La presentación de danza (cuento)

Un día de noviembre de 2010 para ser precisos. Nada fue igual desde ese momento, y por eso la importancia de inmortalizarlo.
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Era un día de noviembre. El clima era molesto, muy caluroso bajo el sol y muy frío a la sombra. Me quedé de ver con mi amigo en un puente peatonal a las cinco de la tarde, ya que una mujer muy cercana a mi me había invitado a una presentación de danza y le supliqué a él que me acompañara, para no regresar a mi casa solo en la noche.
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— ¿Qué sientes por ella? — Me preguntó Fernando. Él, mi mejor amigo, sabía que yo nunca había querido completamente a ninguna mujer (incluso, bromeando, solía llamarme “hombre de hielo”), pero tenía la esperanza de que eso cambiara algún día lejano. Ella, ella era especial, era hermosa y teníamos conversaciones muy agradables, pero yo no diría que despertaba en mi gran cosa. Bueno, supongo que se puede decir que la quería, pero yo prefería no pensar en el tema. Aunque he de admitir, que incluso entonces, me encantaba estar cerca de ella.
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— Nada. La quiero, eso creo. No sé. —, le respondí un poco nervioso, mientras abordábamos el taxi hacia donde era su presentación. — No sabes si la quieres, ¿y por eso vas a verla bailar, te pones camisa, zapatos y toda la cosa? Si, claro. —, Respondió. Yo hice caso omiso a su comentario y le di indicaciones al chofer.
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Bajamos del auto en el lugar de la presentación. Era un club deportivo muy elegante, con canchas de voleibol, soccer y otros deportes. El recital de danza tendría lugar en el gimnasio de baloncesto, y empezaría en una hora, así que caminamos un rato hacia cualquier dirección, solamente para matar el tiempo.
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Yo tenía la fe de que encontráramos un vendedor de flores, de los que no pueden faltar afuera de las presentaciones y festivales escolares. Afortunadamente encontramos uno, que ya estaba cerrando su puesto. Compré una docena de rosas rojas y se las encargué a Fernando, ya que mis manos son muy torpes y podrían estropearlas. Seguimos caminando.
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Cuando llegó la hora, encontramos un lugar en las gradas del gimnasio y comenzamos a ver la presentación. Hubo de todo, grupos de niñas bailando jazz, adolescentes bailando hip hop, incluso había un niño pequeño que imitaba a Michael Jackson (que estaba aun más de moda que lo usual, pues no tenía mucho tiempo de su muerte) que nos sorprendió a todos por su habilidad. Mi mejor amigo y yo aplaudimos, echamos porras y gritamos. Yo, porque estaba nervioso de verla y me sentía eufórico. Él, porque siempre me hace segunda y el ambiente era muy relajado.
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Pero bueno, finalmente, el grupo de danza árabe inició su presentación. Si dijera que su número fue bueno o malo, estaría mintiendo: no lo vi. Lo único importante, era ella. El resto del mundo había desaparecido y solo podía verla a ella. Sus velos, sus manos, su cuerpo, su sonrisa… Cuando nuestros ojos se cruzaron, sentí algo que nunca había sentido: como si ella me hablara con el lenguaje de su cuerpo y yo comprendiera cada palabra. Como si ella hubiera derribado los muros que había creado tiempo atrás para protegerme del mundo, y ahora estuviera vulnerable, pero más fuerte que nunca.
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La música establecía un ambiente místico que hizo que mi mente volara y mis sentidos se agudizaran, lo cual me permitió mirarla con más detenimiento que nunca antes. Ella siempre ha sido hermosa, lo se. Sin embargo, verla a media luz, fluyendo con la música y embriagado de su belleza, me hicieron  notar su verdadera naturaleza.
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Ella era un ángel, de esos que abundan en las historias antiguas y que yo no pensé que existieran. Era la personificación de todos mis deseos y sueños, era simplemente ella. La música terminó. Ella  caminó fuera del escenario, acompañada de todas sus compañeras. La razón volvió a mí, regresé al mundo. Comencé a aplaudir tan fuerte que me ardieron las manos, y a gritar tan fuerte que mi garganta dolió. Mi amigo se rió al ver el rojo que coloreaba mi cara, y los suspiros que salían a montones de mí. Sin que me diera cuenta, terminó el recital, así que me dirigí hacia afuera del gimnasio con Fernando.
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No caminamos mucho hasta toparnos con ella. Yo caminé más rápido, le sonreí y le di las flores. Pude ver como sus ojos se iluminaron, me agradeció y luego me presentó a sus padres y hermanos. Por mi parte, le mostré a Fernando. La felicité, le dije que me encantó su baile y charlamos un rato antes de llegar a la entrada del estacionamiento. Ahí, dijo: — Bueno, yo me tengo que ir hacia allá—, y se acercó a mí para despedirse.
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Entonces, ella me rodeó con sus brazos y estrechó contra su cuerpo. Su aroma me intoxicó de una manera tan sublime, que juraría que morí por un segundo y conocí lo que era el paraíso y toda su gloria. Su cintura, ahora entre mis brazos, era delgada y suave, cálida y perfecta. Mis dedos juguetearon con su cabello, que al tacto, era más suave que las nubes de un día en primavera.
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Sentí sus pechos contra mi cuerpo, y a mi llegó algo parecido al deseo. No el deseo vano que se experimenta todos los días, sino una especie de entrega perpetua y total, como si ella y yo fuéramos distintos cuerpos con el mismo fin. La misma alma y aliento. Hundí mi rostro en su  cuello y lo besé lentamente. Mientras sentía como su espalda se arqueaba y erizaba, aspiré cada fibra de su aroma, cada milímetro de piel.
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Dios pudo llevarme en ese momento, y en verdad hubiera sido la muerte más dulce que pudiera pedir. Pasaron dos minutos (que bien pudieron ser veinte años, tal vez más; o una centésima de segundo, tal vez menos), y ella acercó sus labios a mi oído, me dio un beso muy tierno y susurró: —Gracias por venir. Eres muy especial para mí—. Yo, mientras contenía esa lágrima traicionera que quería recorrer mi rostro, le agradecí por haber entrado en mi vida, por ser tan hermosa, por haberme invitado ese día, por existir, por mil cosas que no recuerdo ya, y le dije: — Te, te quiero. Te adoro… —
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Escuchamos la llamada de su padre, así que se disculpó y me soltó. Comenzó a caminar hacia el estacionamiento. Yo caminé en la dirección contraria, y entonces fue cuando sucedió la magia. Recuerdo que di tres pasos. Uno, dos, tres. Después, me di la vuelta y la vi. Ella se giró al mismo tiempo que yo, y cuando nos descubrimos, comenzamos a reír.
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Con esa conexión tan fuerte, corrimos al mismo tiempo el uno hacia el otro, abrazándonos con tanta fuerza, que creo que desde ese momento nuestros espíritus quedaron enlazados. La naturaleza de ese lazo es tan compleja y profunda, que ella aun no la comprende. Y no la culpo, ya que ni siquiera yo entiendo como puede caber tanto dentro de un abrazo y una sonrisa. Lo he pensado desde entonces, y sigue siendo un misterio para mí. Un majestuoso y casi, casi divino misterio.
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En fin, ella se fue en ese momento, y yo caminé hacia Fernando, que me esperaba sentado con una amplia sonrisa burlona. — ¡Gay! ¡Par de cursis! ¿La besaste? —, preguntó riendo. Después dijo: — Mejor vamos por un taxi, que ya es de noche. Pero yo no tengo dinero, ¿está bien si tú lo pagas? — Acepté con gusto (aunque bueno, en ese momento yo estaba tan contento que hubiera aceptado prácticamente cualquier cosa). Mientras esperábamos el transporte, comentamos sobre los bailes, sobre las flores, sobre la noche y la música.
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Ya en el auto, se hizo el silencio. Cruzamos por un pequeño tramo de carretera, así que me quedé mirando la inmensidad. Las estrellas en el infinito espacio no parecían las mismas. Era como si algo hubiera pasado en algún lugar, y todo el Universo hubiera cambiado, volviéndose un poco más hermoso, más luminoso e incluso más cálido. — Bueno. Ahora, ¿Qué sientes por ella, mi estimado hombre de hielo? —, preguntó Fernando. Yo suspiré, mientras una sonrisa se dibujaba en el rostro de mi hermano, que sabía muy bien lo que iba a responder, pero quería escucharlo de mi voz…
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— ¿De veras no es obvio? ¡La amo, Fernando! La amo con todo mi corazón. —
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Un pensamiento en “La presentación de danza (cuento)

  1. Andy Correa dice:

    Y pensar que eso realmente pasó, ¿no? Excelente, Agustín.

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