Capítulo 1 – Segrand: “Una Tarde Exitosa”

Un adelanto más de la poderosa novela medieval. Espero les agrade mucho. ¡Se aceptan sugerencias!
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– “Algo grande se está gestando en el plano etéreo. Algo tan grande, que posiblemente embarcará a grandes héroes, de esta y otras tierras, en una batalla que decidirá el destino del Mundo.” –
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Segrand despertó. Otra vez ese sueño. Una hermosa, pero mayor mujer, vestida de negro, con lágrimas en los ojos, repitiendo desconsolada eso una y otra vez. – ¿Bueno, y yo que carajo tengo que ver en cualquier batalla heroica?– dijo al viento, – ¡Lo más heroico que he hecho, ha sido mantenerme sobrio durante toda una semana!–
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Por la luz del día, no podía haber pasado mucho tiempo desde el ocaso. Dio revista al cuarto: Lecho de paja, tres mujeres hermosas y desnudas durmiendo, ropajes esparcidos por el piso del cuartucho; botellas, copas y cuernos de vino y ron regados por doquier, eso si, todos vacíos. Al parecer, había sido una tarde exitosa, como muchas en los últimos tiempos para el príncipe Segrand Valysse.
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–No es propio del maldito hijo del Emperador, portarse como un mercenario de poca monta, Segrand. – Estas palabras le habían sido repetidas tanto durante los últimos meses, que ya ni siquiera le causaban gracia. Tanta. ¡Segrand Valysse, hijo del poderoso Falgred Valysse, alcoholizado y rodeado de putas en la taberna! Habrá que admitirlo, el solo pensamiento del padre de Segrand enterándose de sus hazañas vespertinas, le parecía casi tan delicioso como lo que le habían hecho las damas hacía un par de horas.
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Como sea, era tarde y a la caída del sol tenía que tomar clase. A pesar de que no tuviera respeto por las mujeres, a su madre si que la respetaba, y ella le había suplicado que no dejara sus clases, que el podría heredar el reino en el futuro y que necesitaría conocer más que el sabor de todos los vinos del reino. Además, la última vez que pudo conversar con su madre, ella le dijo que deseaba que fuera un hombre de bien, y que aunque se divirtiera como cualquier otro hombre, nunca dejara de cumplir sus deberes ni de tener ese corazón puro que tanto caracterizaba a Segrand, así como a la reina Dionne.
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La reina, desafortunadamente para los Valysse y para muchos súbditos del reino, apenas hacía un mes, había muerto víctima de una enfermedad extraña y desconocida. Algunos apuntaban a que murió envenenada, pero la reina era tan querida por todos, tan benevolente y tan agraciada, que es casi imposible pensar en alguien que hubiera deseado mal para una tan bien amada gobernante de Valhyos.
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Segrand, a pesar de que las mujeres estaban inconscientes, puso unos Blancos de oro en una pequeña bolsa y la dejó en el buró de madera podrida que estaba en el cuarto. Como se ha dicho: Segrand era un vividor, pero tenía honor en lo más profundo de su ser, y siempre pagaba lo que debía.
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Salió de la taberna a toda prisa. Las calles de piedra de Valhyos estaban desiertas. Dentro de sus sentidos disminuidos por el alcohol, Segrand recordó que desde que los augurios comenzaron, casi nadie salía a la calle después del ocaso, amenos que fuera absolutamente necesario. En la opinión del príncipe S. Valysse, eran un montón de campesinos supersticiosos, asustados de un par de bromistas… nada más que eso.
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A pesar de eso, tenía que decir que los augurios, a pesar de que el no los había escuchado de primera mano, sonaban muy lúgubres: las personas de la ciudad contaban que, cada noche, al caer el sol, sonaba un silbido por las calles de Valhyos, un silbido burlón, amenazador, pero lo más importante, un sonido petrificante. Lo aterrador no era el silbido, sino los lamentos que lo acompañaban.
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Después de pasado el silbido, comenzaba a sonar una legión de personas gimiendo, llorando y lamentándose, como si se hubiera abierto una puerta entre el mundo de los muertos y el de los vivos. Nadie había desaparecido ni muerto desde que comenzaron las señales, pero siendo tan supersticiosas, las personas han preferido mejor esconderse, que arriesgarse a ver que las estaba ocasionando.
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Lo único que Segrand si había visto, fue el rayo. La primera noche que comenzaron los augurios, fue cuando comenzaba la época de calor insoportable. No habían ocurrido lluvias hacía un mes, pero de pronto, de la nada; el cielo se nubló y oscureció completamente en poco menos de una hora. Entonces, un único rayo cayó sobre el gran templo del Creador, iluminando momentáneamente toda la ciudad en un espectáculo siniestro que paralizó y desconcertó a las masas.
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No hubo lluvia, no hubo más rayos. Después de eso, esa misma noche, comenzaron los silbidos y lamentos en toda la ciudad, y se han presentado cada día desde entonces, a la caída del sol. Se iba a cumplir un mes desde entonces, justo en el momento en que Segrand salió de la taberna hacia su hogar.
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Los sacerdotes Puros, ese grupo de charlatanes, en opinión del príncipe, solo decían que la esfera de presagios era una advertencia del gran Creador de Todo, que estaba exigiéndole a sus seguidores que se arrepintieran de sus faltas, deudas, pecados y perversiones, que tanto estaban llevando a la gran ciudad de Valhyos, antaño capital del gran imperio Azarkita, al caos, la ruina y la peste.
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Ellos decían que el hecho de que el rayo hubiera caído sobre el templo, era una señal inequívoca de que se trataba de un mensaje divino. Sin embargo, en los más oscuros rincones de Valhyos, la secta de los Robles Negros no dejaba de pregonar por las esquinas, que estas señales y presagios, no eran más que augurios de que Brivar-Tal’el había regresado, y con el, la gloria antigua del imperio de Val Hyorwan, aquel que construyó la ciudad sobre los cráneos de los salvajes hace ya varios siglos.
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Para los infames Robles Negros, el rayo era la señal se que había que destruir a los líderes actuales y corruptos, para formar una sociedad más pura y bondadosa de las cenizas de la anterior. Como sea, ya fueran señales traídas desde el cielo por el Creador, o por Brivarti, a las personas del sector de las Ratas, llamado así por sus constantes plagas de roedores, no les preocupaba más de lo que les interesaba un simple hecho: Sobrevivir.
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Y es que en esa zona de la Antigua Capital, las muertes de niños y ancianos por hambre, frío, o peste, eran tan frecuentes, que incluso las voces más exageradas decían que cada que subía la marea, la población bajaba. Y a pesar de que pueda sonar exagerado, bien dicen que las mayores verdades de una sociedad, se encuentran en las bocas de las mayorías ignoradas por las minorías gobernantes.
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Segrand conocía los mitos y las preocupaciones de las personas más alejadas a la realeza, debido a las pláticas que tenía con su mejor amigo. En este barrio de las Ratas, vivía el, Necdrus Vesille, un joven que, a pesar de ser de una familia cercana a la nobleza, vivía en el barrio más pobre de la ciudad. Lo anterior es debido a que al cumplir la mayoría de edad, decidió unirse a los Puros y dedicarse a educar, alimentar y velar por los más necesitados.
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Segrand pensaba que Necdrus, a pesar de ser uno de los pocos Puros que de verdad querían el bienestar de los marginados, perdía su tiempo con ingenuidades. Y lo peor de todo es que incluso hizo un voto de castidad, con lo que renunció a lo que, según Segrand, era lo que más acercaba a los hombres al cielo. Sin embargo, Necdrus siempre le recordó a Segrand ese idealismo y afán de salvar el mundo que tuvo años atrás, por lo que valoraba y apreciaba mucho a su amigo el sacerdote.
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Tras unos minutos de caminata, llegó a la puerta de la pequeña casa de Necdrus. Tocó la puerta de madera maltratada, y quien le abrió fue una anciana de rostro benevolente y arrugado, quien le dijo con lentitud y confianza, propios de los ancianos, que el joven sacerdote había asistido a una gran cena que se iba a celebrar en Palacio. – ¡Por Brivarti!–, exclamó Segrand, – ¡Olvidé la cena de mi hermana! –
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Segrand no podía creer que sus fiestas personales le hubieran hecho olvidar el hecho de que esa noche, se tenía planeada una cena en que se haría oficial el compromiso de la princesa Felicia, con algún joven de casa noble que no recordaba. Se aprestó a correr hacia el palacio, cuando un escalofrío recorrió toda su espalda. Una ráfaga de viento hizo que volara su sombrero de capitán, pero eso no fue lo que lo paralizó. Un silbido se escuchó a lo lejos; era un silbido burlón, amenazador, pero lo más importante, un sonido petrificante.
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El le rezó al gran creador de Todo, rezó a Brivar-Tal’el, rezó a todos los dioses desconocidos y conocidos por el hombre al mismo tiempo cuando el silbido amainó y fue seguido por unos lamentos dignos del mismísimo infierno. Vio unas sombras a lo lejos, del otro lado de la calle principal. Segrand corrió, corrió y siguió corriendo como si se le fuera la vida en ello. Después de cruzar cuatro calles con una velocidad muy alta para alguien que ha ingerido tanto alcohol, se escondió entre los arbustos de una casa.
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–Bueno, con razón esos campesinos supersticiosos prefieren esconderse de noche, ja, ja – Dijo Segrand, quien siempre intentaba tomarse todo a la ligera, aunque en realidad los problemas y las personas le importaban más de lo que a él mismo le gustaría admitir. Su corazón se tranquilizó cuando los lamentos dejaron de oírse, y no parecía que hubiera rastros de personas, sombras, espectros, dioses ni ningún ser vivo alrededor.
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El intentó convencerse de que ya estaba tranquilo mientras salía de los arbustos y reanudaba la marcha, aunque no podía evitar caminar cada vez más rápido a lo largo de las calles de Valhyos, que se despedía de los últimos rojizos rayos del atardecer, mientras Segrand ahora corría una vez más hacia la comodidad y la seguridad del Palacio.
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En este punto el Sol ya se había escondido, así que Segrand se apresuró aún más para llegar, tan rápido como pudiera a su hogar y cambiarse, perfumarse e inventar alguna excusa sobre porque se desapareció todo el día. Estaba cerca de la entrada del hermoso y lleno de flores jardín de Palacio, cuando sintió un fuerte golpe en la cabeza.
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Antes de que sus ojos se cerraran, pudo ver a tres personas con túnicas negras y un emblema color café que no recordaba haber visto en su vida. Antes de caer al suelo, pudo escuchar a uno de ellos diciendo: – ¿De verdad este vago es a quien estamos buscando?– Antes de quedar inconsciente, Segrand Valysse, hijo del gran emperador Falgred Valysse y heredero del mandato de la ciudad de Valhyos, pensó: –Si. Claro, ja, ja, ja. Una tarde exitosa. –
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