Perdido (Cuento de Terror)

– Ya vístanse rápido, nos tenemos que ir al funeral. – esas fueron las palabras de mi padre. Hacía tres días solamente, había muerto mi tío y ahora al parecer, teníamos que alistarnos y subir pronto al carro, para poder ir a Azcapotzalco, donde sería el entierro. Mi tío murió de una manera trágica: el alcohol fue su veneno, que poco a poco fue sacándole la vida, hasta llegar al punto de que se alejó de toda la familia y se enclaustró en su casa, donde también vivía mi abuelita aunque últimamente se estuviera quedando en otro lugar, para poder beber a gusto.
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Encontramos su cuerpo el día 26 de diciembre. Mi padre fue a verlo debido a que normalmente, sin importar las disputas, era habitual recibir al menos una llamada suya en Navidad. Abrió el portón del gran patio donde vivía mi tío, con la llave de mi abuelita, y lo cruzó. Al abrir la puerta de la casa, solo vio los pies de su hermano. El estaba acostado en el suelo, tenía una botella a medio beber en la mano y se había caído de la silla en que estaba sentado. Además, era notable que ya tuviera varios días ahí; esto era delatado por la fila de hormigas que recorría su cuerpo y el aroma particular de la muerte, que se aferra en contra de cualquier intento de limpieza.
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En fin… hoy era el día de su funeral, en que, si todo sale de acuerdo a como estamos acostumbrados a que nos digan, se reunirá con Dios, con mi abuelo y con cualquier otro ser querido que hubiera partido en el pasado. La voz de mi padre era muy sombría, lo cual era normal, considerando que recién había partido su hermanito. Sin embargo, escuchaba algo más, como si hubiera un lúgubre pesar que va más allá a cualquier otro. Como sea, todos subimos al automóvil de mi padre: mi madre, mi hermana, mi prima y yo.
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Nadie hablaba, todos lloraban amargamente. Tal vez, muy amargamente. ¿Yo? Me sentía triste, él había sido uno de mis tíos más allegados y queridos, además de mi padrino de bautizo y alguien muy confiable. Sin embargo, considerando los eventos recién ocurridos, me sentía muy tranquilo. Me explicaré por si no me entienden: mi novia… o bueno, mi ex novia, me había terminado hacía tres o cuatro meses, en el momento que hasta el día actual, ha sido lo más terrible que me haya pasado.
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Ella y yo terminamos, y con ello se acabaron la promesa de un matrimonio, una familia y tal vez las únicas cosas con las que me he permitido soñar. Sentía que la vida se me fue cuando ella dijo “Adiós”, e incluso pensé que esa sensación nunca se iría. Fue en mi cumpleaños, a inicios de octubre, que ella se fue, y desde entonces me rehusé a soñar con empeño, reír con empeño, disfrutar con empeño… A vivir con empeño, a ser una persona. Todos los días le pedía a Dios, a la Vida o a quien fuera que me llevaran, y así podría dejar de sentir, con la esperanza de que en otra vida podría encontrarla.
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Hacía un año, ella me había prometido pasar la siguiente Navidad con ella. Podríamos cenar juntos, ver películas, darnos muchos abrazos y hacer el amor; podría hacerla tan feliz a ella como ella me hacía a mi con solo mirarla. Pero las cosas no son como uno las desea, Navidad ha pasado hace ya casi una semana, y no pude ni escuchar su voz. Extrañamente, hoy desperté y me sentía más tranquilo, como si ella, mi familia y las cosas en general hubieran dejado de tener importancia.
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Yo me sentía ido, mientras escuchaba los llantos de mi familia, llantos en honor de un tío muy querido, que se fue antes de tiempo, víctima de las circunstancias. Yo intenté decir cualquier cosa para que se calmaran, ya que siempre soy yo quien, en mi familia, se inventa un comentario gracioso o sarcástico cuando las cosas van mal, para levantar un poco la moral. Sin embargo, nadie prestó atención y todos lloraban… Solo lloraban. Y con razón, mi tío había sido muy querido, y apenas tenía 40 años.
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Llegamos a casa de mi tío, donde se encontraba mi abuelita, para poder dirigirnos a donde sería el funeral. Mi padre se levantó y salió del auto diciendo sin dejar de llorar: –Esperen aquí, voy por mi mamá. – Los demás simplemente abrieron las puertas y se quedaron dentro, para así dejar entrar un poco de aire. A pesar de ser invierno, esa mañana era soleada y bastante cálida. El silencio reinó en el auto por unos segundos, solo siendo corrompido por uno u otro sollozo. Yo me bajé también del auto, ya que normalmente le ayudo a mi padre a cerrar el portón cuando mete el carro a esa casa.
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Me metí al amplio jardín de mi abuela, aunque no vi a mi padre ni pude escucharlo. Los árboles del patio estaban secos, como si la partida de mi tío los hubiera hecho marchitar. El sol dejó de brillar y las grises nubes llenaron el cielo azul. A pesar de que ya me encontraba a varios pasos del auto, escuchaba los llantos de mis familiares cada vez con más fuerza, cada vez más cerca, cada vez más desgarradores y llenos de tristeza, impotencia y tal vez cierto odio. El portón se cerró de golpe en un ventarrón que me sobresaltó, y de pronto pude escuchar a mi abuelita, ya afuera de la casa, aunque no la vi ni escuche pasando por el jardín en que yo me encontraba.
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La voz de ella se quebraba mientras saludaba a quienes se encontraban en el auto, y pronto su llanto se incorporó al coro de lamentos que emanaba de afuera de la casa, pero que yo escuchaba con la fuerza de un taladro que perforaba mi espíritu. Me dispuse a salir del portón y reunirme con los demás. Así podríamos ir al funeral, ellos podrían terminar de llorar y tal vez podríamos superar todo esto, por duro que fuese. Y es que a pesar de que yo me sentía tranquilo conmigo mismo, la situación no podía más que asustarme, nunca había oído llantos tan desgarradores.
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Sin embargo, antes de salir volteé hacia la casa, y pude ver la puerta abierta y la luz prendida. Caminé lentamente hacia la entrada, mientras esos lamentos seguían aumentando y aumentando. Escuché el carro encendiéndose y poniéndose en marcha, pero eso no me importó, pues los sollozos seguían. Entré a la casa de mi tío, justo en el lugar donde fue encontrado, cuando se apagó la luz, dejándome a oscuras completamente, y la puerta se azotó detrás de mí, haciéndome saltar y poniéndome en estado de alerta, con escalofríos en la espalda.
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Tanteé la pared hasta encontrar el interruptor, pero cuando encendí la luz de nuevo… Ya no estaba en casa de mi tío y mi abuela… Estaba de nuevo en mi casa, en la sala de mi casa. Los lamentos dejaron de escucharse en mis oídos, pero podía escuchar que ahora venían del piso de arriba. En la casa no había nadie, y aparentemente ya era de noche, pues por las ventanas solo se podía ver una gran oscuridad y niebla, nada más. El miedo me llenaba y estaba al borde del llanto cuando subí las escaleras y se apagaron todas las luces, excepto la de mi cuarto.
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Caminé, un paso a la vez, hacia la puerta. Cerré los ojos, temiendo encontrar algo que no deseaba ver. Entré y los abrí. En mi cama, me encontraba yo, con los ojos abiertos, inmóvil. Me encontraba abrazando un marco de fotografía, y llevaba la misma ropa que traía puesta yo en ese momento. Tenía lágrimas ya secas en el rostro, y una mirada completamente perdida e inexpresiva. Además, dos arroyos de sangre habían terminado de emanar de mis muñecas. Era yo, y yo estaba frente a mi cuerpo.
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Me arrodillé y no pude hacer más que gritar, uniéndome al coro de llantos y gritos de mi familia. Tomé el marco de fotografía de mis manos muertas, y pude ver una foto de ella, sonriendo y mirando a la cámara; con esa sonrisa tan hermosa que siempre me robó el aliento y esos ojos llenos de fuego en el que me consumí una y otra vez. Sostuve el cuadro con una mano, y con otra abrí las cortinas, deseoso de ver el cielo y tal vez, intentar partir de este mundo. Pero no, afuera de la ventana de mi cuarto no estaba el paisaje habitual; paisaje compuesto por el cielo, montañas y casas cercanas.
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No, ahora había un muro cubriendo la ventana, yo me encontraba atrapado. La luz se apagó, y cuando se volvió a encender, yo estaba en un cuarto completamente negro, amplio, lleno de gente. Mi familia, mis amigos, ella y todas las personas que significaron algo para mi estaban ahí, además de otros desconocidos. Todos lloraban y comentaban vivencias relativas a mí o a mi tío. Miré al centro del cuarto, y pude ver dos féretros. Junto a uno, estaba mi tío, de pie, llorando y mirando hacia mí. No dijo nada, solo levantó su mano en señal de despedida, y dio la media vuelta, desvaneciéndose en el aire.
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Tal vez yo debía hacer lo mismo, partir y dejar ir el pasado. Aun tenía el retrato de ella en mi mano, así que lo sostuve nuevamente, lo besé y le dije: –Tranquila. Te amo, te encontraré el la próxima vida. – lo abracé, miré a mi alrededor, notando que poco a poco los llantos de hacían más tenues y las personas se veían mas lejos. Miré de nuevo al cuadro, y me centré en sus ojos y el fuego que los llenaba. Tal vez vi con mucha fuerza, pues ese fuego de pronto salió de la imagen y comenzó a encenderse a mí alrededor. Sin saber que es lo que pasaría, cerré los ojos, dejé que mi alma se fuera y permití a sus ojos, llenos de fuego, que me consumieran por última vez.
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Entonces, me quedé solo.
No había llantos, dudas ni temores.
No estaba ella, ya ni siquiera estaba yo.
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Solo oscuridad y silencio.

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