El juego (Cuento)

Sonó el silbato. Era un sonido tan fuerte que me hizo zumbar los oídos. Vi a mí alrededor, estaba en mi campo, mi templo… mi casa. El marcador, no lo sabía y no importaba. Desde afuera del campo, el coach gritaba indicaciones y mandaba jugadas. ¿El equipo rival? Su uniforme era desconocido, negro con dorado, los números escritos de un rojo vivo parecido a la sangre, su brillo era similar al del Sol en el atardecer.
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El coach pidió tiempo fuera y alzó la voz. — ¡Cabrones! ¡Es el último cuarto, da el último esfuerzo! ¡Todo o nada! ¡Con el corazón! ¡Como si se les fuera la pinche vida! — Sus palabras nos hincharon de ánimo. Tras escuchar, avanzamos al centro del campo y nos colocamos en posición. La danza de cascos, hombros, golpes, gritos y polvo era tan grandiosa como siempre, pero estaba cansado… Mi pecho dolía y los golpes caían en mí como martillos, pero nunca ha sido propio de mí salir sin pelear un poco más, así que continué.
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Sonó el silbato. Eso solo podía significar que quedaban dos minutos de juego. Miré a mi alrededor, algo no iba bien… Hacia unos minutos la tribuna estaba a reventar, ahora apenas quedaban personas. Las luces del campo palidecían, y el fulgor de la Luna Llena, la luz más brillante en ese momento, iluminaba el campo, dándole un cariz más siniestro.
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De pronto, se alzó una nube de humo y polvo, y mis compañeros y rivales por igual parecieron convertirse en sombras a mí alrededor. La tormenta de tierra los acariciaba, convirtiéndolos en arena y desvaneciéndolos ante mis ojos. Casi todas las personas se desmoronaban a diestra y siniestra.
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Sonó el silbato. Ya no había árbitros, tribuna ni coaches, pero aun así sonó. Diez, quedaban 10 segundos de juego y solo 10 jugadores por cada equipo. Sin saber porque, y a pesar de la situación, nos colocamos en posición. Tal vez pensamos que cuando el juego terminara, también lo haría esta pesadilla. Nos alineamos y el Mariscal dio voces…
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—Listos… Down. ¡Set! ¡HUT!
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El grito de guerra fue seguido de un estruendo y un bizarro espectáculo. Al chocar los cascos, propios y extraños se convertían en arena, como hace algunos momentos ocurría. Todos chocaron unos contra los otros y se desvanecieron ante mí. Todos excepto uno.
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En el extremo opuesto al que yo me encontraba, un jugador rival me veía. En vez de números, tenía unas llamas dibujadas en su uniforme. Vi que el balón estaba a mis pies y lo recogí. El corrió hacia mí y yo hice lo mismo. Mi pecho ardía cada vez más, mis músculos estaban molidos, mi garganta estaba seca y llena de tierra, pero corrí.
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Sonó el silbato. Un silbato proveniente de ningún lugar y con un sonido ahogado que me hizo temblar por dentro. Sentía que nuestros pasos hacían temblar el campo… o lo que quedaba de el. La luz de la Luna era cada vez menor, ahora el campo era una gran sombra, y lo único que iluminaba eran las llamas grabadas en su jersey, unas llamas brillantes y cálidas.
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Gritó — ¡Eres mío! — y sonrió. Yo también sonreí y aceleré el paso. A pesar del panorama tan confuso, siempre he disfrutado de un buen golpe, y mi extraño rival parecía ser fuerte, tal vez demasiado fuerte. Chocamos y nuestros cascos se rompieron en el golpe más doloroso que haya sentido. El cayó, y al tocar el suelo, su cuerpo se deshizo, convirtiéndose en polvo, apagando la luz de las llamas.
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La inercia me hizo caer a mí también, pero donde antes estaba el campo, ahora solo había oscuridad y un abismo sin fondo. La oscuridad me abrazaba, mientras sentí mi cuerpo cada vez más adolorido y cansado, comencé a perder el conocimiento. ¿Esto sentían los demás cuando se convertían en arena?
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Sonó el silbato. Era un sonido tan fuerte que me hizo zumbar los oídos. Yo seguía cayendo, cuando me di cuenta de que el sonido comenzaba a cambiar, transformándose en una sirena. Caí, caí y aterricé en una cama. Mis hombreras, fundas, jersey y casco ya no estaban. Confundido, abrí los ojos.
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— ¡Despertó! — Dijo Alberto.
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Yo no comprendía… — ¿Qué? ¡¿Dónde estoy?!
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— Ya casi llegamos al hospital, no te preocupes. — Me contestó Fernando.
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— ¡¿Hospital?! ¡¿Qué me pasó?!
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— Ya, déjenlo respirar. — Dijo el hombre de blanco. —Es normal que no recuerdes, chico, pero pronto lo harás. — El notó la duda en mi rostro y prosiguió. — Mira, hubo un accidente. Tus amigos salieron sin problemas, pero, por como ocurrió el choque, solo tú te llevaste la peor parte. De hecho, te perdimos por un momento. Yo creía que ni con los desfibriladores íbamos a lograr sacarte. Bueno, gracias a Dios, estás vivo. ¡Incluso consiente! A decir verdad, no entiendo como es esto posible.
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Beto se veía aliviado y dijo: —Si hombre, ahora descansa, mejor duerme. Ya vamos al hospital, vas a estar bien y no hay falla. ¡Uff! ¡Dios te ama, brother!
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— ¡No, que! — Respondió Fernando. —Ja, ja, ja, conociendo aquí al compadre, ¡seguro que fue al infierno y le pasó por encima a la muerte!
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(Si, yo se, no es la mayor obra maestra que he hecho, pero igual me divertí escribiéndolo y es de mis primeros cuentos, así que es muy valorado por mi)
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