera un poco. Ella aceptó y salimos al jardín.

Ya afuera, ella me invitó un plato de caldo caliente y barbacoa de chivo, que me supieron a gloria y me hicieron sentir en casa. Después, ella notó que yo tenía mucho frío y no traía nada para cubrirme, y me dijo que tenía complexión similar a la de mi tío, que si quería tomar uno de sus abrigos para que no me enfermara. Pasamos al cuarto de los dos, y lo primero que llamó mi atención fue una pila de hojas gruesas de dibujo en un escritorio, en cada una de ellas estaba pintada una persona.

Mujeres, niños, ancianos y demás personas, todas mirando de frente, sin paisaje ni nada detrás de ellos. Lo inquietante eran dos cosas: primero, todos ellos usaban ropa color marrón y estaban muy pálidas del rostro, y segundo, los ojos de todos eran color ámbar con tonos rojizos, y se veían sumamente enojados. La calidad de las pinturas era tal, que incluso parecía que los personajes plasmados estaban viéndote fijamente. Eran quince los retratos, y cada uno se veía más amenazador que el anterior.

Le pregunté a mi tía sobre los dibujos, y ella me respondió que, como yo ya sabía, mi tío era pintor. Pero últimamente había pasado de dibujar y pintar lugares y animales, a pintar esos retratos. Lo anterior a raíz de que volviera de unas vacaciones a un lugar que ella nunca supo cual fue. Me dijo que les ponía mucho empeño e incluso rompía los lienzos si tenían la más mínima falla. Además, no se sabe quienes eran, ni siquiera si eran personas reales. Mi tío los llamaba “Mis amigos artistas”, y llegó a pasar los últimos meses en su estudio, más tiempo que en compañía de su familia.

Mi tía me explicó que su estudio, como le llamaba a la bodega donde pintaba y a veces dormía, estaba separado de la casa, pero en el mismo terreno, así que si yo quería, después podía pasar a ver cuanto quisiera, pero que no entrara solo, pues el ambiente en esa bodega era muy pesado y seguramente mi tío “seguía allí”. Yo asentí con la cabeza, aunque he de admitir que me causó algo de gracia debido a que no creía en esas tonterías de fantasmas, ni cualquier otra cosa paranormal ni supersticiosa.

Después de esa plática sobre mi tío, me preguntó sobre mi vida. Yo no le dije mucho, solo que por fin había terminado de escribir mi primera novela, incluso le regalé una copia. Ella me felicitó, complacida de que hubiera otro artista en la familia. En fin, entre charla y charla, risa y risa, pasó el día muy lentamente, como suele suceder en provincia, entre saludos y más saludos a los parientes que iban llegando, la mayoría de los cuales solo había visto una o dos veces en toda mi vida. Tal vez más, pero igualmente no los recordaba. Yo me quedé cerca de la tía Clara, la cual necesitaba más que nadie de atención. Pronto, la casa estaba repleta de familiares y amigos del tío Ernesto.

Así, ya con todas las personas que se esperaba que fueran en casa, se inició el rezo del rosario. Yo no soy religioso, pero soy de la idea de que si repetir una oración cien veces te hace sentir mejor, entonces es una buena idea hacerlo, así que permanecí serio y callado durante la ceremonia. En fin, casi una hora y muchísimos “Ave Marías” después, se sirvió café bien caliente y pozole, que se cocinó en cantidades masivas para tantas personas que ahí se encontraban. Terminada la cena, mi tía Clara dijo que la misa del día siguiente sería a las 9 de la mañana, y posteriormente iríamos al cementerio para darle sepultura.

Con eso en mente, muchos de los invitados, que también vivían en el pueblo, se despidieron y partieron a sus casas para descansar. Mi intención, y la de muchos otros familiares y amigos, era ir a una ciudad que se encontraba a hora y media del pueblo, para poder dormir en cualquier hotel, pero antes de poder hacerlo, comenzó a llover, a cada minuto más fuerte. Mi tía nos invitó a quedarnos en su casa, ya que con la lluvia y el camino de tierra, transitar hacia la ciudad era difícil, tardado y hasta peligroso.

Sin embargo, éramos alrededor de 25 personas, y la casa no era tan grande. Así que nos dividimos a suertes los cuartos, camas, sillones y espacios donde podríamos dormir. Afortunadamente, mi tía contaba con cobertores suficientes para esparcir como una alfombra en el suelo, de modo que muchos que no alcanzaron cama o sofá, pudieron dormir en el suelo. A pesar de ello, yo siempre he sido un poco… especial, respecto a dormir con tanta gente, y más aún en el suelo. Así que le dije a mi tía que mejor me iría a dormir a mi auto.

Ella no me dejó, y me dijo que me cedería su lugar en la cama. Yo le respondí negativamente, ya que aceptar eso sería muy descortés de mi parte, y recordé el estudio de mi tío, donde el pintaba y también dormía, se lo mencioné a mi tía. Ella no quería dejarme debido a su creencia de que mi tío estaba en ese cuarto, pero mi insistencia la logró convencer, y me dio la llave de su estudio, diciéndome que por favor me cuidara, y que si pasaba algo malo, sin dudarlo fuera a decirle.

Yo tomé una cobija y salí corriendo de la casa, ya que si hubiera atravesado el patio caminando me hubiera empapado completamente, y entré al estudio. El estudio estaba en la parte más alejada del terreno de la casa, y estaba rodeado de muchos árboles, además que pude ver que afuera, tenía un pequeño tapete que decía “Bienvenido”. Escuché que dejó de llover, y encendí la bombilla de la bodeguita, colgada de un cable al centro de la habitación. Había un escritorio con varios bosquejos a lápiz, y algunos lienzos ya empolvados con pinturas de paisajes y demás.

Lo que me sorprendió, fue que en los cuatro muros del estudio, estaban colgados retratos de diferentes personas. Las mismas personas de las acuarelas en el escritorio de su cuarto. Estas pinturas estaban en marcos redondos, y eran más realistas, pero también había ojos ámbar rojizo, trajes marrones y miradas agresivas. Esta vez, de fondo, todos los retratos de los “amigos artistas” de fondo un bosque, y en todos los cuadros era de noche. Sin darle más importancia, vi que en una esquina del cuarto había un catre, donde me acosté e intenté dormir, después de apagar la luz.

Me costó trabajo dormir, ya que se el ambiente si se sentía pesado, de hecho, el estar dentro de la bodega me causaba cierta pesadez y cansancio, me sentía triste y melancólico. Nada raro, seguramente me sentía triste por la muerte de mi tío, que aunque no fuera muy cercano a mi, era de la familia. Me quedé dormido, y desperté después de un par de horas. Vi mi reloj, y eran las tres de la mañana. Volteé a mí alrededor, y pude ver que los retratos tenían miradas más retorcidas, como si se estuvieran riendo y burlándose de mí. Ahora tenían las bocas abiertas, pero no tenían pintados dientes.

Me sentí gravemente asustado, pero volví a acostarme, convenciéndome de que era una ilusión óptica producto del juego de luces y sombras que causaba la única ventana que había en la bodega, justo junto a la puerta. Me quedé dormido, pero volví a despertar. Ahora eran las cinco y media de la mañana. Escuché un murmuro alrededor de mí, y cuando me destapé y pude ver los retratos, quedé aterrado. Ahora, no tenían ojos, sino que las cuencas eran rojas y parecía que lloraban sangre.

Tenían la boca completamente abierta y tenían la lengua salida, como si los hubieran ahorcado. Yo no pude más, y salí de la bodega. Al abrir la puerta, pude ver que el tapete de la entrada decía “Hola, escritor”. Muerto de miedo, corrí de vuelta a la casa, donde afortunadamente, algunos parientes estaban despiertos, bebiendo y charlando sobre mi tío fallecido. Me vieron pálido y me preguntaron el porque, a lo que yo respondí simplemente que tenía frío y eso no me había dejado dormir bien. Charlé y bebí con ellos, olvidándome por un rato de lo acontecido. Amaneció, y despertó mi tía Clara.

Me preguntó que como dormí, y le dije que no pude dormir, no quise decirle de las cosas que vi, ya que eso sería aceptar que ella tenía razón sobre las “presencias” de la bodega, pero si le confesé que los cuadros de mi tío me habían perturbado mucho. Ella se extrañó, y me explicó que apenas hacía dos días había entrado al estudio, y no había ningún retrato colgado en las paredes; además que nadie más había entrado desde entonces.

Sobresaltado, le dije que si, que había pinturas de las mismas quince personas que habíamos visto en su escritorio, y le tomé la mano para que fuéramos a verlas. ¡No podía ser una alucinación mía! Abrimos la puerta del estudio, donde el tapete de la entrada volvía a decir “Bienvenido”, y pasamos. Ella tenía razón, no había ningún retrato. Me miró completamente pálido y me dijo que no me preocupara, que tal vez había visto mal, que tal vez me había confundido con tantas ventanas.

Miré a mi alrededor, completamente ido, y comprobé que además de la ventana junto a la puerta que había visto por la noche, había otras quince ventanas pequeñas, redondas, dispersas alrededor de las paredes, justo en los lugares donde había visto las caras. ¿Qué había pasado? No sabía y no quería saberlo. Me disculpé con mi tía, y le dije que me debía ir, regresar a mi casa. Ella me vio tan asustado que no puso ningún “pero”, así que me dispuse a volver. Tomé mi maleta y la metí a la cajuela, posteriormente subí a mi automóvil.

Entré, y pude ver que en el asiento del copiloto, había una caja de regalo, recargada al asiento. La abrí, y pude ver un retrato de mi tío Ernesto mirando de frente, sin paisaje ni nada detrás de el, vistiendo un traje marrón, pálido del rostro y con los ojos de un color ámbar con tonalidad rojiza. Mi tío, a pesar de también tener los ojos con semblante enojado, tenía una ligera sonrisa dibujada en el rostro, tal y como si acabara de cometer alguna maldad y se sintiera orgulloso de sí mismo.

Busqué en la caja para ver si había algo más, pero no encontré nada. Sin embargo, al voltear el cuadro de mi tío, pude ver algo escrito en la parte trasera: “Eran mis amigos, ahora somos tuyos. Todos somos artistas. Uno los esculpía, otro les componía canciones, yo los pintaba… Ahora, te toca a ti escribirnos. ¡Pero hazlo bien!, porque a algunos de nosotros no les gusta el arte de mala calidad, y pueden, tal vez, ponerse un poco agresivos.”

Cabana

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