Capítulo 1 – Merlín: “La Piedra del Entendimiento”

“Soy un amo de la ilusión, y el antiguo consejero del rey, pero soy también el más idiota. Amo a otra persona más que a mí mismo, he enseñado a mi amada cómo atarme a ella y, ahora, nadie me puede liberar”. Dejando esas palabras detrás de mis pasos, fue que me vi inmerso en una aventura como las que mis compatriotas solo podrían soñar. Corría el año 603 de nuestro señor Jesucristo, cuando cumplía el 8° aniversario de mi encierro en la cueva del lago. Nimue, la que tenía sangre de sirena y belleza de gitana, me atrapó aquí, tras una roca colosal que no he logrado mover, pues no contaba con hierbas adecuadas.

Había buscado una salida de esta caverna por mucho tiempo, pero solo había pasos como para que una rata lograra salir. De hecho, de no ser por eso, no estaría vivo, contando este relato. Ratas de campo y agua estancada me mantuvieron vivo por ocho años, hasta que, de pronto, un derrumbe en un muro de la red de cuevas hizo que encontrara un paso escondido. Famélico y cansado, anduve por el sendero rocoso, hasta que la cueva y el suelo de la misma comenzaron a transformarse en piedra pulida y suelo empedrado.

Caminé por lo que pudo haber sido una hora o diez años, pero eventualmente llegué a un claro, donde vi la ciudad más grande que había conocido. Tal vez incluso más gloriosa que Camelot y con lagos más transparentes que Escocia. Anduve por las calles de esta ciudad, la cual no estaba amurallada, hasta percatarme de algo extraño: a pesar de estar bajo tierra, podía ver el sol, pero no era un sol cualquiera, sino que parecía más cercano, más cálido… como si estuviera dentro de la Tierra.

La ciudad no era de oro, pero los muros eran dorados y de una piedra muy dura y finamente pulida. Había tejados rojos en todos los edificios, y pude ver una alta torre que cubría un palacio a lo lejos. Caminé, sin encontrar presencia humana alguna, hasta poder entrar en él. Yo había leído historias sobre ciudades bajo tierra, ciudades donde podían encontrarse los dioses de la naturaleza y una sabiduría y poder infinitos, pero pensé que todo eran solo cuentos de cuna para los niños.

En oriente, se habla de que ahí viven los dragones, aunque yo siempre pensé que en el mundo, los dragones llevaban mucho tiempo extintos, ya que a pesar de que muchos hombres de Bretaña, Galia y el mundo cristiano pensaban que yo hablaba con hadas, dragones y demonios sorprendentes y aterradores, yo nunca había conocido algo realmente mágico; simplemente conocía las hierbas, sus funciones y así lograba siempre sorprender ampliamente tanto a plebeyos como a nobles.

En fin… crucé las puertas de madera ampliamente abiertas del palacio, para encontrar que estaba a oscuras y sin ninguna antorcha ni fuego a la vista. Solo había una puerta a través de la cual pude ver luz, así que me dirigí hacia allí, con esperanza de que encontrara a alguien que me pudiera decir que estaba sucediendo. Abrí la puerta, y encontré la biblioteca más grande que haya visto. Pergaminos, papiros y demás muestras de escritura se apilaban como montañas, pero había un problema importante: Todos estaban escritos en una lengua desconocida, por lo que me eran inservibles.

De pronto, un crujir en la madera del suelo me hizo voltear la cabeza, y detrás de mío vi a un hombre de altura descomunal, blanco como la piedra caliza y de cabellos plateados. Yo sentí terror en mi corazón, y en posición de atacar le amenacé con mi báculo, el cual todos en Bretaña creían que podía alterar la naturaleza e invocar espíritus. Levanté mí vara diciendo: – ¡Aléjate, insensato! ¡Soy el poderoso Merlín, y puedo acabar con tu vida si me lo propongo! – El hombre alto, sonriendo, estiró su mano y rompió mi báculo como si un hombre cualquiera rompiera una rama seca de árbol.

Comenzó a hablar, pero su idioma era desconocido para mí, así que no pude comprenderlo. Viendo mi rostro confundido, el  alto señaló con su dedo hacía un cofre que estaba en lo que parecía un altar en medio de la enorme biblioteca. Yo caminé lentamente y tomé el cofre, al abrirlo pude ver una cadena de oro, la cual tenía un colgante con forma de una letra “X” rodeada por un círculo, al centro de los cuales había un hermoso rubí. El individuo me hizo ademán de que me lo colocara, y al hacerlo, me dijo: – Muy bien, Ambrosio. Ahora podrás entenderme. –

¿Quién era aquel que conocía mi nombre de nacimiento? Antes de poder preguntarle, volvió a hablar: –Te mueres de hambre y cansancio, “hechicero”. Cruza el pasillo de tu derecha, encontrarás un atuendo de tu gusto, un pequeño comedor y agua caliente para que te asees. Después de ello, te explicaré todas las dudas que sabemos que tienes. – No pude negarme, en verdad que ocho años en una cueva hacen que pierdas la vitalidad.

A pesar de tener casi cien años de edad, mi buen uso de las hierbas, y mi falta de participación directa en las guerras del reino, me han valido de una longevidad casi mística, aunque creo que ahora, recién salido de la cueva, ya aparentaba mis noventa y ocho años. Caminé rápidamente por el pasillo señalado, donde encontré una túnica negra con hombros de cobre, además de un sombrero exactamente igual al que le regalé a Nimue, negro, de pico y que te hacía parecer más amenazante.

¡Ah, la teatralidad! El vulgo, y con vulgo también me refiero a los reyes, son muy fáciles de engañar. Un poco de fuego, rapidez de manos y muchas palabras me hicieron valer tanto como para ser temido, respetado y querido por toda Bretaña, incluso por el valeroso rey del cual me siento muy orgulloso de haber podido aconsejar: el mundo no conocerá nunca un rey tan magnánimo y bondadoso con los justos, así como terrible con los viles, como el gran Arturo Pendragón.

Pero bueno, en el cuarto aledaño a la biblioteca también había un plato lleno de higos, miel y otras frutas, además de una gran y jugosa liebre que al parecer estaba recién asada y bien condimentada. También, ¡ah, regalo de los dioses!, una jarra de aguamiel y un trozo enorme de queso, posiblemente galés, a juzgar por su sabor. Normalmente, era mesurado y no comía más de lo estrictamente necesario, pero después de ocho años de ratas y mugre… di rienda suelta a mi hambre, sed y ansias de comodidad.

Cuando terminé de saciarme, vi que tras un umbral en el muro trasero, había contenedores llenos de agua caliente, con los que me di el baño que tanto necesité. Ocho años de suciedad tardan mucho tiempo en irse, así que después de un par de horas, me vestí, tomé un báculo nuevo que estaba en una esquina de la habitación, el cual, debo decir, era muy elegante con su diseño de raíces y una roca redonda y azul en la punta, y me recosté por un rato en el lecho de plumas mullidas que tenía junto a mi.

Desperté, no se cuanto tiempo después, y salí del cuarto. Extrañamente, la puerta no me llevó a la librería, sino a un gran jardín de pasto verde, donde el hombre que me recibió el día anterior estaba sentado, mirando una fuente llena de peces de colores. – Buenos días…– dije algo asustado ante el tamaño de ese hombre, y el me volteó a ver y habló palabras que no pude comprender. Cuando el se percató, dijo una frase en tono enojado, y señaló hacia la puerta de la cual había salido.

Yo entré, y noté que había dejado el colgante que encontré en el cofre, así que lo tomé y volví a salir. Cuando lo hice, el hombre estaba diciendo varias cosas que no pude comprender. Mientras me lo ponía, el seguía hablando, por lo que solo pude entender la última parte de su discurso:
–…solo así vas a poder entenderme. –

Ya había comprendido, ese colgante, tal vez ese rubí más precisamente, me daba la habilidad de comprender las lenguas extrañas. Desafortunadamente, por más que comprendiera, no conocía su lengua, por lo que me era imposible responder, así que solo dije: – ¿Entiendes mi lengua? – El sonrío y dijo: –No te preocupes, nosotros le dimos el lenguaje a los hombres. Incluso si no te comprendiera, esa roca te hace capaz de hablar cualquier idioma que necesites, según el momento. Así que lo que digas, lo escucharé en mi idioma, y lo que yo diga, lo escucharás en el tuyo.

–Maravilloso, ¿dónde estoy? – pregunté con mucha curiosidad. – Has leído de este lugar en alguno de tus viajes a oriente. Estás en la primera y más grande ciudad del mundo: Shamballá, hogar de los dioses. O bueno, ustedes nos dicen dioses. Así como a ti te decían mago por conocer bien la naturaleza y tu sabiduría, propia de tu edad, a nosotros nos decían dioses por nuestra gran longevidad, y por que nosotros conocemos un poco mejor como funciona el mundo. Tu encontraste por coincidencia una entrada a nuestro mundo, pero claro… Nosotros no creemos en la coincidencia.

Sin entender mucho su respuesta, pregunté como era posible que un rubí lograra hacernos entender mutuamente. Él no dijo palabra y caminó, escoltándome, hacia la entrada por la que yo había venido a Shamballá. Entonces, me explicó. –No es un rubí cualquiera, es la poderosa piedra del entendimiento. – Entonces, me extendió un pergamino que yo comencé a leer. –Mira, este pergamino es el mismo que tú tomaste ayer, pero con la piedra mágica, ahora puedes leer en nuestra lengua. –

Prosiguió hablando: – ¿Grandioso, no? Es triste, el hombre se propuso tan duramente a ser lo único en el mundo, que lo logró. La magia y los seres Naturales ya no viven con ustedes, pero en otros mundos sí. – ¿Cómo? – Pregunté extrañado. – No puedes quedarte aquí mucho tiempo, debes seguir tu viaje y conocer otro mundo, poderoso mago. El destino tiene un plan para ti, algo que escapa de mi pensamiento, pero debes irte hacia esa cueva, la suerte te guiará a donde debes ir. –

Su respuesta me invadió de nostalgia, yo quería volver a Bretaña, volver a ver a Nimue, morir como un anciano respetado en mi ciudad. Sin embargo, me sobresaltó su orden, pues la cueva a la que señaló, era la misma por la que entré a la ciudad y no podía entender como volviendo, podría ir a otro mundo. – ¡Humanos! ¿Por qué se sienten el centro del universo? – Dijo algo exasperado. –Mira, seguro habrás leído que esta ciudad es el centro de los dioses y la magia, precisamente por ello no has visto a nadie más que a mí: porque nadie más quiere ser visto por un humano. –

Yo levanté las cejas en señal de sorpresa, mientras el continuó: – Ahora bien, hijo, lo que solo los sabios iniciados saben, es que este punto es una división entre todas las realidades, todos los mundos en los que mi pueblo, tus “dioses” tienen poder. Son tantos, sin embargo, que no siempre estamos al pendiente de muchos, además de que la suerte, el destino o “Dios”, hacen que las entradas nunca te lleven al mismo lugar. Ayer, el túnel pudo llevar a Bretaña, pero hoy, tal vez lleve a Galia o Roma, incluso a otro continente… o aún más lejos. –

Yo no podía comprender. La literatura antigua menciona muchas veces este saber ancestral, pero es duro pensar que algo es real. ¿Piedra del entendimiento? ¿Portales entre mundos? ¿Dioses? Mi única respuesta fue: –Pero, solo soy un anciano habilidoso con un sombrero. ¿Qué cosa tan importante he de hacer lejos de mi hogar? De veras quisiera volver, mi señor. – Su respuesta me confortó un poco: – Tranquilo, gran Merlín. Puedo ver porciones del futuro, y se que antes de tu muerte, irás a tu hogar; ¡que se aliente tu corazón! Tienes un potencial enorme, incluso mayor a las leyendas que se han creado y crearán en tu nombre, solo debes confiar. –

Y así lo hice. El hombre me regaló la piedra del entendimiento, pues me dijo que la necesitaría, y me despidió en la entrada del túnel en la roca. – ¿Cómo te llamas? – pregunté, percatándome que no conocía el nombre de este “dios”. – Avalon, es mi nombre. Ahora márchate, y que el Creador te guíe en esta nueva gesta, que será la más gloriosa de todas. – Yo sonreí, sostuve con fuerza mi báculo, elevé una plegaria a Cristo, y comencé a caminar. Y así es como comenzó.

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