Sábado por la Tarde (Cuento de Terror)

Estás sentado, o sentada frente a tu computadora, en un acostumbrado rato de ocio. Miras las actualizaciones de tus amigos, revisas tus correos nuevos y no ves más que las mismas cosas de siempre. Algunas imágenes graciosas, publicaciones sin sentido, correo basura, publicidad y demás. Pasan las horas y tu aburrimiento aumenta, así que pones música. Tu música favorita, ¿Algo instrumental, o con vocalista? ¿Algo armonioso, o más bien estruendoso? No se, es tú música favorita, tu decide.
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El sol está cayendo, como puedes ver desde la ventana cercana a la que estás. La luz no es amarilla como durante el día, ni hay oscuridad como en la noche, sino que entra una ligera iluminación rojiza, anaranjada, propia de esa hora del día que no es ni día, ni noche, sino algo más. Necesitas aire, te sientes con cierta pesadez y sofoco, así que abres la ventana de par en par, descubriendo así unas pocas gotas que golpean contra el suelo, los autos, las casas y las personas que van caminando en la calle.
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La llovizna cae, y te abstraes por unos minutos mirándola fijamente, como si nunca lo hubieras hecho antes. La brisa, en comunión con la música, te relaja, poniéndote en un estado de armonía con tu propia persona. Pero la música deja de llamarte la atención, deja de ser importante, así que mejor enciendes el televisor, con ganas de no pensar y seguirte distrayendo, ya que esta tarde precisamente, no tienes nada que hacer y buena falta te hace pasar una tarde y una noche haciendo absolutamente nada.
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Así, cambias de canal una y otra vez, buscando algo lo suficientemente interesante como para perder el tiempo mirando: telenovelas, documentales, caricaturas, películas, deportes… nada te llama la atención. ¿Por qué? ¿Es que deberías estar haciendo otra cosa? ¡Quién sabe! Eliges un canal donde están transmitiendo una película, esa que tantas ganas tenías de ver, pero que por una u otra razón, no habías podido. ¿Es una película romántica? ¿Tal vez una película de acción? ¿Qué actor sale?
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No importa, miras la película con comodidad desde tu sofá, tu cama, o donde te sientes mejor, cada vez con más atención en la trama, hasta que dejas de notar todo a tu alrededor. De pronto, se corta la película, pero no por comerciales como suele suceder, sino que aparece el presentador de noticias que normalmente vez, se le ve algo alarmado y comienza a hablar: –Interrumpimos la programación por un anuncio importante. – El presentador explica que un reconocido asesino serial norteamericano escapó de la prisión Estatal de California, huyendo con rapidez y habilidad a México.
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Aparentemente, el quiere ir cada vez más al sur, tal vez para desaparecer en algún punto de Centro o Sudamérica, pero no tiene dinero, así que va a paso lento por todo el país. Ahora viene lo importante: la última vez que alguien lo vio, reconociéndolo por fotografías brindadas por la policía Americana, fue en la zona centro del país, y más precisamente, a un par de calles del lugar en que te encuentras en este momento, mientras mirabas esa película. Y el problema no era ese, sino algo aun peor.
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Según los psiquiatras de la prisión en que estaba, el asesino tenía fuertes trastornos mentales que apenas eran tratables incluso con medicamentos, por lo que en cualquier momento podría volver a matar sin importarle el riesgo de ser capturado. En cualquier momento… La transmisión extraordinaria termina con una fuerte sugerencia de no salir al anochecer, y la película que estabas mirando continua, pero ya no logras prestarle atención como antes. ¡Un brutal asesino prófugo, probablemente paseándose por tu colonia!
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Ese pensamiento no te deja en paz, pero sigues intentando forzarte a terminar de mirar la televisión por un par de horas más. Por una u otra razón, te encuentras en soledad en tu casa. Todos los demás están fuera; tal vez en una fiesta, tal vez en casa de algún pariente o amigo, tal vez de vacaciones en algún lugar. Pero la soledad te asusta, así que llamas a alguien, para poder así pasar el tiempo y despejar la mente, pensar en otra cosa. ¿A quién llamas? ¿Un amigo? ¿Un pariente? ¿Tal vez a tu pareja?
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No se, pero tomas el teléfono y le pides a esa persona que venga a tu casa a pasar la noche perdiendo el tiempo, a lo que responde afirmativamente, pues te escucha algo mal, y piensa que te hará bien la compañía. Puede que normalmente no seas de las personas que se asustan con facilidad, pero esta noticia…tiene algo especial, algo que de verdad te causa nerviosismo y no te deja pensar en paz. Si, cuando llegue la persona que invitaste, te sentirás mucho mejor. Mucho, mucho mejor.
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Pasa un rato, hasta que te das cuenta de algo importante: ya anocheció, y tu luz está prendida. Si hay alguien buscando una presa ahí fuera, tal vez esa luz le haya llamado la atención. No, no puede ser. Sin embargo, apagas las luces de tu casa y te encierras en tu cuarto. Solo entonces descubres algo peor: llamaste a alguien para que fuera a tu casa, de noche, con un asesino rondando la colonia. ¿Qué hiciste? Llamas a su celular. La otra persona contesta, diciéndote que ya está a dos calles de distancia, pero que pasará a una tienda a comprar botanas para pasar la noche, que no te preocupes.
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Tu te relajas y vuelves a encender la luz, poniendo un poco de música relajante para calmar esos nervios, que tan alterados se encuentran en este momento. Pasan los minutos, veinte para ser precisos, y tu invitado no llega. ¿Qué habrá pasado? Tal vez las tiendas estaban cerradas, tal vez mintió al decir que ya estaba cerca y apenas iba saliendo de su casa… cualquier cosa puede estar pasando. Cualquiera. ¿Y si…? Vuelves a llamar. Suena, suena, suena, pero no contesta. Te alarmas y vuelves a llamar.
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Nadie contesta, así que mandas un mensaje de texto: “¿Dónde vienes? ¿Todo bien?” A los pocos minutos llega una respuesta: “Todo bien, ya llegué. Ábreme.” Esa respuesta, dentro de todos tus nervios y alarmas, te causa cierta paz, así que rápidamente vas a la puerta de la entrada, para así abrir y poder estar en compañía de alguien más durante esa noche tan extraña, tan oscura, tan aterradora. En ese momento, tú agarras la manija de la puerta con toda la disposición de abrirla, pero pronto un pensamiento pasa por tu mente y la inunda. La respuesta que te envió fue algo extraña, ¿no?
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¿Por qué no respondió las llamadas, pero si el mensaje con tanta rapidez? Tal vez lo mejor sería no abrir la puerta… Dices en voz alta: – ¿Estás ahí? – para saber si realmente quien invitaste se encontraba del otro lado. Pero no hay respuesta, o más bien, no escuchas su voz. Se oyen tres golpes secos y fuertes en la puerta, seguidos de un quejido que parece ser de dolor, pero no puedes saber a ciencia cierta. No puedes evitar dudar de quien está afuera de tu casa. Vuelves a preguntar: – ¿Quién es? – y la respuesta es la misma, tres golpes fuertes contra la puerta de tu casa.
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Algo no andaba bien. Pero afortunadamente, la puerta tiene una mirilla, por la que podrías ver al otro lado sin exponerte a nada. Te acercas a la puerta y miras por el pequeño orificio. Puedes ver a esa persona que invitaste, pero solo puedes ver su rostro por lo pequeño de la mirilla. Se ve con algo de miedo, tal vez también se encontraba de nervios por la noticia de la televisión. También tiene algo de palidez, como si tuviera tanto miedo que se quedó sin habla y por eso no podía responder con palabras. Con eso en mente, abres la puerta, y lo que puedes observar es lo siguiente:
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Ves fijamente el rostro de tu invitado, o más bien… la cabeza cortada de tu invitado. El rostro está pálido, pues está muerto. Se le ve asustado, pues con esa emoción fue que murió. Un hombre, de unos dos metros de alto estaba colocando la cabeza frente a la mirilla, y puedes ver su rostro. Una amplia sonrisa siniestra se dibuja en su rostro y sus facciones, afiladas como cuchillos apuntan hacia ti. Puedes ver un hilo de saliva cayendo de sus labios, como si de un perro hambriento se tratara.
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Trae puesta una gruesa chamarra de color amarillo pálido, teñida de una delgada línea de sangre que va de costado a costado, y cuando logras observar con más detenimiento, puedes ver a tres pasos de distancia, detrás de él, a un cuerpo sin cabeza, yaciendo sobre un espeso y grande charco de sangre. Tienes miedo, pero no puedes moverte. El hombre te ve fijamente, lleno de sed y rabia, y saca de su chamarra un puñal ya lleno de sangre. Tu cuerpo reacciona, pero ya es demasiado tarde. Das tres pasos, hasta que el dolor lacerante en tu costado hace que caigas de rodillas al suelo.
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Tus ojos aun no se cierran, y puedes ver al hombre parándose frente a ti, primero sonriendo, luego emitiendo una risa silenciosa que cada vez se vuelve más y más fuerte. Atraviesa con su cuchillo una y otra vez tu cuerpo, mientras tú piensas una multitud de cosas y recuerdas a una multitud aun mayor de personas. El hombre termina de apuñalarte, y con una amplia sonrisa, se aleja caminando y tarareando una canción. Segundos después, escuchas una sirena acercarse, y una patrulla policiaca se estaciona cerca de ti.
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Tal vez tú gritaste sin darte cuenta, tal vez tu invitado gritó y no escuchaste, tal vez un vecino miró algo y llamó a la policía. Pero como sea, nada de eso importa. El asesino se había ido, y tú estás muriendo. Piensas: “Llegan tarde”. Mientras escuchas los pasos de tres uniformados acercándose a ti, y tus ojos por fin, terminan de cerrarse. Por si te importa saber, el asesino volvió a la prisión de la que salió, y fue condenado a la inyección letal. Espero que eso te ayude para sentirte mejor con el hecho de que… bueno, ya no estás con vida.
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PD: La verdad no supe como adaptar el hecho de que el asesino estaba en el centro de México, para que se pudiera leer de manera más “universal”. Si alguien pudiera ayudarme con eso, sería épico. ¡Buenas noches!
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